El capitalismo lleva las desigualdades sociales a su cima histórica

El capitalismo lleva las desigualdades sociales a su cima histórica

¿Una nueva economía?

Jordi Escuer

Son muchos los que hablan de la «nueva economía» o del nuevo «paradigma económico», anunciando una era de prosperidad económica indefinida bajo la égida del capitalismo globalizado. Sustentan sus afirmaciones en el crecimiento prolongado –más de 100 meses consecutivos– de la economía norteamericana, asociándolo a la victoria definitiva del capitalismo frente al socialismo. Resulta irónico que esas ideas florezcan justamente cuando la economía mundial muestra, de manera más acentuada que nunca en su historia, todas las principales tendencias que Marx señaló en su análisis del capital.

Francis Fukuyama —conocido por su teoría de «el fin de la historia»— es, como no podía ser de otra manera, un acérrimo defensor de la llamada «globalización económica». En un artículo publicado a finales del año pasado, tras defender las bondades de la globalización, señalaba qué: «Más adelante, la Organización Mundial del Comercio (OMC) puede convertirse no sólo en defensora de la libertad económica, sino de la libertad humana en general»1. Quienes defienden el capitalismo, ayer u hoy, siempre han justificado sus intereses materiales con los más altos fines morales. Marx ya lo hizo notar: «Designar con el nombre de fraternidad universal la explotación en su aspecto cosmopolita, es una idea que sólo podía nacer en el seno de la burguesía»2.

En realidad, aunque el mercado mundial existe desde hace bastante tiempo, actualmente el capitalismo forma un auténtico sistema mundial, es el modo de producción imperante en la mayoría de áreas del mundo —aunque tenga distintos niveles de desarrollo—, algo que no sucedía en la época en que Marx escribió El Capital, labor para la que toma como modelo el país más avanzado de aquel entonces, Gran Bretaña. Pero este desarrollo global no ha contribuido a suavizar y atenuar las aristas del sistema, por decirlo de alguna manera, sino que éstas son más agudas que nunca. Entre la pobreza y la riqueza se abre un abismo cada vez mayor, y es visto como una amenaza para el sistema por un sector de la propia burguesía.

Nunca el capitalismo había alcanzado el grado de internacionalización actual con la libertad de movimiento de capitales de un país a otro, ni de rapidez y volumen de ese movimiento. Actualmente, 200 multinacionales controlan el 25% de la actividad económica del planeta, y el 70% son norteamericanas3. Y el proceso de concentración de capital sigue imparable, confirmando las ideas de Marx que explicaban ese proceso.

Nadie puede negar la importancia de los cambios económicos y sociales que se han ido produciendo y es necesario profundizar en su estudio, pero son transformaciones que lejos de desautorizar el análisis básico del socialismo, lo reafirman.

Desigualdades

El primer «mérito» de la «nueva economía» es haber sumido en la miseria a la mayor parte de la humanidad. Según el propio Banco Mundial, el 57% de la población del planeta sólo tiene un 6% de la renta disponible, lo que supone que la mayoría de los seres humanos tienen que vivir con menos de dos dólares —348 pesetas— diarias4. En el otro lado de la balanza están las 200 personas más ricas del mundo, cuyos activos superan al ingreso del 41% de los habitantes más pobres del mundo5.

Las diferencias entre los países han alcanzado proporciones inauditas. En el informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) se señalaba que la distancia entre el país más rico y el más pobre era de 3 a 1 en 1820, de 11 a 1 en 1913, de 35 a 1 en 1950, de 44 a 1 en 1973 y de 72 a 1 en 1992. La tendencia creciente de esa desigualdad es clarísima. El historiador económico David Landes, indica que la proporción entre la nación industrializada más rica, Suiza, y la del país no industrializado más pobre —Mozambique— es de 400 a 1, cuando hace 250 años, la relación entre la nación más rica y la más pobre era de 5 a 16.

Pero la desigualdad no aumenta sólo entre las naciones, si no también dentro de éstas, es decir, entre las clases. Joaquín Estefanía, en su libro sobre el capitalismo Aquí no puede ocurrir, afirma que «la desigualdad [en los ingresos de los hogares] aumentó en la mayoría de los países de la OCDE en el decenio de los ochenta y comienzos de los noventa»6.

