Extra - balance de las elecciones 2000

Editorial

Unidad de la izquierda para luchar contra el PP
Tomar la iniciativa con la movilización

Es necesario un debate participativo y democrático en la izquierda

Los resultados electorales representan claramente, no sólo la victoria del PP por mayoría absoluta, sino también una derrota sin precedentes de la izquierda, tanto del PSOE como de IU. Con un incremento de la abstención que ha pasado respecto a las anteriores elecciones generales del 96, del 77,38% de participación al 69,98% en éstas, el PP aumenta en 514.339 votos, mientras que el PSOE baja 1.569.468 votos e IU 1.385.915 votos. Tomado en su conjunto el pulso entre la derecha y la izquierda, el PP obtiene 1.147.276 votos más que la suma de PSOE e IU, y 5 puntos más de porcentaje. Con estos resultados ha llegado el momento inaplazable de una reflexión profunda en el seno de la izquierda sobre su futuro. Un análisis que inevitablemente debe comenzar por comprender las razones de esta derrota para poder sacar conclusiones. El mayor peligro no proviene tanto del resultado electoral como del reto de comprender sus causas y ser capaces de corregir los errores cometidos.

Antes de entrar directamente en materia, es necesario aceptar que vamos a realizar un ejercicio de autocrítica, en el cual no vale hacer recaer nuestras responsabilidades en el electorado que no nos ha votado. Si frente a la movilización electoral de la derecha, los votantes de izquierda no han respondido de la misma manera se debe a la total incapacidad de las direcciones de los partidos y sindicatos de izquierda para ofrecer una alternativa política que llegase a ilusionarles.

Los resultados

Como siempre existen muchas razones que han influido, pero dentro de ellas debemos distinguir las más importantes.

El PP ha gobernado en un contexto económico caracterizado por un prolongado ciclo alcista del capitalismo. En una situación así el Gobierno del PP se ha limitado a rentabilizar los efectos de este ciclo en la sociedad. Millones de personas han visto descender sus facturas hipotecarias al bajar los tipos de interés de forma importante, lo cual saneaba sus economías domésticas. Se ha creado empleo, mayoritariamente precario y sobreexplotado, pero, sin una alternativa de lucha desde la izquierda, significaba una situación mejor que estar parado. La fuerte reducción del déficit público ha permitido mejorar levemente las pensiones más bajas, aunque sin dejar de ser extremadamente bajas. Debido a su posición minoritaria en el Parlamento, el gobierno del PP ha tenido que suavizar sus ataques a los gastos sociales en Sanidad, Educación y Asistencia Social, haciéndolos de forma poco traumática a corto plazo.

En estas elecciones, por primera vez desde la transición, el temor a la derecha entre amplios sectores sociales ha desaparecido. El temor al «Doberman» que funcionó en las elecciones generales del 96, permitiendo al PSOE quedar a poco menos de 300.000 votos del PP, no ha funcionado ahora. A fin de cuentas en 4 años de gobierno del PP el «lobo no ha sido tan fiero como se presentaba». Por otra parte, los asesinatos de miembros del PP a manos de ETA han colocado a este partido como el líder de la confrontación entre «demócratas y violentos».

Unido a estos dos factores, el PP no ha tenido ningún tipo de oposición seria desde la izquierda, tanto política como sindical. El PSOE lejos de reciclarse tras la «derrota dulce» de 1996, profundizó en su arterioesclerosis política con el espectáculo lamentable dado en la pugna interna entre el aparato del partido y el candidato triunfador de sus primarias José Borrell. La gente no ha olvidado que el candidato a Presidente de Gobierno, Joaquín Almunia, era el derrotado por la elección de las bases en las primarias.

IU ha pasado buena parte de la legislatura pasada sumida en una terrible crisis interna con la escisión del PDNI, respaldada por la dirección del PSOE, que se zanjó desde la dirección con una mínima participación de las bases en todo el proceso.

Las direcciones sindicales, bajo el argumento del «pragmatismo sindical» le han dado al PP la oportunidad de presentarse como los impulsores del dialogo social. ¿Cómo se puede explicar que en la campaña electoral los dirigentes sindicales acusasen al Gobierno del injusto reparto de la riqueza derivada del auge económico y sin embargo en toda la legislatura no han organizado ninguna movilización seria por impedirlo?

