Dolorosos interrogantes
Ramón Mendiluce
Merecedor del Premio Josep Plà de 1970, es éste
un tipo de libro poco común y polémico. Sin concesiones a la estética
literaria, se establece en sus páginas un diálogo imaginario entre un
Tomás Pàmies recién muerto y su hija Teresa sobre la intervención de
la URSS en Checoslovaquia en agosto de1968, intervención que produjo
una fractura en el propio movimiento comunista oficial, con el Kremlin
y sus leales seguidores defendiéndola mientras que otros Partidos como
el PCE y el PCI italiano la criticaban, sobre todo porque querían demostrar
a la burguesía que habían abandonado cualquier veleidad revolucionaria
y que su distanciamiento de Moscú era ya irreversible. La evolución
posterior del eurocomunismo así lo confirmó, convirtiéndose en una corriente
socialdemócrata más, y no de las izquierdistas.
Por Tomás hablan unas memorias sencillas que reflejó en notas manuscritas
desde 1958, notas que recorren una infancia en una familia pobre de
Balaguer (Lérida), las penurias, la represión estatal contra las protestas
obreras, su afiliación a la Confederación Nacional del Trabajo (CNT),
el impacto que le causó el triunfo de la Revolución rusa de 1917 y su
incorporación a los primeros núcleos comunistas catalanes, su participación
posterior en el Bloque Obrero y Campesino de Maurín del que será expulsado
en 1934. Los retazos de la guerra civil en Cataluña que describe recuerdan
mucho al Homenaje a Catalunya de Orwell o la película Tierra y Libertad,
pero desde el punto de vista contrario, el de un responsable del Partido
Socialista Unificado de Catalunya, orgulloso de su estalinismo. Su contribución
al libro finaliza con referencias al exilio a Francia en 1939, la Resistencia
y su posterior vida en Praga desde 1953 .
Las reflexiones críticas sobre la cotidianiedad diaria en Checoslovaquia
que realiza no cuestionan que sea ésta sea «socialista», lo que es un
handicap insalvable para entender cuanto ha sucedido en el Este de Europa,
pero son realmente ilustrativas por venir de quien vienen. Su intensa
vida se apaga poco antes de que los tanques de la URSS entren en Praga,
en una acción que el Kremlin y las direcciones comunistas oficiales
en Occidente (con las excepciones del PCE y el PCI italiano) justifican
como guiada por «la defensa del socialismo». Teresa aventura que Tomás,
en coherencia con su trayectoria política fiel al estalinismo, hubiera
asumido la línea oficial.
Por su parte Teresa, ella misma militante del PSUC desde su juventud,
es la auténtica muñidora del libro, en el que su vida juega un papel
secundario. Sitúa sus reflexiones en el entierro del padre y aprovecha
para describir con detalle el período inmediatamente anterior y posterior
a la intervención de la URSS, los ascensos y caídas en desgracia de
dirigentes conocidos, las incertidumbres. Sobre la «Primavera de Praga»
no duda en reflejar las dudas que le asaltan.
¿Qué era lo que realmente pasaba en Checoslovaquia? ¿Acaso el sector
de la casta dirigente del PCCh. que encabezaba Dubceck pretendía la
vuelta al capitalismo? Nada lo indicaba. Y, lo que es más importante,
¿no era el movimiento de los trabajadores y la juventud que recorría
el país un intento de recuperar el control de la economía y el Estado?
¿Qué tenía de «antisocialista»? ¿Por qué, se pregunta Teresa, era necesario
su aplastamiento a sangre y fuego? En su crítica a la intervención,
por considerarla contraria a los intereses del socialismo, es perceptible
la desazón de una activista con responsabilidades en la organización
del PCE en el exilio. Careciendo de un análisis político redondo, tiene
la virtud de ser un relato fresco de cuanto aconteció a los ojos de
una veterana militante.
Como ya había sucedido en Berlín oriental en 1953, en Hungría en 1956,
en Polonia en 1960, la revuelta popular aspiraba a hacer del socialismo
un sistema basado en la participación y el control de la economía, el
Estado y la vida social por parte de la población mediante los Consejos
de trabajadores y campesinos. Asqueados del control asfixiante de la
burocracia, de sus privilegios y sinecuras, de haber continuado hubiera
terminado enfrentado a Dubceck, que tan sólo pretendía unas pequeñas
reformas cosméticas que le consolidaran en el poder.
De haber triunfado, hubiera significado una auténtica amenaza para el
resto de las élites dirigentes del llamado «campo socialista». ¿Cuánto
hubiera tardado en producirse movimientos similares en la URSS y en
los demás países de su órbita? De ahí que no dudaran en sofocarlo con
la anuencia del imperialismo. Éste mataba así dos pájaros de un tiro.
Por un lado, encontraba un nuevo motivo para denunciar hipócritamente
la perversidad del «comunismo»: ¡como si su propia historia no estuviera
plagada de intervenciones contrarrevolucionarias! Por otro, abortaba
preventivamente el enorme poder atractivo que regímenes de democracia
obrera hubieran tenido sobre los trabajadores en Occidente y en el mundo
subdesarrollado, protagonistas en esa época de grandes movilizaciones
sociales (contra la guerra del Vietnam en Estados Unidos, protestas
obreras y estudiantiles en México, Mayo del 68 en Francia, Italia en
los años 69-70, luchas contra las dictaduras franquista y salazarista...).
Treinta años después de su redacción, es un libro que, aun discrepando
con muchos de sus análisis, merece la pena leer como testimonio que
es de unas vidas y una época que nos ayuda a comprender.