La guerra en Yugoslavia
La caja de Pandora

Alberto Arregui

Las bombas de la OTAN caen sobre el corazón de Europa. Con la misma intensidad cae sobre todos nosotros la propaganda a favor de esta guerra desde todos los medios de comunicación. Todos los dirigentes políticos, casi todos, la excepción es IU, se han puesto de acuerdo para decirnos que la guerra contra Serbia es buena. Ellos, que siempre dicen odiar la violencia, que condenan la lucha armada de cualquier pueblo oprimido, que dicen a los trabajadores que no corten las carreteras cuando van a perder su empleo, ni formen piquetes, porque «la violencia no conduce a nada bueno», sí, ellos mismos justifican, defienden, y jalean la muerte en masa que las armas de la OTAN están causando a los pueblos de los Balcanes.
Los gobiernos aliados dicen combatir a Milosevic, pero los cadáveres son de ciudadanos como cualquiera de nosotros contra los que nada tenemos y que no tienen ninguna responsabilidad en la política de limpieza étnica que asola los Balcanes en la última década. La población albano-kosovar, a la que todos los dirigentes pro-bélicos dicen defender, a visto incrementados sus sufrimientos, la muerte, la miseria y el exilio, hasta lo indecible como consecuencia de la insensata guerra desatada por el imperialismo.
La población del Estado español, como quizá la de toda Europa, está aturdida por los acontecimientos y la información que recibimos. Es evidente que no hay una simpatía hacia la guerra, pero nos dicen constantemente : «si no hubiese guerra sería peor». Y, la verdad, es que no se ve fácilmente una alternativa, pues el horror que produce la política de «limpieza étnica», al igual que sucedió con Bosnia, presta argumentos a los partidarios de la intervención, y la pasividad ante el drama es algo que muchos rechazan. Por eso no basta con oponerse a la guerra, no basta con condenar las agresiones y la muerte de inocentes, es necesario explicar lo que está pasando, por qué pasa y que otras alternativas existen frente al belicismo que defienden todas las fuerzas presentes en el parlamento español con la oposición de IU y el BNG. No es suficiente una oposición al bombardeo sobre Serbia, sin dar ninguna alternativa frente a la opresión de los kosovares, pues pasar de una postura «pro OTAN» a una postura «pro Milosevic» sería saltar de la sartén al fuego.

En primer lugar debemos recordar el famoso referéndum que llevó al Estado español a integrarse en la Alianza Atlántica. Los dirigentes del PSOE, cuando estaban en la oposición defendían «OTAN, de entrada no», pero después de su triunfo electoral en el año 1982 pasaron a ser «hombres de Estado» y defendieron la integración, asegurando que la OTAN era una organización defensiva, sin embargo hoy vemos su carácter agresivo y subordinado a los intereses de las principales potencias, especialmente los Estados Unidos y Alemania.
A pesar de todo, el referéndum demostró la gran oposición a la incorporación a esta organización militar, y precisamente aquel ambiente dio pie a la creación de Izquierda Unida. Sería un contrasentido que hoy, con la guerra en Europa, no fuésemos capaces de canalizar la oposición a la guerra, que con toda seguridad rebasa ampliamente el apoyo electoral que está recibiendo la coalición.


No hay ningún interés humanitario
Ahora nos quieren convencer desde los medios de comunicación de que la OTAN es una especie de ONG dedicada a defender a los pueblos oprimidos de los desaguisados de malvados tiranos. Cuando oigo defender la bondad de la OTAN, y particularmente de su intervención en los Balcanes, a los dirigentes del PP del PSOE y del PNV, la primera duda que me asalta es acerca de si el mayor rasgo de su postura es el cinismo, al tratar de convencernos de algo en lo que ellos no creen pero que defienden por intereses políticos del imperialismo internacional, o si realmente se lo creen, en cuyo caso su capacidad para comprender la historia está al nivel de «La guerra de las galaxias».
