Viaje al centro del Partido Democrático de la Izquierda
Viaje al centro del Partido Democrático de la Izquierda
D’Alema rinde pleitesía al Papa
El líder del PDS italiano se entrevista con Juan Pablo II

Domingo Echevarría
Pamplona

Hasta hace unos años, una entrevista privada del máximo dirigente del Partido Comunista Italiano (PCI) con el Papa hubiera sido impensable, entre otras cosas porque los «marxistas» estaban excomulgados. Recuérdese que, desde el ascenso al poder de Mussolini (1922) hasta su derrota por los partisanos comunistas durante la II Guerra Mundial, la Curia Vaticana alabó y colaboró con el fascismo al que consideraba un baluarte contra el espectro de la revolución.

Tras la Guerra, pese a la extrema moderación de los dirigentes del PCI, que renunciaron a la transformación socialista en Italia y que adoptaron una actitud tibia respecto a la cúpula católica, el Vaticano hizo de su maridaje con la Democracia Cristiana un arma para combatir al Anticristo (el comunismo), al que era pecado apoyar. El surgimiento en los años 70 de corrientes en la propia Iglesia como los «Cristianos por el Socialismo», próximos al PCI que a su vez las alentaba, no recibió mejor acogida, siendo anatemizadas inmesidicordemente. Elevado Karol Wojtila a la máxima púrpura en 1978, el discurso anticomunista siempre ha estado en el centro de su doctrina.
 Por eso, en décadas pasadas, el promotor en el Vaticano de un encuentro así se arriesgaba a ser excomulgado, mientras su sosías en el PCI se jugaba, como mínimo, ser expulsado del Partido. La entrevista, en el hipotético caso de haberse celebrado, hubiera sido extremadamente gélida, no tanto porque Roma temiera a los dirigentes estalinistas, que habían dado frecuentes muestras de «responsabilidad de Estado», como por su terror ante el potencial revolucionario de las genuinas ideas del marxismo entre los trabajadores y la juventud.
De hecho, durante toda la guerra fría, la afamada diplomacia secreta católica mantuvo relaciones y acuerdos tanto con la dirección del PCI como con la de los países del llamado «socialismo real» (Estados obreros deformados) al tiempo que públicamente los denostaba. Pero haber accedido, antes de la era Gorbachov, a escenificar públicamente unas relaciones cordiales hubiera equivalido a dar una pátina de respetabilidad al «marxismo» que podía ser interpretada como una muestra de flaqueza frente al enemigo y que hubiera hecho poner el grito en el cielo a los numerosos y militantes grupos ultrarreaccionarios del catolicismo.
En las filas del PCI, por su parte, quizás algunos de sus dirigentes no le hubieran hecho ascos, pero hubieran topado con la rebelión de muchos militantes que, con buen sentido, entenderían que un encuentro así otorgaría al pontífice una «aura» democrática y progresista que contradecía la posición histórica de la Iglesia católica al servicio de los poderosos. Si, frente al sentir de la militancia, se hubiera seguido adelante con el encuentro, el dirigente designado para presentarse en el suntuoso complejo palaciego del sucesor de Pedro habría acudido de antemano a los medios de comunicación para justificarlo. Pero si el periódico con el que hubiera hablado publicara una entrevista con un titular a cinco columnas del tipo «El Papa tenía razón al criticar al comunismo» (El País, 14/12/1998), la burocracia del PCI le hubiera desautorizado de inmediato desde su diario L´Unitá, la cita se habría cancelado y la carrera política del entrevistado hubiera tocado a su fin.
¡Los tiempos es que cambian una barbaridad...!
Sin embargo, una lectura atenta del contenido de la concedida a El País (14/12/1998) por Massimo d´Alema, Presidente de los «Demócratas de Izquierda» (ex Partido Democrático de la Izquierda, nacido a su vez del PCI) y Primer Ministro italiano de una coalición entre su partido (el más importante), varios pequeños partidos burgueses y una escisión derechista de Refundación Comunista, confirma que ese titular hace honor a sus opiniones.
Si su caída del caballo en el camino hacia Damasco hizo ver la luz a un Saulo de Tarso perseguidor de los cristianos y transformarse en Pablo, apóstol y santo, algo así le ha debido pasar a D´Alema a raíz de la crisis del estalinismo y la caída del Muro de Berlín (1989). Sin ruborizarse, proclama mensajes como: «Ha sido [el Papa] un protagonista de la caída del comunismo, y lo ha sido con razones fundadas. Quiero decir que el vacío espiritual de los países gobernados por los partidos comunistas era cierto, el Papa tenía razón» o «[le] admiro mucho al Papa, ya lo he escrito en alguna ocasión. Creo que es una de las grandes personalidades de este fin de siglo. Ha interpretado este cambio de época como pocos líderes lo ha hecho». Al igual que aconteció con Saulo de Tarso, su percepción de la realidad se ha visto muy alterada si realmente cree que «en el mundo contemporáneo lo importante es que la Iglesia católica mantenga una posición crítica hacia los mecanismos sociales que oprimen a los pueblos, que condenan a los países al subdesarrollo… porque representa un estímulo frente a la política».
