NC Nº22 Catastrophe on Centroamérica
Llueve sobre mojado

El Mitch agrava la miseria que ya existía

Domingo Echevarría

Pamplona

Mitch por nombre tuvo el huracán que devastó Centroamérica a principios de noviembre. Si bien la Naturaleza desatada se cebó especialmente en Honduras y Nicaragua, también Guatemala (50-60% de la producción de bananas) y El Salvador, y en menor medida Cuba y México, se vieron afectados. En una semana, Honduras y Nicaragua han vuelto atrás una generación, abatidas sus escasas infraestructuras (carreteras, puentes, vías férreas,...), arrastradas por el agua y el viento las precarias viviendas de muchos de sus habitantes y perdidas las principales producciones agrícolas (café y banana). El saldo de muerte y destrucción causado por este fenómeno meteorológico tropical ha sido el mayor de la historia reciente de estos países, jalonada por frecuentes catástrofes naturales.

En los medios de comunicación hemos podido ver un limitado reflejo del sufrimiento de millones de personas que antes poco tenían y ahora aún menos. Conviene no olvidar que este tipo de noticias las propagan mientras de ellas pueden obtener beneficios crematísticos (vía ventas, audiencia e ingresos por publicidad) o ideológicos (con mensajes fatalistas del tipo "Consolaos sectores sociales desfavorecidos en los países capitalistas avanzados: en el Tercer Mundo aún se vive peor..." o "El hombre es impotente ante la Naturaleza desbocada"). Como en el pasado, poco tardará Centroamérica en desaparecer de lo que los grandes empresarios que controlan los medios de comunicación conciben como primer plano de la actualidad. Para ellos, la rutina de una vida de miseria a la que el capitalismo condena a la gran mayoría de sus 33 millones de habitantes no es noticia.

Condenados por el capital

El papel que en el mercado mundial tienen atribuido estos países es el de ser principalmente suministradores de productos agrícolas (sobre todo bananas, piña y café), cuyo acceso al mismo se realiza a través de las multinacionales americanas quienes son a su vez las propietarias de las plantaciones. La caída de los precios de estos productos (por ejemplo, el precio de la banana cayó un 44% entre 1950 y 1974, y desde entonces ha seguido bajando) que en ocasiones ha coincidido con una caída de la producción misma (en Honduras se hundió desde los 32 millones de cajas en 1987 a tan sólo 10 millones en 1994), hace que los ingresos por estas exportaciones siempre vayan por detrás de las importaciones de productos manufacturados (con mayor valor añadido) y el fardo de la deuda externa no hace sino crecer, alimentada por los gastos militares y los intereses sobre intereses. En el intercambio desigual de productos con mayor fuerza de trabajo incorporada por otros con menor, siempre salen perdiendo.

Según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en el caso de Nicaragua (Deuda Externa de 7.139 millones de dólares), representa el 322 del Producto Interior Bruto (PIB) y el pago de los intereses absorbe el 24,2% de los ingresos por exportaciones; en Honduras (Deuda de 4.030 millones), es el 92% del PIB y el pago se come el 28,8% de las exportaciones; en Guatemala (Deuda de 3.201 millones), es el 23% del PIB y en El Salvador (3.004 millones) es el 35% del PIB.

Los réditos de los acuerdos de paz no han llegado a la gran mayoría de la población, cuya renta per cápita media no llega a los 300 dólares anuales. ¡En Nicaragua, por ejemplo, el PIB per cápita actual es el de hace 40 años! Es más, con la caída de producciones como la de la banana, la plantilla de Chiquita Brands en Honduras, antes de la catástrofe, se había reducido a la mitad en los últimos años y también los salarios que paga (de ocho dólares a tres). Los despidos masivos anunciados por las bananeras harán que el flujo del campo hacia las ciudades continúe, por infrahumanas que sean las condiciones que les esperan. El capitalismo es implacable: con la destrucción de cultivos tradicionales como vegetales y hortalizas y su sustitución por los monocultivos que interesan a las multinacionales (como el algodón en el oeste de Nicaragua), se ha privado a los campesinos de los productos tradicionales con los que subsistían. Abocados a una semiesclavitud disfrazada de trabajo asalariado en las fincas de banana o café, millares de personas tratan de huir de la misma y acaban hacinados en los suburbios de las ciudades en chabolas construidas en barrancos que Mitch convirtió en ríos de muerte.

La afirmación de que las catástrofes naturales siempre se ceban en los más débiles no deja de ser una monserga fatalista. A buen seguro que los burgueses centroamericanos apenas si han sufrido el azote de Mitch, mientras, una vez más, los sectores más oprimidos de esas sociedades capitalistas han padecido sus efectos más devastadores. A partir de ahora, de nuevo, los primeros se lucrarán de la miseria de la mayoría de la población, de las epidemias (cólera, dengue) que padecerán y de la hambruna que les espera. Lo que sí es cierto es que en países capitalistas más desarrollados (Suiza, Austria o Alemania), donde también el grueso del número de damnificados en catástrofes se contaría entre la clase obrera, Mitch, según expertos alemanes, habría causado 20 muertos o a lo sumo 100 muertos "porque las rentas anuales de 20.000 dólares son menos vulnerables que las 300, también ante los caprichos de la naturaleza" (El País, 29/11/98). Dado que, bajo el capitalismo, Centroamérica nunca alcanzará un nivel de desarrollo así, catástrofes naturales como ésta le empujarán aún más atrás.

Y después del Mitch ¿qué?

