Gobalización
Globalización

El desarrollo lógico del capitalismo

Alberto Arregui

El término globalización, o mundialización, se ha hecho habitual en los medios de comunicación, en el vocabulario económico y político. Se presenta como la característica de los tiempos que vivimos, algo así como el capitalismo de nuestros días. Pero al mismo tiempo es defendido como emblema del progreso económico que justifica todo tipo de medidas, especialmente despidos y limitaciones salariales, con la excusa de que lo exige la economía global.

Por supuesto, los defensores de la economía de mercado libre, es decir del capitalismo, se sienten muy ufanos al querer hacernos creer que se trata de una nueva economía a través de la cual el capitalismo se supera a sí mismo entrando en una nueva etapa de progreso sin límites para la humanidad.

Las organizaciones de izquierda, no presentan, por su parte una alternativa a la globalización, sino que se limitan a proponer medidas «correctoras», como la tasa Tobin (gravar con un 0'05% los movimientos de capitales), o a levantar, en algunos casos, la bandera del proteccionismo de las economías débiles.

En definitiva, parece que todo el mundo está de acuerdo en que la globalización es algo con lo que hay que convivir, un signo del desarrollo histórico, un fenómeno nuevo. Por lo tanto, si realmente fuese algo nuevo, estaríamos ante la necesidad de encontrar nuevas ideas, las fórmulas socialistas, el marxismo, no estaría en condiciones de proporcionar desde su bagaje teórico una explicación y una alternativa. Sin embargo nada más lejos de la realidad.

Está claro que la simple popularización de un término, indica el peso en la vida cotidiana del fenómeno al que se refiere, pero no quiere decir de ninguna manera que dicho fenómeno sea nuevo.

La expansión territorial del capitalismo, la necesidad de abarcar cada vez un mercado más amplio está en la propia esencia de este modo de producción.

Lo que justifica la entrada en la historia de un determinado sistema económico es su mayor capacidad para desarrollar las fuerzas productivas, en definitiva para satisfacer mejor las necesidades sociales, progresar sobre el estadio anterior, elevando la capacidad de producir, lo que conlleva elevar la productividad del trabajo humano, o, lo que es lo mismo, producir más en menos tiempo.

Para que la clase social que impuso el capitalismo, la burguesía, pudiese encontrar el medio idóneo para el desarrollo capitalista, necesitó acabar con el particularismo feudal, crear naciones con un Estado que disponía de un poder central que permitió la creación de las naciones modernas como el medio más idoneo de facilitar el desarrollo del comercio y la industria.

Pero ya en ese mismo momento el comercio entre las naciones suponía un requisito del desarrollo económico. Así la burguesía al mismo tiempo que daba forma a las fronteras nacionales desarrollaba el comercio mundial.

«La burguesía, al explorar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita...Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba a sí mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones». Así se expresaban Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, mostrando su capacidad de comprender el carácter del capitalismo. Hasta tal punto es así, que alguien tan poco sospechoso de apoyar a Marx como es Joaquín Estefanía, reconocía: «El XX ha sido el siglo de la concentración del capital. En este aspecto el análisis del padre Marx..., ha sido acertado» (El País 16/1/2000).

No sólo se potenciaba desde un primer momento el intercambio comercial, sino que las nuevas naciones luchaban encarnizadamente entre ellas por repartirse un mundo menos desarrollado, al que expoliar no sólo mediante el comercio, sino también con el saqueo directo, el colonialismo caracterizaría toda una época de la historia. La conquista de nuevos territorios por la ocupación militar, y al mismo tiempo la guerras entre los países desarrollados por arrebatarse el control directo de la mayor parte posible del mundo han marcado el siglo XIX y el XX.

Las atrocidades que hoy viven muchos países, y especialmente el continente africano son una consecuencia directa de las tropelías cometidas por las metrópolis.

