Vacas Locas
La denominada "crisis de la vacas locas" ha sacado ha relucir un problema mucho más de fondo y que apenas se analiza en los grandes medios de comunicación, como es la forma de producir de la industria agroalimentaria, que pone los beneficios económicos de las grandes multinacionales del sector por delante de la salud de las personas. En el Reino Unido, desde que se descubrió el problema, llevan 1,2 billones de pesetas gastadas, 4,7 millones de vacas sacrificadas y, lo que es peor, 90 personas fallecidas a causa de la Encefalopatía Bovina Espongiforme. Ahora el problema se ha desatado en toda Europa y también en nuestro país. Este artículo elaborado por Ecologistas en Acción (http://www.ecologistasenaccion.org/), recogido de su publicación en Internet, nos permite ahondar en un tema de vital importancia para nuestra salud, para el futuro del sector ganadero y de todos los empleos dependientes.

¿Son las vacas las locas?

Ecologistas en Acción de Cantabria

vacaCon un retraso de casi 10 años respecto a los primeros casos detectados en Inglaterra, el escándalo de las "vacas locas" ha estallado en las últimas semanas en el Estado español. Y con el escándalo, todo un cruce de informaciones y desinformaciones sobre la situación, sobre los riesgos, y sobre las posibles soluciones, o mejor dicho los posibles parches. Parches porque, salvo honrosas excepciones, poco se dice del problema de fondo de toda esta cuestión, que no es otro que un modelo de producción ganadera intensiva aberrante, potenciado por intereses económicos y comerciales completamente ajenos al sector ganadero, y por supuesto insensibles a cualquier consideración de salud pública, de bienestar animal, o de sostenibilidad y equidad. Y es que en este modelo productivo, y en un entorno de políticas agrarias marcadas por el dogma del libre mercado y de la globalización, la lógica de la competitividad lleva a los productores a una carrera por abaratar costes, en este caso con consecuencias realmente dramáticas.

A lo largo de las últimas décadas, y en paralelo al proceso de intensificación y especialización agraria de los países industrializados, la producción ganadera se ha divorciado del campo, para transformarse en una actividad especializada y cuasi-industrial, orientada a maximizar -que no optimizar- producciones y ganancias, y cada vez más dependiente de paquetes tecnológicos e insumos externos. De una ganadería que aprovechaba montes, pastizales, rastrojeras y subproductos de las explotaciones agrarias, limpiando, abonando y cerrando ciclos productivos, en pocos años se ha pasado a una producción cada vez más desvinculada del territorio, consumidora de grandes cantidades de granos y oleaginosas que debieran destinarse directamente a la alimentación humana, y con un balance energético y ambiental desastroso. No hay que olvidar que la ganadería intensiva es un enorme despilfarro desde el punto de vista energético dado que, por ejemplo, producir 1 caloría de carne de pollo en intensivo requiere 12 calorías de cereal, y que es responsable en gran medida de los problemas cada vez mayores de contaminación de aguas por nitratos, y de la emisión de gases que contribuyen al efecto invernadero y a la lluvia ácida. Por si fuera poco, la ganadería intensiva ha supuesto la desaparición de miles de pequeños ganaderos, condenados a la ruina por un sistema que requiere fuertes inversiones de capital y en el que no pueden competir, y la marginación de sistemas ganaderos extensivos, con el consiguiente abandono y deterioro del mundo rural y de muchos agroecosistemas de excepcional importancia ecológica. Ha significado también la pérdida, desgraciadamente irreversible, de razas ganaderas autóctonas, casi siempre menos "productivas" aunque de enorme valor por su mayor resistencia a enfermedades y su adaptación al entorno.

El caso de Estados Unidos es el ejemplo extremo de la reconversión que ha sufrido el sector ganadero en una mayoría de los países industrializados, y que ahora se intenta imponer en todo el mundo. De explotaciones con 50 vacas o incluso menos en 1964, se pasó en tan sólo unas décadas a producir cerca del noventa por ciento de la carne de vacuno en explotaciones de más de 1.000 animales, con unas 300 explotaciones de entre 16.000 y 20.000 cabezas, y 100 explotaciones que superaban las 30.000 cabezas de ganado. Huelga decir que en este tipo de explotaciones, y con animales convertidos en auténticas fábricas de producción de carne, grasas, o leche, hacinados en instalaciones donde apenas pueden moverse, alimentados con piensos compuestos de dudosa calidad (para abaratar al máximo los costes), atiborrados de hormonas y de antibióticos y sometidos a un continuo stress, por mucho que se extreme la higiene y los cuidados, cualquier problema sanitario se convierte en una pesadilla. Y en una pesadilla se están convirtiendo estas cuestiones, no sólo en términos de salud pública, sino también en términos socioeconómicos y de futuro del sector ganadero.

