Los Balcanes
La barbarie de la OTAN

En el número 24 de Nuevo Claridad publicamos un extenso artículo analizando globalmente el proceso en los Balcanes, que por razones obvias aquí no se repite. Si tienes interés puedes pedirlo a la dirección que aparece en la revista o consultarlo < aqui>

Alberto Arregui

La confusión y la perplejidad rodean los acontecimientos de la guerra en Yugoslavia, pero tras más de dos meses de una bárbara destrucción y muerte, si algo queda claro es que el ataque de la OTAN, lejos de resolver nada, ha provocado un enorme paso atrás en el conflicto de los Balcanes aumentando los sufrimientos de los albaneses de Kosovo y los del pueblo serbio, alejando, al tiempo, la posibilidad de una solución estable.

Todas la excusas que se argumentaron para justificar los bombardeos «inteligentes» sobre el suelo y la población de Yugoslavia, demuestran con el paso del tiempo su carácter falaz. El nuevo ejército imperial internacional que pretende tener el monopolio de la violencia en el mundo.
Como en todo conflicto, mucha gente se ha posicionado con uno u otro bando en guerra, mostrando sus simpatías con más o menos reservas. Otros han intentado asépticamente reclamar «la paz», no se sabe cómo.
La derecha es lógico que haya respaldado la acción de la OTAN, que en definitiva representa los intereses del imperialismo norteamericano y europeo. La ruptura del viejo equilibrio entre EEUU por un lado y la URSS por otro, quedó roto con el retorno hacia el capitalismo y el desmembramiento del bloque del Este. Ahora el imperialismo occidental intenta controlar la mayor zona posible en detrimento de una débil Rusia que retrocede constantemente.
Probablemente, incluso desde sus propios puntos de vista, los imperialistas se han equivocado al lanzar esta salvaje intervención militar. Pues todos los motivos que les llevaban a intervenir: control de la zona, impedir la extensión de un conflicto incontrolable, debilitar a Rusia... e incluso aquellos en que se escudaban, como proteger a los albanokosovares, lejos de mejorar se ven peor que antes. Buscan desesperadamente un compromiso diplomático que les saque del auténtico avispero en el que se han metido y del que no saben salir si no es con una huida hacia adelante. Quieren evitar, al menos algunos de los países de la OTAN, el tener que recurrir a una invasión por tierra, pues empiezan a ser conscientes del alto coste que tendría. En cualquier caso los dirigentes de alguno de los países están dispuestos a llevar la guerra hasta la invasión de, al menos, una parte de Kosovo. Sin duda, si eso se produce, puede dar un vuelco toda la situación pues se multiplicarán los oponentes a esta desgraciada empresa bélica.
 Podían haber intentado un control más paulatino de la zona, pero el imperialismo americano poco acostumbrado a la sutileza y más proclive a la fuerza bruta, perdió la paciencia y actuó como en las otras 22 ocasiones en que ha invadido o atacado a 19 países distintos desde 1945, y pensó que podía asustar al régimen yugoslavo y que este se plegaría a sus intenciones.
 En el último periodo el imperialismo ha seguido una táctica consciente para ir controlando la vieja Europa del Este. Se ha tratado en un principio de un control económico que al final se ha materializado en control militar; este es el caso de Hungría, la República Checa y Polonia que acaban de entrar a formar parte de la OTAN.
La operación también estaba lanzada sobre la Federación Yugoslava, pero al romperse el delicado equilibrio en los Balcanes se despertaron los viejos demonios de los peores aspectos de su historia traídos de la mano del nacionalismo.
Se puede afirmar que hemos vivido la confluencia de dos procesos paralelos que fatalmente han sumado su potencial negativo: por un lado la presión del imperialismo para controlar la zona del centro de Europa y los Balcanes, y por el otro el proceso interno que ha conducido a una ruptura de los lazos que durante más de cuatro décadas mantuvieron unidas a las seis repúblicas que formaron la federación de los eslavos del sur.
