Situación económica mundial
¿Nunca pasa nada?

Jordi Escuer
Coordinador IU-Latina (Madrid)

Estados Unidos ha logrado la tasa de paro más baja de los últimos 40 años y las bolsas, tanto de un lado como otro del Atlántico, han cerrado 1998 con beneficios récord. Alguien se preguntaba ¿y la crisis… ?, parece que nunca pasa nada. Sin embargo, haríamos mal en dejarnos convencer por los anuncios del Gobierno sobre el crecimiento y la estabilidad que nos espera con la Europa del euro. Los ciclos de crisis y auge son la forma natural de funcionamiento del capitalismo. Se trata de analizar su virulencia, su ritmo y las consecuencias para el conjunto de los trabajadores que las sufren.

La economía norteamericana cerró el año pasado con un crecimiento del 3’9% del Producto Interior Bruto (PIB), por encima de las previsiones, que a principios de año contaban con un 2%. En los dos años anteriores la producción se había incrementado en un 3’4 y un 3’9%, respectivamente.
El consumo privado y la inversión, especialmente en la construcción, han tirado del PIB norteamericano hacia arriba. Los intereses hipotecarios se encuentran en el nivel más bajo de los 30 últimos años lo que ha permitido un drástico aumento de la venta de viviendas, automóviles, muebles y ordenadores, en un momento en que el nivel de población activa empleada alcanza su nivel más alto en cuatro décadas. Además, la inversión empresarial ha crecido un 21%.
Este crecimiento económico se está basando en un crecimiento de la demanda interna, con un fuerte crecimiento del endeudamiento.
Sin embargo el comercio mundial va hacia abajo. En 1997, el comercio mundial de mercancías creció un 10%, mientras en 1998 el incremento que se preveía la Organización Mundial del Comercio en diciembre es un 4 ó 5%. Es un claro reflejo de la crisis que afecta al bloque asiático y que ahora se agravará con la entrada en crisis de Latinoamérica.
Sobreproducción
Las expectativas de la industria no son buenas, sino que está mostrando claros síntomas de agotamiento. Un tercio del PIB norteamericano está vinculado a industrias de exportación que ya están pagando las consecuencias de la crisis del bloque japonés. El déficit comercial norteamericano crece sin parar, sobre todo con la zona asiática, y supone el grueso de ese déficit. El superávit comercial con Latinoamérica, la única área en que EEUU lograba un saldo comercial favorable, es cada día más pequeño, precisamente por la crítica situación del continente. Ahora, con la devaluación del real brasileño se encarecerán más las exportaciones norteamericanas y se abaratan las importaciones.
El crecimiento de empleo en los Estados Unidos está fundamentalmente concentrado en la construcción y servicios, sobretodo en los grandes almacenenes. En el mes de noviembre de 1998 se perdieron 47.000 empleos en la industria.  El mes anterior los pedidos recibidos por las industrias americanas había caído en un 1,6%.
De hecho, en Asia las cosas aún pueden ir a peor. A principios de año el periódico China Daily publicaba un análisis a favor de la devaluación del yuan chino. La situación se agravará si China toma la senda de la devaluación de su moneda y entra en competencia con los demás países del área para intentar recuperar sus exportaciones, en retroceso desde hace meses, empujando a mayores devaluaciones de las monedas y a un abaratamiento aún más grande de las exportaciones de la zona.
Todos tratan de trasladar la crisis a los otros países, pero al final lo que está ocurriendo es que ésta sigue generalizándose.
El problema de fondo en la economía mundial es la enorme sobrecapacidad productiva instalada. En el sector del automóvil, que ha vivido en 1998 su año récord de ventas en Europa y Norteamérica, es un ejemplo muy claro de esa sobrecapacidad. «Algunos analistas calculan el exceso de capacidad de producción mundial de automóviles en el 40%». Las fábricas instaladas actualmente permitirían construir 22 millones de coches, y el año pasado se fabricaron 16 millones. Algunas previsiones calculan que de los actuales 20 fabricantes principales que hay en el mundo podrían quedarse reducidos a 6 en los próximos años.
La única solución desde el punto de vista capitalista es destruir parte de la capacidad productiva instalada; reducir el número de trabajadores y explotar más intensamente a los que siguen —hoy le llaman ser «más competitivos»—; y por último, tratar de abrir nuevos mercados.
De ahí la constante realización de fusiones de empresas de todos los sectores, tratando por un lado de ahorrar costes —incluida mano de obra— como de acotar mercados, todo en pos de incrementar la rentabilidad de las empresas.
En otras épocas del capitalismo lo que caracterizaba las crisis era la acumulación de mercancías que no tenían salida. En la actualidad, la capacidad de previsión de las grandes multinacionales les permite prever el potencial de ventas y reducir la producción.
La especulación
La crisis del lejano oriente, y ahora la de Latinoamérica, ha empujado ­o mantenido­ gran cantidad de capital internacional a la Unión Europea y, sobre todo, a Estados Unidos, en búsqueda de unos beneficios que ya no podían recoger en la zona asiática.