La izquierda no ha sido capaz de canalizar la indignación que indudablemente existe en la sociedad contra los aspectos más injustos de la política del PP. Incluso en los terrenos en que la derecha argumenta sus «éxitos, se ha producido un incremento de las desigualdades sociales, que era necesario combatir a través de la movilización. Era necesario conseguir demostrar en la vida cotidiana que el gobierno del PP estaba enfrentado a los intereses de la mayoría de la población. Especialmente los dirigentes del PSOE tenían una confianza ciega en el terreno puramente institucional y electoral, y ponían como ejemplo la asombrosa recuperación de la izquierda en Francia que llevo a Jospin a la presidencia. Pero no tenían en cuenta que el triunfo de la izquierda francesa vino como consecuencia de una impresionante ola de luchas que dejaron en evidencia en carácter reaccionario del gobierno de la derecha. En ese ambiente el pacto del PS y el PCF tuvo un efecto multiplicador.

En contraste, el gobierno de Aznar ha disfrutado de un trato de no beligerancia por parte de los dirigentes sindicales, viviendo un inusual período de «paz social». Esta situación ha creado la paradoja de que se realizó una táctica de confrontación mucho más fuerte con los gobiernos del PSOE. Los jóvenes que se incorporaban por vez primera al voto, han carecido de la experiencia necesaria de enfrentamiento al gobierno del PP como para hacerse conscientes de lo que puede suponer para ellos permitir otro gobierno de la derecha, y por tanto no han visto la necesidad de impedirlo con su voto. Hecho que refleja una crítica indirecta a la izquierda al no haber sido capaz de ilusionarles con su alternativa.

La cosecha de cuatro años

La campaña electoral siempre tiene una influencia, pero no se puede tratar de explicar lo sucedido sin entender que los quince días de campaña no podían cambiar decisivamente el ambiente generado en la sociedad por toda la experiencia anterior, incluidos los trece años de gobierno del PSOE, y especialmente por la escasa capacidad de la izquierda en estos cuatro años de gobierno del PP para presentar una alternativa que generase entusiasmo y credibilidad.

Cuando la izquierda estaba resignada a una campaña electoral anodina, siguiendo la tónica de la legislatura, y entregada a una nueva victoria del PP, surge la sorpresa del Acuerdo PSOE–IU.

Aquellos que tienden a sobrevalorar el poder de los medios de comunicación, deberían aprender la lección de que procesos profundos en la psicología de las masas no se cambian con unos cuantos titulares de prensa.

La cobertura informativa del acuerdo PSOE–IU llegó a poner tremendamente nerviosa a la derecha, como quedó reflejado tanto en la campaña como en la propia noche electoral en la cual los dirigentes del PP no daban crédito a lo que estaba pasando.

Es evidente que el Acuerdo ha servido más para movilizar a los electores de la derecha en defensa de su partido, que a los de izquierda que no han confiado en promesas de última hora basadas en las necesidades de los aparatos políticos del PSOE e IU.

Sería una grave error sacar la conclusión de que ha fracasado la táctica de propiciar la unidad de la izquierda. Lo que ha fracasado en estas elecciones es la utilización electoralista de la Unidad de Acción de la izquierda sin que previamente se haya fraguado ésta en un trabajo conjunto de oposición y movilización real en los años anteriores.

No se puede centrar una campaña en las «Stock Options» de Telefónica y no haber hecho nada cuando se han destruido decenas de miles de puestos de trabajo en esta compañía. No se puede clamar por el injusto reparto de la riqueza y acudir a los Círculos Empresariales, que son los que se están beneficiando de ella, para tranquilizarles comprometiéndose a que un Gobierno de la izquierda no cambiará nada de lo sustancial de la política económica anterior. Como dice el refranero popular, «no se puede estar en misa y repicando».

Mirar hacia delante

Aunque el PP ha ganado por mayoría absoluta, los problemas para los trabajadores, jóvenes y sectores más desfavorecidos de la sociedad siguen ahí. Por lo tanto la izquierda debe ser capaz de sobreponerse con rapidez a su derrota para cumplir su papel de defender los intereses de estos sectores de la sociedad recuperando la ilusión perdida.

Pero en este nuevo escenario político, la defensa de estos intereses en el ámbito institucional queda extremadamente limitada por la mayoría absoluta del PP. En esta situación solo cabe un camino, la movilización social contra las políticas reaccionarias del PP. ¿De qué otra forma podremos frenar la implantación generalizada de la Fundaciones Sanitarias? ¿Cómo podemos impedir que se modifique la Ley de Extranjería? ¿Cómo nos opondremos a que se flexibilice más el mercado laboral?