Es indignante el cinismo de las «democracias occidentales» escandalizadas por el régimen de Milosevic, no sólo porque no han reaccionado así cuando se trataba de Turquía o de Timor Oriental o de tantos otros casos, sino porque su desfachatez es insultante por el contraste de su apoyo a un régimen ultranacionalista y reaccionario como el de Tudjman, en Croacia, con todos los crímenes de guerra a sus espaldas y la represión salvaje de las minorías serbias en su territorio. Pero el criminal Tudjman es «de los nuestros» según la óptica del imperialismo alemán. Y los «nuestros», como Tudjman, Pinochet, Somoza, o el régimen turco o el israelí, o tantos otros, pueden hacer lo que quieran. Los crímenes que está cometiendo la OTAN, lo que ellos llaman «daños colaterales» quedarán sin castigo, pero los crímenes de Milosevic, realmente existentes, ya son perseguidos por los pomposos «Tribunales Internacionales», que demuestran así una parcialidad reñida con cualquier concepto de justicia.
Ahora bien, para que el imperialismo haya podido intervenir por la fuerza en el corazón de Europa han debido confluir varios factores, no basta con la voluntad de hacerlo. Durante muchos años hubiesen querido ocupar el centro de Europa y no podían hacerlo. Desde luego lo impedía la presencia de la URSS, pero no era el único factor; los pueblos de Europa, y de buena parte del mundo, no lo hubiesen tolerado, se hubiesen producido revueltas en todas partes que hubiesen desbaratado la intervención. Han necesitado la presencia de un conflicto interno que pudiese presentar la agresión como una misión inevitable para evitar un mal mayor.
Ese conflicto, que duda cabe, ha sido alimentado por la política de rapiña de todas las potencias hacia los países del Este, pero los factores decisivos han sido internos. Con todos los factores que lo diferencian, podríamos decir que en hechos como el derrocamiento de Allende en Chile el año 1973, influyó mucho la intervención de la CIA, pero los factores decisivos fueron internos, y la responsabilidad de la derrota recae sobre una política incorrecta de la izquierda. Igual podríamos decir de la revolución y guerra civil en España en 1936, los crímenes de los países que o bien colaboraron con la barbarie fascista o bien permanecieron impasibles o condicionaron su apoyo a una determinada política, tuvieron un peso en la victoria de la contrarrevolución, pero lo decisivo sucedió en las calles y en los campos de batalla del Estado español.
Los factores decisivos de la desintegración de Yugoslavia hay que buscarlos en el fracaso del sistema burocrático y la reintroducción del capitalismo en el conjunto de los países del Este, de los que Yugoslavia, a pesar de todas sus peculiaridades, formaba parte.
Los factores que forjaron la unidad de las repúblicas yugoslavas fueron la victoria contra el nazismo, la lucha por la transformación de la sociedad por encima de las fronteras, la identidad nacional común frente al estalinismo, y el crecimiento de la economía (más de un 10% anual del 55 al 65) que llevó a elevar constantemente el nivel de vida de la población.
Cuando la economía burocrática empezó a trabar el desarrollo de las fuerzas productivas lo único que hubiese podido superarlo hubiese sido una revolución política, es decir la implantación de un control democrático tanto de la vida política como de la economía, acabando con la dictadura del aparato del partido y del Estado y con el control asfixiante de los «directores» de empresa. La falta de democracia obrera conducía necesariamente a la crisis del sistema. Si la revolución política fracasaba, eso inevitablemente, tal como sucedió, abriría paso al triunfo de una contrarrevolución que volvería a traer el capitalismo. La democracia socialista es una necesidad para el desarrollo de las fuerzas productivas, y el desarrollo de éstas una condición indispensable para el socialismo. Marx y Engels lo enunciaron claramente en «La ideología alemana», aunque nunca lo desarrollaron pues no consideraron seriamente la posibilidad de que una vez alcanzada una sociedad que eliminase las relaciones de propiedad capitalistas se pudiese volver atrás. «Y de otra parte (para que se haga la revolución) este desarrollo de las fuerzas productivas (...) constituye también una premisa práctica absolutamente necesaria, porque sin ella sólo se generalizaría la escasez y, por tanto, con la pobreza, comenzaría de nuevo, a la par, la lucha por lo indispensable y se recaería necesariamente en toda la porquería anterior».