Lo que está sucediendo en la vieja Yugoslavia no es una película de Hollywood, en la que los buenos son los americanos y sus amigos y los malos los demás. Lo que estamos viendo ante nuestros ojos es una salvaje agresión imperialista, en defensa de sus intereses estratégicos y económicos, donde les importa un comino la suerte de los pueblos de la zona. Nadie que defienda los derechos democráticos consecuentemente puede sentir simpatía por el régimen de Milosevic y su política de limpieza étnica, pero tampoco puede sentirla por el terrorismo en masa que esta desatando la OTAN provocando la muerte entre la población civil sea la que sea. La ONU ha quedado a la altura del barro, demostrando que la política internacional depende de las relaciones de fuerza, y que la ONU no es sino una pantalla de las grandes potencias que cuando quieren la utilizan y cuando quieren se la saltan a la torera.
Si con alguien podemos sentirnos solidarios estos días es con el pueblo kosovar y con el pueblo serbio, así como con el de los demás territorios que pueden verse implicados si el conflicto se extiende.
Los bombardeos lejos de aminorar los sufrimientos de los albano-kosovares los han agudizado. Es una estupidez argumentar que no era previsible el éxodo que provocarían los ataques. Había un claro precedente en la agresión imperialista contra Irak, en la que no sólo no acabaron con el régimen de Sadam Hussein, sino que han provocado con la guerra y el bloqueo la muerte y los sufrimientos más crueles entre el pueblo iraquí y el pueblo kurdo. Ha quedado claro que para la OTAN lo importante no era frenar el sufrimiento de los kosovares sino derrotar a Milosevic y desplazar la influencia rusa en la zona asegurando el dominio de las potencias occidentales..
Hace ahora cinco años, presenciamos uno de los mayores horrores en lo que a enfrentamientos étnicos se refiere, la matanza de 800.000 tutsis en pogromos atizados por bastardos intereses. La OTAN no movió un dedo, como tampoco lo hizo ante la persecución sufrida por el pueblo kurdo a manos del gobierno turco. Claro que Turquía es miembro de la OTAN a pesar de que mantiene su ocupación del norte de la isla de Chipre. Los palestinos tampoco recibieron el apoyo de la OTAN, aunque a juzgar por los resultados en Yugoslavia, a pesar de todo habrá sido mejor para ellos. El gobierno de Israel ha hecho lo que le ha dado la gana en los territorios ocupados y en Líbano, lo que no le ha impedido gozar de excelentes relaciones con los países que ahora se rasgan las vestiduras por la barbarie de Milosevic.
Ahora los Aznar, los Borrell, los Pujol e Ibarretxe, en una nueva versión de Sor Teresa de Calcuta sienten un amor por el pueblo albano que no han sentido antes por ningún otro, y en nombre de ese amor altruista justifican cientos de muertes de inocentes.
La sociedad vasca, según el PP y los dirigentes del PSOE se divide en «violentos y no violentos», pero ahora resulta pintoresco que ellos se declaren «no violentos», o quizá consideran que matar en los Balcanes no es violencia. Toda su palabrería cuando hablan de la situación vasca queda en evidencia ante su justificación de todas las atrocidades en el campo internacional.
Claro, nos dirán que se trata de una guerra para evitar los sufrimientos de la población, que sería peor sin la intervención. Pero este argumento está muy gastado, lo hemos oído siempre. La Primera Guerra Mundial fue justificada porque era «la guerra para acabar con todas las guerras», y ya vemos como han ido las cosas desde entonces. La guerra de Vietnam era contra la amenaza del Norte, se hacía para defender a los pobres vietnamitas del Sur. Pinochet dio su golpe para defender a los chilenos de un mal mayor llamado socialismo, y así indefinidamente... y siempre ¡qué casualidad! el imperialismo norteamericano ha estado en el lado de los poderosos. Pero ahora, como Saulo camino de Damasco, parece que se han caído del caballo y se han convertido al «humanitarismo». ¿Quién puede creerse de verdad todas estas patrañas? Mientras consideran que la kale borroka (la lucha callejera, o sabotajes y destrozos  practicados por los jóvenes independentistas vascos) es un impedimento insalvable para un camino de paz en Euskadi, y se niegan a admitir a EH en un foro abierto de discusión, arman a los guerrilleros nacionalistas del UCK, como ayer armaron a los Talibanes en Afganistán o a las fuerzas criminales de UNITA en Angola, o a la Contra nicaragüense, etc.
