Rusia
El «partido del poder» recupera el mando
Yeltsin destituye a Primakov

Domingo Echevarría
Pamplona
El cese del hasta mediados de mayo primer ministro Yevgueni Primakov constituye, hasta el momento, la última maniobra del amigo de las potencias occidentales y partidario de la restauración capitalista Yeltsin. Su sustitución por Serguéi Stepashin, con pedigrí en el KGB como su antecesor y responsable de muchas de las atrocidades cometidas por las tropas especiales rusas durante la guerra en Chechenia, hace que el conocido como «partido del poder» recupere el control directo de la acción gubernamental y se desembarace de un equipo que le resultaba incómodo por las tímidas acciones que estaba acometiendo contra la oligarquía rusa.

La apariencia de estabilidad conseguida por Primakov, le había granjeado una popularidad desconocida para sus predecesores, aun habiendo sido incapaz de frenar el continuo deterioro de las condiciones de vida de las masas en el caos económico en que está sumida Rusia. Así, una reciente encuesta resaltaba que mientras que Primakov era popular entre un 71% de los preguntados (y sólo recibía valoración hostil del 12,4%), Yeltsin sólo lo era entre el 3%. Simultáneamente, entre los círculos de la naciente y mafiosa burguesía, tan próxima y querida de Yeltsin, crecía la preocupación conforme salían a relucir sus trapicheos sin fin para quedarse con las propiedades estatales a precio de ganga y depositar sus fortunas multimillonarias en paraísos fiscales occidentales.

Corrupción generalizada
Semanas antes de esta crisis, se conoció un Informe de la Administración estadounidense que sintonizaba con un diagnóstico editorial de «El País» (20.05.1999) cuando decía que «Rusia es hoy la corrupción generalizada». Sobre todo, debería haber precisado el editorialista, en sus círculos dirigentes. Según este Informe, el préstamo de 4.800 millones de dólares librado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en julio de 1998 fue «despilfarrado en un vano intento de defender el rublo». Los concedidos entre 1994 y 1998, sin haber alcanzado la economía real rusa, no se han evaporado: una parte significativa han sido desviados, tras especular contra el rublo, a la compañía FIMAKO, radicada en las islas del Canal y propiedad de los principales plutócratas rusos. Coincidió esta revelación con que la Fiscalía entablara acciones contra el «zar Berezovski» (magnate del petróleo, los medios de comunicación y otros muchos sectores), miembro del círculo íntimo de Yeltsin (¡más bien, al revés!), acreditando que los ingresos en el extranjero de la compañía aérea AEROFLOT, de la que es dueño, eran sistemáticamente depositados y blanqueados en la sociedad suiza ANDAVA.
Pese a estos antecedentes de público conocimiento, el FMI acaba de desbloquear a finales de abril otro nuevo préstamo por importe de 4.500 millones de dólares y lo ha hecho por dos motivos: evitar que Rusia suspendiera el pago de sus deudas y compensar que el Kremlin, retórica aparte, deje hacer al imperialismo en los Balcanes, desafiando el extendido rechazo entre la población a la agresión de la OTAN. Ahora bien, antes de hacerlo efectivo, exige a cambio que se adopten unas medidas legislativas que incluyen la subida de los impuestos de la gasolina, el aplazamiento de la reducción del IVA y libertad para la compraventa de divisas, es decir, nuevos ataques contra el menguado nivel de vida de los trabajadores y más prebendas para los plutócratas. Curándose en salud, sin embargo, han añadido una llamativa condición: ¡el dinero va a quedarse en Washington para pagar deudas pendientes! Todo un indicio de sus crecientes temores por la imprevisibilidad de la crisis permanente en Rusia, que hace tiempo que dejó de ser para ellos la tierra de promisión que iba a abrazar el capitalismo «de forma no traumática».
Estos dos casos no son más que la punta del iceberg del expolio de la economía rusa por la élite burguesa y sus colaboradores en el Kremlin. La afirmación de Stepashin de que «ya se han sacado del país centenares de miles de millones de dólares; ahora es necesario devolverlos a Rusia» (El País, 18.05.1999) no es sino un brindis al sol por un cómplice del latrocinio.

