¿Qué nos dan de comer?

¿Qué nos dan de comer?

Jordi Escuer

La industria agroalimentaria ha creado un sistema de producción muy rentable para las grandes empresas del sector pero nefasto para la salud de los consumidores y para los pequeños productores y trabajadores del ramo. En la revista Medicina y Ciencia, Montse Arias, de la Asociación Vida Sana, señalaba que "la industria fabrica alimentos como si se tratara de Tornillos, sin tener en cuenta que el principio de la agricultura es producir alimentos nutritivos y saludables para la humanidad".

Un empresario agrícola norteamericano de los años 20 -mencionado por Jeremy Rifkind en su libro El fin del trabajo-comentaba que "ya no estamos haciendo crecer trigo, lo fabricamos… No somos labradores, ni tan siquiera somos granjeros. Fabricamos un producto para ser vendido". Es difícil expresar mejor la actitud de los capitalistas en el terreno de la producción agrícola, exactamente el mismo que en el resto de las actividades económicas, que no es otro que la búsqueda de la forma más rentable para ellos de producir, no la más racional y saludable. La crisis de la "vacas locas" sólo ha sacado a relucir la punta del iceberg de un problema muy serio y de efectos acumulativos, como es la calidad de los alimentos que ingerimos.
Sin ánimo de fastidiarle las comidas a nadie, sí queríamos señalar algunos datos extraídos de la revista Medicina y Ciencia, que nos parecen muy interesantes para ver a qué nos referimos.
"Según datos de la Organización Mundial de la Salud, el 60% de las enfermedades degenerativas guarda estrecha relación con lo que se come".
"La cultura del reciclaje en la industria agroalimentaria está a la orden del día. Gran parte de los nutrientes con los que se alimentan los animales procede de deshechos de otros animales, una fórmula barata de obtener proteínas, a la vez que permite deshacerse de las toneladas de desperdicios que cada año producen las industrias de alimentación. Entre los ingredientes más cuestionados destacan las harinas elaboradas a partir de animales de todo tipo (incluyendo perros, gatos, ratas y bestias muertas por enfermedad o atropello) que sirven como pienso. Las últimas intoxicaciones han reabierto en la UE la polémica sobre las técnicas de nutrición animal basadas en el aprovechamiento tanto de aceites como de despojos cárnicos".
"El Programa Nacional de Vigilancia de Residuos de Productos Fitosanitarios del año 1998 -informe elaborado por el Ministerio de Agricultura- indicaba que el 62'2% de las muestras de frutas analizadas y el 24,1% de las de hortalizas contenían algún tipo de residuo procedente de los pesticidas".
"Una de las prácticas que mayor preocupación despierta actualmente es el suministro de antibióticos a los animales de granja (mediante inyecciones o a través del pienso) para acelerar su crecimiento. Según datos de la UE, el 98% de los cerdos, el 96% de los pavos y el 68% de los pollos se alimentan con piensos que contienen antibióticos. El riesgo de esta práctica para la salud humana es doble. Según los expertos, si no se respetan los plazos de supresión de estos antibióticos, el consumidor ingerirá el medicamento con la carne. Pero además, el animal puede desarrollar bacterias resistentes a los antibióticos que, al ser ingeridas por el consumidor, pueden generar en él resistencias bacterianas muy difíciles de tratar".
"En España como en el resto de países de la UE, está prohibido el uso de antibióticos, con la excepción de cuatro -que no se utilizan en humanos-, que son la flavomicina, la avilamicina, la monensina y la salonomicina. La dificultad que supone controlar el uso de estas sustancias es otro factor añadido, ya que los análisis realizados no permiten detectar qué animales las han recibido. Basta con que los productores respeten los plazos legales de supresión (20 ó 30 días sin antibióticos antes de sacrificar al animal) para que la sustancia no aparezca en el análisis".
"El problema, por lo tanto, no se encuentra tanto en la prohibición, sino en las prácticas irregulares que siguen aplicando ganaderos y granjeros. Ante esta situación, la única forma eficaz de luchar contra esa práctica consiste en controlar a los fabricantes de piensos y, sobre todo, a los establecimientos y cooperativas que venden antibióticos o piensos que los contienen. Además, las Comunidades Autónomas deben comunicar al Ministerio de Sanidad la relación de distribuidores y detallistas que venden medicamentos para uso animal en sus territorios. Sin embargo, aunque en España se calcula que hay 20.000 puntos de venta y distribución de fármacos para uso animal, sólo 779 están registrados".