Son muchos los factores que marcaron el fin del colonialismo, pero especialmente podemos hablar de dos; por un lado el propio desarrollo capitalista provocó la necesidad de exportar capital por parte de las grandes potencias, no tanto una ocupación militar como la necesidad de desarrollar nuevos mercados e invertir los excedentes de capital, lo que llevaba a sustituir la dominación militar por otra más disimulada pero igualmente férrea, el control de la economía de los países coloniales. Por otro lado en el mundo colonial se fueron desarrollando luchas de liberación nacional y revoluciones que forzaron a los países colonialistas a retirarse como consecuencia de derrotas militares (así la pérdida de las colonias españolas), o tratando de evitar guerras de consecuencias incalculables, como el imperio británico al retirarse de la India. Pero, salvo en los casos en que triunfaba una revolución, como es el caso paradigmático de China, el dominio económico sobrevivía al militar.

Lenin, en su obra «El imperialismo fase superior del capitalismo», escrito en 1916, resumía así los ragos definitorios del imperialismo: «1- la concentración de la producción y del capital llegada hasta un grado tan elevado de desarrollo, que ha creado los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2- la fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este 'capital financiero' de la oligarquía financiera; 3- la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particularmente grande; 4- la formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo, y 5- la terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes». Como vemos a pesar de los importantes cambios que se han producido, existe una conexión clara entre el imperialismo y la globalización.

Durante toda una etapa de la historia, el imperialismo, que se inscribiría en la misma tendencia histórica que había hecho nacer al colonialismo, sustituiría a éste. El mercado mundial vivió, de nuevo, un crecimiento sin precedentes. Se puede afirmar que la época de fuerte auge económico que conocieron los países capitalistas desarrollados en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta principios de los años 70, se fundamentó en el fabuloso crecimiento del Comercio Mundial.

En todo este periodo analizado se podría hablar de mundialización o globalización, al igual que ahora, no hablamos pues de un fenómeno nuevo, sino de un proceso que ha entrado en una etapa superior a las anteriores. Volviendo a citar el Manifiesto Comunista: «Por ello, si el modo capitalista de producción es un medio histórico para desarrollar la fuerza productiva material y crear el mercado mundial que le corresponde, es al mismo tiempo la constante contradicción entre esta su misión histórica y las relaciones sociales de producción correspondientes a dicho modo de producción».

Se puede afirmar, siguiendo las ideas expuestas por Marx, que el capitalismo se construyó sobre tres pilares decisivos (por supuesto considerando previa la acumulación de capital): la propiedad privada de los medios de producción, el Estado nacional, y el mercado mundial.

Hasta aquí podríamos, pues, decir que el capitalismo no ha variado en su esencia, pero eso no quiere decir que el desarrollo de las fuerzas productivas y por lo tanto el mayor conflicto entre éstas y las bases capitalistas sobre las que se asientan no haya alcanzado unas contradicciones cada día más agudas.

El capitalismo tiene como célula básica la mercancía, pero la mercancía que realiza su beneficio, es decir que se vende reportando al capitalista un beneficio lo suficientemente sustancioso como para llevarle a reinvertir una parte del mismo en seguir produciendo. Este sistema económico, por esencia, no puede buscar la satisfacción de las necesidades de la población, sino las suyas propias. La obtención de beneficio privado y la respuesta a las necesidades históricas de la humanidad hace tiempo que ya no corren un camino paralelo sino, al contrario, opuesto. Para el capitalista la necesidad de producir cada vez más al menor coste posible es la ley sagrada que guía todo su comportamiento. Y, para ello, no repara en los daños que cause a la naturaleza, o a la población, no le arredra la miseria o las guerras, o el estímulo del derroche en unas zonas, la destrucción de lo ya producido incluso, mientras la mayor parte del planeta padece hambre.

Lo que ha estimulado la mundialización, no es ningún espíritu internacionalista de los burgueses o su deseo de extender el bienestar a todo el mundo. Todo lo contrario este proceso está incrementando aún más las desigualdades regionales, los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres. Se trata simplemente de responder a sus necesidades, de buscar medios que atenuen las propias contradicciones del sistema.

El Estado nacional, y la propiedad privada de los medios de producción hace tiempo que dejaron de ser un factor progresista para el desarrollo de las fuerzas productivas y se fueron convirtiendo en un freno.

