Rusia

Rusia

Marasmo económico e incapacidad política

Ramón Mendiluce
IU/Pamplona

Por una de esas ironías de la historia, el submarino nuclear ruso varado en las profundidades del mar de Barents responde al nombre de "Kursk", que evoca la mayor batalla militar de carros de combate de la Segunda Guerra Mundial que se saldó con la victoria del Ejército Rojo y supuso el principio del fin del sitio de Stalingrado.

  El trágico accidente ha servido para poner de nuevo en evidencia la crisis de fondo que en los últimos diez años atraviesa la ex-Unión Soviética en todos los terrenos, con un deterioro sin precedentes de las condiciones de vida de las masas, de su industria, de su ciencia y su cultura y también de un poderío militar otrora temido en Occidente. Pese a que Rusia sigue siendo una gran potencia militar, fundamentalmente en misiles nucleares, tanto su armamento como la moral y preparación de sus tropas nada tienen que ver con el pasado. La ausencia de medios, de inversiones y de actualización de la tecnología están detrás de este accidente aún inexplicado y de las fallidas, en ocasiones grotescas de no ser trágicas, labores de salvamento de la tripulación atrapada en ese gigantesco ataúd común, que aun puede causar mayores sustos si su tecnología nuclear no funciona.

Cuando los ecos de esa tragedia se iban amortiguando, esta vez en los cielos de Moscú, la torre de comunicación Ostankino ardió en un incendio que se llevó por delante una obra de ingeniería que, construida en los 70, era el orgullo de los últimos tiempos del estalinismo. El cúmulo de despropósitos en su diseño, las carencias de mantenimiento y la ausencia de previsión para accidentes como el ocurrido, han salido ahora a la luz. Demasiado tarde.

Mientras, Putin trataba de no interrumpir sus vacaciones en el Mar Negro, manifestando la impotencia de su régimen, su desprecio por la suerte de los marineros y el mundo aparte en que viven en el Kremlin. Este oscuro ex-agente del KGB, vencedor de unas elecciones presidenciales montado en el fervor nacionalista gran ruso desatado por la Guerra en Chechenia y generosamente respaldado por los medios económicos y mediáticos de la llamada Oligarquía (selecto club de ladrones que se ha hecho con gran parte de la propiedad estatal en estos últimos 10 años merced a un puro y duro latrocinio), está encontrándose por primera vez en dificultades.

Los altos precios del petróleo y de otras materias primas han mejorado algo las cuentas públicas y parece estar habiendo un pequeño crecimiento económico, en ningún caso capaz de recuperar los destrozos de 10 años de reintroducción del capitalismo. Este crecimiento es circunstancial y frágil, pues del mismo los principales beneficiarios siguen estando en la Oligarquía-Mafia rusa (dos personas en una) cuya evasión de capitales sigue imparable (500.000 millones de dólares en 10 años).

En una iniciativa que tal vez pretendiera mostrar su fuerza, convocó a los Oligarcas a una reunión en el Kremlin para, según "El País", ´exigirles que paguen impuestos y cumplan las leyesª (29 de julio). En la ostentosa ausencia de alguno de ellos (entre otros, Berezovski, su antaño aliado, y Gusinski, reponiéndose en Marbella del asalto a su grupo mediático Most), nada en limpió salió del cónclave. No va a ser con palabras como los saqueadores de los bienes públicos van a renunciar a sus privilegios en aras de un etéreo ´bien socialª y mientras sean ellos quienes detenten el control de los sectores básicos de la economía, no hay ninguna esperanza de sacar a Rusia de su postración.

Hay que tener en cuenta, además, que el coste financiero de la Guerra en Chechenia está siendo enorme. El político aún puede ser mayor conforme vaya quedando en evidencia el fiasco del victorioso paseo militar anunciado por el Alto Mando y el número de bajas rusas crece, el apoyo de ayer a Putin se puede volver en su contrario. El Cáucaso, una vez más, va a ser fuente de inacabables problemas para un Moscú hoy valedor del peor de los nacionalismos rusos, en un momento en que esa zona es también de vital importancia para el imperialismo por sus enormes reservas petrolíferas.

Tantos problemas en Rusia, y sin embargo no hay una reacción de las masas. ¿Tendrán razón quienes achacan al pueblo ruso un fatalismo y una paciencia sin límites? No y mil veces no. Es un prejuicio antieslavo que pretende explicar sencilla y falsamente un proceso mucho más complejo. Después de 7 décadas de estalinismo, del desastre que padecen desde 1991, de las esperanzas frustradas en que el capitalismo traería bajo el brazo la prosperidad, de luchar diariamente por la supervivencia, no es tan difícil comprender la calma chicha de los trabajadores en la ex—Unión Soviética sobre todo por la ausencia de una fuerza política alternativa de masas que defienda en palabras y en hechos un socialismo como el de los primeros años de la Revolución de 1917, democrático y participativo, como única alternativa para la gran mayoría de la población.

El llamado Partido Comunista liderado por Zyuganov, aglutina el voto de la mayoría de los críticos del sistema, pero no sólo no defiende una alternativa socialista, sino que está empeñado en todo tipo de componendas con Putin. En estas condiciones la desorientación es inevitable y, cuando se produce una ligera mejora económica, el alivio se apodera de quienes se benefician de ella por poco que sea (cobrando más puntualmente sus salarios o recuperando atrasos como en estos momentos). Sin embargo, es tal el marasmo en que está sumida la economía rusa, que situaciones así no pueden ser duraderas, y las medidas que adelanta Putin de recortes de derechos de los trabajadores, de limitación de las actividades de los sindicatos acabarán encontrando la respuesta que se merecen. En un primer momento, más que por los dirigentes por los propios trabajadores de forma espontánea y explosiva. Tanto el hombre de acero que nunca ríe como quienes mañana le sustituyan tendrán ocasión de comprobarlo.

La ausencia de alternativas al capitalismo mafioso instalado en Rusia significa que es a través de su propia experiencia como van a irse recuperando las genuinas ideas del socialismo marxista. Forzosamente será un proceso complicado y en ocasiones explosivo, pero acabarán abriéndose camino las ideas del socialismo emancipador y democrático de la Revolución de Octubre de 1917, librándose de la corrupción hoy imperante y del asfixiante aparato estatal burocrático legado del pasado estalinista. La Rusia de hoy, con una economía más desarrollada que en 1917, con los avances técnicos disponibles y con una clase obrera formada, podría rápidamente salir del abismo si, expropiados los Oligarcas, su economía se planificara democráticamente para satisfacer las necesidades sociales.