nc27 - Segunda guerra de Rusia contra Chechenia
Segunda guerra de Rusia contra Chechenia
Un nuevo genocidio

Domingo Echevarría

¿Quién cometió los tres atentados con bombas que provocaron la muerte de 300 personas en Moscú durante el pasado verano? Tal vez nunca se sepa, pues podrían haber sido tanto terroristas islámicos (por propia iniciativa o instigados por algún servicio secreto ruso) como los servicios especiales del Kremlin, para crear una excusa para una agresión militar decidida de antemano. Sea como fuere, a Yeltsin, a su gobierno y a los generales les faltó tiempo para adjudicarles la autoría a “independentistas chechenos” y justificar, en aras a “la aniquilación de todos los bandidos y terroristas”, lo que si a finales de setiembre parecía ser “una intervención limitada” es ahora una feroz campaña bélica contra la República norcaucásica.
Pero tan burda excusa propagandística no puede ocultar los factores estratégicos, políticos y económicos que han impulsado a Yeltsin y su camarilla, a la oligarquía mafiosa rusa y al Ejército a embarcarse en esta intervención militar.
Por un lado, las tendencias centrífugas ligadas al hundimiento del bonapartismo proletario en la Unión Soviética impulsaron su desintegración a principios de esta década. Aprovechándose y alimentando los más que fundados recelos contra “lo ruso” que era identificado en muchas nacionalidades, equivocadamente pero así era,  con “lo soviético” por las atrocidades del estalinismo, sectores de las viejas burocracias regionales, en alianza a menudo con las mafias y/o grupos terroristas locales, se auparon al poder en pos de una independencia de Moscú pensada no para satisfacer las necesidades de los pueblos sino sus propios intereses.
Chechenia, con una población mayoritariamente musulmana, es uno entre muchos casos. Cuando en 1996 las fuerzas rusas fueron humilladas, los mandamases castrenses se quejaron de no haber sido suficientemente contundentes, de la carencia de medios y de la indisciplina de los soldados. Esta vez, ven la agresión militar como ocasión para la venganza y para avisar a las otras poblaciones no eslavas de la zona que no se dejen seducir por aspiraciones secesionistas. De paso emiten un mensaje claro al imperialismo norteamericano: el Kremlin no va a tolerarle sus actuales intentos de buscar aliados en el Caúcaso del Norte que debiliten la posición de Moscú en el Caspio, en el Caúcaso y en el Asia Central, convirtiéndola en una potencia de tercera clase. Eso escenificó Yeltsin al abandonar la Conferencia de la OSCE celebrada en Turquía, por cierto el aliado clave de los EE.UU. y la OTAN en la región.
Por otro lado, Yeltsin y la oligarquía mafiosa han recurrido a esta agresión militar contra la “expansión islamista” para distraer la atención de la interminable sucesión de escándalos de corrupción que rodean a su camarilla. A diferencia de la guerra de 1994-1996 contra la declaración de independencia chechena, que acabó en un fiasco militar ruso y un acuerdo de paz que pospuso hasta el año 2001 su puesta en práctica, los “halcones” cuentan por el momento con el respaldo de la mayoría de la población, lo que les viene bien así mismo para fortalecer el nacionalismo granruso, apuntalar al Gobierno de Putin y poner al Ejército en primera plana. De todas formas, este respaldo podría ser efímero si el conflicto se engangrena, la política de destrucción sistemática de poblaciones e industrias no basta para la conquista y la guerrilla acaba causando importantes bajas a las fuerzas rusas.
Finalmente, hay mucho en juego en lo económico. Hasta ahora, Rusia mantenía el monopolio del control del acceso a los grandes yacimientos de crudo y gas en el Mar Caspio. Con el acuerdo alcanzado entre Turquía, Azerbaiyán, Georgia y Turkmenistán, y bendecido por Washington, para construir un oleoducto y un gaseoducto paralelo que una Bakú (Azerbayán) en el Caspio con el puerto mediterráneo turco de Ceyhan, la apuesta contra Rusia es de órdago. Cuando se construya, el oleoducto que une Bakú con Novorossiirsk (Mar Negro) dejará de ser la única opción para que los Estados ex -soviéticos que tengan esas riquezas naturales las exporten.  Un pequeño detalle: el actual pasa por Grozni, la capital chechena. Fácil es comprender que lo que Yeltsin y Cía. buscan en Chechenia es también controlar físicamente la zona para defender los jugosos beneficios que obtienen del comercio petrolífero.
Las potencias occidentales, que cuando descargaban sus bombas contra Yugoslavia y Kosovo hace unos meses proclamaban un nuevo “derecho de injerencia humanitaria”, han hecho mutis por el foro en esta ocasión pese a las decenas de miles de refugiados y miles de “víctimas colaterales”. Algunos, como George Robertson, nuevo Secretario General de la OTAN, llegaron a echar un capote a Yeltsin diciendo que se trataba de un “asunto interno”. Otros, han limitado sus críticas a tímidas apelaciones a una “salida política al conflicto”.
En nuestro país, desgraciadamente, ninguna de las organizaciones políticas de la izquierda ha denunciado claramente esta intervención militar rusa, que debería ir acompañada de una crítica a los Estados teocráticos islamistas que defienden los gobernantes de Chechenia y a los grupos guerrilleros que han cometido todo tipo de tropelías estos años. La pacificación de la zona, y por importante que sea Chechenia es sólo una de las piezas del puzzle caucásico, no se construirá sobre las cenizas de los bombardeos rusos, como tampoco con los gobiernos capitalistas reaccionarios que tanto proliferan en la región.
Sólo será posible una convivencia armoniosa de las innumerables y distintas nacionalidades y etnias en base a su unión voluntaria en una Federación Socialista del Caúcaso que se sirva, planificando la economía en beneficio y bajo el control de los trabajadores, de los grandes recursos naturales para dotar de unas condiciones de existencia dignas para la población, Federación que tendría un enorme poder atractivo tanto para la clase obrera de las repúblicas y nacionalidades que componían la Unión Soviética como para la de Turquía. Mientras no se avance en esa dirección, el Caúcaso es una zona del mundo condenada a estar en llamas en los próximos años.