Era la tarea histórica del socialismo, la superación de estas dos gigantescas barreras a traves de las socialización de los medios de producción y de la eliminación de las fronteras nacionales. Eso hubiese permitido el desarrollo de una economía planificada a escala mundial, no un desarrollismo destructivo, consumista e irracional, sino sostenible y en beneficio de la mayoría.

Precisamente el fracaso del estalinismo, esa horrible deformación del socialismo, ha proporcionado al capitalismo un balón de óxigeno para un nuevo período histórico.

Las tareas que sólo el socialismo puede construir de forma racional: un mundo realmente global, con una economía a su servicio, sin fronteras, no surgen del fondo de unas mentes iluminadas, sino como una expresión de las necesidades inaplazables del género humano. Pero en la historia vemos muchas veces el mismo fenómeno; ante una tarea inaplazable, si no es abordada a tiempo y por la fuerza social a la que le corresponde, puede ser llevada a cabo de forma distorsionada por otra. Así los capitalistas generan la globalización, no como algo progresista en beneficio de la humanidad, sino como una necesidad, de intentar superar las limitaciones que les impone su propio sistema, especialmente las fronteras nacionales y la anarquía en la producción derivada de la propiedad privada de la riqueza. Pero esto lo hacen no sobre las bases de planificar la producción a escala global para responder a las necesidades sociales, sino sobre la de conseguir la libre circulación del capital y las mercancías, de poner los intereses del capital financiero por encima no ya del de determinada nación sino del de cualquiera de ellas. Las multinacionales industriales y financieras se convierten en los auténticos gobernantes del mundo poniendo en evidencia las limitaciones de los gobiernos de los distintos países. Eso sí, esa política no es independiente de los gobiernos, sino que si vemos la titularidad de las más grandes empresas, éstas están ligadas al mismo tiempo a los principales poderes imperialistas del mundo, que a su vez forman grandes bloques de influencia económica en el planeta, Estos bloques, muestran sus intereses encontrados con graves problemas, como se ha demostrado en la última reunión de la OMC en Seattle.

Las limitaciones de la propiedad privada en muchas manos, intentan superarlas con una concentración de capital que no tiene precedente en la historia. La absorción de unas empresas por otras se ha convertido en una de las principales actividades de la economía en los últimos años, lo que pone en evidencia que «la iniciativa personal» y el «mercado libre» no son sino una entelequia. Además con la mundialización se consigue empujar a la baja los salarios de la clase obrera. Esto tampoco es un fenómeno nuevo, aunque ahora alcanza una dimensión que nunca tuvo en el pasado. La fuerza de trabajo es una mercancía más dentro del mundo capitalista. El abaratamiento del transporte y de las comunicaciones en general, permite a los capitalistas acceder a todo el mercado mundial de mano de obra con el fin de rebajar los costes de producción aunque para ello empleen niños o creen condiciones de semiesclavismo. Pero la consecuencia es que el precio de la fuerza de trabajo en el mercado mundial baje, con lo que no sólo estamos viendo como aumenta la diferencia entre países ricos y pobres, sino la diferencia entre la población de los propios países desarrollados. En esta misma línea vemos la destrucción de la naturaleza; el capital busca los países pobres para llevar allí a cabo sus mayores fechorías ecológicas ante la falta de protección y la pobreza, añadiendo así destrucción a la miseria.

La sobreproducción, es, desde el punto de vista marxista, la causa principal de las crisis cíclicas del capitalismo. Pero como explicó Marx en El Capital, la sobreproducción lo es en primer lugar de capital. En ese aspecto la orgía de especulación financiera se ha convertido en elemento esencial para dar salida al capital excedente. La libre circulación de capitales es un requisito del que no pueden prescindir, pero al mismo tiempo, como demostró la crisis asiática, es un grave elemento de inestabilidad. De esta manera, la concentración de capital, y la burbuja especulativa no hacen sino presagiar nuevas y más graves crisis.

Inevitablemente, crean un monstruo, un aborto histórico, que bajo la apariencia de progreso, acarrea un paso más en agravar los problemas del planeta. Pero, desde luego, no tienen otra opción, la vuelta atrás es imposible, sólo cabe una alternativa que parta de la necesidad de superar las fronteras y la propiedad privada, pero desde supuestos socialistas.