Porque el mal de las vacas locas no es el único problema sanitario asociado a la ganadería intensiva. La Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO), y la propia Comisión Europea vienen alertando desde hace tiempo sobre los riesgos para la salud humana relacionados con las explotaciones intensivas, y sobre el peligro de un uso abusivo de los antibióticos en la cría de ganado. Preocupa especialmente el aumento de enfermedades típicamente asociadas al ganado, como la tuberculosis o la brucelosis, cada vez más difíciles de tratar por la aparición de cepas bacterianas resistentes a los antibióticos. El control de los brotes extremadamente virulentos de tuberculosis detectados en los últimos años, que pudieran estar relacionados con el abuso de los antibióticos en la cría intensiva de ganado, se ha convertido recientemente en una de las prioridades de la OMS. Otra de las grandes preocupaciones de salud pública relacionadas con la cría intensiva de ganado es la posible contaminación microbiana de los alimentos: ejemplo de ello son los casos cada vez más frecuentes y agudos de salmonelosis. Y, más grave aún si cabe, la posible aparición de nuevas vías de transmisión de enfermedades, o de enfermedades capaces de saltar las barreras de las especies, afectando a la humanidad de forma devastadora .

Dicho ésto, habría que preguntarse qué ha llevado a la implantación de un sistema de ganadería cada vez más intensivo en una Comunidad Económica Europea (CEE) donde las zonas de pastizal son abundantes, y que además recientemente se lamentaba de problemas de excedentes de leche, de carne, y de huevos. Desde sus inicios, en 1962, la Política Agraria Comunitaria (PAC) ha fomentado la intensificación de las producciones agrarias, incluidas las ganaderas. Y, a pesar de que en la actualidad se habla mucho de "extensificación", la reforma de la PAC del 2000, presidida por la preocupación obsesiva de reducir los precios de los productos agrarios europeos para seguir compitiendo en los mercados internacionales, continua favoreciendo las explotaciones intensivas en lugar de apostar claramente por una ganadería extensiva, en base a pastos y a forrajes producidos a nivel local o regional.

Curiosamente, desde los comienzos de la PAC también, la dependencia europea en importaciones de proteína vegetal destinada a piensos compuestos para la ganadería intensiva ha sido constante. A lo largo de muchos años, la CEE ha sido un excelente cliente de los países productores de oleoproteaginosas (principalmente soja) con destino animal, encabezados por EE UU. No hay que olvidar que las toneladas de leche, de carne, y de huevos que sobran en la Europa Comunitaria se "comen" anualmente cerca de 50 millones de toneladas de proteína vegetal importada sin aranceles. Y conviene recordar también que el acuerdo agrícola cerrado en la Ronda de Uruguay de los Acuerdos sobre Libre Comercio (GATT) entre la CEE y EE UU, el tan cacareado acuerdo de Blair House, consolidaba esta situación de dependencia, comprometiendo a la Comunidad a una limitación de la superficie de oleaginosas . A menor superficie sembrada, más necesidad de acudir a los mercados mundiales, dominados por un puñado de empresas transnacionales y por los EE UU.

Y es que detrás del modelo imperante de ganadería industrial se mueven grandes intereses del llamado "complejo de la soja" y de los principales exportadores de materia prima para piensos compuestos: cereales y oleoproteaginosas, con una gran capacidad de influencia política. Y si bien el déficit de cereales europeo de los años 70 (-24 millones de toneladas) se ha ido corrigiendo progresivamente, hasta convertir a la CEE en uno de los grandes exportadores mundiales de grano (en los años 90 exportaba 20 millones de toneladas de cereal), no ha sido así con la producción de oleoproteaginosas, a pesar de los incentivos de la PAC a cultivos como el girasol. La Europa comunitara es deficitaria en un 70% de las necesidades de proteína vegetal para piensos compuestos. En los años 74/76 la CEE importaba 4,3 millones de toneladas de oleoproteaginosas, y este déficit no sólo no se ha corregido, sino que ha ido en aumento, cifrándose en -4,8 millones de toneladas en 1995/97. Es significativo que en el mismo periodo las exportaciones de EE UU, principal productor y exportador mundial de soja, hayan pasado de 2,7 millones de toneladas en 1974/76, a 4,9 millones de toneladas en 1995/97 .