Si no se produce una reacción más enérgica de los pueblos de Europa contra esta bárbara agresión de la OTAN es, no sólo por el poder de los medios de comunicación, sino por la dificultad de ver una salida al conflicto, ya que no se trata como en Vietnam, Cuba, Chile, Nicaragua, o tantos otros casos, de la agresión a una revolución sino de un conflicto interimperialista, en el que la gente se siente horrorizada por la política reaccionaria y criminal del régimen de Milosevic.
Por cierto que la limpieza étnica tampoco es nada nuevo en Europa, se ha practicado siempre que la historia ha vivido un reparto de influencias y fronteras. El último fue tras la IIª Guerra Mundial, que no sólo costó millones de muertos, entre ellos 6 millones de judíos, sino más de 24 millones de desplazados consecuencia en gran medida de los acuerdos de Yalta entre las grandes potencias. Ahora con el hundimiento de la URSS, y la incapacidad de la nueva Rusia capitalista de jugar el papel de antaño, se está produciendo un nuevo reparto de la influencia en la zona más sensible de Europa, aquella que se sitúa en los límites de las potencias.


Orígenes del conflicto
Pero lo que mucha gente se pregunta es ¿cómo ha surgido todo este conflicto?. Si la convivencia nacional es tan difícil si el conflicto se basa, como dicen los medios de comunicación en odios atávicos ¿cómo pueden haber vivido un período histórico unidos en una federación común? ¿Acaso fue una imposición a sangre y fuego?
A los señores de la OTAN no les gusta entrar en sutilezas históricas, pues eso pone en evidencia la falsedad de sus argumentos, y sobre todo demuestra que la reintroducción del capitalismo en la zona ha causado una auténtica catástrofe histórica.
La zona de los Balcanes posee una historia rica y compleja preñada de acontecimientos de importancia que se ha visto sacudida por procesos como la desintegración del imperio otomano, la guerra greco-turca, los choques entre el imperio zarista y las potencias europeas... En Sarajevo se produjo el acontecimiento que sirvió de excusa para el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Pero, para entender la historia moderna debemos conocer el proceso decisivo en los años de la Segunda Guerra Mundial. Los grandes acontecimientos que sacudieron a Europa no fueron sino una expresión aguda de la lucha de clases, el enfrentamiento de la revolución y la contrarrevolución. Los pueblos europeos se vieron aplastados por el nazismo que no era sino el resultado de la aguda enfermedad del capitalismo alemán. Pero como no podía ser de otra manera en un período extremo de la lucha de clases se impone el alineamiento como clase antes que como nación o etnia. Los nazis tuvieron aliados entre la burguesía de todo el mundo, y los antifascistas se nutrieron de las filas del proletariado organizado de todas las naciones. En los Balcanes los nazis y los fascistas de Mussolini encontraron aliados firmes entre los nacionalistas serbios y croatas. Los chetniks serbios, el ejército de la monarquía en el exilio, colaboraron con los nazis para tratar de exterminar a los partisanos, que bajo el mando de Josip Broz, Tito, croata de origen, combatían a los invasores en todos los Balcanes. Entre los croatas, también había una fuerza fascista que combatía a los partisanos, los ustashi de Ante Pavelic, estos salvajes que hoy son alabados por el dirigente croata Frandjo Tudjman, cometieron un verdadero genocidio contra serbios, zíngaros y judíos, se les atribuyen 400.000 muertes.
