Crisis en la antigua Unión Soviética
Crisis en la antigua Unión Soviética

El abismo ruso

Laura Ruiz López

La situación rusa sigue al pie de la letra un principio fundamental de la física, el de la entropía, los sistemas tienden cada vez más hacia el caos. La sustitución de Yeltsin por Vladimir Putin, a cambio de su inmunidad, no varía ni un ápice el sentido de este movimiento. Putin, que ha visto crecer su popularidad alimentando los sentimientos nacionalistas de una población desesperada, ya no se las promete tan felices. Grozni parece una Numancia que sólo se ha tomado a costa de la masacre de civiles chechenos y de numerosas bajas en el ejército ruso, un ejército que ya mendiga por las calles vestido de uniforme.

La economía cae a tumba abierta. Así el Producto Interior Bruto (PIB) a finales del 98 representaba tan sólo el 55% del de 1989. Las reservas del Banco Central, que eran de 20.000 millones de dólares en el 97, suponían 11.600 en el 99, casi la mitad. Rusia afronta una deuda externa de 180.000 millones de dólares e interna de 161.000 millones y subiendo. Los procesos de fuga y acumulación de capital se han disparado, se calcula que las compañías transnacionales han hecho huir ilegalmente de Rusia entre 200.000 y 250.000 millones de dólares (habría que sumar las fugas «legales»). La liberalización y las privatizaciones han llevado a una criminalización clara de la economía y al saqueo descarado, con participación del FMI y de multinacionales extranjeras.

En la calle es el dólar el que trabaja y no el decapitado rublo, si no es el trueque, que ha alcanzado proporciones similares a las del período de la guerra civil de 1918-21. La esperanza de vida media ha caído a 55 años, el 55% de la población (otras cifras hablan de un tercio de la población, 50 millones de personas) vive por debajo del umbral de la pobreza. Se venden (o se intenta) cabezas nucleares en los bares y, de vez en cuando, nos llegan imágenes espeluznantes de la situación de manicomios, orfanatos, etc. que han abierto sus puertas para que los internos puedan buscarse la comida que ellos no consiguen darles.

Las privatizaciones y la descapitalización alcanza incluso a los bastiones de la antigua URSS: los recursos petrolíferos. Así, los de repúblicas de Asia Central como Kazajstán y Azerbaiyán, están en manos de empresas extranjeras.

Aún así se apunta, según datos oficiales, que se ha dado un tímido realce de la economía en el último año, con un crecimiento industrial interanual de un 12'9%. Pero si se recuerda que, comparada con 1990, la producción se ha reducido en más de la mitad, estos datos no varían apenas la situación. Asimismo se ha logrado en el último año ralentizar la enorme inflación (en enero del 99 fue del 8'5%, a partir del verano se mantuvo en 1'2-1'5% mensual). Pero esto no es más que un repunte coyuntural debido fundamentalmente al aumento del precio mundial del petróleo y al hecho de que la devaluación del rublo ha impulsado las exportaciones y frenado las importaciones. Para la población ha supuesto ver reducirse su poder adquisitivo en un 20% en un año, sumado a la reducción que hubo entre el 91 y el 98 (tanto por la disminución de salarios, como por la inflación), indica que éste se ha reducido a la mitad en una década.

Rusia liquida sus activos sin el más mínimo control y es incapaz de frenar la evasión de capital. Pero, ¿cuál es el fondo del problema, una mala gestión? ¿Podría un cambio de dirigentes solucionar esto? Lo resume muy bien Igor Afanassiev, economista ruso: «Hay que comprender que nuestras dificultades no provienen de la ausencia o existencia de expertos contables u otros especialistas altamente cualificados. Tenemos un buen número de ellos que son de un nivel técnico honorable. Tampoco depende, lo esencial del problema, de la falta de integridad y rectitud moral de los individuos. Nuestra experiencia demuestra que el propio sistema, de arriba abajo, está gangrenado por todos los pillajes y robos imaginables, cuidadosamente escondidos».