Que nadie se crea las declaraciones demagógicas del PP sobre su talante dialogante a pesar de su mayoría absoluta. ¿Acaso los empresarios van a aceptar que tampoco ahora sean atendidas plenamente sus reivindicaciones sobre la rebaja de impuestos, cotizaciones sociales y una mayor flexibilidad en los despidos? ¿No van a presionar los bancos y compañías de seguros para que se favorezcan los planes privados de pensiones en el camino para llegar a transformar las pensiones públicas en solamente asistenciales?

Por mucho que la derecha se ponga «un guante de seda», su política va a ser de «puño de hierro» a lo largo de la legislatura.

El problema grave de la izquierda va a ser su capacidad de reciclarse, pasando de una política basada exclusivamente en la actividad institucional, a una política de oposición basada en la movilización social.

Esto va a exigir un cambio profundo de las organizaciones, tanto en su política, como en su organización y dirigentes. La inercia del pasado es una pesada losa.

Si bien este reto lo van a tener que afrontar tanto el PSOE como IU, UGT y CCOO, las posiciones de partida son diferentes.

Las organizaciones sindicales se tienen que plantear seriamente si su política sindical basada en el pragmatismo va a servir en la presente situación. No van a faltar «cantos de sirena» desde el PP a favor del diálogo social, pero con la actual correlación de fuerzas los empresarios van a tener la «sartén por el mango». Previsiblemente el PP no tocará las cuantiosas subvenciones públicas de las que depende buena parte de las estructuras sindicales, pero el precio que va a pedir a cambio va a ser mucho mayor que el de la pasada legislatura. Intentar evitar el enfrentamiento con este Gobierno y la patronal sólo servirá para que, cuando se produzca, la posición sindical sea más débil.

El PSOE va a tener que realizar ahora la renovación que no hizo en 1996, con la diferencia de que ahora va a ser mucho más traumática. Ahora queda en evidencia la profunda incomprensión de los procesos en la sociedad que se escondía tras la penosamente célebre frase que llevó a dirigentes socialistas a hablar de una «dulce derrota». La lucha entre los partidarios de seguir profundizando en las tesis de la llamada «tercera vía» y quienes demanden un giro a la izquierda en todos los sentidos va a ser dura y prolongada. Sumirá al partido socialista en una crisis en la que el ala de derechas tratará de empujar aún más a la derecha su política. Sólo la presión de la base y la postura que adopten tanto los sindicatos como IU puede empujar la crisis por una senda democrática y de recuperación de las tradiciones de clase.

IU también tiene que replantearse muchas cosas. Una parte del camino ya está recorrido, pues el viejo sectarismo hacia el PSOE, no diferenciando entre la política de sus dirigentes y su base social, ha sido en gran medida superado. Sería un error interpretar estos resultados cómo una justificación para volver al pasado. Algunos sectores pueden tener la tentación de minimizar la derrota electoral ante la magnitud de la crisis del PSOE. Sin embargo la pérdida de apoyo de la coalición tiene dimensiones colosales y exige que se abra en Izquierda Unida un debate lo más amplio y democrático posible para reorientar a la organización. La intención de esperar hasta noviembre para celebrar este debate implica el peligro de que se pudra una situación insostenible. La opinión de la base, la capacidad de recoger la crítica política que implica el castigo electoral es ahora una cuestión esencial.

Si bien el acuerdo con el PSOE no ha funcionado por su carácter electoralista, ahora tenemos la oportunidad de transformarlo en un verdadero acuerdo de Unidad de Acción de la izquierda basado en la movilización conjunta contra la política del PP. Tenemos cuatro años por delante para forjar una verdadera unidad de acción por la base que se fragüe mediante acciones conjuntas entre la militancia de IU y PSOE junto con los movimientos sociales y sindicales.

Probablemente en un primer momento encontremos escasa respuesta en los dirigentes sindicales y del PSOE, pero ello no debe hacernos cejar en nuestros llamamientos constantes a la necesidad de movilizarnos juntos toda la izquierda política y sindical. Lograr la colaboración en la base es el camino para superar las diferencias con sus direcciones.

Pero hay que reconocer que también en IU se han perdido muchos de los buenos viejos hábitos de la izquierda de forjar su fuerza en el respaldo social. La institucionalización de la organización ha sido muy acusada, abandonando gran parte de los objetivos de construir un movimiento político y social.

Ha sido llamativo como en la campaña electoral se ha vendido la participación de IU en un hipotético gobierno de la izquierda a pesar de que el programa común era tremendamente moderado, renunciando a posiciones políticas que formaban parte de nuestras más íntimas señas de identidad.