Mientras, los comunistas de Tito consiguieron unir a todos los pueblos balcánicos en la lucha contra el enemigo común. Esa es la clave de los años de unidad de la federación de «los eslavos del sur»: la lucha común contra los nazis y sus colaboradores burgueses por encima de las fronteras y etnias, y el proyecto común de construir una nueva sociedad.
Así en 1946 se constituía la Federación  de 6 repúblicas: Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro, Macedonia y Serbia que acogía a la Voivodina y a Kosovo-Metohija(Kosmet), como provincias autónomas. Esta federación se constituyó en contra de los acuerdos de Yalta, donde Stalin había firmado una traición abierta a la causa de los partisanos de Tito, lo que llevó a una relación siempre tensa. Es más, Tito intentó ampliar la federación a Bulgaria, lo que fue vetado por Stalin. En 1948 los comunistas yugoslavos fueron expulsados del Kominform, la organización que bajo la égida de Moscú agrupaba a los partidos comunistas.
La victoria contra los nazis y fascistas, la ilusión de la construcción de una nueva sociedad y el crecimiento económico derivado de la economía nacionalizada (más de un crecimiento del 10% anual del año 55 hasta mediados de los 60), dieron la base para la unidad de las repúblicas que mantenían un alto grado de autonomía, y que habían construido la federación en pie de igualdad y voluntariamente. De esta manera a pesar de todos los errores del régimen burocrático de Tito, una variante particular del estalinismo ruso, los Balcanes vivieron un período de estabilidad, asentado en el capital político acumulado en el período de la Guerra Mundial y la postguerra..


La crisis del régimen de Tito
A la larga, la constitución de diversas burocracias nacionales en cada una de las repúblicas hizo renacer cierta tensión en la cuestión nacional. Debemos tener en cuenta factores como la ausencia de una auténtica democracia obrera, en un régimen basado en el partido único y los privilegios de una casta constituida por el aparato del partido y el de la administración. Incluso en el aspecto nacional la Constitución de Yugoslavia no reconocía el derecho de autodeterminación, pues una vez alcanzada la unidad, era necesario el acuerdo de las repúblicas para aceptar la independencia de una de ellas.
La crisis económica, que coincidió en Yugoslavia con la época de la muerte de Tito, en el año 80, aumentó las tensiones nacionales. Por primera vez descendía el nivel de vida de las masas, que había mejorado constantemente desde la postguerra.
 El derrumbamiento del régimen burocrático de la URSS y de todo el Este de Europa, ponía a la orden del día, tal como Trotsky había diagnosticado en su obra «La Revolución Traicionada», la disyuntiva entre el triunfo de una revolución política que condujese a una auténtica democracia socialista acabando con los privilegios de la burocracia y las distorsiones de la economía, o la vuelta al capitalismo. El fracaso de la revolución política en Alemania del Este, Rumania, Polonia, etc., llevó a la burocracia a la carrera desesperada hacia el capitalismo tratando de aprovechar su situación de privilegio para convertirse en los nuevos burgueses.
Yugoslavia también tuvo su movimiento de clase en las huelgas del año 87 que protestaban contra la carestía de la vida y el desempleo creciente, pero no cuajaron en un movimiento político capaz de frenar las ambiciones de las burocracias y los planes del imperialismo alemán de expansión hacia el Este.
El incremento de las tendencias centrífugas era directamente proporcional a la intensificación de la crisis económica. En 1983 se alcanzó ya la cifra de 900.000 parados, cifra que seguiría incrementándose, hasta el punto de que en 1991 se consideraba que de una población de 24 millones había 5’5 millones viviendo bajo el umbral de la pobreza. La tasa de inflación fue alcanzando índices astronómicos, desde un 87% en el 85, superó el 100% en el año 89. Las burocracias locales de cada territorio jugaron el papel que habitualmente juega la burguesía nacionalista, anteponiendo un egoísta «sálvese quien pueda», a cualquier intento por preservar la unidad de Yugoslavia, que era la única posibilidad de evitar una espiral imparable hacia la guerra.