El modelo norteamericano

La referencia para el desarrollo económico son los Estados Unidos, ¿cuál es la realidad de esa prosperidad? Pues que sólo está beneficiando a los más ricos. Norteamérica registra, en la última parte del siglo XX, la mayor diferencia entre ricos y pobres de todos los países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo (OCDE).

El «secreto» del auge norteamericano es un incremento salvaje de la explotación de los trabajadores. «En 1996 el salario medio real se situaba por debajo de la media de 1989 (…) las tasas de beneficios netos del mundo empresarial son, en el final del siglo, las más altas de los últimos treinta años, situación que se debió en parte al descenso continuado de los salarios»7.

Desde 1980, el 80% inferior de las familias ha visto su porcentaje de la renta nacional disminuido en un 5,5%. Se calcula que en el ajuste económico que se aplica desde la época de Reagan, en EEUU se han destruido 44 millones de puestos de trabajo y se han creado 73 millones. Sin embargo, se ha pasado de trabajos en los que se pagaba 11 y hasta 22 dólares la hora, hasta salarios cercanos a los 5 dólares8. De hecho, una parte de los trabajadores norteamericanos son pobres a pesar de contar con un empleo, por lo mal pagados que están. Al mismo tiempo, las jornadas de trabajo más largas son las de los trabajadores norteamericanos, por encima de los japoneses.

Las condiciones de explotación de los trabajadores salían a relucir, de pasada, en un artículo que hablaba de la huelga de los empleados cualificados de Boeing, cuando se decía: «El proceso negociador ha creado mucha acritud en la empresa y hasta los trabajadores de montaje, que no pueden hacer huelga, pararon unos minutos para aplaudir a los ingenieros y técnicos»9. (La negrita es nuestra). Hasta el derecho a huelga ha dejado de existir para muchos trabajadores. No es ninguna casualidad que Alan Greenspan se mostrase preocupado por los aumentos salariales a causa de la gran demanda de trabajadores y el «bajo» desempleo: «Esto intensificaría las presiones inflacionistas o reduciría los márgenes de beneficio, un riesgo en ambos casos de acabar con la prosperidad»10.

El milagro norteamericano consiste en haber incrementado como nunca la obtención de plusvalía de los trabajadores imponiéndoles una explotación salvaje. Sólo hay que leer al «viejo y caduco» Marx para entender cómo funciona, ahora como en el siglo XIX, o, para ser exactos, con más eficacia que entonces.

La «modernización» de Europa

Ahora debemos empezar a preocuparnos por nuestras barbas, pues son las siguientes que quieren pelar. En realidad, habría que decir que sólo nos queda el bigote por afeitar, puesto que parte de esa medicina ya la hemos probado. Sin embargo, es prácticamente unánime la insistencia que Europa tiene que sumarse al modelo de crecimiento norteamericano si no quiere perder la carrera de la competitividad.

Wim Duisenberg, presidente del Banco Central Europeo, ya avisaba hace pocas semanas: «muchos países [de la UE] deben cambiar su forma de vivir, abordar sus rigideces en el mercado laboral, en el sistema de seguridad social, en la regulación de los horarios, en la libertad de contratar y despedir a la gente…»11. Guillermo de la Dehesa, presidente de un Instituto Internacional de Investigación Económica de Londres, decía: «Al determinarse los salarios de los trabajadores menos cualificados de la vieja economía a niveles muy elevados, se impide que éstos se reasignen en los puestos de trabajo menos cualificados del sector servicios, con lo que el desarrollo de la nueva economía crea mayor tasa de desempleo»12.

El gobernador del Banco de España, Luis Ángel Rojo, advertía a finales de marzo que: «Los mercados de trabajo [en Europa] distan aún de poseer la flexibilidad salarial y la movilidad geográfica y funcional necesarias para llevar a cabo eficazmente los procesos de sustitución entre capital y trabajo, así como la reasignación de factores entre los procesos productivos».13 Eufemismos a parte, el asunto es claro, nos está diciendo que los salarios son demasiado elevados.

Esta será la línea económica de los gobiernos de la UE y, desde luego, del ejecutivo de José María Aznar, al cual la patronal ya le ha pedido que flexibilice el mercado laboral: abaratamiento del despido, de las cotizaciones sociales, cambios en la organización del trabajo, reordenamiento de la jornada laboral, más movilidad funcional y geográfica, aumento de la parte variable del salario (incentivos) respecto a la fija, reducción de las cotizaciones sociales…

El problema para la burguesía europea es que EEUU tiene la mano de obra más barata, con un coste de 20 dólares menos por hora que respecto a Alemania14, tomando el país más importante económicamente hablando de la UE. Y eso significa menos ganancia, que es lo que realmente se está poniendo sobre la mesa cuando se habla de competitividad.

