Globalización

Globalización

Las consecuencias para la clase obrera

Jordi Escuer

No es algo nuevo oír a la burguesía, y a quienes defienden su sistema, hablar de los intereses comunes de trabajadores y empresarios, pero esa idea ha cobrado nuevos bríos y ahora se presenta como un resultado de las transformaciones que ha propiciado la globalización económica, cuyo símbolo sería la participación de los trabajadores en la propiedad de las empresas mediante la posesión de acciones. Paradójicamente, si algo ha acentuado esta etapa de la evolución del capitalismo son las desigualdades entre las clases. Las fábricas de nuestros días y las de hace veinte años han sufrido grandes cambios. Tratar de comprender qué ha ocasionado esas transformaciones y en qué sentido se han dado, así como sus consecuencias para el movimiento obrero, es una labor muy importante de cara a poder establecer tanto una perspectiva para la transformación socialista de la sociedad como un orientación para la acción inmediata en el frente sindical y político.

El fordismo en crisis

El sistema de producción denominado fordismo, que imperó en la economía capitalista durante décadas, entró en crisis a finales en los años 70. La gran fábrica de producción en masa, dirigida por una estructura fuertemente jerarquizada de directivos había alcanzado en las dos décadas anteriores su máximo esplendor. A principios de los 60, quinientas grandes empresas generaban la mitad de la producción industrial de los EEUU y cerca de un cuarto de la producción de los países fuera de la órbita soviética, y empleaban a más del 12% de la población laboral norteamericana (Rifkind).

Hasta entonces fueron años de enormes ganancias para los empresarios norteamericanos, pero a partir de ese momento la tendencia cambiaría. La tasa de beneficio neto (después de impuestos y amortizaciones) cayó del 12,7% en 1966 al 3,5% en 1975. (Torres) La tendencia fue similar en la mayoría de los países capitalistas desarrollados.

¿Qué estaba sucediendo? Por un lado el mercado sufría una saturación de productos. En 1979, en EEUU, más del 90% de los hogares estaban equipados con frigorífico, lavadora, aspiradora, radio, plancha eléctrica y tostadora (Rifkind). Además, había un automóvil por cada dos norteamericanos. La producción había crecido más rápidamente que la capacidad de consumo.

Sin embargo, la propia producción al alcanzar su cenit mostraba síntomas de agotamiento: una caída de la productividad del capital y el trabajo. Mientras ésta había crecido a un ritmo anual de casi el 3% hasta 1973, a partir de entonces y hasta 1988 ese incremento será del 0,7% de media. La productividad del trabajo, en los mismos períodos de tiempo, pasa del 4,2% de aumento anual, al 1,5%.(Torres)

En definitiva, la base tecnológica que había desarrollado el capitalismo estaba quedándose obsoleta y ya no era capaz de seguir creciendo al mismo ritmo de antes. En un estudio sobre la industria del automóvil realizado en los años 80, contrastando la norteamericana con la japonesa descubrieron que el equipo estadounidense estaba inoperante durante más de un 50% del tiempo y el nipón lo estaba menos de un 15%. En un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), también de esa época, contrastando General Motors con Toyota, comprobaron que en la planta japonesa "se tardaba 16 horas en montar un automóvil en 0,5 metros cuadrados de espacio de trabajo por vehículo y por año, con 0,45 defectos por vehículo. En la de General Motors en Framingham, se tardaba cerca de 31 horas en 0,75 metros cuadrados con 1,3 defectos". "Toyota era capaz de montar un vehículo más rápidamente, en menos espacio, con menor número de defectos y con la mitad de la mano de obra". (Rifkind)

  El "toyotismo"

El capitalismo americano y europeo debían cambiar la base técnica de la producción si querían recuperar su competitividad y, en última instancia, su tasa de ganancia. Se trataba de transformar tanto la técnica de producción como la propia organización del trabajo.