En este sentido la intervención de las potencias imperialistas fue decisiva, tanto de la Unión Europea como de Estados Unidos.
Se puede afirmar que la época de Tito, por las razones y con las limitaciones que ya hemos explicado, fue un paréntesis de tranquilidad para los Balcanes, frente a una historia de tensiones fronterizas provocadas por los imperios(otomano, zarista y austro-húngaro) primero, y por las potencias europeas después. Lo que ahora está pasando no es sino el retomar el hilo de la historia del ignominioso acuerdo de Yalta, firmado por las potencias para repartirse Europa. Ahora, con el hundimiento del poder de la vieja URSS, se produce una lucha por el botín, en la que el capitalismo alemán intenta tomar su revancha histórica. Para la burguesía alemana fue fácil basarse en el egoísmo de los dirigentes eslovenos y croatas, las zonas más ricas de Yugoslavia, para estimular y apoyar el proceso de independencia que ha llevado a estas repúblicas a caer bajo su área económica de influencia.
Yugoslavia sufría un proceso simultáneo hacia la desintegración y hacia los esfuerzos desesperados por la centralización por parte del partido en Serbia. Las burocracias locales estimularon su poder local para resguardar sus parcelas, el nacionalismo se vio azuzado, y en la ausencia de una alternativa unitaria va ganando terreno.


El derecho de autodeterminación
Una vez llegados a esta situación lo fundamental hubiera sido hacer hincapié en la necesidad de mantener la unidad con un programa de revolución política que hubiese despojado a la burocracia del Estado y del Partido de sus privilegios, que hubiese salvado las conquistas de una economía nacionalizada introduciendo el control democrático necesario para sacar adelante los intereses de las masas. Las tendencias centrífugas eran un espejismo, de ahí no podía venir la alternativa, pero era sin embargo la tabla de salvación de las burocracias nacionales y respondía a los intereses imperialistas de arrebatar esa zona a la influencia de Rusia. Debido a estas razones no tenía ningún sentido en esos momentos poner en un primer plano el derecho de autodeterminación de las partes componentes de Yugoslavia, porque era meridianamente claro que la separación traería inevitablemente la guerra. Hoy en día las cosas han cambiado, sólo desde la libertad de separación se podrá construir la unidad voluntaria.
 Desde el punto de vista de la defensa de los intereses conjuntos de la población era un disparate defender un camino que conducía a la guerra. El camino era la defensa de la unidad en base a un programa político progresista defendiéndose de las ambiciones imperialistas. Pero una alternativa así no cuajó, quienes defendían la unidad tampoco lo hacían por la defensa del interés común, sino con intenciones claramente hegemónicas. Cada casta dirigente de cada territorio trataba de absorber lo que pudiese. El gobierno Serbio tenía la posición de mayor fuerza, pero el de Croacia se sintió seguro al saberse respaldado por Alemania.
Una vez que Eslovenia y Croacia abrieron la puerta, las demás repúblicas fueron detrás, y se abrió una auténtica «caja de Pandora», sobre todo al haber en cada territorio otros territorios menores que tenían mayoría de otras poblaciones. La limpieza étnica apareció como arma de control territorial y fue usada, en mayor o menor medida, por todos, sobre todo cuando se planteó el espinoso tema de una región multiétnica con fuertes choques políticos como era Bosnia. La guerra era ya inevitable.
Los intentos represivos de contener las reivindicaciones nacionalistas no hacen sino exacerbarlas. La incapacidad del nacionalismo serbio de responder a las demandas democráticas, y la crisis económica venían ya desde hace tiempo enrareciendo el ambiente. El crecimiento de la pobreza estimuló las demandas en Kosovo, de mayoría albanesa, y una de las zonas más deprimidas. De 1981 a 1987 los tribunales yugoslavos impusieron penas de cárcel a más de 5.000 albaneses por motivos políticos. En 1989 se anuncia la supresión de la autonomía de la Voivodina y de Kosovo, amenaza que se verá cumplida en 1990. Esto sería un paso más para agravar el problema. Aun así debemos tener en cuenta que los kosovares no han pedido la independencia hasta el estallido de la guerra, se limitaban a reivindicar su autonomía.
