nc27- Argentina - derrota peronista
Argentina
Derrota peronista en las elecciones presidenciales

La clase obrera necesita conquistar una política independiente de la burguesía

Joaquín Sainz

La victoria del radical Fernando de la Rúa en las elecciones presidenciales del 24 de octubre no ha tomado por sorpresa a casi nadie en la Argentina. Ésta ha sido una campaña que no ha despertado pasión alguna en el electorado. Tampoco el presidente electo ha suscitado el menor entusiasmo en una población que gusta de celebrar cualquier acontecimiento que aporte un algo de esperanza o de alegría que atempere la dureza del día a día. Sin embargo, tras este resultado electoral se esconden hechos muy importantes que aún no muestran su trascendencia. El más importante, la primera derrota en unas elecciones presidenciales del peronismo en las que compite desde el poder. Esto, sin lugar a dudas profundizará las divisiones por arriba del peronismo, que ya funciona como un partido de señores feudales. Pero lo más importante, obligará a sacar conclusiones a su base electoral, mayoritariamente compuesta de clase trabajadora y sectores muy empobrecidos y marginales de la sociedad.

Conviene recordar que el peronismo es un movimiento político extremadamente peculiar, cuyo fundador fue un coronel que en los años 30 y 40 pertenecía a un ejército que simpatizaba con los nazis. Él mismo participó en un golpe de Estado en Argentina en 1943; colaboró con el gobierno militar resultante desde la Secretaría de Trabajo, y su ambición política -que no hay que confundir con valentía, de la que siempre careció- se cruzó con un movimiento obrero en pleno desarrollo, que no encontró ni socialistas ni comunistas capaces de dotarlo de una orientación y una organización clasistas, produciendo así el que posiblemente haya sido el movimiento político más poderoso de Latinoamérica, aunque también el más contradictorio, y el más difícil de comprender y de prever en su desarrollo.
El peronismo ha sido el principal vehículo de expresión política de la clase trabajadora argentina por más de cinco décadas, si bien éste siempre ha sido un movimiento burgués en su concepción política y en su conducción. La coexistencia de la clase trabajadora con un ala burguesa en el mismo movimiento, ha provocado constantes enfrentamientos internos de tal envergadura que no es nada exagerado decir que la lucha de clases tiene un marco general en la sociedad y uno particular en el peronismo.
Del peronismo han surgido corrientes de las más variadas y antagónicas vertientes. Baste decir que de él surgieron los «Montoneros» (organización guerrillera de los años 70, de gran implantación entre la juventud y amplios sectores de la clase obrera, muy influidos por la revolución cubana); también surguieron otras corrientes que buscaban inspiración en el marxismo, como el «Peronismo de Base». Pero al mismo tiempo el peronismo engendró una burocracia sindical y política que se alió en sucesivas ocasiones con los militares colaborando en muchos casos en el señalamiento de aquellos dirigentes que tenían que desaparecer y cuyo más depurado exponente fue la organización fascista «Triple A».
Hay que hacer un verdadero esfuerzo de comprensión política para entender cómo es posible que corrientes tan antagónicas se disputen la hegemonía de un mismo movimiento político. Pero así son las cosas, y de esa base hay que partir no sólo para el análisis sino para la acción política.

