Frente a la Europa de los monopolios
Queremos la Europa de los trabajadores
Por una Federación Socialista de Estados Europeos

Es más que significativo que, a pocas semanas de las elecciones europeas del 13 de junio, dimitiera toda la Comisión Europea en pleno ante las acusaciones de corrupción que afectaban a toda su estructura: la designación a dedo de los contratos y la falta de control parece haber caracterizado la gestión de los Comisarios de la Comisión Santer. Su dimisión en pleno ha tratado de parar las consecuencias que podría haber tenido una investigación pública de las acusaciones, tanto en desprestigio de las instituciones europeas, como en sacar a la luz las implicaciones de los altos cargos.

Una vez más ha quedado demostrado que la corrupción en las altas esferas de las instituciones oficiales no es algo que afecte a individuos perversos sino más bien se trata de una característica intrínseca al funcionamiento de las estructuras estatales y oficiales de la burguesía. Demuestran constantemente que no existen para beneficio de la mayoría de la población sino que el que más poder tiene, el que más comisión paga, es el que se lleva una y otra vez el gato al agua.
Las actuales instituciones europeas que se supone dan participación al pueblo tan solo son la pantalla política que la burguesía trata de interponer entre sus negocios y la mayoría de la población. En el mejor de los casos son simbólicas como pasa con el Parlamento Europeo. Su falta de funciones y de capacidad legislativa hacen que para la izquierda sea importante fundamentalmente como cámara de resonancia de sus propuestas, de sus ideas y de su programa, como altavoz a través del cual pueda llegar más lejos la denuncia de todas las injusticias del sistema capitalista. El Parlamento europeo servirá de poco a los intereses de los trabajadores europeos, pero cada diputado se lleva un millón de pesetas al mes, más otros muchos privilegios legales. Es el precio que la burguesía europea está dispuesta a pagar para dar a la Unión Europea una imagen democrática.
No son simbólicas las instituciones destinadas a proteger los intereses de los poderosos como el ejemplo de la moneda  y el mercado únicos.
Pero la mejor prueba de que las instituciones europeas no pueden solucionar los problemas de la población trabajadora es su propio presupuesto. En la Agenda 2000 se aprobó que el tope presupuestario para la UE es el 1,27% del PIB europeo. Esto, aunque representa muchos millones, es una auténtica miseria. Ese presupuesto se va en gastos burocráticos y en las ayudas de la PAC (Política Agraria Común). Hay que tener en cuenta que los gastos de las administraciones nacionales europeas están en torno al 50% del PIB. Con ese tope presupuestario no se puede hacer frente a todos los supuestos objetivos de la UE sobre todo en lo que se refiere a acabar con la pobreza «interna» por no hablar de la «externa» que afecta al tercer mundo. Tan sólo en la UE hay reconocidos 55 millones de pobres, personas que viven por debajo del umbral de la pobreza. Esta es la Europa que nos tratan de vender como una panacea.
Tras las instituciones europeas actuales está la Europa que está construyendo la burguesía. Una Europa regida por las grandes empresas y las grandes fortunas: La Europa de los monopolios. Una Europa cuyo objetivo central es el de asegurar y extender el mercado para sus productos. Es decir, consolidar el mercado único para garantizar los beneficios y los privilegios de los más poderosos. En 1998 la compra y fusiones de empresas en la UE ha alcanzado cifras sin precedentes históricos. Sin contar algunas de las operaciones más sonadas del final del años, sumaron 345.000 millones de dólares (51 billones de pts., cerca del 70% del PIB español). Esta dinámica revela un proceso brutal de acumulación y concentración del capital, cada vez en menos manos.
