el ciclo económico norteamericano y La economía española

Cambio en el ciclo económico norteamericano

Jordi Escuer
Madrid

La economía norteamericana está mostrando un cambio claro en la evolución de la economía. Tras años de euforia, en muy poco tiempo, ha dado un giro la situación, centrándose el debate entre quienes vaticinan una recesión económica, con una reducción del crecimiento económico, y los que prevén un aterrizaje "suave", es decir, una desaceleración del ritmo de aumento de la producción. Lejos queda la euforia de no hace tanto tiempo, cuando muchos pronosticaban que el auge duraría indefinidamente gracias a la "nueva" economía.
El crecimiento de Estados Unidos pasó de un 5,6% en el segundo trimestre de 2000 a un 2,2% en el tercer trimestre y a un 0% en el cuarto, sufriendo una brusca caída. El crecimiento del consumo se ha frenado como consecuencia del alto nivel de endeudamiento familiar. Además, muchos trabajadores cobran parte de sus salario en acciones -cuyo valor está cayendo-, y el paro está empezado a crecer, ahora se sitúa en el 4,1%, y se espera que suba en torno el 5% en el año que estamos.
El sector del automóvil, que suele reflejar fielmente la evolución del conjunto de la economía, ya prevé una caída de las ventas de automóviles tras el récord de ventas alcanzado en el año 2000. Las tres grandes compañías automovilísticas han anunciado la reducción de sus plantillas. Chrysler va a despedir el 15% de su plantilla y a cerrar cinco plantas en Estados Unidos. General Motors va a poner en la calle al 10% de su plantilla tanto en territorio norteamericano como en Europa, mientras Ford anuncia la rescisión del contrato a 30.000 empleados. Tras ellos irá una parte de los trabajadores de la empresas de accesorios para el automóvil (El País 22/12/2000). El índice de actividad manufacturera bajaba en noviembre del año pasado por cuarto mes consecutivo.
No obstante, el factor más importante es la drástica caída de las inversiones del conjunto de las empresas, que irá repercutiendo en el conjunto de la economía. La inversión empresarial ha pasado de un 14,6% en primavera al 7,7% en verano, y se esperan cifras más bajas para el otoño de 2000.
"Las cifras -recogían las páginas de Negocios de El País, a propósito de Estados Unidos- indican que el consumo doméstico se mantiene estable. Lo que ha bajado es la inversión de las empresas (los almacenes están llenos porque se exporta menos) y sus ganancias. En conjunto, los beneficios de la industria estadounidense subieron a un ritmo anualizado de sólo un 0,6% entre julio y septiembre, la peor cifra desde la crisis asiática de 1998" (El País, 30/11/2000).
Particularmente importante es la evolución del sector hasta ahora más dinámico de la economía, y que era uno de los motores del espectacular crecimiento, las Tecnologías de la Información (TI). La inversión en TI en las empresas creció un 19% anual entre 1993 y 1999. Este último año supuso casi la mitad del total de inversión en bienes de equipo.
Las compañías de internet y de telecomunicación han alcanzado un nivel de endeudamiento gigantesco. Según un informe del Banco Internacional de Pagos, han recibido el 27% de todos los préstamos concedidos a grandes sociedades a escala mundial. Ese es un síntoma de cómo para mantener la competencia y el mismo desarrollo son cada vez necesarios mayores desembolsos económicos, que van mellando paulatinamente los márgenes de ganancia..
Además, a menores márgenes más necesidad de concentración de las empresas del sector para que la masa absoluta de beneficios sea "aceptable". Algunos expertos vaticinan que sólo sobrevivirán un 20% de las actuales empresas puntocom, todas aquellas que han florecido en el auge de las tecnologías de Internet. En Estados Unidos se despidieron a 45.515 trabajadores de 496 compañías de Internet el año pasado (El País Negocios, 2/1/2001).
Todo esto significa que empieza a decaer el ritmo de crecimiento de la productividad del trabajo en EEUU. En el tercer trimestre de 2000 creció el 3,8% frente al 6,1% del trimestre anterior. En definitiva, el "excepcional salto tecnológico de los que no se dan más que en una o dos ocasiones cada siglo" -tal y como lo definía el presidente de la Reserva Federal norteamericana, Alan Greenspan- que hemos vivido empieza a perder fuerza en la medida que se ha ido generalizando el uso de las TI.
Este cambio en la tendencia de la economía supondrá nuevas penalidades para los trabajadores. El afán de las empresas por mantener la tasa de ganancias y la necesidad de eliminar ese exceso de capacidad productiva se trasladará con más intensidad, aún que en el pasado, sobre sus hombros, mediante reducciones de plantillas y una mayor explotación en el puesto de trabajo. Todo ello en un contexto donde la protección social ha ido empeorando durante los años de vacas gordas.
Sin duda, este cambio de la economía en Estados Unidos que representa el 30% de la economía mundial no dejará indiferente al resto del planeta. En el mes de noviembre la OCDE, que aglutina a los 29 países más desarrollados del mundo, preveía un crecimiento medio de estos países del 4,3% en el año 2000 que esperaba que se reduciría al 3,3% en 2001 y al 3,1% en 2002 (El País, 21/11/2000). La zona asiática ha dependido de las exportaciones al país norteamericano para ir saliendo de la crisis que sufrió hace tres años, al fin y al cabo el mayor importador del mundo.
Europa tiene más posibilidades de resistir un tiempo a este cambio del signo económico estadounidense. Por un lado la mayor parte de su comercio se realiza entre países de la Unión Europea, y podría recibir flujos de capital que hasta ahora han encontrado refugio en la alta rentabilidad de la industria de la otra orilla del Atlántico. Sin embargo, no podrá sustraerse a un empeoramiento de sus exportaciones a Estados Unidos ni a contagios bursátiles que también pasarán factura. Aunque el año 2000 será el año de mayor crecimiento para Europa, la perspectiva para el conjunto de la Unión es de una ralentización del crecimiento económico para este año y el próximo. Y la receta que nos preparan los gobiernos para hacer frente a esta previsible desaceleración de la economía no son otras que las que ya ha aplicado la burguesía norteamericana.