La generalización del modelo norteamericano de producción ganadera intensiva ha constituido un mecanismo muy útil para facilitar la expansión del consumo de soja en los países industrializados, expansión que interesaba enormemente a EEUU. Debido a la gran capacidad productiva del sector agrario norteamericano, y a sus crisis cíclicas de sobreproducción, la extensión del modelo ganadero industrial era esencial para el correcto funcionamiento del sector cerealista y de oleaginosas de la gran agricultura intensiva estadounidense. El cultivo de soja, una leguminosa procedente de China con un alto contenido en aceites y proteínas vegetales, se había desarrollado en EEUU a partir de los años treinta, en un principio motivado por la insuficiente producción de grasas vegetales en este país. Sin embargo, sobre todo desde finales de los años cuarenta, la expansión del cultivo de la soja estadounidense fue impulsada por la gran demanda de los fabricantes de piensos compuestos. Casualmente, dichos fabricantes de piensos pasaron a ser, además, los encargados de suministrar las razas animales "mejoradas" (lease, adaptadas a un máximo aprovechamiento de los piensos en un régimen de cría intensiva) a los ganaderos, convirtiéndose poco a poco en un poderoso sector que controlaba todo el paquete tecnológico asociado a la ganadería intensiva, así como los mercados internacionales de soja y cereal. A principios de los setenta la casi totalidad de la comercialización mundial de la soja estaba ya en manos de media docena de grandes compañías transnacionales: Cargill, Continental Grain Co., Louis Dreyfus, Bunge Co., Cook Ind. y André, que operaban asimismo en el comercio de cereales, y que tenían vínculos estrechos con la industria de los piensos compuestos.

Este poderoso sector, apoyado por un gobierno particularmente interesado en potenciar las exportaciones agrarias de un país cuya balanza comercial a principios de los años 70 era deficitaria, fue el gran impulsor del modelo de ganadería industrial europea, que tantos quebraderos de cabeza está dando actualmente. Y este mismo sector, cada vez más poderoso y concentrado, sigue siendo el primer interesado en mantener un mercado cautivo, tremendamente dependiente, que le reporta beneficios astronómicos. El mercado de la soja en la actualidad asciende a 14.000 millones de dólares, y está dominado por dos empresas transnacionales con sede en EEUU: Cargill (que recientemente ha adquirido Continental la segunda compañía del mercado mundial de granos), y ADM. Entre estas dos empresas controlan más del 50% del mercado internacional de piensos, y son propietarias además, junto con otra de las grandes empresas norteamericanas del sector, ConAgra, de una mayoría de las instalaciones de almacenamiento, transporte y procesamiento de la soja. No es casualidad, por lo tanto, que la soja esté en el punto de mira de las grandes transnacionales agroquímicas que han desembarcado recientemente en el mundo de las semillas, haciéndose con el control del mercado de semillas mundial a un ritmo cuando menos inquietante. En 1999, Monsanto, una de los empresas agroquímicas y biotecnológicas gigantes, que recientemente ha invertido sumas multimillonarias en la compra de empresas de semillas, adquirió el negocio de las semillas de Cargill fuera de EE UU, y fundó a medias con esta empresa la compañía Renessen, con el objetivo de desarrollar variedades manipuladas genéticamente destinadas a piensos compuestos. ADM ha establecido alianzas estratégicas similares con Syngenta (Novartis + Astra-Zeneca), y con Dupont/Pioneer, otro de los grandes de la agroquímica y la biotecnología que recientemente se emparejó con una de las mayores compañías del sector semillero, pasando al primer puesto en el ranking mundial de compañías de semillas.

Tampoco extraña que la soja haya sido objeto de múltiples solicitudes de patente, algunas de ellas tan amplias que equivaldrían a una patente "de especie" . Ni que la soja resistente a un herbicida de la empresa Monsanto haya sido el primer cultivo manipulado genéticamente sembrado a gran escala en EE UU, e introducido, con calzador, en los mercados europeos. Esperemos que la crisis de las vacas locas, no sea la oportunidad que esperaban las transnacionales biotecnológicas para hacer "tragar" a los consumidores europeos una soja transgénica que mayoritariamente han rechazado, y cuya utilización en piensos compuestos animales sería un nuevo riesgo para la salud humana y para el futuro del propio sector ganadero.