NC24 Algo se mueve en Latinoamérica

Algo se mueve en Latinoamérica
Oleada de luchas contra los ajustes económicos

Domingo Echevarría
Pamplona

Cuando desde el sur del Río Grande (México) hasta el extremo meridional de la Tierra del Fuego se suceden las crisis económicas, políticas y sociales, encontrarles un nexo común, sin negar la existencia de circunstancias y características nacionales propias, puede ayudar a entender mejor tanto cuanto hasta ahora viene aconteciendo como para vaticinar a Latinoamérica un futuro preñado de convulsiones sociales.

El patrón común entre los diferentes países es su dependencia: el lugar que tienen reservado en la división internacional del trabajo es principalmente el de suministradores de materias primas y productos sin elaborar. La implacable e invisible ley del mercado mundial les relega al atraso, al obligarles a realizar un intercambio comercial desfavorable. Aunque la bajada de los tipos de interés de los préstamos internacionales ha aliviado algo el lastre de la multimillonaria deuda externa, la caída de los precios de esos productos (su principal fuente de ingresos por divisas) está empujando a estas economías a la asfixia, que para los trabajadores y campesinos se traduce en mayor pobreza. Tras unos años de crecimiento económico significativo que las masas no han percibido en sus vidas diarias, las consecuencias de la crisis económica en Asia ha golpeado sin piedad a estas economías, sembrando de nubarrones su futuro próximo y poniendo en evidencia lo infundado de la prosperidad que se les auguraba a principios de los años 90.


Venezuela: reaparece el populismo nacionalista
Venezuela, antaño presentada como «modelo» de desarrollo, es un anuncio de lo que pronto puede repetirse en otros países de la zona, más atrasados y con menores riquezas naturales. La explotación de sus reservas petrolíferas durante décadas, incluso tras la subida de los precios del «oro negro» a mediados de los 70 y tras la nacionalización de la industria en 1976, acabó beneficiando exclusivamente a una decadente, parásita y corrupta élite dirigente complacida en su papel de serviles y bien pagados criados de las grandes multinacionales y Wall Street. Los sucesivos gobiernos alternantes de COPEI (Democristianos) y AD (Acción Democrática, Socialdemócratas) se enfrentaron a grandes movimientos de protesta, que en ocasiones no dudaron en ahogar en sangre. En uno de ellos, en 1992, el malestar social llegó a afectar a sectores del ejército que, con el coronel Chávez a la cabeza, intentaron un golpe de Estado con un discurso populista y nacionalista contra la «humillación nacional», la «corrupción» y la degradación de las condiciones de existencia que también, aunque en menor medida que a las masas, les afectaban.
Fallido el golpe, Chávez dio con sus huesos una temporada en la cárcel, de la que salió a tiempo para participar en las elecciones presidenciales de 1998 en las que literalmente barrió a las fuerzas políticas tradicionales COPEI y AD. Apoyándole, millones de trabajadores y campesinos expresaban su rechazo al sistema capitalista que les condena al paro y les sume en unas lastimosas condiciones de vida: se estima que el 80% de la población padece pobreza, del que el 45% vive en la miseria, y que las clases medias casi han desaparecido. El desplome del precio del petróleo (75% de sus ingresos de divisas) ha tenido un efecto devastador también sobre los ingresos fiscales anuales, reducidos en 3.500 millones de dólares en 1998. La deuda externa asciende a 35.000 millones de dólares(cuya servidumbre se lleva el 30% del presupuesto anual), cantidad por cierto inferior a todos los capitales venezolanos evadidos del país y depositados en bancos de Europa y Estados Unidos. El «milagro económico» que la política de privatizaciones iba a traer consigo ha sido un fiasco, salvo para la oligarquía local y/o foránea que se han hecho a precio de saldo con las propiedades estatales.
Las conversaciones de Chávez con los empresarios después de ser elegido, tratando de convencerles de que nada deben temer de él y que su política «radical» la reserva para los discursos, demuestran también el miedo que tiene a las expectativas que su triunfo ha generado entre los desposeídos. Sin embargo, es tan mala la situación económica que, contra sus intenciones iniciales, puede verse abocado a tomar algunas medidas de intervención estatal que, por tímidas que sean, contarán con las simpatías de las masas y la oposición feroz de la burguesía, que ya ha anunciado su rechazo a cualquier subida del salario mínimo, hoy fijado en 174 dólares (25.000 pesetas) mensuales, lo que contribuiría a azuzar la lucha de clases. Si acaba cediendo a sus fuertes tentaciones de implantar una dictadura para «sacar a Venezuela del marasmo», es decir, tratar de hacer funcionar el capitalismo a costa de las masas, el malestar social saldrá de nuevo a la luz y esta vez será en contra de este militar bonapartista, tal y como tantas veces ha sucedido en la historia latinoamericana, provocando una crisis en la coalición Polo Patriótico que le respalda.