En primer lugar, se plantea lo que se denomina la "mejora continua". El objetivo era implicar a todos los trabajadores en el funcionamiento de la producción y en el diseño de nuevos productos, al objeto de reducir al máximo los fallos, realizar modificaciones continuas que eleven sin tregua la calidad y la cantidad de la producción. Se trata de lograr que las decisiones para aplicar esos cambios se lleven a cabo de la manera más rápida, lo que llevará a la desaparición de gran número de mandos intermedios y burocracia administrativa de las empresas. Junto a ello se aplicará la política de "trabajar sin almacén" —más conocido como just in time—, que reducirá enormemente los gastos de las empresas.

Estos métodos son posibles gracias a la introducción de los ordenadores en la producción, que permiten disponer de información en tiempo real en cualquier eslabón de la producción, en cualquier empresa y en cualquier lugar del mundo, además de máquinas mucho más versátiles. El complemento imprescindible es el desarrollo de las comunicaciones y los transportes, que permiten aplicar esos procedimientos.

Mediante estas técnicas es posible "combinar las ventajas de la producción artesanal y de la producción en masa, mientras se evitan los elevados costes de aquélla y la rigidez de ésta".

Todo esto ha transformado la forma de trabajar en las empresas. En la factoría de Renault en Douai —una de las más modernas de Francia— el modelo Scenic se fabrica en doce versiones y existen una quincena de opciones (al margen de colores, asientos y carrocería). Un trabajador decía : "se hacen a medida [los vehículos]. Se trata de no equivocarse de piezas, Antes, teníamos que colocar dos o tres tipos de retrovisores. Ahora existen quince, todos distintos". Esa misma factoría ha visto como pasaba de producir 1.100 vehículos cada día con 8.292 asalariados fijos y 1.100 temporales en 1983, a 1.600 diarios con 6.056 trabajadores fijos y 772 temporales en 1999.

En definitiva, esto ha disparado la productividad de la economía. Hoy se produce más productos que nunca, mejores, más variados y a más bajo precio… ¿Cuál ha sido el precio que está pagando la clase obrera?

 Tecnología contra los trabajadores

La crisis del viejo modelo productivo sumió a toda la sociedad capitalista en una época de grandes convulsiones políticas y sociales. Su sustitución por el actual sólo pudo llevarse a cabo tras vencer a un fuerte movimiento obrero que se había desarrollado en los años del auge económico. De hecho, esa clase obrera combativa era un obstáculo decisivo en la recuperación de la tasa de ganancia de los capitalistas y amenazaba la supervivencia del propio sistema. Las luchas revolucionarias caracterizaron el final de los años 60 y los 70, pero en la medida que no terminaron en una transformación de la sociedad en líneas socialistas, le dieron la ocasión al capital de llevar a cabo los cambios en la estructura productiva. De esa forma lograba dos objetivos, aumentar la productividad de la economía y debilitar al movimiento obrero.

La historia se repite, como atestigua Marx: "En Inglaterra las huelgas han servido constantemente de motivo para inventar y aplicar nuevas máquinas. Las máquinas eran, por decirlo así, el arma que empleaban los capitalistas para sofocar la rebeldía de los obreros cualificados"(La miseria de la filosofía).

Un ejemplo muy interesante de esto nos lo brinda la experiencia de la industria norteamericana en los años 50 y 60. "Entre 1945 y 1955 los Estados Unidos experimentaron más de 43.000 huelgas en lo que puede considerarse como la mayor ola de confrontaciones entre las empresas y la clase obrera en su historia industrial"."…los gigantes industriales americanos se volvieron hacia las nuevas tecnologías de la automatización tanto para quitarse de encima a los trabajadores reivindicativos como para afianzar la productividad y los beneficios". "Entre 1956 y 1962 más de 1.500.000 trabajadores perdieron sus empleos en el sector secundario en los Estados Unidos".

