NC Nº22 Una historia de latrocinio
Una historia de latrocinio

El saqueo de sus riquezas naturales mientras fueron colonias españolas, expolio brutal que duró siglos, no terminó con su independencia formal de la metrópoli. El imperialismo americano se cuidó de que sus grandes multinacionales, que personalizan la United Fruit Company (popularmente conocida por "La Frutera" o "El Pulpo", rebautizada ahora como Tela Ryders Company que comercializa los productos de la zona con la marca Chiquita) y la Standard Fruit, fueran, y sigan siendo, las dueñas y señoras de sus feraces tierras.

La peyorativa expresión "Repúblicas bananeras" refleja una realidad : los corruptos regímenes burgueses que allí se han ido sucediendo nada han tenido de democráticos y han estado fundamentados en la estrecha colaboración de unas reducidas y corruptas elites locales con los auténticos amos de Wall Street y la Casa Blanca, a quienes sirven como meros lacayos. Famosa es la descripción que de Somoza hacía un Secretario de Estado norteamericano : "Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta". Durante décadas, cualquier movimiento de protesta de los trabajadores y campesinos (como los dirigidos por Farabundo Martí en 1932 en El Salvador o los que a finales de los años 20 alentó Augusto Sandino en Nicaragua, a quien su autoconsideración de "liberal" no le libró de ser asesinado en 1934), e incluso las tímidas reformas políticas o económicas promovidas por algunos políticos locales (como Arbenz en Guatemala en 1954), en la medida en que ponían en peligro esta dominación, eran brutalmente aplastados. El historial del cuerpo de marines, sólo entre 1800 y 1934, menciona 180 casos de intervención militar.

Las luchas de los campesinos sin tierras y de los trabajadores de las multinacionales, malpagados siempre, se han venido repitiendo durante todo este siglo, en el que el triunfo de la Revolución cubana (1959) supuso un punto de referencia tanto para las luchas de los desposeídos como para los Estados Unidos, que desplegó cuantiosos medios militares y económicos para impedir que se extendiera a su "patio trasero".

La pugna entre los dictadores locales, armados, asesorados y financiados por los "democráticos" Estados Unidos, y los movimientos guerrilleros (principalmente, la Unión Nacional Revolucionaria Guatemalteca (UNRG), el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) en El Salvador y el Frente Sandinista (FSLN) en Nicaragua) desembocó en auténticas guerras civiles desde los años 60. El heroísmo de sus militantes y los grandes padecimientos de la población que les apoyaba, sin embargo, fueron incapaces de lograr la victoria. Basados en las zonas rurales, estos movimientos guerrilleros no acompañaron a sus acciones con una sistemática política de buscar el apoyo y la movilización consciente de la clase obrera de las ciudades entorno a un programa revolucionario de transformación socialista de la sociedad. Al no hacerlo, permitieron a las fuerzas reaccionarias aguantar sus ofensivas y lograr que quedaran aislados en zonas remotas.

Como excepción y resaltando en la práctica el papel decisivo de la población de las ciudades, la insurrección en Managua, capital de Nicaragua, llevó a la victoria a la Revolución Sandinista (1979). Entre los militantes conscientes del movimiento obrero y la juventud por todo el mundo se despertaron grandes expectativas. En los círculos decisorios del capitalismo, por el contrario, sonaron todas las señales de alarma. Para la población, sometida durante interminables décadas a la feroz dictadura hereditaria de los Somoza, se abrió un periodo de esperanza. Las grandes fortunas fueron expropiadas y se produjeron avances en materias como la enseñanza y la sanidad, con la colaboración desinteresada de muchos Brigadistas internacionales. Sin embargo, las medidas económicas y políticas adoptadas por el FSLN no supusieron una ruptura definitiva con el capitalismo ni la implantación de un régimen socialista democrático controlado por los trabajadores, los campesinos y los soldados. Quedándose así a medio camino seguían los consejos que recibían de la burocracia estalinista de Moscú y La Habana, contrarios a aumentar la tensión con los Estados Unidos o a arriesgarse a la extensión por Latinoamérica de una ola de triunfos revolucionarios.

El imperialismo, por su parte, no vaciló. Combinó todo tipo de medidas económicas contra el régimen sandinista con un apoyo logístico ilimitado a los grupos armados de la contrarrevolución, dedicados a las matanzas de campesinos y al sabotaje económico, minando la frágil economía del país. A las dificultades para comerciar con el exterior, los sabotajes interiores de las bandas de la contra añadían un peso abrumador de los gastos militares en el presupuesto, lo que a su vez impedía destinar fondos a otras actividades de utilidad social. Las limitaciones de abordar la lucha contra la contra interior y exterior sin romper con el capitalismo, sin concebirla como una lucha forzosamente revolucionaria e internacional, para la que hubieran contado con el apoyo activo de los trabajadores y campesinos centroamericanos, arrinconó al Régimen Sandinista.

Convocadas elecciones para 1990, lejos de optar por defender una política revolucionaria, la Dirección del FSLN, con Daniel Ortega luciendo orgulloso un sombrero de vaquero americano, giró a la derecha hacia una política socialdemócrata, totalmente inviable en países donde el capitalismo es tan débil. Con una población asqueada de la guerra y sin una perspectiva revolucionaria por parte del FSLN, Violeta Chamorro, la candidata electoral de la contra, obtuvo el triunfo. Vana fue la esperanza de que con ella vendrían los dólares de sus amos yankis para sacar al país del atraso. Ese dinero nunca llegó ni llegará. A la contra, con un rostro más educado, le llegaba su momento y recuperaba el control perdido, iniciándose un periodo de desmantelamiento de las mejoras sociales y de reasentamiento en el poder de la oligarquía.

Desalojado el FSLN del poder en Nicaragua, a finales de los 80 y coincidiendo con la crisis del estalinismo que siempre había sido para ellos un cierto modelo de referencia, las direcciones de los movimientos guerrilleros, abandonaron cualquier perspectiva revolucionaria, moderaron hasta el extremo sus políticas y acabaron entablando "negociaciones de paz" con los gobiernos de la zona que, por el momento, han puesto fin a los enfrentamientos armados.