nc27-  A 50 años de la proclamación de la República Popular China
Historia

A 50 años de la proclamación de la República Popular China
¿Cómo fue la revolución china?

Alberto Arregui

En 1917, la clase obrera rusa, dirigida por el partido bolchevique, tomó el poder. A partir de ese acontecimiento, el más trascendente del siglo XX, el mundo se dividiría en dos bloques; había nacido una alternativa real al sistema económico capitalista.
El efecto de la lucha por el socialismo en Rusia fue tremendo, pero en los años siguientes, por diversos factores, y a pesar del esfuerzo titánico por edificar una nueva sociedad, el camino hacia el socialismo se desvió, la revolución fue degenerando alejándose de los proyectos marcados por el partido de Lenin y Trotsky.
Rusia quedó aislada, desangrada por la guerra civil. Las potencias imperialistas no sólo ayudaban a los reaccionarios sino que llegaron a agredir directamente a la URSS. En esas condiciones, con el agotamiento del esfuerzo revolucionario de las masas incluida la muerte de miles de obreros en el frente, fue surgiendo una casta burocrática con privilegios crecientes que le apartaban cada vez más de las masas de la población. Se presenció, bajo la forma del estalinismo, la deformación del primer Estado obrero de la historia. A ello contribuyó de manera decisiva la derrota de la revolución alemana de 1918-19.
A pesar de esa deformación la URSS siguió, durante mucho tiempo levantando el entusiasmo de la población oprimida de todo el mundo. Por una parte se mantenía el eco magnífico de la Revolución de Octubre, pero además la posición enfrentada al imperialismo en muchas ocasiones hacía de este país un ejemplo a imitar, sobre todo si tenemos en cuenta la aguda crisis del  capitalismo en ese período histórico que le llevó a la Segunda Guerra Mundial.
El desarrollo de la guerra, el papel decisivo de la URSS en la derrota del nazismo y las transformaciones sociales en los países del Este de Europa, incrementaron el papel ruso en la escena mundial.

La revolución colonial

La crisis del sistema económico del capitalismo se reveló con toda su crudeza en esos momentos en su pérdida del dominio directo de los países coloniales.
A pesar del fortalecimiento del protagonismo de los Estados Unidos de América que jugó un papel determinante en el desarrollo de la situación en el área de los países desarrollados, fueron incapaces de controlar la situación en el mundo colonial, el llamado «tercer mundo».
La lucha por la emancipación respecto a las viejas metrópolis de estos países subdesarrollados ha marcado la historia de nuestro siglo. A buen seguro, de haberse mantenido un régimen de auténtico socialismo en la URSS, de democracia socialista, no esa horrenda degeneración burocrática, toda la historia de la humanidad hubiese cambiado. Pero el burocratismo también fue un factor en la política exterior del estalinismo, y los países que buscaban una nueva sociedad no tenían como modelo la Rusia revolucionaria de los bolcheviques sino la deformación de aquel proyecto.
La revolución china resulta una confirmación de todo lo dicho. En primer lugar representa la revolución más decisiva, tras la de Rusia, no sólo por la magnitud geográfica y demográfica sino también por el efecto que tendría en acelerar el derrumbe del colonialismo en Asia. Supuso que la ocupación colonial retrocedía definitivamente, y que el capitalismo veía crecer la amenaza de una alternativa en el mundo, el país más poblado de la tierra salía de la órbita de influencia del capitalismo.
Pero vemos en la revolución china, ya mucho antes de su triunfo, elementos que marcarían un nacimiento burocrático, podemos decir que comienza no a ejemplo de Octubre del 17, sino donde terminó el leninismo y comenzó el estalinismo.