La Alianza que ganó

Con Fernando de la Rúa ha triunfado uno de los dirigentes más conservadores del radicalismo. Sin embargo su vice-Presidente, «Chacho» Álvarez es un ex-peronista, que «desertó por la izquierda junto con siete diputados al poco del gobierno de Menem. Este bloque de diputados llamado «Grupo de los 8» fue la piedra fundamental en la construcción del FREPASO, (Frente de País Solidario) que propuso al partido radical la formación de una alianza que es la que ha terminado por imponerse en las elecciones.
Pero a excepción de algunas promesas, poco creíbles, de acabar con la corrupción, que se han lanzado desde la coalición vencedora, y como el diario Clarín de Buenos Aires decía el 7 de noviembre «no parece haber entre la Alianza y el peronismo, en general, diferencias insalvables como no sean las que surgen de las personalidades y estilos antagónicos que encarnan Fernando de la Rúa y Menem». En otras palabras, la gente ha tenido que elegir no entre programas diferentes sino entre estilos y personalidades diferentes.
Y cuando alguien gana unas elecciones contra un gobierno como el de Menem que ha sido el campeón de la corrupción, llevando el abuso del poder a límites más propios de un emirato árabe que de una república democrática, y lo primero que se le ocurre decir es «yo no llego para echarle culpas a nadie», no deberá sorprendernos nada de lo que venga después. ¿Cómo sorprendernos de que una de las primeras declaraciones que hizo como presidente electo haya sido para rechazar la petición del juez español Garzón de extraditar a una serie de militares argentinos implicados en la desaparición y asesinato de personas, así como en el secuestro de niños nacidos en cautiverio y entregados a familias de militares o afines? De la Rúa podía haberse ahorrado estas declaraciones ya que Menem salió al paso de Garzón con sobrada contundencia y chulería. Pero de la Rúa no quiso ahorrar gasto en dejar claro qué piensa y con quién está#.
Por cierto que este problema del juicio a los militares y culpables de la represión se va a convertir desde el principio en un causante de tensiones y desgaste en la coalición gobernante. Graciela Fernández Meijide, una de las máximas dirigentes del FREPASO y candidata por la Alianza a gobernadora por la provincia de Buenos Aires es madre de un desaparecido y si bien esta dirigente ha moderado mucho su política en este punto, muchísimos de los votantes y otros componentes de la Alianza son partidarios de profundizar más en el juicio y castigo de los militares.
La evolución de esta Alianza ganadora es algo que hay que observar con la mente muy abierta a sorpresas. Ya explicamos a fines del 97 que de no haber sido por la participación del FREPASO, la UCR de la Rúa no hubiese ganado las elecciones parciales de aquel año. El FREPASO está dando a los radicales la credibilidad entre los sectores más progresistas de la sociedad que no tenían desde los tiempos de Alfonsín. Y curiosamente esta credibilidad viene dada en grandísima medida por dirigentes ex-peronistas.
Hace años dijimos que la escisión del Grupo de los 8 diputados peronistas era una anticipación de lo que en el futuro serán grandes rupturas del peronismo. Lo novedoso de la actual Alianza es que por primera vez en la historia argentina dirigentes radicales van a compartir gobierno con dirigentes de origen peronista. Es más, esta Alianza es una invención teórica de Chacho Álvarez, ex-diputado peronista. Este escenario político hubiese sido impensable hace no muchos años atrás. Lo paradójico es que en la cúpula hayan coincidido expresiones aparentemente tan opuestas como de la Rúa y Chacho Álvarez. Pero en el fondo no lo son tanto, son más bien complementarios en una fórmula de gobierno un poco más algebraica de lo habitual. Pero el hecho de haberse producido una fórmula así, nos tiene que dar una idea de lo difícil y complicado que se va tornando gobernar en la Argentina. El hecho de que nadie hubiera previsto una fórmula como ésta es un indicador de hasta qué punto la ausencia de una organización política genuinamente socialista va a provocar fórmulas y alianzas de cualquier tipo con tal de alcanzar el gobierno y proporcionar cierta gobernabilidad al país.

