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Editorial
Crece la miseria y la desigualdad
Hay que defender una alternativa socialista

El presidente del Banco Mundial afirmó el pasado 22 de abril que en 1998 el número de personas que viven en la pobreza (que malviven con menos de 1 dólar —158 pesetas— al día), alcanzó los 1.700 millones en el mundo. Esto supone 400 millones de habitantes más que en el año anterior. Citó como países con una «situación desesperada» a Indonesia y a Rusia. En este último caso, dijo, «hay 60 millones de personas que viven con menos de 4 dólares diarios» (El País. 23.04.99).
El Informe Mundial sobre la Educación de 1998 elaborado por la Unesco cifra en 429 millones los niños entre 6 y 17 años que no están escolarizados en el mundo. Pero sus previsiones de futuro son aún peores. Prevé que en el año 2010 los niños sin escolarizar alcanzarán la cifra de 476 millones, un 11% más que en la actualidad. De esa forma no es de extrañar que la cifra de analfabetos mayores de 15 años para el 2005 se mantenga en la escandalosa cantidad de 870 millones de personas (El País 23.06.98).
Estos números, que encierran una realidad social de penosas condiciones de vida para una gran parte de la humanidad, contrastan con ciertas estadísticas macroeconómicas con las que los gobiernos de los países más avanzados pretenden convencernos de que «todo va bien».
La burguesía norteamericana está eufórica. El año 98 su economía creció un 3,8% y pueden presentar uno de los niveles más bajos de su historia en cuanto al desempleo. De hecho el último trimestre del año el PIB aumentó nada menos que un 6,1%. Su estado de ánimo se refleja en terrenos como la evolución de Bolsa o en su ímpetu belicista en la intervención militar que han desplegado en Yugoslavia, aunque en ambos casos pueden llevarse sorpresas en el futuro.
El índice Dow Jones de la Bolsa de Nueva York tardó casi un siglo en llegar a la cota de los 1.000 puntos. Pero en tan sólo 9 años ha pasado de los 2.800 a rebasar, por primera vez, el listón de los 10.000. Esta acumulación de capital en la Bolsa demuestra varias cosas. En primer lugar, que debido a la crisis económica asiática el capital ha buscado refugio en el euro y, sobre todo, en el dólar. En segundo lugar, que la cantidad de capital sobrepasa con mucho las posibilidades de invertirlo en actividades productivas rentables para los capitalistas, viéndose atraído por la especulación bursátil que ofrece una ganancia más jugosa. Este proceso está creando una gigantesca burbuja especulativa que podría acabar como la que se formó en Japón durante los años 80 y la primera parte de los 90. El índice Nikkei que llegó a los 35.000 puntos reventó y hoy se encuentra por los 15.000. La euforia de hoy podría dar paso a las lágrimas mañana.
Japón no levanta cabeza. Lleva dos años de crisis con tasas de crecimiento económico negativas. Un ­0,4% en el 97, y un ­2,8% en el 98, el peor año desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En 1998 las empresas japonesas han despedido a un millón de trabajadores por reconversión o por bancarrota. Cuentan ya con 3 millones de parados, en un país acostumbrado al pleno empleo. Además las previsiones para el 99 tampoco son muy halagüeñas. El gobierno nipón prevé un ridículo crecimiento del PIB del 0,5% a pesar de los muchos billones de yenes que ha inyectado en el gasto público o en ayudas a la banca y a las empresas.
De hecho los países que se encuentran en recesión económica representan el 25% del PIB mundial: Asia, Rusia y los Países del Este Europeo, la mayor  parte de África y, ahora, Latinoamérica.
La Unión Europea y los EEUU han podido mantener el ciclo alcista de su economía, incluso con cifras mejores de las previstas en 1998, gracias, entre otras razones, al descenso brutal que han experimentado durante el año pasado los precios de las materias primas que importan los países avanzados. Algunos ejemplos son: El petróleo ha reducido su precio un 31%, volviendo a los precios de hace casi 50 años. El cobre ha caído un 30%. El azúcar un 31%. El trigo un 24%. Y el café un 43%. «Hay productos que han descendido tres veces de sus niveles de hace cuatro años» (El País. 28.02.99).
Esta evolución ha recortado los ingresos de los países productores de materias primas de forma brutal. Ha habido un trasvase de riqueza, mayor aún que en el pasado, de los países pobres a los ricos. Ésta es la dinámica que explica que aunque en las naciones más ricas se experimente una situación de crecimiento económico, las más pobres se empobrezcan aún más. Lo que no quiere decir que la población de los países más avanzados se beneficie por igual de su crecimiento económico. Éste también se basa en la sobreexplotación de los trabajadores, capítulo en el que EEUU parece llevar ventaja a la UE al reducir los costes laborales hasta un 20% por debajo de los costes laborales europeos (no de los españoles, que son aún un 26% más bajos que los norteamericanos).
Los países ricos se han aprovechado de la caída de los precios de las materias primas, pero también les preocupa, no por razones humanitarias, sino por las consecuencias que puede tener para ellos mismos. El director de Opinión de El País, Joaquín Estefanía, escribía el 28 de febrero pasado: «...hay expertos que indican que la reducción de los precios no está inducida sólo por la caída de la demanda originada por la crisis asiática, sino que es una tendencia anterior motivada por la sobreproducción, por las innovaciones tecnológicas que abaratan los costes y por el acceso a los mercados en condiciones competitivas, debido a la globalización de los mismos». Todo indica que se está gestando una seria crisis de sobreproducción, acompañada de un peligro, que parecía olvidado desde la Gran Depresión del 29, pero que infunde gran temor a la burguesía: la deflación. Como explicaba Robert Reich —secretario de Trabajo de Clinton hasta el 96— «La caída de los precios reduce el beneficio, estimulando recortes de plantillas y sueldos. Como consecuencia, los trabajadores tienen menos dinero para comprar bienes y servicios, lo que alimenta de nuevo el ciclo».
Si la economía japonesa no levanta el vuelo. Si, por el contrario, la clase dirigente china decide devaluar su moneda empujados por el fuerte aumento de su déficit comercial, desatando una guerra de precios y devaluaciones en la zona.
Si la economía alemana confirma su frenazo (decrecimiento del 1,8% del PIB en el último trimestre del 98), y teniendo en cuenta que representa el 35% de la economía europea, frena a toda la UE.
Si las Bolsas de los países ricos no soportan que se hinche más el globo de la especulación... tendremos una situación de recesión, con efectos devastadores para los trabajadores y trabajadoras, para los jóvenes, pequeños campesinos y pequeños propietarios... es decir, para la mayoría de la población.
Hay que denunciar las patrañas de la derecha y de quienes defienden este sistema económico, cuando nos hablan un y otra vez del futuro de prosperidad económica que nos aguarda. Hemos de oponerles una alternativa socialista, que se base en la movilización y participación activa de la clase trabajadora, y que defienda la transformación de los grandes medios de producción en propiedad colectiva de toda la sociedad, mediante la nacionalización de la gran banca y los seguros, las grandes empresas industriales y de las grandes propiedades agrícolas. Eso sí permitiría la planificación democrática y racional de los recursos materiales de los que disponemos, para acabar con el desempleo masivo, la sobreexplotación de los asalariados, la miseria que domina a una gran parte de la humanidad, y la incertidumbre en el futuro.