En el caso de Yugoslavia su mayor relación con el mercado mundial hizo que tempranamente se manifestasen los síntomas de crisis económica, con el contagio de la inflación y una abultada deuda externa, que alcanzó los 20.000 millones de dólares en 1980. En ese mismo año el dinar se devaluó un 30% respecto a las monedas europeas, y por primera vez las masas veían descender su nivel de vida, lo que era un caldo de cultivo para el descontento.
En 1983 se alcanzó la cifra de 900.000 parados, sobre una población de 24 millones. La inflación llegó al 87% en el año 85 (aunque el paroxismo de la hiperinflación se daría en 1989 con el 2.000%). En 1991 se consideraba que 5´5 millones de habitantes vivían por debajo del umbral de la pobreza.
Conforme la crisis se agudizaba se perdían ante los ojos de las masas las ventajas de haberse mantenido unidos. El descontento brotaba por doquier. Si una fuerza política significativa hubiese defendido el programa de la revolución política sin duda hubiese tenido apoyo, y era la única posibilidad de mantener unida la Federación. En 1986, el gobierno federal publicó un decreto con el que invalidaba los aumentos salariales «no justificados». En el año 87 se produjeron importantes movimientos de los trabajadores contra la carestía de la vida, pero nadie fue capaz de unificarlos y darles un programa por el que luchar. La política de los dirigentes era claramente procapitalista, sobre todo desde que se aceptaron las condiciones impuestas por el FMI para renovar sus créditos en el año 83-84, que incluían la retirada de las subvenciones a los productos básicos y la liberalización del mercado. Algunos intentan mantener que el régimen de Milosevic es una especie de reducto del socialismo. Nada más lejos de la realidad en todos los aspectos. La ruptura con el pasado en el conjunto de la ex-Yugoslavia ha sido total. Es cierto que en Serbia el proceso de privatizaciones va más lento que, por ejemplo, en Eslovenia y Croacia, pero en gran medida se ha debido a la situación de bloqueo económico. Cuando, como consecuencia de los acuerdos de Dayton, fueron levantadas parcialmente las sanciones internacionales a Serbia, vendieron una empresa pública esencial, como era la de telecomunicaciones Telekom Serbije, a un consorcio italogriego, por algo más de 1.000 millones de dólares.
Las reivindicaciones nacionalistas tienen un significado totalmente distinto para el pueblo, que lo identifica con la posibilidad de hablar y educarse en su lengua, mantener sus costumbres y defender su cultura, su orgullo y, por tanto, un grado de libertad que respeta la autonomía, y algo muy diferente para las burguesías nacionalistas, cuya única bandera es la cartera, pero que ven en la identidad nacional un arma para ocultar la explotación económica y buscar el apoyo de su pueblo contra la nación vecina. En el caso de Yugoslavia las burocracias de las repúblicas, el aparato del partido y del Estado, han jugado el papel que habitualmente juegan los burgueses nacionalistas; el de sacar ventajas de la unidad, mientras se puede, y, cuando no se puede, agitar la bandera de la independencia nacional. Esto es muy claro en el caso que nos ocupa pues, como hemos visto, la unidad en la Federación no se derivaba de una imposición sino de un acuerdo voluntario.
Así las castas dirigentes de Eslovenia y Croacia, en un primer momento, vieron la posibilidad de controlar el proceso de vuelta al capitalismo convirtiéndose en burgueses, y comprendieron que podrían robar más de la propiedad pública como países independientes que formando parte del viejo Estado. Sin duda el imperialismo alemán les animó en este camino. Sin embargo la casta dirigente en Serbia se veía dañada por la desintegración e intentaba por todos los medios impedir la disgregación. Pero la represión sólo contribuye a estimular los procesos centrífugos en vez de aplacarlos.
