Brasil
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Sálvese quien pueda
Año y medio de crisis económica, social y política

Rubén De Pablo
IU-Fuencarral (Madrid)

La crisis económica brasileña se desata y culmina un proceso que venía gestándose desde el inicio de la crisis en el bloque asiático. La caída del real, la moneda brasileña apuntilla una economía cuya producción venía cayendo desde el año pasado, alentando el crecimiento del paro y la miseria en un país con unas desigualdades sociales muy agudas. El desplome económico viene de la mano de una profunda crisis política que supondrá grandes cambios en la situación del mayor país de Latinoamérica.

La «crisis asiática» ha supuesto un duro golpe para Brasil. Por un lado ya no puede exportar a Asia. Por el otro sus competidores copan su principal mercado, el estadounidense. En estas condiciones las fábricas deben decidirse entre reducir su stocks no vendidos, ralentizar la producción y despedir empleados, o bien reducir salarios e incrementar la jornada laboral, para hacer competitivos sus productos.
El proceso comenzó en el sector del metal y automotriz, locomotora del desarrollo brasileño. En abril del año pasado el paro, en el Estado más industrial (Sao Paulo) era ya del 19% (dos millones de trabajadores), en unas encuestas que no incluyen el subempleo. Mientras, en el campo, la sequía en el norte e inundaciones en el sur causaban una situación de hambruna. Esta coyuntura, ha tenido su reflejo en un aumento de la conflictividad social, en forma de luchas obreras como la emprendida por los trabajadores del sector automotriz, la marcha de 80.000 parados a Sao Paulo y el recrudecimiento del problema agrario.
En el campo se multiplican las ocupaciones de latifundios por parte del Movimiento de los Sin Tierra (MST) que en el atrasado noreste ha pasado de marginal a un movimiento de masas en apenas unos meses. Los más hambrientos se dedicaban al saqueo de supermercados. La situación es tan desesperada que tanto obispos conservadores como «progresistas» como por ejemplo el de Paraiba, no vacilan en «defender los saqueos a supermercados y las invasiones de tierra por personas hambrientas y desesperadas» (Folha de Sao Paulo, 24/4/98).
Hasta el verano de 98 el apoyo al gobierno del presidente Fernando Henrique Cardoso, antiguo intelectual marxista y hoy dueño de latifundios, era tremendo debido a dos factores: la falta de una política de independencia de clase por parte del principal partido de izquierda, el Partido de los Trabajadores, y el éxito, momentáneo, del Plan Real, que ha puesto fin al periodo de hiperinflación que desde finales de los 80 hasta 1994 impidió todo despegue económico.
El fin de la hiperinflacción, que ha permitido que los habitantes de las favelas (en palabras de una amiga brasileña) «comieran pollo de vez en cuando», explica el apoyo doble que Cardoso ha recibido por parte de la burguesía, por un lado, y por otro de los sectores sociales más miserables y políticamente atrasados.
El PT con el antiguo sindicalista Ignacio Lula da Silva al frente juega desde que existe a no tener voz ni política propia. El medio de subordinar la clase obrera a la burguesía ha sido la formación de «Frentes Populares» en los que, en cada elección, nacional o a los estados federales, se apoya a los representantes de la pequeña burguesía o burguesía situados más a la izquierda, rebajando su programa para hacerlo del gusto de estos respetables señores.
Así sucede en el 89, cuando Lula está a punto de ganar las elecciones frente a Collor de Melo, al final de un periodo de espectaculares luchas obreras y en el 94, en que pierde estrepitosamente, en medio del desconcierto de la izquierda que sucede a la caída del bloque soviético.
En las elecciones del  98  la nueva candidatura de Lula a la presidencia, se enfrenta a la oposición total de la burguesía, mientras éste pone, como condición para presentarse, el frente con miembros disidentes de los dos partidos oficialistas, el PMDB y el PSDB del presidente Fernando Henrique Cardoso.
Durante el verano la candidatura de Lula, que se decide tarde a postularse como tal, se presenta al fin, con el apoyo de partidos patronales menores como el PDT de Brizola y el PSB del gobernador de Pernambuco, Arraes, completamente desprestigiados y que llevaban años intentando un frente «de izquierda» anti… PT.
Para consumar este frente la dirección del PT debe recurrir a todo, incluso a vulnerar la democracia interna: la izquierda marxista, a principios de año, (los chiitas, como les llama la prensa, una oposición formada por grupos trotsquistas y guevaristas) gana la convención del partido en el Estado de Río de Janeiro y decide lanzar la candidatura al gobierno del Estado de Vladimir Palmeira. En mayo la Convención Nacional del PT veta por 310 votos a 201 al candidato e impone el del PDT, Garotinho.
Esta actitud represora no es rara en el partido, que ya había expulsado a principios de los 90 a dos de sus corrientes marxistas Causa Operaria y Convergencia Socialista la cual junto con grupos menores forma el PSTU. El mito de un PT democrático se explica en el hecho de que la burocracia sindical de la dictadura militar de los 70, creadora del partido, utilizó a todos los grupos de izquierda existentes, integrándolos y permitiéndoles desarrollar una labor política, en tanto en cuanto esta servía para consolidar  influencia de la burocracia sobre los obreros.