En distintos países europeos, con el Estado español a la cabeza (8.000 millones en aportaciones individuales), se ha producido una reacción espontánea en la que millares de personas han contribuido con donativos de dinero, alimentos o material sanitario para aliviar de forma inmediata las penalidades de la población afectada. Dejando a un lado a las piadosas almas burguesas que ejercitan periódicamente la virtud teologal de la caridad para mayor tranquilidad de sus conciencias o a quienes con un donativo (artistas, futbolistas, ciertas empresas...) aprovechan para darse un ocasional y populista "barniz humanitario", muchos jóvenes y trabajadores demuestran con sus acciones que quieren ayudar a reconstruir la zona. Las Organizaciones No Gubernamentales, canalizadoras de parte de la llamada "ayuda humanitaria", vuelven a ocupar un lugar estelar.

Algunos gobiernos, siguiendo al de los EE.UU., apenas si han movido un dedo. ¡Sólo 11.000 millones de pesetas en ayudas, que seguro que se gestionarán en beneficio de sus multinacionales! La Unión Europea ha cuantificado en 17.000 millones de pesetas su ayuda: ¡la misma que, en créditos blandos (a bajo interés y facilidades de pago) y por sus intereses en la zona, ha anunciado Aznar! Por condonar (perdonar) la deuda externa de esos países se han inclinado Francia y Cuba, mientras otros sopesan conceder una moratoria (aplazamiento) para su pago, propuestas ambas del agrado de los gobiernos derechistas de la zona. ¡Rezuma hipocresía esta efímera preocupación imperialista por el abismo de miseria en el que el capitalismo tiene arrinconadas a millones de personas! Mitch no es el causante de la miseria, agrava la que ya existía.

La ayuda exterior que va a llegar, en primer lugar, es insuficiente. Según datos aparecidos en El País (12/11/98), que contradicen otros titulares que hablaban de un Plan Marshall para la zona, son 88.500 millones de pesetas los comprometidos, esto es, tan sólo un 3'5% de la deuda externa de los cuatro países (2'5 billones de pesetas). Parte de esta ayuda lo es en créditos blandos. Otra parte se trata de productos que se compran en las metrópolis y que se envían a la zona, en la que junto al dinero en efectivo surge el problema de su distribución.

Ahí entran la Cruz Roja y las ONG. Jon Ojanguren, experto en protección civil, es de la opinión, compartida por muchos otros, que "siempre que la ayuda de emergencia se canalice a través de ellas, no se va a solucionar el problema" ya que "sólo el 50% de las ayudas llega a los afectados porque no se canalizan eficazmente a través de un plan de protección civil" (El País, 7/11/98). Su propuesta no deja de ser aun más utópica: que la gestionen los gobiernos que mandan el dinero. ¡Lo último que estos quieren! Las propias ONG, limitadas además por su especialización, topan en su acción con la corrupción generalizada y la sed de beneficios de la burguesía y los Estados de la zona, tan relacionados como están con la delincuencia organizada del narcotráfico, ávidos por lucrarse con las catástrofes. Tras el terremoto que destruyó Managua en 1972, el dictador Somoza dijo que el mismo era una "revolución de las oportunidades" porque generaba grandes posibilidades de inversión para la reconstrucción y, a la vez, flujos de ayuda para financiarla. Al final, todo acabó en sus bolsillos y en el de sus compinches. Siete años después triunfaría la Revolución Sandinista.

La voluntad solidaria de muchos colaboradores de las ONGs no vacuna a éstas, sin embargo, contra la corrupción, como demuestran, entre otros casos, las irregularidades descubiertas en los años 1993 en la gestión de los fondos de ECHO (Departamento de Ayuda Humanitaria de la Comisión Europea). Aun existiendo los peligros antes mencionados, hay que reconocer que la actuación de las ONG alivia a corto plazo el sufrimiento de una parte de los damnificados. No obstante, sería de ilusos pensar que pueden ser capaces de responder al conjunto de la situación de emergencia y mucho menos solucionar la miseria endémica.

La condonación de la deuda externa, en el improbable caso de que fuera aprobada por unos acreedores preocupados porque se propague la reivindicación, por sí sola, tendría escasos efectos para la población. Destruidas las plantaciones, sin empleo, con menores ingresos por exportaciones el pago de los intereses será un lastre mayor para los países. Si se les quitara, es más que dudoso que los gobiernos de la zona no lo usaran en su propio beneficio y en la defensa de sus posiciones de privilegio. La entrada de capitales frescos para la reconstrucción quedará limitada a las expectativas de beneficios que puedan obtener, y no parece que la zona vaya a ser ninguna prioridad para el imperialismo.

Más pronto que tarde se avecinan grandes convulsiones sociales y políticas causadas por la incapacidad del capitalismo de ofrecer una existencia digna a la gran mayoría de la población. Mitch ha agravado unos problemas que ya existían y, a su vez, pondrá de relieve cómo lo que protegen los Estados en este podrido sistema social es el interés de una minoría.. Sin trabajo, sin casas, sin medicinas, sin alimentos suficientes, sin futuro, los trabajadores y campesinos centroamericanos van a volver a la lucha. A través de la experiencia irá abriéndose paso la idea de que, siendo comunes sus problemas, su solución tiene que tener un carácter internacional, basada en la planificación de los recursos económicos en beneficio de la mayoría de la población y bajo su control en una Federación Socialista Centroamericana, que debería apelar al resto de los trabajadores del mundo para que derrocasen a sus burguesías y pusieran a su disposición los medios técnicos y científicos que permitirán sacar a estas sociedades del abismo en el que se encuentran.