A escala mundial, el proceso que se denomina de globalización ha tenido unas consecuencias similares. Sólo en Estados Unidos, se han destruido 44 millones de puestos de trabajo desde la época de Reagan hasta nuestros días. En el resto de países capitalistas desarrollados el proceso ha sido muy parecido.

El desarrollo de los medios de comunicación ha permitido a las empresas trasladar las partes de la producción más intensivas en mano de obra a países donde ésta, siendo cualificada, era mucho más barata.

La externalización de parte del proceso productivo de las grandes empresas ha sido un factor decisivo para incrementar la explotación de los trabajadores. Chrysler, a principios de los 90, sólo producía directamente el 30 por ciento del valor de sus automóviles y Ford el 50%. Eso no ha eliminado las grandes empresas, sino que ha creado lo que se ha dado en llamar una red de empresas, en la que una multitud de pequeñas y medianas empresas están sometidas a las grandes.

Mediante el acrecentamiento de la productividad económica ha ido reduciendo la cantidad de trabajadores necesarios para su funcionamiento, aumentando la cantidad de trabajadores que demandan un empleo. Al tiempo, con la industrialización de nuevas zonas, perfectamente integradas en el mercado mundial, ha aumentado la cantidad de mano de obra disponible a nivel mundial. Ambos factores han jugado a favor de los empresarios, pues en última instancia, bajo el sistema capitalista, los salarios se regulan por la ley de la oferta y la demanda. A esto se refería Marx cuando decía: "Así, pues, al aumentar la materia humana explotable, la máquina eleva al mismo tiempo el grado de explotación".

 Una moneda de dos caras

Sin embargo, el reverso de esta moneda es la creación de gran cantidad de nuevos puestos de trabajo —en condiciones muy distintas, como veremos luego—, 77 millones en el caso de los Estados Unidos que citábamos antes. La globalización ha extendido el número de asalariados hacia su cima histórica, nunca habían sido tan numerosos como en la actualidad, "…es sintomático que en el mismo momento en que se habla de postindustrialismo en el mundo de fines del siglo XX, se esté en una de las olas de industrialización más amplia de la historia. Si utilizamos un simple indicador como el número absoluto de trabajadores industriales, alcanza su punto culminante a mediados de la década de los años 90 y sigue creciendo: sólo en el delta del río de las Perlas [en China] se crearon al menos seis millones de nuevos puestos de trabajo industrial en la última década".

La clase obrera es el producto más genuino de la globalización. La destrucción de muchos puestos de trabajo industriales en los países desarrollados ha supuesto, al tiempo, la industrialización de nuevas zonas del mundo con el surgimiento de una nueva clase obrera en ellas.

No obstante, a pesar de la disminución del peso del sector industrial respecto al conjunto de la economía, no podemos hablar del fin de la economía industrial en los países más desarrollados. El autor que citábamos anteriormente hacía notar que "para los Estados Unidos estiman que el 24% del Producto Nacional Bruto (PNB) proviene del valor añadido por las firmas manufactureras y otro 25% de los servicios directamente ligados con la fabricación". Por ejemplo, el transporte se considera parte del sector servicios, pero sin él, sería imposible que funcionase la industria moderna. Lo que sucede es que la industria moderna produce mucho más que nunca, pero de otra manera.

Toda una nueva generación de trabajadores se enfrenta a la lucha contra el capital en unas nuevas condiciones, con nuevas dificultades y ventajas.

La externalización mediante contratas, es un arma poderosa a favor de los capitalistas. Les ha permitido destruir gran cantidad de puestos de trabajo, que eran sustituidos por trabajadores de las contratas sin los derechos adquiridos ni las condiciones de los obreros veteranos de la empresa principal. La precarización ha permitido a los capitalistas disponer de una mano de obra barata y de la que es fácil prescindir si las necesidades de producción lo exigen, además de encontrarse en una posición de debilidad para reivindicar sus derechos.

De hecho las nuevas técnicas de organización de la producción demandan una clase obrera que no sea conflictiva, de lo contrario no podrían funcionar. No son pocas las empresas a escala mundial que imponen a sus trabajadores la no sindicación para aceptarlos en plantilla.