Tras todos estos dislates y pese a ellos, Cardoso y Lula empatan en las encuestas en julio, perdiendo el primero casi 20 puntos en un mes y sembrando el desconcierto: la reelección se creía asegurada. Con la política de Lula, de carácter testimonial,  esto sólo se explica por el enorme desprestigio que supone para el gobierno la cada vez más difícil situación económica.
En agosto la crisis financiera asiática, se traslada virulentamente a Latinoamérica,  traduciéndose en una fuga de capitales de dimensión apocalíptica y en la caída en picado de sus bolsas y por contagio, de las del resto de mundo. Mientras, para impedir la fuga de capitales, no hay lugar para bajar los altos tipos de interés, que motivan el agravamiento de la recesión y el desempleo y endeudan al Estado: entre octubre de 1997 y junio de 1998 la deuda pública sube en un 40% hasta alcanzar los 250.000 millones de dólares de deuda externa.
La burguesía es consciente del fracaso de su política, pero carece de recambios económicos y políticos. A partir de entonces se lanza una brutal campaña en los medios de comunicación borrando a Lula de la prensa, ensalzando a Cardoso, advirtiendo del peligro de hiperinflación si gana el primero y culpando a los especuladores extranjeros de la catástrofe que se cierne sobre Brasil. Esto, junto con el desencanto que las propuestas de Lula provocan en sus votantes, a su apoyo a candidatos responsables de la represión del MST (dirigido por sectores de su propio partido) y a aberraciones como que el gobernador del PT de Brasilia, anuncie su apoyo a Cardoso hacen que este último recupere posiciones, y se sitúe muy por delante en las encuestas allá por septiembre.
El empeoramiento brusco y brutal de la economía lleva a un cambio de última hora en las masas. A una semana de las elecciones, las encuestas daban a Cardoso el 55-60% de los votos y un 22-26% a Lula. El día de las elecciones, Cardoso saca el 50,3% y Lula el 35%, concentrando el voto útil de izquierda y recibiendo un transvase de 10 millones de votos que pierde Cardoso. En las elecciones a estados el PT gana en la primera vuelta precisamente donde había desempeñado una política más a la izquierda, ejemplarizada por Río Grande do Sul.
A partir de su reelección Cardoso puede intentar realizar sus planes, aplazados por las elecciones, de cargar sobre los trabajadores todo el peso de la crisis por medio de un brutal plan de ajuste, que incluye el aumento de la edad de jubilación y de las cotizaciones de los trabajadores, obligando a cotizar incluso a los jubilados; una reducción de pensiones en toda la regla. Todo ello sumado al recorte drástico del presupuesto para Sanidad y Educación y medidas fiscales de aumento de impuestos.
Entre octubre y la actualidad el debate político se centra en el plan de ajuste del presupuesto exigido por el FMI al gobierno para ejecutar su «plan de rescate» de la economía, aún no en marcha. Promesa de un crédito de 6 billones de pesetas, el mayor jamás entregado por esta institución, del que el sólo ha entregado unos 900.000 millones. Sin embargo, al día de hoy la deuda del sector público es de 34 billones a sumar unos 13 billones del sector privado.
Así las cosas el Parlamento no cede y se estanca la situación. El plan ha sido rechazado cuatro veces, pues golpea a los intereses de la burguesía local, de las clases medias, de obreros y campesinos. El 14 enero se reconoce políticamente la ingobernabilidad del país: dimite el responsable del banco central, Gustavo Franco, responsable de la política económica del gobierno. Su sustituto anuncia una devaluación de entre el 12 y el 15% anual para frenar la crisis. Luchando en un segundo frente Cardoso anuncia que sólo bajará los tipos si el Parlamento aprueba el ajuste fiscal del que espera obtener 3,3 billones de pesetas este año. Un alarde de imaginación, pues éstas previsiones siempre se hacen contemplando el mejor de los escenarios posibles, ese que nadie se cree. Aun así el 20 de enero consiguen que el Parlamento trague.
Su política, única posible ya, es dejar al mercado libertad para decidir el tipo de cambio, única decisión que le había sido negada. A partir de este día la salida de capitales no baja de los 250/270 millones de dólares diarios. La inflación se dispara a causa de la elevación del coste de los productos importados en un país que importa más que exporta.
Pero esta política, errática y sometida al interés del capital financiero internacional no lleva a ninguna parte. Posiblemente el único final es la suspensión de pagos y la declaración de quiebra por parte del Estado. Algo que ya ha hecho el gobernador de Minas Gerais el antiguo presidente Itamar Franco, al declarar unilateralmente la moratoria del pago de la deuda de su Estado al Estado central.
Es el sálvese quien pueda. La clase trabajadora se va a ver enfrentada a una situación difícil: dar una salida a la crisis. Una salida que las restantes clases no han sabido ni sabrán dar pues pasa por el socialismo y la toma del poder político por parte de la clase obrera. Y esquivar el engaño del frente popular.