El intento hoy, de frenar la mundialización sería algo asi como la actuación de los «luditas», que destruían las máquinas introducidas en la industria, sobre todo cuando se incorporaron los telares, porque suponían la reducción masiva de puestos de trabajo. De nuevo lo hemos visto muchas veces, por ejemplo con la incorporación de los ordenadores, que también han destruido empleo en muchos sectores. El capitalismo no da sus pasos adelante pensando en el beneficio de la población sino en el suyo propio, pero no se trata de echar la historia atrás, sino de someter los avances al servicio de la humanidad, algo que este sistema ha demostrado que no puede hacer.

En fechas recientes F. Fukuyama se burlaba de la izquierda, en un artículo (El País 19/12/99) sobre el que merece la pena hacer unos comentarios. Señalaba que «Resulta irónico que sea la izquierda la que se rebele contra la globalización, dado que la globalización es una de las fuerzas más progresistas del mundo actual». Y añadía que la globalización «no va a dar marcha atrás...».

Es cierto, desde el punto de vista capitalista, la globalización, ya lo hemos visto, es una necesidad, y por supuesto una marcha atrás con la vuelta al proteccionismo significaría una catástrofe económica. Pero claro, si eso nos lleva a considerar que la globalización tal como la está desarrollando el capitalismo es progresista, y sólo exige corregir algunos aspectos negativos, entonces supone aceptar que el capitalismo en sus fundamentos es progresista. O, al menos, como dijo Felipe González, que es «el único sistema posible». Toda aquella izquierda que acepte este punto de partida se mete por sí misma en una ratonera. Esa es la eterna contradicción del reformismo, de todos aquellos que no plantean la superación del capitalismo sino la «corrección» de sus aspectos más inhumanos.

Una de las ideas más recurrentes de todo tipo de reformistas es el intento de mostrar como dos cosas distintas, en un sistema económico, el modo de producción y el de distribución de la riqueza. Este es, sin duda, el mayor error teórico, o la mayor falacia, del reformismo. Como Marx demostró (Introducción general a la crítica de la economía política) a un modo de producción dado corresponde un sistema de distribución, si queremos cambiar en lo esencial, no limitándonos a limar parcialmente algunas de sus asperezas, un sistema injusto de distribución de la riqueza, deberemos cambiar necesariamente las relaciones de propiedad que existen en la sociedad. Mientras la propiedad esté concentrada en cada vez menos manos, la riqueza se distribuirá según las necesidades de esa pequeña elite de parásitos. Sólo las luchas de los trabajadores consiguen concesiones, que nunca surgen de la voluntad de los ricos. En definitiva si queremos que la globalización no tenga sus efectos actuales de acelerar la destrucción del planeta y de ahondar las diferencias entre ricos y pobres, tenemos que, en primer lugar, dotarnos de un instrumento de lucha por encima de las fronteras, y después luchar no sólo contra sus efectos parciales, sino contra la raíz del problema: el propio sistema capitalista.

Volviendo al artículo de Fukuyama, es llamativo que este cínico burgués mencione algo en lo que no tenemos más remedio que estar de acuerdo, aunque él lo plantea para meter el dedo en el ojo de la izquierda y nosotros lo debemos afrontar como un reto inaplazable: «La globalización plantea un severo reto para la izquierda. Lógicamente, una mayor movilidad de capital por todo el mundo también debería llevar a los trabajadores a organizarse a escala global, creando de hecho una nueva Cuarta Internacional».

Llámese como se llame, es evidente que la izquierda camina por detrás de los acontecimientos, siendo ésta la mejor prueba de que es necesario replantearse la actividad política de los últimos años. El lema «pensar globalmente, actuar localmente», debe ser superado, por pensar globalmente, organizarse internacionalmente, para actuar también globalmente.

La nueva fase de concentración de capital, de incremento de las interrelaciones económicas mundiales, de la movilidad de capital, no hace sino prepara una nueva crisis capitalista. Ya vimos los primeros avisos serios en la crisis asiática y latinoamericana, y, cada vez más, se preparan los fundamentos para una crisis global. Sólo reencontrando las ideas del socialismo marxista estaremos en condiciones de hacerle frente.