El dinero negociado en Wall Street y en las bolsas europeas no ha cesado de crecer, lográndose volúmenes de negocio récord en la mayor parte de las plazas. Pero este proceso especulativo, que a corto plazo se convierte en un factor de gran estímulo para la economía, pues acrecenta la riqueza nominal, tendrá el efecto opuesto conforme retrocedan la economía norteamericana y europea.
De ahí la enorme preocupación de bastantes analistas burgueses, como el magnate Soros, por las consecuencias de una crisis financiera mundial, o el presidente de la Reserva Federal norteamericana, Alan Greenspan. «Algunos analistas señalaban que este peligro, el de nuevas caídas en los beneficios empresariales, es una de las amenazas que pesan sobre la bolsa a corto plazo…».
La especulación en Bolsa —y la actividad especulativa en general— se ha convertido en parte integrante de las fuentes de ingresos de las empresas, en parte de su financiación, las inevitables caídas futuras de las bolsas repercutirán directamente en su situación.
Además, un 20% de la riqueza que poseen las familias norteamericanas corresponde a acciones bursátiles, con lo cual no es difícil entrever las consecuencias que su subida o su caída tiene en el consumo interno.
El auge especulativo que vivió Japón en los años 80 fue una de las fuentes de ingresos y beneficios extraordinarios de las empresas. Cuando la burbuja financiera pinchó a finales de la década, se convirtió en un lastre del que nunca se ha recuperado y que está detrás de la crisis de los bancos nipones, que acumularon deudas incobrables.
El mismo problema se está incubando en las economías europea y, particularmente, en la norteamericana. Mientras las empresas crecen, suministrando más y más beneficios, todo va bien, pero cuando la rentabilidad cae, todos se apresuran a vender sus acciones y desatan la crisis bursátil.  Eso es lo que sucedió en los dragones asiáticos.
Un ejempo nos lo brinda la multinacional Philips, cuyos resultados de explotación —ganancias obtenidas por la venta de su producción— cayeron un 60%. Pero sus resultados netos subían un 132%, algo más de un billón de pesetas, a causa de la venta de dos de sus filiales. ¿Qué pasará el año próximo? La empresa ya prepara nuevos ajustes de plantilla.
El capitalismo es así
El auge especulativo es consecuencia y síntoma a la vez de la sobrecapacidad productiva. Los capitalistas buscan el beneficio más rápido en el menor tiempo posible y huyen cada vez más de la inversión productiva. «En los principales países industrializados, el mercado bursátil “primario”, dedicado a la financiación de actividades nuevas, atañe a una proporción menor (del orden del 5 al 10%) del volumen de intercambio de títulos. El mercado especulativo “de ocasión” representa, pues, el 90 o 95% de esos intercambios», recogía un artículo aparecido en Le Monde Diplomatique de enero.
La liberalización del flujo mundial de capitales ha llevado las características básicas del sistema hasta su máxima expresión. Tal y como Marx explicó, el desarrollo del capitalismo muestra cada vez más a las claras el papel parásito —y superfluo para la producción— de la burguesía como meros explotadores del trabajo de la clase obrera, supeditándolo todo de forma cada vez más descarada al porcentaje de beneficios.
La realidad actual es, en el mismo artículo de Le Monde, que «según el Fondo Monetario Internacional (FMI), el activo total de los inversores institucionales representó, en 1980 y 1998, respectivamente, el 20,3% y el 47% en Alemania, el 64’1% y el 165’3% en el Reino Unido; el 59’3% y el 125’6% en Estados Unidos. Se trata de masas considerables de fondos, muy concentradas, y que confieren a quienes lo detentan un temible poder de presión, tanto a las empresas como a los Estados».
Un control de esas masas de capitales por parte de los Estados, es completamente imposible, puesto que la realidad es que son ellos quienes controlan las decisiones de los Estados. La mejor prueba nos la ha brindado el FMI que ha prestado su dinero para garantizar las ganancias de estas inversiones en los países en crisis, no la continuidad de las industrias ni de los empleos y los ingresos de la población trabajadora. Simplemente, el capitalismo funciona así, pues se basa en la propiedad privada de las fuerzas productivas y el beneficio privado.
Sin un cambio en las relaciones de propiedad es imposible resolver el problema. Hoy sería más fácil que nunca explicar el carácter parásito del capitalismo que no juega ningún papel necesario en la producción, salvo el de mero parásito que abre y cierra factorías según la tasa de ganancia que le reportan.
Al final las perspectivas de todos los organismos económicos internacionales apuntan hacia un empeoramiento de la situación económica de todo el mundo. En diciembre el FMI pronosticaba un crecimiento mundial del 2’2%, revisando a la baja sus anteriores previsiones. La Comisión Europea también prevé crecimientos menores de los esperados para los próximos años.
Las crisis, por lo menos hasta ahora, no se dan al mismo tiempo en todo el planeta. Incluso el crack de 1929, tardó dos años en afectar de lleno a Europa. La Unión Europea puede actuar como un refugio durante un tiempo, como ya lo está haciendo, pero ninguna zona del planeta puede escapar a este proceso. Y si en pleno crecimiento ya claman a favor de flexibilizar más el mercado de trabajo, las grandes empresas despiden aún teniendo beneficios ¿qué sucederá cuando la economía entre en crisis? Más le vale a la izquierda comenzar a discutirlo ya.