De igual manera en la Krajina, enclave de mayoría serbia en Croacia, tampoco serían reconocidos los derechos de la población por el gobierno derechista de Tudjman.
Cuando en el 91 Eslovenia y Croacia, las zonas más ricas, declaran su independencia, el gobierno alemán se apresura a reconocer a los nuevos países mientras la comunidad internacional dudaba de las consecuencias de hacerlo, sin embargo el imperialismo alemán ya había trazado sus planes. Sin duda esta voracidad precipitó el sangriento conflicto de Bosnia en el 92, que implicó a serbios croatas y musulmanes.
Para comprender hasta que punto los regímenes actuales de Serbia o Croacia suponen una ruptura con el pasado, las banderas de los viejos chetniks y ustashis han reaparecido agrupadas en las fuerzas de Milosevic y Tudjman, respectivamente.
De igual manera que el gobierno croata no reconoció los referéndum celebrados el año 91 en la Krajina y Eslavonia, donde la población quería unirse a Serbia, tampoco Serbia reconoció las elecciones celebradas en Kosovo en Mayo del 92 que dieron un triunfo aplastante a la «Liga Democrática» de Ibrahim Rugova. Al cerrar el paso al nacionalismo moderado, el gobierno de Milosevic estimuló las alternativas ligadas al independentismo y la lucha armada.
Es cierto que el derecho de autodeterminación de los pueblos no puede considerarse el bálsamo de fierabrás que todo lo cura en cualquier circunstancia, pero no es menos cierto que la unidad de los pueblos sólo puede basarse en la voluntariedad de dicha unión y el respeto de los derechos de las minorías. El intentar mantener la unidad por la fuerza no ha hecho sino abrir más las heridas. La historia ha demostrado en Yugoslavia que sólo una federación socialista puede garantizar la convivencia de los pueblos de los Balcanes. En bases capitalistas el conflicto se mantendrá vivo reanimando el rescoldo de los enfrentamientos cada vez que alguien avive la llama.


El «nuevo» orden mundial
La intervención de la OTAN lejos de resolver los problemas de los pueblos implicados está contribuyendo a que perduren más en el tiempo. Es evidente que las fuerzas imperialistas querían dominar la zona, y que una cosa ha llevado a la otra, en la medida en que se iban metiendo han azuzado el peligro de una guerra balcánica. En parte la intervención militar se ha producido para asegurar su control, con un exceso de confianza en el papel de la fuerza bruta, y en parte pensando que así podrían frenar el peligro de una guerra balcánica que implicase a Macedonia, Albania, Grecia, Bulgaria…y que contaría con la intervención directa o indirecta de Rusia. Querían matar varios pájaros de un tiro, pero el tiro puede salirles por la culata. La política de «limpieza étnica» en Kosovo ha sido la excusa pero no el motivo de la intervención armada.