Beneficios: el único fin

Rosa Luxemburgo explicaba: « La necesidad más íntima y vital de la producción capitalista es que no puede mantenerse estacionaria, sino que tiene que expandirse permanentemente y cada vez más rápidamente… En sí mismas estas posibilidades de expansión no conocen límites, pues no tienen límites el progreso técnico ni, por tanto, las fuerzas productivas de la Tierra. Pero esta necesidad de expansión choca con límites perfectamente determinados, particularmente con el interés de ganancia del capital. La producción y su expansión sólo tienen sentido mientras surge de ella, al menos, la ganancia media ‘normal’»15.

Hace poco, la multinacional Unilever anunció que reduciría su plantilla en 25.000 empleos, el 10% del total, y cerraría 100 centros del producción en todo el mundo de los 300 con que cuenta en 88 países, antes del 2004. Unilever tuvo unos beneficios operativos de 756.360 millones de pesetas el año 99, lo que supuso un descenso del 6% respecto al anterior. De esa forma, el beneficio neto «sólo» fue de 487.080 millones de pesetas, un 10% menos que el año anterior. El valor en bolsa de Unilever subió rápidamente al saberse la noticia16.

Por cierto, este dato debería llamar la atención a los sindicatos que han firmado un acuerdo con Telefónica para generalizar las stock options a toda la plantilla. ¿También apoyarán las reducciones de plantilla o la precarización de las condiciones de trabajo que hagan más rentable Telefónica para sus accionistas? Más les hubiera valido denunciar a quienes realmente se benefician de todo esto que son los grandes accionistas, en lugar de cubrirles las espaldas con estos acuerdos.

Precarización, bajos salarios, menos prestaciones sociales, ese es el futuro que ya nos auguran, eso sí, envuelto en papel para regalo: modernización… Realmente, lo sorprendente es que eso se nos quiera ofrecer como «nuevo» puesto que es lo más viejo, así es el capitalismo ¿a quién le puede sorprender?

La crisis asiática del 97 puso fin al otrora sueño de los dragones asiáticos. El ejemplo de Indonesia es particularmente aleccionador para el futuro: «El número de ciudadanos que vivían con tan sólo un dólar al día había disminuido desde los 88 millones a principios de los años setenta a los 22 millones en 1995. Producido el crash económico, el número de personas que vivían por debajo de la pobreza pasó en seis meses de los 22 millones a los 98 millones, casi la mitad de la población…»17.

Nuevamente merece la pena recordar a Rosa Luxemburgo: «La formación de la economía mundial capitalista trae consigo como contrapartida la difusión de una miseria cada vez mayor, de una carga insoportable de trabajo y de una creciente inseguridad de la existencia en todo el globo, que corresponde a la concentración del capital en pocas manos. La economía mundial capitalista significa cada vez más el constreñimiento de toda la humanidad al duro trabajo bajo innumerables privaciones y dolores, bajo degradación física y espiritual, con la finalidad de la acumulación de capital. …El modo de producción capitalista tiene la particularidad de que el consumo humano, que en todas las formas anteriores de economía era un fin, es para ella un medio que sirve para alcanzar el verdadero fin: la acumulación de ganancia capitalista»18.

Notas
1.- El País 19/12/99
2.- Discurso sobre el libre cambio, Carlos Marx. Recogido en la edición de Progreso de la Miseria de la filosofía.
3.- Datos recogidos en el libro Aquí no puede ocurrir (El nuevo espíritu del capitalismo), de Joaquín Estefanía. Publicado por Taurus.
4.- El País 14/04/00
5.- Del libro Aquí no puede ocurrir.
6.- Ibídem
7.- Ibídem
8.- Ibídem
9.- El País 11/02/00,
10.- El País, 18/02/00
11.- El País 19/03/00
12.- El País 18/03/00
13.- El País, 28/03/00
14.- Del libro Aquí no puede ocurrir.
15.- Introducción a la economía política, Rosa Luxemburgo. Siglo XXI Editores.
16.- El País 23/02/00
17.- Del libro Aquí no puede ocurrir.
18.- Introducción a la economía política, Rosa Luxemburgo.