  Una explotación más intensa

Para "convencer" a los trabajadores de que acepten las actuales condiciones de trabajo sólo tienen dos vías: una es pagar buenos salarios y garantizar el trabajo de por vida para convencerles de su devoción a la empresa. Japón aplicó este sistema durante décadas y llegó a afectar alrededor de un 25% de las plantillas y ahora está en retroceso. El problema es que ese sistema resulta demasiado caro, y sólo se aplica a una minoría de los trabajadores. Para el resto únicamente queda otra opción desde un punto de vista capitalista y es la presión constante, bajo la amenaza de perder el puesto de trabajo.

En la fábrica se controla constantemente a los empleados para tratar de reducir al mínimo imprescindible sus movimientos. Un técnico de la fábrica de Renault francesa que mencionábamos antes, lo explicaba claramente: "Uno de los objetivos claves del resultado industrial es reducir el tiempo de fabricación a quince horas, para aproximarse a los mejores constructores mundiales. Este objetivo no es nuevo, pero se han puesto en práctica los métodos más rigurosos para alcanzarlo. Nosotros hemos podido observarlo en los registros de vídeo de las cadenas de montaje del constructor japonés: esta lógica lleva a suprimir los desplazamientos y a acercar, lo más posible, todos los elementos (piezas, herramientas…). Los gestos son más precisos y las micropausas casi inexistentes. (…) El nuevo método que se aplica en Renault permite identificar más fácilmente los gestos que no aportan valor añadido al producto". (Le Monde Diplomatique, enero 2000, edición española)

"El operador [el obrero] debe aguantar una intensificación enloquecida del trabajo. El individuo se amarra a su sitio, tiene que enfrentarse al sufrimiento. Esta situación conduce a una total depreciación del sentido del trabajo"— afirmaba el director de la Agencia nacional para la Mejora de las condiciones de Trabajo francesa. (Le Monde) A eso se refería Marx cuando hablaba de que con el desarrollo de la técnica, el trabajo cada vez se vuelve más desagradable y degradante para los obreros.

La presión es tan fuerte, que se ha llegado a recurrir a poner las fotos de los trabajadores que cogían la baja por enfermedad en el tablón de anuncios, al objeto de avergonzarles. La presión que sufre la plantilla es tan alta que se ha extendido el consumo de medicamentos contra la depresión y la ansiedad.

Además, la perspectiva es el empeoramiento de numerosos problemas de salud, puesto que los ritmos de trabajo seguirán acrecentándose. El director de la fábrica que mencionamos decía, al referirse a la aplicación de la ley de 35 horas en Francia: "Hay que producir tanta riqueza, o incluso más, en 35 horas como en 39".

  …y se agravará

El funcionamiento del capitalismo consiste en la explotación de los asalariados que vende su fuerza de trabajo a los empresarios, que son los propietarios de los medios de producción. Todo el auge actual se sustenta en que el capital ha logrado extraer más plusvalía que nunca al proletariado. El trabajador genera mucha más riqueza para la empresa de la que revierte en él mediante el salario, directo o social. De su esfuerzo surge la plusvalía, el trabajo no retribuido, que es la fuente de los beneficios empresariales.

Pero el proceso no se va a detener, si no que la explotación se va a acentuar. Y lo que hace inevitable su agravamiento es precisamente el actual desarrollo técnico y de la producción. Conforme las inversiones de capital son cada vez mayores en proporción a la mano de obra empleada, el capital debe extraer cada vez más plusvalía de cada trabajador individual si quiere mantener la misma tasa de ganancia.

Veamos otra vez que decía al respecto Marx: "El empleo de máquinas con el objetivo de acrecentar la plusvalía oculta (…) una contradicción, puesto que de los dos factores de la plusvalía producida por un capital de magnitud dada, sólo aumenta uno, la tasa, al disminuir el otro, la cantidad de obreros".