Al apoyarse en el nacionalismo también se rompía con el pasado. Ahora los nacionalistas serbios llegan a acusar a Tito de haber dado la autonomía a Kosovo en la Constitución del 74 para «dañar a Serbia, ya que él era croata». Por supuesto los nacionalistas croatas también acusan a Tito de haber menospreciado a Croacia. Para no dejar dudas, el dirigente croata, Franjo Tudjman, desde un primer momento se identificó con el político fascista Ante Pavelic, o, lo que es lo mismo, con las fuerzas ultranacionalistas y fascistas, los ustachis, que llevaron a cabo horribles masacres de cientos de miles de judios, zingaros y serbios, en colaboración con los nazis durante la II Guerra Mundial.
Por su parte, el régimen de Milosevic nunca hizo un llamamiento al internacionalismo socialista. Algunos pretenden que se ha visto forzado a pactar en distintos momentos con los nacionalistas reaccionarios Seselj o Draskovic, y que eso le ha arrastrado a acercarse a los herederos de los chetniks, que colaboraron con los nazis contra los partisanos de Tito en la Segunda Guerra Mundial. Pero no es cierto, Milosevic montó desde un primer momento en el tigre del nacionalismo para conseguir su ascensión a favor de la corriente. Desde el principio atizó el odio contra los albaneses de Kosovo, como un factor de unidad nacional para distraer a la población de los problemas sociales. Atizó la idea reaccionaria de la Gran Serbia, ya en junio de 1989, cerca de Pristina, capital de Kosovo, celebró la conmemoración de la derrota del príncipe Lazar ante las tropas del imperio otomano. Al dirigirse al más de un millón de personas que allí se habían congregado rememoraba «las nuevas batallas ante las que se encuentra Serbia».
Ahora, incluso entre algunos sectores de la izquierda está en boga el echar la culpa a Milosevic de la actual guerra. Es muy poco razonable desde una perspectiva histórica atribuir a una persona los destinos de un pueblo que como hemos visto estaban determinados por una serie de factores que han venido desarrollándose durante un largo período.
Además deberíamos dejar claro que el primer responsable del ataque de la OTAN es la propia OTAN, ya que los problemas de Yugoslavia, incluida la llamada «limpieza étnica», en ningún caso justifican el terrorismo aéreo desatado por el imperialismo.
Lo que es cierto es que el régimen de Milosevic es responsable de haber conducido a Serbia a un callejón sin salida. Conforme disminuía su apoyo electoral, el gobierno azuzaba más el nacionalismo serbio contra los albaneses de Kosovo. En 1990 el SPS (Partido Socialista Serbio), se alzó con 190 escaños de los 250 que tenía la asamblea, en 1993 con 123 y en 1997 con sólo 110. En este período, según algunas fuentes, difíciles de contrastar, el paro ha alcanzado al 27% de la población, la mortalidad entre los jubilados se ha duplicado, el salario mensual ha caído al equivalente a 13.000 pesetas, frente a 65.000 pesetas en Croacia y 89.000 en Eslovenia. En esas condiciones un gobierno que no tiene ninguna intención de practicar una política socialista, es lógico que invoque el imperio de Dusán del siglo XIV o la batalla de Kosovo de 1389, no porque en ese pasado mítico se puedan encontrar soluciones, sino porque en el nacionalismo encuentra un aliado para desviar las protestas sociales.
Por supuesto que con la salvaje agresión de la OTAN las posibilidades de plantear una oposición huelguística o política en Serbia queda totalmente aplazada al fin del conflicto.
La guerra en Yugoslavia no sólo ha puesto en evidencia el carácter cínico del imperialismo y su recurso sin contemplaciones a la fuerza bruta, también a sacado a flote la crisis histórica que esta padeciendo la izquierda.