Miserias en la Duma
Cesado Primakov, el trámite en la Duma para la destitución de Boris Yeltsin acabó como era de prever, fracasando. La farsa de democracia en Rusia es tal que el miedo a la disolución del Parlamento por Yeltsin hizo que muchos diputados ni siquiera hicieran acto de presencia en las votaciones ó incluso apoyaran al Presidente. Las sinecuras de que gozan podían haberse visto amenazadas si la reacción del Kremlin hubiera sido proponer a un candidato «peor», convocar elecciones anticipadas o gobernar por ucases. Los parlamentarios han vuelto a mostrar que sus intereses particulares han de prevalecer siempre en todo enfrentamiento con el poder que tenga un incierto resultado, máxime cuando carecen de alternativas al mismo.
Idénticos «principios» les guiaron días después a convalidar la designación de Stepashin como primer ministro en un «debate» en el que Vladimir  Rizhkov, del grupo de «Nuestra Casa es Rusia», el partido del ex-primer ministro Chernomirdin, realizó algunas reflexiones interesantes (El País, 20.05.1999). Salvas sean las diferencias, señaló, existe «un claro paralelismo entre la situación actual y la de comienzos de siglo, que degeneró (sic) en la revolución de febrero de 1917 (que derribó al zarismo) y la bolchevique de octubre de ese mismo año. Entonces y ahora el zar (el presidente) destituía Gobiernos a su antojo y amenazaba a una Duma rebelde. Nicolás II la disolvió. Yeltsin ha permitido que se crea que estaba dispuesto a hacer lo mismo».
No habiendo sido Primakov nunca santo de su devoción, inseguro sobre que siguiera a pie juntillas las recomendaciones del FMI en lo económico y de la OTAN en política exterior, el imperialismo suspiró con alivio por el éxito del golpe de mano de Yeltsin. Su dócil servidor Stepashin es más de fiar para hacer una política a favor de los intereses capitalistas locales y foráneos. A fin de cuentas, los estrategas occidentales que se hartan de denunciar la corrupción son los mismos que alaban a quienes la practican, con quienes coinciden en la defensa de un mismo sistema social, el capitalismo.
El editorial antes citado de El País (16.05.1999 , titulado Primer asalto), felicitándose por el fracaso de la tramitación de la destitución de Yeltsin en la Duma, es un buen ejemplo de esta doblez: «Está bien que haya sucedido así. Pese a que el hombre que ha ocupado el centro de la historia rusa en esta década ha probado en los últimos años su ineptitud para emplear sus extraordinarios poderes en beneficio de la ciudadanía, pese a su aislamiento político, lo que menos necesita ahora la malherida Rusia son nuevas fuentes de desestabilización». ¡Como si a Yeltsin y sus patrocinadores occidentales les hubieran preocupado en algún momento las penurias sin fin de la población rusa! Al revés, de su postración es de donde se lucran, dispuestos como están a convertir a Rusia en un mero suministrador de materias primas para el mercado mundial y humillarle como potencia mundial.

La dirección del PC amaga pero no pega
La preocupación de los partidarios del capitalismo no es por el bienestar de la clase obrera sino por su miedo a que, tras haberse disipado hace tiempo las ilusiones de que el mercado iba a traer bajo el brazo la prosperidad, las masas empobrecidas y pauperizadas irrumpan violentamente en la escena mediante un movimiento revolucionario. Todos los ingredientes objetivos, como se percataba Rizhkov, están presentes, con la particularidad de que la clase obrera rusa es mil veces más fuerte que en 1917.
Pero lo que falta en Rusia es un partido revolucionario como el bolchevique. La actuación de los dirigentes del Partido Comunista actual, referente obligado para millones de trabajadores y campesinos que se rebelan contra un sistema que les condena a la miseria, no ha podido ser peor: en vez de canalizar organizadamente el malestar existente en torno al programa de la democracia obrera, de transformación socialista de la sociedad, se lanzan por el proceloso mundo de los vanos intentos de destituir parlamentariamente a Yeltsin. Fracasan, ¡y dan a continuación el plácet a Stepashin, el candidato a Primer ministro del Kremlin! Es imposible no ver que la dirección del PC, carente de una alternativa pues vienen a defender un «capitalismo de rostro humano» con presencia estatal, teme que un movimiento de masas acabara yendo mucho más lejos de lo que ellos quieren. Esta política acabará provocando crisis internas en el PC, con sectores de su base reclamando una política revolucionaria de la que carece.

La clase obrera, la clave
Yeltsin ha ganado este nuevo pulso, y se ratifica en su posición bonapartista procapitalista. A partir de ahora, como serán incapaces de resolver los problemas de la sociedad rusa dentro del modelo de capitalismo mafioso que vienen creando desde 1991, son inevitables nuevas crisis y pugnas, más intrigas palaciegas o parlamentarias entre distintos sectores de la oligarquía y el aparato estatal e incluso algún intento de reforzar el papel del Estado y poner orden en el proceso de restauración capitalista con una mano férrea al mando en Moscú. El abanico de posibilidades está muy abierto, pero el régimen de Yeltsin está en su cuenta atrás. Esta última y las anteriores crisis en la cúpula estatal sólo pueden explicarse porque la potente clase obrera apenas ha entrado en acción estos últimos años, en parte por el lastre en su conciencia que supuso el estalinismo, en parte por las ilusiones iniciales de que capitalismo y bienestar eran sinónimos, en parte por la ausencia de una dirección consecuentemente revolucionaria. Cuando lo ha hecho (mineros, maestros,...) ha hecho cundir el pánico en los círculos dirigentes: acordémonos que hace menos de un año apostaban porque iba a producirse una Revolución en toda regla.
La clase obrera, por mucho que contraríe al imperialismo, no ha dicho su última palabra y la gravedad de los problemas que le azotan inevitablemente le pondrá en un primer plano de la escena. Cuando eso suceda, todo cambiará, y habrá una nueva oportunidad para que las ideas y el programa del marxismo genuino, y no de su perversión estalinista, ganen un peso decisivo y reabran la perspectiva de una Revolución en la línea de la de Octubre de 1917.