Incluso aunque puedan mejorar las condiciones materiales de una parte de los trabajadores en la etapa de crecimiento económico, eso no quiere decir que no se agudicen las desigualdades. Con un continuado crecimiento de la productividad el precio de la fuerza de trabajo podría descender cada vez más y, al tiempo, aumentar los bienes asequibles al obrero pero, aun en ese caso, —decía Marx— "la continua baja del precio de la fuerza de trabajo —al provocar una continua alza de la plusvalía— ensancharía el abismo que existe entre las condiciones de vida del trabajador y las del capitalista". En gran medida, es lo que ha sucedido durante este auge. Los trabajadores hemos incluido entre las mercancías de consumo habituales productos inexistentes o inasequibles hace veinte años, abaratados por el desarrollo de la productividad, pero el abismo entre nosotros y los capitalistas es el mayor de toda la historia.

Sin embargo, esa mejora en las condiciones de vida no está garantizada, sino que la propia dinámica del capital la va devorando. El empresario compite con otros, trata de producir más y más barato mediante el desarrollo de la tecnología y una organización del trabajo más eficaz. De ello dependen sus beneficios. "pero eso no basta, y siempre llega un momento en que se esfuerzan por reducir el precio de sus mercancías mediante la depresión del salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo". Esa idea de Marx es una cruda realidad, por ejemplo en Estados Unidos, donde se calcula que "más de 12 millones de asalariados a tiempo completo no pueden garantizar condiciones normales de existencia a sus familias". (Le Monde)

La necesidad irrefrenable de lograr mayores ganancias, que es espoleada por la competencia entre los capitalistas, intensifica la explotación de los trabajadores y hace que sea objetivamente imposible su asimilación por el sistema.

  La conciencia de los trabajadores

Desde las filas de la izquierda es habitual hablar de una nueva estructura de clases, de fragmentación de la clase obrera… Es casi un tópico oír menciones sobre el burguesamiento de la clase obrera. Si aceptamos ese último punto de vista entonces acabamos dándole la razón a la burguesía, cuando insiste en su comunión de intereses con los trabajadores.

La estructura de clases, si en un sentido ha ido evolucionando, es hacia una acentuación de la división más aguda de la sociedad entre capitalistas y trabajadores. La discusión es cómo va a ir reaccionando la clase obrera a la explotación a que ha sido sometida en esta etapa de la evolución del capitalismo que se ha dado en llamar globalización.

¿Cuántas veces oímos decir que la gente sólo piensa en el fútbol… ¡y qué poco originales son quienes se lamentan de eso! George Orwell escribía a finales de los años treinta sobre los trabajadores británicos: "Cuando Hitler volvió a ocupar Renania, yo me encontraba en Yorkshire. Hitler, Locarno, el fascismo y la amenaza de guerra despertaron apenas una chispa de interés a nivel local, pero la decisión de la Asociación de Fútbol de dejar de publicar con antelación las fechas de los encuentros de fútbol (en un intento de acabar con las quinielas) levantó una oleada de furia en todo el Yorkshire".

Orwell relataba como los trabajadores dedicaban sus escasos recursos al cine y a la diversión, o a comprarse vestidos bonitos que la producción en masa hacía más baratos… en lugar de luchar contra el sistema. Pero no se dedicaba a lamentarse ni a llamarles borregos: "¿Creen que todo esto es deseable? No, yo no lo creo. Pero es posible que la forma de adaptación mental que está realizando visiblemente la clase obrera sea la mejor que pueden hacer dadas las circunstancias en que se encuentran. Ni se han vuelto revolucionarios ni han perdido la dignidad; simplemente han conservado la calma y se han hecho a la idea de ir tirando…".

Esa misma clase obrera, pasó a la lucha cuando las circunstancias se transformaron y su propia experiencia les empujó a hacerlo.