La derrota de 1925-1927

Las guerras campesinas habían sido una constante en la historia de china, la terrible opresión del despotismo asiático llevaba a los hambrientos habitantes del campo a rebelarse, llegando incluso a las ciudades, pero carecían de un proyecto que ofrecer, siempre retrocedía la situación, pues no podían alumbrar ningún nuevo régimen que fuese superior al anterior, la miseria y el poder despótico se reproducían.
Pero en los años 20 se daban unas circunstancias con grandes diferencias respecto al pasado, que hacían que por primera vez fuese posible un giro drástico en la historia.
Por supuesto que se mantenían unas condiciones idóneas para el desarrollo de una guerra campesina, y tanto en este proceso como en el del 49 los estalinistas chinos se basaron en gran medida en el campesinado, pero se unían factores que darían a luz un movimiento mucho más amplio. La lucha contra los generales reaccionarios del norte, apoyados por el imperialismo, hacía del movimiento de masas una revolución democrática y por la construcción nacional de China. Y, sobre todo, por primera vez, y al calor de la revolución rusa, el movimiento obrero chino se alzó imprimiendo un nuevo carácter a la lucha con la propagación de las ideas socialistas.
En el caso ruso la revolución de 1905 fue considerada por los bolcheviques, en palabras de Trotsky «el ensayo general de Octubre del 17», de igual manera en el 25-27 en China se marcaron los errores que viciarían desde su nacimiento la revolución en este país. Los comunistas chinos no fueron capaces de extraer lecciones de la sangrienta derrota sufrida en el año 27. Por consejo de Stalin habían aceptado la teoría antimarxista de «la revolución por etapas»; se suponía que primero había que hacer una revolución democrática y después de un largo período se plantearía la lucha por el socialismo tras haber permitido el desarrollo del capitalismo chino. Semejante mentalidad que siempre se mantendría en el «maoísmo», tenía implicaciones prácticas nefastas, pues suponía la creencia de que la burguesía nacionalista china no sólo era un aliado en la lucha, sino que además debía jugar el papel dirigente. De esta manera el Partido Comunista Chino, empujado por la Internacional comunista, que ya actuaba bajo las órdenes de Stalin, aceptó no ya una alianza con el partido nacionalista de la burguesía china el Kuomintang, sino que en 1923 emprendió la táctica suicida de integrarse en las filas del partido burgués con la peregrina excusa de la «transfusión de sangre de obreros y campesinos al Kuomintang», en la medida en que consideraban que este partido sería quien encabezaría la lucha contra en feudalismo chino y el imperialismo. No entendían que como demostraron los propios acontecimientos, el feudalismo era parte del poder de la burguesía china y antes se volverían contra el proletariado y los campesinos. Esto permitió que los obreros chinos fuesen masacrados por las tropas nacionalistas, siendo el factor decisivo de la derrota de la revolución. En Shangai primero y en Cantón después el Kuomintang aplastó la revolución con la colaboración del imperialismo.