La crisis del estalinismo, por mucho que Wojtila trató de azuzarla, ni es un designio divino ni tiene que ver con «vacíos espirituales». Tiene explicaciones bastante más prosaicas: la ausencia de control democrático de la población sobre la planificación de la economía y sobre el Estado, con la existencia de unos Estados obreros deformados en los que las burocracias privilegiadas devinieron en frenos absolutos para el desarrollo social y acabaron «convirtiéndose» al capitalismo con el fin de perpetuarse en la cúspide social. ¿Cuál es la «interpretación brillante» del cambio de época hecho por el Papa, que no sea su alborozo por el derrumbamiento de unas sociedades que suponían un polo de referencia para millones de desfavorecidos en todo el mundo? ¿Qué datos o hechos desconocidos para el gran público le llevan a D´Alema a pensar que «la Iglesia católica mantiene una posición crítica hacia los mecanismos sociales que oprimen a los pueblos»? Si le aplicamos el adagio bíblico «por sus hechos los conoceréis…» las críticas de la Iglesia a los «mecanismos sociales» opresores sólo lo son cara a la galería, pues no hay hechos que la avalen.
Desgraciadamente, D´Alema asume sin reservas la crítica papal al «Comunismo»,  y, en consecuencia, da por bueno al capitalismo como único sistema social posible en el umbral del tercer milenio. No es pues de extrañar que, como parte de la campaña ideológica recrudecida que padecemos desde 1989 para que los trabajadores abandonemos cualquier perspectiva de cambio social, tanto la Curia como los medios de comunicación propaguen a los cuatro vientos estas opiniones antisocialistas.
¿Una visita histórica?
«Conmovido» tras su primer encuentro privado con Juan Pablo II (8.1.1999), D´Alema salió de la sede papal habiendo accedido a crear una comisión bipartita Gobierno italiano-Vaticano para analizar algunos artículos del Concordato que la iglesia piensa fueron violados por la irrupción policial en el obispado de Nápoles por unas acusaciones de usura contra el cardenal Michele Giordano, la financiación a las escuelas no estatales (léase católicas) y las previsiones para el Jubileo del año 2000. Aunque su reino no es de este mundo, es notorio que el vil metal siempre ha preocupado a la bimilenaria Iglesia católica. Parece lógico pensar que, ya que el «Gobierno se ha ampliado con una mayoría que se ha desplazado más al centro» (D´Alema dixit) tras la incorporación del ex-democristiano Cossiga, las peticiones católicas serán debidamente satisfechas.
Cuando días después el Papa se disponía a emprender un nuevo viaje a México, realizado por primera vez bajo el patrocinio de varias empresas privadas que a cambio alcanzan publicidad (se desconoce también si indulgencias como en el pasado), D´Alema acudió al aeropuerto de Fiumicino a despedirlo. Algo lógico para alguien que, como el primer ministro, ve en el Papa a un nuevo campeón de los pobres y de la lucha contra la injusticia social. Para quienes no lo vemos así, no es más que la actitud servil de un converso.
La «fascinación» de D´Alema va mucho más allá que la personalidad del Papa. Lo es por todo lo que éste representa. Si se llevan bien no es porque el Papa haya dado un giro a la izquierda, sino porque su interlocutor, empeñado en su propio «viaje al centro», ha renunciado a cuestionar el sistema en que vivimos. Como la continuidad del pensamiento de la cúpula eclesial, al servicio del statu quo y de la clase dominante, es incuestionable según la doctrina católica, habrá que concluir que es la dirección ex-comunista la que ha terminado por asumir, tanto en palabras como en hechos, el capitalismo.
 No nos engañemos. Las críticas papales al capitalismo no son sino pura hipocresía, y no será la iglesia católica la que acabe con la injusticia congénita del sistema. No sólo el Papa no tenía razón al criticar al comunismo, sino que tampoco D´Alema la tiene. Por mucho que les contraríe a ambos, en los años que viene resurgirá la lucha por la transformación social en torno al programa del genuino socialismo basado en la democracia obrera, que es un régimen social superior al capitalismo y a la aberración histórica que supuso el estalinismo.