No es que no fuese el programa de IU, sino que era directamente el programa del PSOE. Almunia y sus compañeros no cedieron ni en un solo punto. No aceptaron ni la supresión de las ETTs, ni la marcha atrás de las privatizaciones, ni el establecimiento por ley de las 35 horas. Y, no satisfechos con eso, forzaron a IU a pasar por el aro en temas que han sido nuestra bandera y seña de identidad desde la creación de la coalición. Así sucedió con el tema de la OTAN, que es el emblema de los incumplimientos de la dirección socialista y del compromiso de nuestra organización en el terreno del militarismo el imperialismo y la sensibilidad internacionalista. Es absolutamente imposible para IU mantener su trayectoria política de defensa de los intereses de los trabajadores si se comprometiese a aceptar el punto del pacto que supone apoyar el plan de convergencia europea que esta diseñado, como muchas veces hemos explicado, para salvaguardar los intereses de las grandes empresas en detrimento de los intereses de los trabajadores. Y, por último, pero no menos importante, se aceptaba la vía policial como medio de abordar el conflicto vasco, algo que tira por tierra todo lo que hemos defendido cuando hemos explicado que sólo con medidas políticas se podrá resolver un conflicto cuyo fondo es político.

Las cosas claras y el chocolate espeso; defender un pacto por las cúpulas con un programa de gobierno que no implante por ley la jornada laboral de 35 horas, que no suprima las ETTs, que no elimine la precariedad laboral o prácticas tan extendidas como las subcontratas, que no imponga la seguridad en el trabajo, que apoye a la OTAN, que respalde el plan de convergencia europeo diseñado en Maastricht, que no apoye una salida política al conflicto vasco, etc., sería tener como proyecto un gobierno que, tarde o temprano se enfrentaría a la población. No podemos confundir la unidad de acción con el sometimiento al programa que actualmente defienden los dirigentes del PSOE.

En los próximos años no se trata de tener un programa político radical en la oposición y moderarlo para llegar al Gobierno. El objetivo debe ser tener un programa que responda a las necesidades de la clase trabajadora y la juventud, un programa de transformación de la sociedad, con el cual lograr el apoyo necesario para aplicarlo en el Gobierno.

La celebración de nuestra próxima asamblea va a ser el momento adecuado para discutir en profundidad sobre ideas y programas, así como de las personas idóneas para dirigir la organización, pero el éxito de esta asamblea se logrará si se garantiza la máxima participación de las bases en los debates y las decisiones.

En algunas de las declaraciones de dirigentes políticos se intenta presentar el resultado electoral como un reflejo de una supuesta derechización de la sociedad, algo que también defienden diversos medios de comunicación. Esta es una manera abstracta de plantear las cosas. Lo que tenemos que analizar es el comportamiento de las distintas clases sociales.

Por una lado la burguesía se ha agrupado en torno a una sola opción política: el PP. Esto es algo importante pues ha permitido concentrar su voto. Incluso opciones como las del GIL, a pesar de su carácter esperpéntico, podían haber recogido algo más de votos en otras circunstancias, como se demostró en el pasado con Ruiz Mateos. Sin embargo la unidad de la burguesía y sus medios de comunicación, unido al miedo a la posible victoria de la izquierda han concentrado el voto.

Las capas medias de la población se identifican claramente con el gobierno del PP, que ven en él no sólo el valedor de sus intereses, sino el partido del orden, que ha conseguido rebajar la conflictividad social, algo que para estos sectores sociales es muy importante.

La clase trabajadora y la juventud, que son de quienes depende fundamentalmente el apoyo de la izquierda, han sentido que las organizaciones políticas y sindicales viven en otro mundo que no es el de los problemas cotidianos que ellos padecen. En los últimos años se ha ido ensanchado la distancia que separa a «los políticos» de las preocupaciones de estos sectores. Las organizaciones de la izquierda no han sabido dar una respuesta a sus problemas, no han conseguido crear una sintonía de identidad entre ellas y los sectores de los que dependía la posibilidad de un triunfo electoral.

Los resultados electorales han sido la máxima expresión del divorcio producido entre la vida institucional y de despachos de negociación con la calle, con la realidad de la población. Nuestra esperanza es que esta derrota haya sido el punto de inflexión de este proceso, que a partir de aquí, una renovación de la izquierda de su política y sus planteamientos, produzca esa confluencia necesaria, esa identidad que a través de la movilización y de la capacidad de que la clase trabajadora y la juventud se vea reflejada en el trabajo cotidiano y el programa de la izquierda lleve a un cambio profundo del panorama político. Esta es la tarea que tenemos que resolver con éxito. Entonces podríamos decir que el inicio de recomposición de la izquierda iniciará la cuenta atrás del gobierno del PP.