 Paraguay: Las masas echan al presidente
Otro país que está entrando en una nueva época es Paraguay, uno de los más atrasados y dependientes de la agricultura y la ganadería en el Cono Sur. En febrero de 1989, con la habitual política de «hacer reformas por arriba para evitar explosiones por abajo», y ante el temor a las masas, la burguesía sustituyó mediante un golpe militar a Stroessner, decano de los dictadores del subcontinente (1954-1989), desde entonces en un exilio dorado en Brasil. En la nueva pseudodemocracia, sus colaboradores más cercanos continúan al mando y dedicados al latrocinio de la economía nacional, siguiendo el ejemplo del Presidente Wasmosy (1993-1998) a quien se atribuye haberse quedado con 6.000 millones de dólares de las arcas públicas entre 1997 y 1998, cantidad que supone el 60% del PIB paraguayo. Mientras, las vidas de las masas en nada han mejorado.
En las elecciones de mayo de 1998 resultó elegido Raúl Cubas quien, en una de sus primeras decisiones, liberó a su mentor y auténtico «hombre fuerte» del régimen, el general golpista Oviedo, encarcelado tras una asonada fallida en 1996. A continuación, ambos iniciaron una purga en la Administración y el Ejército que confiaron a sus partidarios. La creciente rivalidad con Luis María Argaña, compañero del Partido Colorado (¡no saquéis conclusiones equivocadas del nombre!) y vicepresidente del país, la acabaron resolviendo ordenando su asesinato. Esta muerte terminó por colmar la paciencia de la población.
El intento de encubrir la relación de Cubas con este asesinato provocó una movilización histórica, que el régimen trató de abortar violentamente. La policía acribilló el día 27 de marzo, en la plaza del Congreso, a 6 manifestantes, lo que extendió y radicalizó el movimiento. Temerosos de perder el control, los sectores burgueses tradicionales «sacrificaron» estos dos peones, procurándoles en un primer momento la impunidad nombrando a Cubas Senador vitalicio «a la Pinochet», y negociando el asilo político de Oviedo en Argentina. Tan burda era la triquiñuela que han tenido que dar marcha atrás y puede que finalmente les juzguen, aunque es dudoso que cumplan algún día condena. Retirados de la escena los chivos expiatorios, resultó elegido como Presidente interino González Macchi, seguidor del finado vicepresidente, colaborador de Wasmosy y con raíces personales y familiares en el stroessnerismo.
Vencedor en esta crisis política uno de los sectores más reaccionarios del Partido Colorado, le ha faltado tiempo para acometer nuevas purgas en la Administración y el Estado para poner a sus fieles, con el riesgo del resurgir de enfrentamientos que puedan animar a sectores militares a dar un golpe para restablecer el orden perdido. Sin embargo, las multitudes que se hicieron dueñas de las calles han ganado una confianza en sus propias fuerzas de la que hasta ahora carecían y que, sin duda, exhibirán de nuevo en los próximos años para rebelarse contra la pobreza a la que les condena el capitalismo y contra los intentos dictatoriales que puedan producirse.


Ecuador: Huelga general en marzo
La declaración del Estado de Emergencia Nacional y la represión militar y policial de nada sirvieron. La huelga general de 48 horas convocada en la segunda semana de marzo contra la política económica del Presidente Jamil Mahuad contó con la activa participación de los trabajadores, campesinos y estudiantes ecuatorianos que tomaron las calles y plazas de los núcleos urbanos y, de forma destacada, de la capital Quito.
Motivos de indignación les sobraban. Elegido con una gran mayoría en agosto de 1998 por sus promesas de acabar con la pobreza en que malvive la población, desde setiembre adoptó unas medidas económicas que han mostrado que está al servicio de la oligarquía local y las multinacionales. En estos meses, ha ido subiendo los precios del diesel, del gas de uso doméstico, de la energía eléctrica (entre un 300 y un 400%); facilitado a los bancos más de 1.000 millones de dólares para evitar su quiebra y sustituido el tímido impuesto sobre la renta por un impuesto sobre la circulación de capital del 1% (que no se paga). De la situación económica desastrosa de Ecuador habla el hecho de que el pago anual de la deuda externa realizado (2.500 millones de dólares), equivale al déficit presupuestario, que sin apenas gasto social, es agravado por una evasión de impuestos anual cercana a los 1.000 millones de dólares. Sólo en los últimos días de febrero el sucre se devaluó un 44%.
Como estas medidas no fueron suficientes, a finales de febrero anunció otras adicionales: subida del teléfono y, de nuevo, de los precios de la luz, la gasolina y los combustibles; incremento del IVA del 10 al 15%; congelación de los depósitos bancarios y nuevas ayudas a los bancos por valor de otros 800 millones de dólares; privatización de las escasas propiedades estatales que quedan por pasar a manos privadas; dolarización de la economía… ¡Todo ello en un país donde la renta per cápita no llega a los 1.400 dólares!
La dimensión de la protesta social consiguió que estas medidas fueran temporalmente retiradas, pero es inevitable que otras del mismo corte serán impulsadas por el Palacio de Carondelet (sede del Gobierno) en plena sintonía con las necesidades de «nuevos ajustes» que reclama el Fondo Monetario Internacional, que inevitablemente conducirán a que los obreros y campesinos reanuden sus protestas.


