NC Nº22 polarización en Chile
Chile

Cuando lo inimaginable sucede

Fuerte polarización social en Chile desde antes de la detención del dictador

Joaquín Sainz

IU/EB-Tudela

Si había una idea impensable para los participantes de las innumerables jornadas de protesta en Chile a lo largo de los años 80 era que Pinochet terminaría siendo detenido por una corte compuesta de Lores ingleses. Hasta el menos politizado de la sociedad chilena de entonces veía que al final del camino de la dictadura había un "banquillo de los acusados" para Pinochet. Con esa perspectiva luchaban los trabajadores, los jóvenes y los pobladores* chilenos; y contra esa misma perspectiva luchaban los cuerpos represivos y los partidarios del régimen.

Pero si lo impensable es justamente lo que ha sucedido la pregunta que se impone es cómo pudo suceder.

A fines de los 70 y principios de los 80 en Latinoamérica, y luego también en Europa del Este, se puso de "moda" el modelo de transición española. En Chile, Argentina, Uruguay, etc. se estudiaba el modo de pasar de manera controlada de una dictadura a una democracia más o menos pacíficamente.

El modelo español tenía su interés para las clases burguesas de estos países pues el meollo de la cuestión era que el proceso de transición había sido pilotado ni más ni menos que por los mismísimos partidarios, funcionarios y aún gobernantes del viejo régimen. Ministros del franquismo como Fraga o el Secretario General del Movimiento (el partido de Franco) Suárez, marcaron con su presencia activa el cariz de la transición española. Y hay que decir que tuvieron éxito en evitar que triunfasen las ansias de un verdadero y profundo cambio social que entonces se había apoderado de la mayoría de nuestra sociedad. En este punto se concentra la quintaesencia para comprender el carácter de los últimos 23 años de la historia de nuestro país.

Pero hay acontecimientos cuyas explicaciones no hay que buscarlas solamente en el pasado sino también en el futuro, es decir, en los temores de que determinadas perspectivas cuyos procesos ya se están desarrollando, se cumplan. La detención de Pinochet es sin duda uno de esos acontecimientos.

Toda la situación chilena se debe analizar a través del prisma de la perspectiva, más que probable, de que los socialistas ganen las elecciones presidenciales de diciembre del año que viene. Un dato al que la prensa española casi no ha dado publicidad es que Ricardo Lagos, dirigente socialista, lleva nada menos que 25 puntos de ventaja en los sondeos electorales**.

Polarización social en Chile

¿Qué significa esto en una situación como la chilena? Principalmente que hay un descontento creciente con el actual gobierno de "concertación" dominado por la Democracia Cristiana (de derecha pura y dura). Que este proceso está polarizando a la sociedad chilena. Y que esta polarización es anterior a la detención de Pinochet, aunque después se ha manifestado con más claridad. Si a esto le unimos que la recesión económica se va abriendo paso y que en 12 meses puede haber un presidente socialista, no faltan motivos para el nerviosismo, no sólo de la burguesía chilena sino de las potencias imperialistas que aún no han podido olvidar el susto que les supuso el gobierno de Allende, y están viendo cómo poco a poco se está volviendo a preparar un escenario político que no les gusta nada.

Una de las diferencias más notables entre la transición chilena y la española se encuentra en el hecho de la supervivencia del dictador a su régimen, con banca de senador vitalicio y mando sobre las fuerzas armadas incluidos. Esto ha sido percibido correctamente por las masas como un intento de bastardear cualquier proceso democratizador serio. A la mayoría de la burguesía española que llevaba algunos años preparando la llamada "reforma" es decir el cambio de "algo" para que en el fondo nada cambiase, le vino muy bien la muerte del dictador. ¿Alguien puede imaginar una transición española con Franco de senador vitalicio y al mando de las fuerzas armadas? sencillamente es impensable que las cosas se hubiesen desarrollado como lo hicieron con Franco en el Senado o presidiendo desfiles militares. El parte de defunción del dictador evitó a Suárez y compañía verse en el trance de decidir qué hacer con él. Y aquí vemos cómo el papel de ciertos individuos en la historia puede contar, y mucho, ya sea por su presencia o por su ausencia.

Las diferencias entre la transición chilena y la española son demasiadas como para que nadie insista en compararlas. Los defensores de Pinochet que bregan por llevarse a su jefe a casa arguyen que la justicia española no es quien para juzgarlo ya que tampoco juzgó a los represores franquistas a la salida de la dictadura.