Los dirigentes de los partidos llamados «socialistas», o «socialdemócratas» están apoyando sin reservas los crímenes en masa que están causando las bombas de la OTAN. Solana que hace 20 años arengaba contra la OTAN, ahora da la orden de ataque, ¡Todo un símbolo! Pero esto dejará heridas en sus filas, tal como lo estamos viendo en Alemania. El caso italiano es significativo, aunque el gobierno intenta hacerse el loco, la opinión pública es totalmente contraria a la guerra.
En general los llamados «intelectuales» están dando un auténtico espectáculo, su alejamiento del movimiento real de la sociedad les lleva a declararse pacifistas cuando no hay guerra y partidarios de la guerra como «mal menor», cuando ésta se desata. Pero todo esto no es nuevo, ha sucedido más veces en la historia del movimiento obrero. Así sucedió, por ejemplo ante la Primera Guerra Mundial. Se cumplen ahora 80 años del asesinato de Karl Liebnecht, que fue el único miembro del partido obrero en el parlamento alemán que se atrevió a votar contra los presupuestos de guerra del gobierno.
Algo similar sucedió en torno a la Segunda Guerra Mundial, cuando en sus albores los dirigentes socialdemócratas permitían el ascenso del nazismo sin luchar y Stalin cerraba un pacto de «no agresión» con Hitler.
En todos los casos quienes no están dispuestos a apoyar un cambio socialista de la sociedad acaban inclinándose del lado de sus respectivas clases o castas dominantes.
Fuera del ámbito socialdemócrata se está dando una oposición pero no estamos viendo una alternativa suficientemente sólida frente a la guerra.
En el Estado español, la única fuerza con presencia en todo el Estado que ha sido capaz de pronunciarse contra la guerra, ha sido IU, pero la alternativa, que tiene un gran valor, sigue sin conseguir provocar una fuerte movilización social. Esto es debido a que no basta con oponerse a la guerra con un pacifismo abstracto, basado en razones «morales», sino que es necesario dar una explicación política, una alternativa, y un camino para luchar por ella. Aquí es precisamente donde vemos las deficiencias.
En estos momentos debíamos haber lanzado una tarea de propaganda contra la guerra en todos los ámbitos, pero principalmente en las fábricas, los barrios y los centros de estudio. Eso exigía, previamente, una campaña interna para discutir y dar argumentos a todos los militantes y simpatizantes. Una vez conseguido deberíamos galvanizar a toda la sociedad en torno a acciones de protesta contra la guerra. Nuestros parlamentarios deberían hacer patente su protesta con acciones lo más llamativas posibles. En ningún caso eso es incompatible con la campaña electoral, al contrario debemos rechazar un concepto de campaña «de venta» de un producto. La lucha sería nuestra mejor campaña.
A estas alturas, cuando vemos la capacidad del imperialismo, del capital, para defender sus intereses por encima de las fronteras, nosotros no somos capaces de organizar si quiera una movilización unitaria en el conjunto de Europa contra la guerra desatada por el imperialismo en Yugoslavia.
Pero sobre todo no damos una alternativa viable. La Presidencia Federal de IU, sin ninguna discusión en la base, ha lanzado una propuesta que por sí misma es utópica: pedir que sea la ONU quien resuelva el tema. Algunos compañeros llegan más lejos y piden la «democratización de la ONU».
En primer lugar debemos decir que la ONU representa los intereses de las naciones más poderosas de la tierra. Cuando sus intereses coinciden, la ONU actúa, cuando no coinciden sencillamente relegan a la ONU. Pretender que este organismo se convierta en el defensor de los intereses de los pueblos del mundo no es sino una utopía. Puede tener muy buenas intenciones pero es dar una falsa esperanza en lugar de luchar por transformar la sociedad.