La economía española muestra síntomas de ralentización

El ministro de economía Rodrigo Rato declaraba recientemente a propósito de las perspectivas económicas: "Vienen tiempos menos buenos, pero no peores". Este eufemismo, no hace sino reconocer lo que ya todos comparten sin excepción, una ralentización del crecimiento de la economía española. Uno de los puntos de apoyo de los "éxitos" del gobierno de Aznar, empieza a transformarse en su contrario, en una fuente de nuevas complicaciones.
Sin duda, para la patronal española, el año 2000 pasara como uno de los más jugosos de los últimos tiempos. Los once primeros meses de 2000 las empresas españolas que cotizan en Bolsa han repartido unos dividendos de 940.000 millones de pesetas a sus accionistas, un 24% más que en el ejercicio anterior. El resultado neto de las empresas no financieras creció un 45% en los nueve primeros meses de 2000, según la Central de Balances del Banco de España. El aumento drástico de los beneficios de las petroleras ha distorsionado estos beneficios, ya que si se descuenta éste no habrían sido tan espectaculares. La perspectiva es que crezcan menos este año. El BBVA prevé un crecimiento de los beneficios empresariales -de las empresas que cotizan en Bolsa- del 18% para el conjunto del año 2000, y que desciendan al 9,2% en el transcurso del presente.
Todos los indicadores muestran una disminución del consumo -caen las ventas de automóviles, electrodomésticos…-, también se reduce la inversión y mantienen el ritmo de crecimiento las exportaciones, y se crea menos empleo. La inflación también va a terminar el año doblando la previsión oficial que era del 2%, pues la tasa interanual era de un 4% el mes de diciembre, doblando la media europea.
Un menor crecimiento de la economía significa menores ingresos para el erario público y más presión para recortar los gastos sociales. Además, unos precios más altos que el resto de los países europeos -a los que se dirige la mayor parte de las exportaciones- también supone una presión mayor por parte de los empresarios para reducir los gastos de personal y mantener las ganancias sin subir los precios de los productos. Todo, en definitva, presiona para que se trate de cargar a hombros de los trabajadores los costes de esta desaceleración económica, bien directamente a través de la insistentemente invocada moderación salarial o a través de las reducciónes de las cuotas sociales de las empresas.
La flexibilización del mercado de trabajo es otra constante en todos los análisis económicos y para ello se insiste en cuatro aspectos: abaratar el coste del despido, cambiar la actual negociación colectiva, remover los obstáculos para la movilidad geográfica e incentivar a los parados a buscar trabajo, y modificar el contrato a tiempo parcial aprobado en la anterior legislatura.
Respecto a las reducción del gasto público, es muy revelador de cuáles son sus intenciones un artículo de Rafael Termes, antiguo presidente de la patronal bancaria, en el que afirma que el recorte del gasto público "se puede hacer en pensiones, empleo, educación y sanidad, incluida la farmacia, pasando a un sistema de pensiones privado y de capitalización; abandonando los sistemas de protección del empleo y el desempleo, que en realidad desincentivan la creación de puestos de trabajo y fomentan el paro subvencionado; privatizando todo lo que todavía pende del Estado; dejando de financiar los centros educativos y sanitarios para financiar a los usuarios mediante cheques escolares y sanitarios progresivos, es decir calculados según el nivel de renta, y un montón de cosas más del mismo cariz." (El País, 30/10/2000) En esas propuestas podemos ver la dirección que toman las políticas del gobierno y de la patronal.
Desde luego, al Gobierno no le faltan "sabios" consejeros que le insisten en que cuánto antes aplique todas esas medidas, mejor: "Es verdad que las reformas del gasto público, de flexibilización de los mercados y de introducción de competencia, tienen costes políticos en el corto plazo, pero es justamente ahora, cuando quedan todavía tres años y medio para las elecciones cuando el Gobierno debería acometerlas sin miedo. Si no es así, acabaremos teniendo más de cuatro problemas". (Miguel Ángel Fernández Ordóñez, El País 16/11/2000).