Y ahora qué

El peculiar desarrollo de la política argentina no sólo puede «volver loco» a cualquier observador foráneo sino que amenaza con «volver locos» a los propios argentinos. Cuando uno ve cómo la organización que la mayoría de la clase trabajadora cree suya, se ha aliado durante los años del gobierno de Menem con la derecha más ultraconservadora, y al mismo tiempo ve cómo los radicales, partido burgués con base en la pequeña burguesía, clases medias y algunos trabajadores de cuello blanco, se incorpora estos días en París a la Internacional Socialista, puede resultarle más fácil comprender la letra de la canción «El mundo del revés» en la que nada el pájaro y vuela el pez, que por cierto es de una escritora argentina. Y sin embargo lo que hay que entender es que éste es el mundo real, el que nos está tocando vivir, entender, analizar y sobre todo, como diría un viejo socialista alemán que algunos se empeñaron en sepultar bajo los cascotes del muro de Berlín, ¡transformarlo!
Ha sido lamentable ver cómo la mayoría de los comentaristas de prensa internacionales han llenado páginas y páginas sobre lo superficial, bien sea la extravagante personalidad de Menem bien sobre el estilo más sobrio de su sucesor. Resulta más difícil encontrar información en la llamada prensa seria sobre los millones de personas de carne y hueso que todos los días se levantan sin saber qué carajo van a comer. Más de cuatro millones de personas, reconocen las estadísticas oficiales, no tienen un empleo total o parcial. Basta con darse una vuelta por cualquier ciudad argentina, que no sea el centro de Buenos Aires, para ver que el país que fue llamado el granero del mundo no puede dar de comer a sus hijos.
Este nuevo gobierno tiene las cosas muy difíciles. Tiene la pesada herencia de una economía que ha tenido un enorme crecimiento, 24% entre 1993-97, y paralelamente una caída de la masa salarial  en el mismo período de más del 8%, lo cual ha provocado una insatisfacción enorme sólo aplacada por el miedo a perder el puesto de trabajo. El viejo eslógan, criticado por desmovilizador, acuñado por Perón en los 40 «de casa al trabajo y del trabajo a casa», hoy es sencillamente imposible para millones que no tienen ni casa ni trabajo. Todo está trastocado en esta Argentina «post-menemista». Todo parece volver a empezar con este nuevo gobierno radical-frepasista. La clase obrera parece estar, como el personaje mitológico Sísifo, condenada a subir permanentemente una roca por la falda de una montaña, obligada a recomenzar con cada nuevo gobierno.
Pero las cosas nunca son iguales. Para la clase obrera las cosas no han sido fáciles nunca, ni aún cuando lo pudieran parecer. Hoy es más evidente que nunca que la capacidad de la clase dominante para ejercer su poder en la Argentina no proviene de su propia fuerza sino de la debilidad ideológica de la clase obrera. Argentina es una sociedad en descomposición en la que el sistema imperante logra cada vez menos adhesión en las nuevas generaciones y en importantes sectores de la clase trabajadora. El altísimo nivel de delincuencia es un síntoma de desintegración social.  Pero nadie ve un modelo claro de sociedad en ninguna parte, ni siquiera hay un partido, que merezca tal nombre, que proclame una nueva sociedad.
Hace sólo 30 años la Argentina era un hervidero de ideas socialistas. Acababa de producirse el Cordobazo (la gran huelga general de la ciudad de Córdoba) y se abría uno de los períodos, quizá el más crítico, de la historia del movimiento obrero argentino. La lucha del movimiento obrero y juvenil de los primeros años 70 no era otra cosa que la lucha por una sociedad socialista. Aquella generación pagó muy cara su osadía. Treinta mil desaparecidos. Cientos de miles de presos torturados. Lo mejor de una generación perdido. Pero aquella generación venía de otra derrota. Fueron la consecuencia y la respuesta histórica al golpe de Estado de 1955.
Hoy las cosas son un tanto diferentes, en Argentina y en América Latina. Las dictaduras cayeron pero los dictadores siguen ejerciendo su poder o aún peor, logran volver al poder mediante elecciones, con discursos de mano dura contra la corrupción (Hugo Bánzer en Bolivia; Chávez en Venezuela; ahora amenaza Ríos Montt en Guatemala). El caso de Fujimori en Perú es un poco distinto pero encuadra en el mismo fenómeno.
Pero por otro lado algo se está moviendo en Uruguay, donde la izquierda ha ganado en la primera vuelta de las elecciones generales y debe confirmarse en la segunda. En Chile podría ganar un candidato socialista. Y en Argentina mismo, en esta situación, el resultado debe analizarse como algo con elementos progresistas. Sin lugar a dudas ha sido un rechazo a la política ultra-conservadora y cipaya de Menem. Otra cosa es que se haya llegado a tal situación, que a la hora de elegir no haya más que una política disfrazada de diferentes opciones partidistas.
La clase trabajadora y con ella los jóvenes están pagando el precio de no conquistar para sí una política independiente frente a la política burguesa imperante en los dos partidos tradicionales. Esta es la tarea hoy. Las perspectivas para la clase obrera argentina están atadas al proceso de crisis que vive el peronismo, de donde provendrá la base social para la lucha por cualquier proyecto de futuro.
Hay tradiciones de lucha y capacidad suficientes en el movimiento obrero argentino como para confiar en su combatividad. Las actuales, son las peores condiciones económicas y políticas en las que ha tenido que pelear desde los años 40. Quitarse de encima el chaleco de fuerza que el peronismo ha significado por décadas, no será tarea fácil. Pero un movimiento que ha producido fenómenos como el de las Madres de Plaza de Mayo en medio de una dictadura, o la creación de los que fueron los sindicatos más fuertes de América Latina, encontrará reservas como para producir nuevas respuestas a los nuevos problemas.