La revolución de 1949

Tras la derrota, la Comintern fue incapaz de sacar conclusiones correctas, al contrario, la desmoralización que generó contribuyó a acelerar la persecución de la oposición de izquierdas en la URSS, que ya había explicado la suerte que correría la revolución china, y supuso la consolidación del poder de Stalin.
China siguió sufriendo convulsiones sociales y enfrentamientos. Chiang Kai-shek instauró una dictadura pero no pudo controlar la situación ni política ni económicamente, su gobierno fue incapaz de completar el movimiento de construir China como nación. Los levantamientos campesinos se reprodujeron, y la invasión de Manchuria por el Japón el 1931, levantó una ola de luchas contra el invasor que elevaron la influencia del PCCh, ya que el Kuomintang era incapaz de dirigir consecuentemente una lucha antiimperialista.
Pero la nueva y decisiva etapa de la revolución en China se abriría con la derrota de Japón en la IIª Guerra Mundial.
El imperialismo norteamericano había ya trazado sus planes para la zona: apoyarse en el Kuomintang para controlar la situación tras la retirada de las tropas japonesas del territorio chino e impedir así el protagonismo del Partido Comunista Chino.
Chiang Kai-shek (el dirigente del Kuomintang) se sentía muy seguro con el respaldo del gobierno de EE.UU., que le había proporcionado incluso transporte aéreo para llevar a 100.000 soldados a las ciudades más importantes para recibir la rendición de las tropas japonesas.
Los comunistas chinos con una miopía increíble volvieron a pactar con el Kuomintang en agosto de 1945, pero Chiang demostró sus verdaderas intenciones al lanzar, en noviembre, un ataque militar contra las fuerzas del PCCh en Manchuria intentando aplastarlo. Obviamente el recelo creció, pero no impidió que se llegasen a nuevos intentos de entendimiento entre ambas fuerzas políticas para la formación de una Asamblea Nacional, aunque durante todo el proceso ya no cesaría la represión contra el movimiento obrero y el Partido Comunista.
A la actitud de la burguesía china se unía un deterioro profundo de las condiciones de vida de la población. En febrero de 1946 los precios se multiplicaron por cinco, en mayo del mismo año volvían a hacerlo por once, y como prueba de una inflación galopante se multiplicaban por treinta en febrero de 1947.
Un solo ejemplo nos hará comprender la incapacidad de los burgueses chinos para tomar las riendas del país; durante 1948 el saco de arroz, el alimento básico e imprescindible, aumentó su precio en tan sólo dos meses, de junio a agosto, de 6’7 millones de yuanes a 63 millones.
Mientras tanto en el norte de China, frente al avance inicial en el terreno militar de las tropas del Kuomintang, el PCCh utilizó la mejor táctica posible: llevaba a cabo un programa de reforma agraria entregando las tierras de la aristocracia y los latifundistas, que habían colaborado con los japoneses, entre los campesinos en todas aquellas zonas que liberaban. Con esta táctica, que los estalinistas denostaron en casos como el de la Revolución española del 36, el avance de las tropas lideradas por el PCCh se fue haciendo imparable. A lo largo de 1946 y 1947 el Ejército Popular de Liberación consiguió arrinconar  a las tropas del Kuomintang en Manchuria y durante 1948 conquistaría las ciudades más importantes.
Chiang Kai-shek dimitió como presidente de la República el 21 de enero de 1949. Desde entonces todas las ciudades fueron cayendo en manos del ELP hasta que en octubre ocupó Xiamen, el puerto de embarque de las tropas del KMT hacia Taiwan.
El día 1 de octubre de 1949 Mao Zedong proclamó la constitución de la República Popular China.
En una primera fase el nuevo gobierno respetó en las ciudades muchas de las propiedades industriales tanto de burgueses chinos como de capital extranjero. Sin embargo en el campo fue expropiado el 40% de la tierra cultivable y repartida entre el 60% de la población en lotes de una o dos hectáreas.
Hasta 1953 no se lanzaría el primer plan quinquenal, que marcaría la senda de imitación de la URSS también en este terreno; la economía nunca sería controlada por las masas de obreros y campesinos sino que sería dirigida por un plan central elaborado burocráticamente. Por supuesto en los primeros años la economía nacionalizada demostró una potencialidad gigantesca y fue resolviendo, a pesar de los fallos y retrocesos causados por el burocratismo, los principales problemas de la miseria secular de China.
A diferencia de la Rusia de los bolcheviques en China nunca hubo «soviets», ni ningún organismo similar que pudiese expresar la voluntad de las masas. Toda la política era dirigida por el omnipotente Partido Comunista Chino.
Pronto se verían los inconvenientes del burocratismo y el espíritu nacionalista de los comunistas chinos. Las purgas serían habituales, las luchas entre distintas camarillas arrastraron al país al borde del caos en diferentes ocasiones, como con la tan famosa como incomprendida «Revolución cultural» y el «Gran salto adelante». La Revolución cultural así como la campaña de «Los tres Anti», «Los cinco Anti» o «¡Qué florezcan cien flores!» no eran sino campañas orquestadas por unas fracciones de la burocracia contra otras. En occidente fueron interpretadas como síntomas de la participación de las masas chinas en la política. A la luz de esa interpretación sería imposible comprender los acontecimientos posteriores de China.
Toda la evolución de la revolución después de 1949 merecerá nuevas páginas en nuestra publicación para poder seguir el camino que está llevando a la reintroducción del capitalismo en este gigante asiático.
Pero sólo si entendemos que China nunca fue una democracia socialista, sino un régimen deformado desde sus inicios, un sistema burocrático al que le faltaba la participación libre de las masas en la política y la economía, sólo entonces podremos comprender la descomposición del sistema, los acontecimientos tras la muerte de Mao en 1976, y las reformas emprendidas por Deng Xiaoping, el papel de las matanzas de Tian Anmen y el papel que juega en el mercado mundial.
En este artículo lo que queremos destacar es el papel colosal que jugó en la historia del siglo XX la revolución china, y rescatar la idea esencial de que las revoluciones volverán a producirse. La historia no es una evolución pacífica y constante, sufre avances y a veces grandes retrocesos, pero deja un bagaje, y en él ha quedado grabado que los pueblos pueden tomar el destino en sus manos y que la economía nacionalizada es superior a la propiedad privada de la riqueza.