Es difícil establecer una línea divisoria entre la economía criminalizada y el llamado sector «legal» ruso o extranjero. El sinsentido de intentar reactivar la economía bajo estas condiciones se pone de manifiesto, por ejemplo, en el intento del Banco Central que, tras el batacazo del rublo en el 98, gastó 1.500 millones de dólares del préstamo del FMI en un intento por reflotarlo. Mil millones de dólares salían diariamente del país.

La situación agraria

En el campo las cosas no van mejor. La gente sufre no tanto malas cosechas (como desde Occidente se apunta para humanitariamente deshacernos de unos cuantos excedentes), como sencillamente falta de dinero. Se ha demostrado inviable la privatización de la tierra. ¿Quién puede comprar?, ¿con qué? ¿Cómo trabajar sin medios unas propiedades troceadas en parcelas? Los campesinos se rebelan contra la idea de convertirse en asalariados de especuladores nacionales o extranjeros. La posibilidad de dejar en herencia la tierra se ve, no como un estímulo, sino como una medida que niega un futuro para sus hijos y sumiría a los jóvenes campesinos en las capas más bajas. En 1997 había 280.000 granjas privadas en Rusia. De cada 100 nuevos registros había 96 bajas. Así no extraña que muchos que han accedido a parcelas familiares hayan dejado sus hectáreas al koljós, transformádolo en una cooperativa dotada de existencia jurídica y autorizada para utilizar las infraestructuras de la antigua granja colectiva. Los campesinos, al igual que el resto de los rusos, no tienen quién defienda sus intereses , están representados en el parlamento por agrotecnócratas alejados de su realidad.

¿A dónde va Rusia?

¿Qué es lo que contemplamos en Rusia? Es algo totalmente nuevo, por primera vez en la historia un modelo económico intenta un salto atrás, volver a un modelo que le precede, el capitalismo. ¿Es pues un país capitalista? No se podría decir que es ya un pleno capitalismo, ya que no existe prácticamente inversión en los medios de producción, la acumulación de capital proviene fundamentalmente del saqueo salvaje de la antigua propiedad estatal, la crisis económica no deriva de la superproducción, el caos apenas hace posible la producción. Cuesta ver como capitalista una economía donde el trueque, 10 botellas de vodka por 6 kilos de carne de vaca, juega un papel importante.

¿De donde viene? Pese a la degeneración de la URSS, y a que no se pudiera hablar ya de una democracia obrera, sí tenía una economía planificada. Aunque la producción fuese controlada por una casta burocrática y no por los trabajadores, lo cierto es que era una economía centralizada y con los medios de producción en manos del Estado. Si no se trataba de un sistema distinto, ¿por qué resulta tan difícil introducir el capitalismo? Esta vuelta atrás hace que se reproduzcan también modos de intercambio muy anteriores, premonetarios, como el trueque. Se ha abierto la caja de Pandora.

¿A dónde va? La madre de todas las preguntas. Aunque no exista un capitalismo maduro en Rusia, sí probablemente se halle en una fase incipiente del capitalismo. Así los procesos de acumulación de capital (aún en el extranjero), saqueo, mafias, barbarie, etc son los procesos con los que se formó el capital en otros países. Cuando se dice que el capitalismo viene chorreando sangre, no hace falta mas que mirar a Rusia para entenderlo. Ahora bien, ¿es posible que culmine este camino que ha tomado? Resulta muy difícil el desarrollo a largo plazo de un capitalismo acabado en un solo país que se inicia en este proceso, frente al resto del mundo capitalista plenamente desarrollado y donde cada país tiene asignado su papel dentro de la economía internacional. Se lo dicen los propios burgueses: «Suponiendo que volvieran, ¿dónde iban a colocar su dinero? ¿Para quién producirían? El mercado internacional está deprimido y los competidores extranjeros rechazaron los productos manufacturados rusos por medios proteccionistas de todo tipo» (Thomas Wainwright, banquero estadounidense). ¿En qué condiciones podría volver pues Rusia al capitalismo? No desde luego bajo una democracia burguesa al modo occidental pero, ¿y con una dictadura férrea? Si esta se diera, con medios, materias, mano de obra cualificada y barata y mercado interno, podría jugar su papel en el mercado. Pero en todo caso y en estas condiciones sería siempre una potencia de segunda fila, interviniendo en su área, los países satélites y las repúblicas de la antigua URSS, área en la que las potencias occidentales no demuestran actualmente particular interés y que Rusia puede defender militarmente. Podría pues darse un crecimiento económico similar al que experimentó Chile bajo el mandato del vampiro Pinochet, pero sería también a costa del empobrecimiento de los trabajadores y del recorte de todo tipo de derechos, y dispuesto el gobierno a tomar las armas para defender tanto el «orden» interno como para extender sus tentáculos en el espacio que considera suyo por derecho propio.