Desde la propia izquierda se ha perdido de vista algo que señaló Marx: "Esta masa —decía refiriéndose a los trabajadores— es ya una clase respecto al capital, pero no es aún una clase para sí. En la lucha (…) esta masa se une, se constituye como clase para sí". Las luchas que hoy se producen son protagonizadas, en gran medida, por una nueva generación de trabajadores que está entrando a la lucha sindical ahora. Es inevitable el paso por una escuela de derrotas y victorias que vaya enseñando la necesidad de unirse para enfrentarse al capital. La conciencia de clase no forma parte del genoma humano sino que se aprende en la escuela de la vida, y eso requiere su tiempo.

Marx concedía tanta importancia a la experiencia práctica, que llegó a plantear que "la revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución la clase que derroca podrá salir del cieno en que está hundida y volverse capaz de crear una sociedad sobre nuevas bases"(La ideología alemana).

  Los sindicatos y partidos de izquierda

En la actualidad la mayor debilidad del movimiento obrero reside en la crisis ideológica que atraviesan sus direcciones sindicales y políticas, la mayoría de las cuales, de una manera u otra han aceptado el capitalismo. Unos lo abrazan con entusiasmo, como el primer ministro británico Tony Blair o el canciller alemán Gerhard Schröder. Este último expresaba su sueño de "convertir Alemania en un país de accionistas tan involucrados en el capital productivo de sus empresas que dejen de verse a si mismos como obreros y se sientan casi propietarios" (El País 24/04/2000).

Sin embargo, otros también aceptan el capitalismo aunque rechacen sus consecuencias sociales en la línea de lo planteado por Jospin, el primer ministro socialista francés, que acepta la "economía de mercado" pero rechaza la "sociedad de mercado". Muchos hablan de que es necesaria una distribución más justa, pero sin cuestionar las relaciones de propiedad. Pierden de vista que la esencia del sistema es la explotación del trabajo asalariado y que ésta tiene lugar en la producción, en las empresas. El beneficio de los capitalistas surge en el proceso de elaboración de las mercancías aunque luego tenga que realizarse por medio de la venta.

Mientras un reducido núcleo de grandes empresas sean las dueñas de los medios de producción, la distribución nunca será sustancialmente más justa que ahora. La lucha obrera será capaz de arrancar conquistas que, a medio plazo, el desarrollo del propio sistema volverá a amenazar como atestigua la historia de los últimos veinte años.

Pero los mismo medios técnicos y organizativos de la producción, que en manos de los capitalistas se convierten en una fuente de empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores, es la misma base técnica que permitiría el funcionamiento del socialismo.

La implicación del conjunto de los trabajadores en la gestión de la empresa, en la organización de la producción, es algo que el capitalismo no puede llevar hasta las últimas consecuencias por el choque de intereses entre ambas clases. Pero en una economía con las fuerzas productivas socializadas si encontrarían los trabajadores la motivación para trabajar en interés propio y colectivo, pues los beneficiarios de sus esfuerzos serían el conjunto de la sociedad y no una minoría que sólo busca la manera de explotarnos más eficientemente para su provecho. Los nuevos medios de comunicaciones de la que hoy se llama "sociedad informacional" son la base técnica que hace viable una planificación democrática de la economía.

Pero la labor más importante del momento es reconstruir, en el seno del movimiento obrero, una alternativa socialista al capitalismo globalizado. Una perspectiva clara en ese sentido sería el mejor punto de apoyo para la labor práctica en todo el movimiento obrero. Abriría paso a una reorientación de la labor sindical hacia una nueva generación de trabajadores de los que las actuales direcciones sindicales están más alejadas que nunca, aunando la experiencia de los obreros más veteranos a la juventud trabajadora que ha empezado su vida laboral. Daría sentido pleno a una lucha por la reducción de la jornada, contra la precarización en el empleo y los recortes de los derechos sociales, brindándole firmeza y convirtiéndola en parte de una lucha más amplia por la transformación de la sociedad.