Como argucia no está mal, pero nada más. Dejando de lado el juicio político que toda dictadura militar merece y cuya sentencia condenatoria late en el pecho de las aplastantes mayorías sociales en todos los países del mundo, la posibilidad de un juicio por crímenes de Estado en cualquier democracia que se precie, no sólo es legal sino que es absolutamente necesaria. Ningún criminal puede esconderse detrás de determinadas circunstancias históricas que le convienen para evadir un juicio justo. Es cierto que la Justicia en España de hace 23 años no fue un modelo de justicia. Tampoco la justicia británica, ni mucho menos la norteamericana condenaban los crímenes de las dictaduras latinoamericanas. Bien al contrario el gobierno norteamericano instigó a estos golpes de estado, y el Reino Unido se comportó como aliado de Pinochet en innumerables oportunidades como en la guerra de las Malvinas. Pero, si a pesar de todos los defectos y limitaciones de la justicia en estos países, las demandas interpuestas por familiares de chilenos desaparecidos en España, Gran Bretaña y otros países, hoy encuentran una respuesta positiva de la justicia, no hay razón para impedir los juicios contra Pinochet y quien sea que haya cometido los crímenes denunciados.

Las protestas por el orgullo nacional herido de políticos y muchos jueces chilenos carecen de valor cuando ya han pasado 10 años desde que Pinochet saliera del gobierno y no han sido capaces de iniciar un solo juicio, ni tan siquiera una farsa.

Pero la sentencia de un tribunal compuesto por miembros de una cámara en proceso de extinción que históricamente ha jugado un papel conservador, hay que leerla más en clave política que en clave jurídica.

Si los Lores y el gobierno inglés hubiesen podido elegir qué hacer, hubieran preferido que Pinochet no hubiese elegido su país para operarse. Del mismo modo si Pinochet hubiese sabido lo que le esperaba no hubiese ido a Inglaterra a operarse, y aún debe estar maldiciendo el momento en que se le ocurrió viajar a Londres. Pero otra vez lo inimaginable sucedió. Y así la necesidad histórica se volvió a valer de la casualidad para sentar a Pinochet en el banquillo de los acusados.

Todos los españoles, británicos, etc. que hemos vivido con rabia los 17 años de la dictadura chilena preferiríamos que Pinochet fuese juzgado en Chile, pero con garantías, no por un tribunal militar del que ya podemos adivinar su sentencia. Ya vimos lo que hicieron los tribunales militares argentinos al principio del juicio a las juntas militares, inhibiéndose, es decir negándose a juzgarlas, no buscando otra cosa que perder tiempo. En Chile ya se ha perdido demasiado tiempo. Si hasta la fecha el gobierno no ha tenido las agallas de sentar a Pinochet en el banquillo, ahora no puede alegar que la justicia europea no respeta su ámbito. Esto recuerda a lo del perro del hortelano, que ni hacen ni dejan hacer.

Que ahora el gobierno chileno estudie la posibilidad de sumarse a las demandas contra Pinochet no parece sino una treta para mejorar su imagen y lograr el retorno del viejo dictador, sin garantizar un juicio en serio.

Pero una cosa si es cierta, Pinochet ha caído en desgracia a los ojos del imperialismo que ya lo empieza a considerar como posible cabeza de turco en la encrucijada chilena.

La justicia histórica

Hay un antes y un después de la sentencia de no inmunidad para Pinochet. Dejaremos que otros analicen los efectos jurídicos para el futuro de esta sentencia. Pero los efectos políticos se hicieron ver inmediatamente en el pueblo trabajador chileno. En las lágrimas y en los gritos de justicia de miles y millones de chilenos que vieron por primera vez, desde aquel aciago 11 de septiembre de 1973, la posibilidad de que se aplicase un poco de justicia. No será ni la justicia inglesa ni la española la que ponga el punto final a la dictadura chilena. Tampoco lo será la justicia oficial chilena que ha demostrado su incapacidad orgánica para juzgar a los asesinos de 50.000 chilenos detenidos, torturados, asesinados y muchos de ellos desaparecidos. Tendrá que ser con otro gobierno y con otra justicia emanada de la voluntad mayoritaria del pueblo con la que se ponga el punto final a la dictadura. Pero mientras esto no ocurra en Chile, bien está que el terrorista más sanguinario de su historia sea juzgado por algún tribunal español o de otro país, y aplique algo de justicia a tanta injusticia y crimen.

Se haga lo que se haga en el caso Pinochet el Rubicón ha sido cruzado. El pueblo trabajador chileno ha logrado una victoria que nadie puede ya quitarle. Ha comprobado que Pinochet no era invencible, y aunque un poco más tarde de lo que todos hubiésemos querido le ha hecho sentir el aliento de la justicia.

Antes de abandonar este mundo Pinochet está viendo con horror que todo lo que él creía haber dejado atado y bien atado se desgarra al paso de un pueblo que busca su destino ajustando cuentas con el pasado. La imagen de un Pinochet deprimido que no quería abandonar su clínica no se borrará nunca de la memoria de los chilenos.

Se ha abierto una nueva situación en Chile y poco a poco se irán perfilando los nuevos personajes. La perspectiva de un presidente socialista puede provocar un cambio en la situación en los próximos años. Si huimos de las comparaciones fáciles con la transición española y aún aceptando una buena dosis de incertidumbre en cuanto al futuro, hay algo nuevo en el ambiente chileno que nos devuelve la confianza en la justicia histórica.

 

*.- Habitantes de las poblaciones (barrios pobres)

**.- El País, 29/11/98