La guerra que estamos viviendo es una consecuencia directa del «nuevo orden mundial» ; el hundimiento de la URSS alteró los equilibrios de fuerzas en el mundo, algo que se ha dejado sentir en Africa, Latinoamérica, Oriente...y en Europa. Los imperialistas han acudido rápidamente a llenar el hueco dejado por la debilidad de Rusia intentando poner la zona bajo su control. No sólo eso, tienen pánico al futuro de Rusia, la  tremenda inestabilidad económica política y social de lo que hasta hace poco era un gigante, las dificultades inmensas para reintroducir el capitalismo, y la amenaza de convulsiones políticas y sociales, llevan a las potencias occidentales a tratar de cerrar un «cordón sanitario» en torno a las fronteras de Rusia. Han dado pasos decisivos como respecto a los países bálticos, o, sobre todo, la inclusión en la OTAN de Hungría, la República Checa y Polonia, que claramente es una provocación a Rusia. Desde ese punto de vista era fundamental intervenir en Yugoslavia, para arrancarla de la influencia Rusa, no sólo por razones económicas, sino geopolíticas. Existe además otra importante razón: los imperialistas veían como inevitable la extensión de la guerra en los Balcanes, con la posible expansión serbia, y han pretendido, torpemente y sobrevalorando la fuerza bruta, atajar el peligro con la intervención directa. En realidad están agravando la situación.
Puede ser que el gobierno Serbio acabe cediendo y aceptando una partición del Kosovo, que se convertiría en un protectorado, quizá incorporado a Albania. Pero también es posible que no cedan, ya que no se trata de lo que quiera Milosevic, sino de una resistencia nacional a la invasión en la que si Milosevic se hubiese echado atrás lo hubiesen quitado de en medio, tendría que ser una rendición con el consentimiento del ejército, y eso no sucederá salvo que se vean en peligro de ser aniquilados. Si resisten, la OTAN se verá forzada a una intervención terrestre. Esto además de extender la guerra, supondrá una pérdida enorme en vidas humanas, no los 800 o 1000 que calculan los «expertos», pues además de las bajas de los aliados hay que considerar las de los Yugoslavos. Al igual que en Iraq, no cuentan más que sus propios muertos, pero para un ataque por tierra tienen que intentar aniquilar a las fuerzas serbias para minimizar las propias pérdidas lo que supondrá miles de muertos entre el ejército y la población civil. El cinismo de los partidarios de la OTAN quedará aún más al descubierto.
En estos momentos han destrozado de tal manera la situación que es difícil encontrar una salida viable al conflicto, pero de lo que no cabe duda es de que «la guerra para evitar la guerra» es un fiasco. Sería mejor, en vez de bombas, ver a los pueblos de Europa movilizándose por la paz, solidarizándose con el pueblo kosovar pero también con el pueblo serbio, pues los pueblos de Europa tenemos más de común entre nosotros que con nuestros respectivos gobiernos. Sería mejor comprender el valor de la lucha de las masas frente a la justificación de las guerras. Nuestro pueblo no tiene nada contra el pueblo serbio, por eso debemos luchar por parar esta guerra insensata y criminal, y debemos exigir también el derecho de autodeterminación de los pueblos de los Balcanes.
Hoy puede parecer una perspectiva lejana, pero la historia ha demostrado que sólo una federación socialista puede garantizar la colaboración de todos los pueblos de los Balcanes.
 Una de las peores consecuencias de esta guerra sería el aceptar el papel de la OTAN, en realidad de Estados Unidos, como policía mundial que bombardea a quien le molesta. Es una patética y sangrienta versión del «vengador justiciero» que no podemos aceptar. Los marxistas siempre hemos rechazado el terrorismo como medio de lucha, pues los problemas o son resueltos por la lucha consciente de una parte decisiva de la población o no tienen solución. Sólo el pueblo Serbio puede acabar con una política nefasta de su gobierno, pero arrojando bombas contra el pueblo sólo se refuerza ese gobierno, sólo se refuerza lo irracional y el odio. Tenemos que rechazar con todas nuestras fuerzas el terror bélico de la OTAN, que no sólo reduce a la barbarie el suelo de la otrora próspera Yugoslavia, sino que amenaza con retrotraer a la barbarie política a toda Europa. Sólo la movilización masiva de los pueblos europeos hubiese podido llegar a las mentes del pueblo Serbio, dejando claro que no nos solidarizamos con los albanokosovares en contra de los serbios, sino que apoyamos la convivencia de todos los pueblos. Aún estamos a tiempo de alzar la voz contra la barbarie y que su eco sea recogido.