Chile: Los milagros no existen
La fragilidad del «milagro económico» chileno está también quedando en evidencia, basado como estaba en la explotación de materias primas como el cobre (que ha pasado de venderse a 1,30 dólares por medio kilo, aproximadamente, a costar sólo 0,61 en 1998, eliminándose también 25.000 puestos de trabajo) y las inversiones extranjeras que, como en la mayoría de los países latinoamericanos, se han hecho con la propiedad de sectores estratégicos tradicionalmente estatales. Las incursiones de la privatizada ENDESA, dirigida por el eximio franquista y ex-ministro del Interior de aciago recuerdo Martín Villa, para comprar la compañía eléctrica chilena ENERSIS es un ejemplo entre otros muchos. Si hasta hace unos años las migajas del crecimiento alcanzaban a algunos sectores populares, en el pasado reciente las diferencias sociales entre las clases no han hecho sino aumentar aun en un contexto de crecimiento económico.
Además, junto a los factores económicos que van a provocar enfrentamientos sociales, hay otros factores políticos de la máxima importancia. Entre ellos, la crisis abierta entorno a la detención de Pinochet en Gran Bretaña y su porvenir judicial en Europa. En la «democracia tutelada» por los militares, personificada en la condición de Senador vitalicio del dictador, se han vuelto a reabrir las heridas cerradas en falso al final de la dictadura pinochetista. El Gobierno, en un patético alegato de «no ingerencia en los asuntos internos», está de hecho aliada con los sectores más reaccionarios de la derecha en pos de una impunidad, que puede que finalmente sea conseguida mediante los recovecos oscuros del funcionamiento de la administración y la justicia burguesa. Por el contrario, las movilizaciones masivas a favor del castigo a Pinochet son la otra cara de la moneda, la renuncia al olvido y al perdón, a las que más pronto que tarde se añadirán otras contra los ataques contra las condiciones de vida y trabajo que se anuncian al socaire de la crisis asiática. Todo indica pues que el proletariado y el campesinado chileno vuelve a entrar en la escena, lo que bien podría conducir a un triunfo del candidato presidencial socialista y un panorama político en que la lucha de los trabajadores por defender sus derechos ocupe el primer plano.


«Volcanes en erupción»
De Norte a Sur, se ha asistido en 1998 a un recrudecimiento de la lucha de clases: en México, se suceden movilizaciones masivas contra el Gobierno del PRI, con manifestaciones de hasta 100.000 trabajadores del petróleo en la capital; en Nicaragua, resurgen las protestas campesinas contra el gobierno derechista de Alemán; en Panamá se produjo una huelga histórica en marzo de 1998 en las plantaciones de bananas; en Puerto Rico, han sido los trabajadores de la telefonía quienes se han movilizado; en Colombia, la política de Pastrana ha llevado a reiteradas protestas (500.000 trabajadores en huelga, por ejemplo, en el otoño); los trabajadores brasileños (el país más industrializado y más en crisis) se han alzado contra su penosa situación (como en la General Motors)…
La clase obrera vuelve al primer plano y va a seguir en él. La crisis de Brasil siembra el temor en el resto de los países, sobre todo en Argentina que dirige el 30% de sus exportaciones hacia ese país. Los estrategas del capital, por su parte, lo tienen claro: hacen falta nuevos ajustes, nuevas privatizaciones, nuevas desregulaciones. Y ese es el camino que pretenden seguir los gobiernos latinoamericanos. Su problema es que las masas obreras y campesinas están llegando a un límite intolerable y muestran su disposición a luchar. En un contexto así, en el debate sobre qué alternativa plantear a los zarpazos del capitalismo, las ideas del socialismo marxista, de la planificación democrática de la economía con la participación consciente de los trabajadores y campesinos en la gestión de la misma y del Estado, de una Federación Socialista de Centro y Suramérica, encontrarán un terreno abonado para fructificar y ganar apoyo en las organizaciones políticas y sindicales de la clase obrera y los campesinos.