Testamento en Praga
Testamento en Praga
(Tomás y Teresa Pàmies)
Destinolibro. Barcelona. 1980.
Precio 1.000 ptas.
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Dolorosos interrogantes

Ramón Mendiluce

Merecedor del Premio Josep Plà de 1970, es éste un tipo de libro poco común y polémico. Sin concesiones a la estética literaria, se establece en sus páginas un diálogo imaginario entre un Tomás Pàmies recién muerto y su hija Teresa sobre la intervención de la URSS en Checoslovaquia en agosto de1968, intervención que produjo una fractura en el propio movimiento comunista oficial, con el Kremlin y sus leales seguidores defendiéndola mientras que otros Partidos como el PCE y el PCI italiano la criticaban, sobre todo porque querían demostrar a la burguesía que habían abandonado cualquier veleidad revolucionaria y que su distanciamiento de Moscú era ya irreversible. La evolución posterior del eurocomunismo así lo confirmó, convirtiéndose en una corriente socialdemócrata más, y no de las izquierdistas.
Por Tomás hablan unas memorias sencillas que reflejó en notas manuscritas desde 1958, notas que recorren una infancia en una familia pobre de Balaguer (Lérida), las penurias, la represión estatal contra las protestas obreras, su afiliación a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), el impacto que le causó el triunfo de la Revolución rusa de 1917 y su incorporación a los primeros núcleos comunistas catalanes, su participación posterior en el Bloque Obrero y Campesino de Maurín del que será expulsado en 1934. Los retazos de la guerra civil en Cataluña que describe recuerdan mucho al Homenaje a Catalunya de Orwell o la película Tierra y Libertad, pero desde el punto de vista contrario, el de un responsable del Partido Socialista Unificado de Catalunya, orgulloso de su estalinismo. Su contribución al libro finaliza con referencias al exilio a Francia en 1939, la Resistencia y su posterior vida en Praga desde 1953 .
Las reflexiones críticas sobre la cotidianiedad diaria en Checoslovaquia que realiza no cuestionan que sea ésta sea «socialista», lo que es un handicap insalvable para entender cuanto ha sucedido en el Este de Europa, pero son realmente ilustrativas por venir de quien vienen. Su intensa vida se apaga poco antes de que los tanques de la URSS entren en Praga, en una acción que el Kremlin y las direcciones comunistas oficiales en Occidente (con las excepciones del PCE y el PCI italiano) justifican como guiada por «la defensa del socialismo». Teresa aventura que Tomás, en coherencia con su trayectoria política fiel al estalinismo, hubiera asumido la línea oficial.
Por su parte Teresa, ella misma militante del PSUC desde su juventud, es la auténtica muñidora del libro, en el que su vida juega un papel secundario. Sitúa sus reflexiones en el entierro del padre y aprovecha para describir con detalle el período inmediatamente anterior y posterior a la intervención de la URSS, los ascensos y caídas en desgracia de dirigentes conocidos, las incertidumbres. Sobre la «Primavera de Praga» no duda en reflejar las dudas que le asaltan.
¿Qué era lo que realmente pasaba en Checoslovaquia? ¿Acaso el sector de la casta dirigente del PCCh. que encabezaba Dubceck pretendía la vuelta al capitalismo? Nada lo indicaba. Y, lo que es más importante, ¿no era el movimiento de los trabajadores y la juventud que recorría el país un intento de recuperar el control de la economía y el Estado? ¿Qué tenía de «antisocialista»? ¿Por qué, se pregunta Teresa, era necesario su aplastamiento a sangre y fuego? En su crítica a la intervención, por considerarla contraria a los intereses del socialismo, es perceptible la desazón de una activista con responsabilidades en la organización del PCE en el exilio. Careciendo de un análisis político redondo, tiene la virtud de ser un relato fresco de cuanto aconteció a los ojos de una veterana militante.
Como ya había sucedido en Berlín oriental en 1953, en Hungría en 1956, en Polonia en 1960, la revuelta popular aspiraba a hacer del socialismo un sistema basado en la participación y el control de la economía, el Estado y la vida social por parte de la población mediante los Consejos de trabajadores y campesinos. Asqueados del control asfixiante de la burocracia, de sus privilegios y sinecuras, de haber continuado hubiera terminado enfrentado a Dubceck, que tan sólo pretendía unas pequeñas reformas cosméticas que le consolidaran en el poder.
De haber triunfado, hubiera significado una auténtica amenaza para el resto de las élites dirigentes del llamado «campo socialista». ¿Cuánto hubiera tardado en producirse movimientos similares en la URSS y en los demás países de su órbita? De ahí que no dudaran en sofocarlo con la anuencia del imperialismo. Éste mataba así dos pájaros de un tiro. Por un lado, encontraba un nuevo motivo para denunciar hipócritamente la perversidad del «comunismo»: ¡como si su propia historia no estuviera plagada de intervenciones contrarrevolucionarias! Por otro, abortaba preventivamente el enorme poder atractivo que regímenes de democracia obrera hubieran tenido sobre los trabajadores en Occidente y en el mundo subdesarrollado, protagonistas en esa época de grandes movilizaciones sociales (contra la guerra del Vietnam en Estados Unidos, protestas obreras y estudiantiles en México, Mayo del 68 en Francia, Italia en los años 69-70, luchas contra las dictaduras franquista y salazarista...).
Treinta años después de su redacción, es un libro que, aun discrepando con muchos de sus análisis, merece la pena leer como testimonio que es de unas vidas y una época que nos ayuda a comprender.