Un ejemplo claro de al servicio de quien está la UE es lo que sucede con las ayudas directas a la producción agrícola y ganadera española. En 1997 se otorgaron 662.000 millones de pesetas. Se presentaron un millón de peticiones, sin embargo, Bruselas reconoce que el 20% de los perceptores recibe el 80% de las ayudas. 1.000 perceptores reciben el 10%. 125 propietarios se reparten cada año unos 60.000 millones de pesetas. Tan sólo 3 explotaciones se endosan más de 1.000 millones. La Casa de Alba recibe 400 millones para sólo dos de sus explotaciones en Andalucía. Las primeras 200 explotaciones de Andalucía recibieron más de 17.000 millones... Y así se podrían seguir citando ejemplos de cómo la UE y su política están al servicio de los más ricos (El País 24.5.99).
En esta Europa estamos viendo como tratan de igualarse, al alza, los precios; tratan de igualarse, a la baja, las condiciones de trabajo, los salarios y las prestaciones sociales; no se reducen las grandes diferencias económicas y sociales entre las zonas más ricas y las más pobres a pesar de toda la propaganda y lucha que ha habido entre las distintas burguesías nacionales en torno a los fondos estructurales; no desaparece el desempleo masivo que se mantiene como una de las lacras que el sistema es incapaz de solucionar. Al contrario, la integración en Europa está sirviendo a la burguesía como excusa para apretar los tornillos de la explotación: que tenemos que ser más competitivos y por lo tanto hay que mantener la moderación salarial, trabajar más y a mayores ritmos para alcanzar las cotas de productividad de los países más avanzados.
La Europa que los trabajadores queremos y necesitamos es una Europa que dé beneficios a toda la población y no a unos pocos. Una Europa que dé trabajo a todos y todas, que se trabaje 35 horas por ley y sin reducción salarial, que la jubilación sea a los 60 años y con el sueldo completo; que todos los tramos de la educación sean gratuitos, cubiertos por la oferta pública y dignos; que aspectos básicos de la vida como la sanidad, la cultura, el deporte... estén al alcance de cualquiera y no haya un doble rasero por el que quien tiene más dinero tiene más opciones y posibilidades. Una Europa en la que las decisiones se tomen democráticamente y no a espaldas de los trabajadores. Una Europa en la que no tenga cabida la guerra, el racismo, el machismo porque los trabajadores no tenemos interés en explotar ni discriminar a nadie. La UE está embarcada en una guerra contra Yugoslavia, la primera en suelo europeo desde la II Guerra Mundial, no por motivos humanitarios como reza su propaganda, sino en defensa de sus intereses imperialistas. Colaboran, a la vez que compiten, con el imperialismo americano no sólo para tratar de extender su mercado, sino también para controlar toda la zona oriental europea y elevar un «cordón sanitario» en torno a Rusia porque no se fían de lo que pueda pasar en este país en el futuro. Temen a la vez el ánimo expansionista de la nueva burguesía rusa, y las posibles explosiones sociales de la clase trabajadora rusa como consecuencia de la reintroducción salvaje de la economía de mercado.
Hay razones más que suficientes para no votar a la derecha en estas elecciones. Ya sabemos qué política van a llevar adelante en Europa: defender los intereses de las grandes empresas, de la gran banca y de las grandes explotaciones agrícolas.
En estas elecciones el voto a IU es el que permite defender mejor los intereses de los trabajadores de la ciudad, de los jornaleros del campo, de las mujeres trabajadoras y de los jóvenes. Para conseguir un cambio en la política europea es necesario empezar por reforzar el voto de la izquierda, particularmente el de IU. Pero eso no es suficiente. A los trabajadores nadie nos ha regalado nada y nadie nos va a regalar una Europa democrática, de los trabajadores. Conseguir una Federación Socialista de Estados Europeos está al alcance de los trabajadores de Europa, pero la condición es la lucha organizada para defender nuestros intereses que son los de la mayoría de la sociedad.
 La lucha unida de los trabajadores europeos puede ser una fuerza moldeadora de la sociedad irrefrenable. Una movilización coordinada, común, por ejemplo en torno a la jornada laboral de 35 horas semanales, con una huelga general en toda Europa si los gobiernos y las patronales no ceden, conseguiría sin duda su objetivo. Y es así, con nuestra participación activa, nuestra organización y nuestra lucha, como podremos conseguir que se respeten todos los derechos democráticos y laborales en Europa.