Y, sobre todo, ¿está dispuesto el pueblo ruso a consentir este paso atrás? Unos trabajadores que, si bien es cierto que en estos momentos están en su mayoría demasiado angustiados luchando por su supervivencia, por lo que han encontrado campo las raíces del nacionalismo y del militarismo, también son los descendientes del 17 y que han perdido toda fe posible en el capitalismo.

La situación rusa es desde luego insostenible, pero falta la chispa que encienda el fuego. No existe un solo partido que refleje las aspiraciones de los trabajadores, a los que además se culpa de no saber desenvolvérselas sin depender de papá Estado. Y en esto el Partido Comunista Ruso (PCR) no se diferencia del resto, pese a contar con amplio apoyo, aun habiendo sido probablemente víctima del pucherazo en los últimos comicios. Es la propia clase obrera rusa la que tiene que organizarse y luchar, negándose al presente y al futuro que le han decidido. Así se han creado comités obreros en algunas fábricas y minas, en huelga contra las privatizaciones criminales. Pero la situación de desconcierto es tal, que no hace esperar a corto plazo las movilizaciones que serían necesarias.

La incógnita que se abre es de cara a las elecciones y al papel que va a jugar Putin en el futuro. Aparece como el hombre fuerte con un apoyo actual del 56% de la población y se sostiene sobre tres pilares fundamentales:

3 El dinero. Con ayudas de los nuevos oligarcas como Berezovski (del cual en los últimos días pretende haberse distanciado, probablemente para dar la impresión de un nuevo período de transparencia e independencia.)

3 El ejército. Dividido entre los mandos que participan del pastel y los soldados de a pie que, bandeando a duras penas su situación económica, sueñan con «al menos» recuperar el honor de la Gran Rusia.

3 Lo secreto. Como antiguo jefe de los servicios secretos del FSB (equivalente actual del KGB) siempre tendrá informaciones y gente para salir al paso si es necesario.

De cara a las próximas elecciones del 26 de marzo, Putin sabe que su baza depende en gran parte de lo que pase en Chechenia. La toma de Grozni no pone fin a una guerra de guerrillas. Es probable que ofreciese al presidente Aslán Masjádov una apertura de negociaciones que le permitiesen aguantar el tipo hasta las elecciones (táctica ya utilizada por Yeltsin en el 96). Si gana las elecciones, y esto es mas que probable contando también ya con el movimiento Patria-Toda Rusia que ha anunciado su apoyo, sería el hombre llamado a tomar las medidas enérgicas que esperan los que le han alzado hasta donde está. Estas reformas no irían contra la liberalización, sino probablemente hacia la construcción de un estado «fuerte», más centralista, más nacionalista y más autoritario: un bonapartismo que recorte las posibilidades democráticas. Putin, con más aguante que un Yeltsin conservado en formol, se espera que controle con mano dura, pero manteniendo la «cleptocracia» rusa. Los ladrones de la democracia le subieron al podium y, si no cumple, no será tan difícil encontrarle sustituto.