En parte la ONU es como un parlamento. Nosotros sabemos que los aspectos fundamentales de la economía y de la política se deciden fuera de él, sin embargo es absolutamente imprescindible comprender que es necesario participar en él como altavoz de las reivindicaciones en pro de la transformación de la sociedad, y como defensa cotidiana de los intereses de la clase obrera. Pero quien lo pierda de vista simplemente se adapta al sistema, abandona la lucha por el socialismo y acepta el capitalismo como «el sistema menos malo posible». Nosotros sabemos, por nuestra experiencia, que sólo la lucha garantiza las conquistas sociales, el parlamento no concede lo que no se gana en la calle. ¡Cuanto más en la ONU que representa a las clases dominantes del mundo, al imperialismo, a las burguesías más reaccionarias! Está bien reclamar la mediación de la ONU, pero como una labor de propaganda para poner en evidencia la política de la burguesía e insistir en la necesidad de organizar a los trabajadores por encima de las fronteras. No debería preocuparnos tanto la ONU sino el haber comprobado con esta guerra la necesidad vital de contar con una organización internacional de los trabajadores. No podemos pedir a una organización de las clases dominantes que defienda los intereses de los dominados. Claro que, como exigencia de un alto inmediato de los bombardeos, no está mal denunciar el papel de la OTAN actuando al margen de las normas internacionales que ellos mismos dictan, pero no para dar esperanzas en la ONU sino para denunciar su papel. ¿O es que la actuación de la ONU en Irak, respaldando la horrible masacre imperialista y el bloqueo criminal, es un ejemplo a seguir? ¿O su actuación en el Sahara, sometiéndose a los intereses del régimen marroquí, o en Angola, en Israel, en Corea, Vietnam...?
El método para alcanzar un programa es tan importante como el programa mismo. Debe resultar tan convincente nuestra alternativa como la propuesta para conseguirla. Y debemos decir la verdad, que no es otra que la afirmación de que un mundo en paz sin rapiña imperialista sólo puede ser la consecuencia de la conquista del socialismo. Quien considere que el capitalismo puede resolver los problemas sociales y los organismos internacionales de la burguesía pueden garantizar la paz, lógicamente acabará apoyando el sistema capitalista y renunciando a luchar por el socialismo. Es evidente que a pesar de las injusticias manifiestas del mundo en que vivimos no somos muchos, por ahora, los que proclamamos la necesidad del socialismo. Pero si ante un hecho de la barbarie de la magnitud de la guerra en Yugoslavia no proclamamos nuestra convicción en la necesidad del socialismo ¿Cuando lo vamos a hacer?
La única experiencia histórica positiva de los Balcanes, a pesar de todos los defectos, han  sido las cuatro décadas de Federación voluntaria que han mantenido. Ahora el egoísmo de la burocracia en descomposición y la destrucción imperialista han asestado un duro golpe a esa conquista histórica, pero no por ello deja de ser la única alternativa realista para esos pueblos. Unos Balcanes capitalistas viviendo en paz bajo los auspicios de la ONU no deja de ser una utopía reaccionaria. Sólo una Federación Socialista puede traer una solución estable, pero sólo la unidad voluntaria puede dar base a una federación, lo que implica el reconocimiento del derecho de autodeterminación. Este derecho democrático de los pueblos no sólo no es una concesión al nacionalismo o al imperialismo, sino que es un arma imprescindible para combatir el nacionalismo, como demostró en la práctica Lenin, y una reivindicación que pone al descubierto la hipocresía del imperialismo.
Podríamos pues resumir. Está claro que no hay una fórmula mágica pero si un programa a defender:
-Alto a la guerra. Detención inmediata de los bombardeos.
-Derecho de todos los desplazados a regresar a sus hogares.
-Indemnización a Yugoslavia por la destrucción sufrida, para evitar así la rapiña de postguerra, que intentarán los imperialistas.
-Derecho de autodeterminación para Kosovo.
-Por una Federación Socialista de los pueblos de los Balcanes, constituida voluntariamente y en pie de igualdad, fundamentada en el derecho de libre autodeterminación.

Sólo hay un camino para alcanzar estos objetivos, y no es el de la guerra, ni el de la ONU, sino el de la lucha de masas, la movilización internacional.
Es necesaria la unidad de los trabajadores y de los pueblos europeos por encima de las fronteras para oponer a la Europa de los mercaderes que se está construyendo, el proyecto de una Europa socialista.