El Salvador Ni la Naturaleza es la única culpable, ni la solidaridad inmediata la verdadera solución

El Salvador

Ni la Naturaleza es la única culpable, ni la solidaridad inmediata la verdadera solución

Luchy Iriarte

Ni la Naturaleza, ni Dios, por aquello de "si Dios lo quiere así, bendito sea", tienen la fijación con el pueblo salvadoreño. Este mismo terremoto ocurrido en El Salvador, que ha causado 700 muertos, centenares de desaparecidos y cerca de 750.000 damnificados, hubiera causado apenas unas pocas víctimas en Los Ángeles.

El alud de tierra que enterró vivos a los habitantes de la Colonia Las Colinas, donde se concentran la mayoría de los muertos, no se dio porque el terremoto se ensañara con ese cerro, ni las casas que se cayeron en el interior del país lo hicieron porque a ningún terremoto le guste tirar las casas de bajareque (barro y paja) o las casa que casi no tienen cimientos ni hierro en sus paredes. Como dijera un jesuita de El Salvador, ni los terremotos ni los huracanes tienen un ojo electrónico que se fija en los pobres para lastimarlos. Los pobres se mueren, y se quedan sin casa, porque viven en condiciones que no les permiten enfrentar los terremotos ni los huracanes.

El presidente salvadoreño, Francisco Flores, se lamentaba en Antena 3 de que si bien su pueblo había padecido desastres a lo largo de toda su historia, las actuales generaciones habían sido especialmente golpeadas, "habían tenido que padecer la guerra (1980-1992), el terremoto del 86, el huracán Mitch en 1998 y ahora este terremoto". Cierto, pero lo que el presidente no dijo es que la vulnerabilidad social, económica, política y ambiental que padece el pueblo salvadoreño le hacen susceptibles, hoy más que nunca, en pleno siglo XXI, de quedar enterrados vivos en terremotos o ahogados en temporales como el Mitch o de padecer guerras como la que recientemente sufrieron. La posibilidad de ser víctima de catástrofes como las vividas es cada vez mayor, porque a la par que aumenta la población, aumentan las violaciones a la seguridad ambiental, el paro, la especulación con el suelo, la injusta distribución de las riquezas, la marginación y falta de oportunidades, la voracidad de los que quieren acumular ganancias sin que nadie les ponga freno a su codicia, porque quienes debieran ponerle freno también la comparten.

Las personas que quedaron enterradas vivas por el alud de tierra que se desprendió a raíz del fuerte y sostenido terremoto, murieron porque la voracidad de empresarios y políticos no tuvo ningún reparo en construir en las faldas de un cerro en un país que se sabe asentado sobre dos placas continentales en continuo movimiento, y pretendiendo burlarse de la fuerza de la naturaleza. El terremoto provocó cortes de hasta 12 metros de largo en el cerro.

Los grupos ecologistas salvadoreños llevan años denunciando las construcciones en las faldas de cerros y volcanes, así como la falta de políticas para controlar la deforestación y la contaminación ambiental que sufre el país, pero son tildados de "rojos" por los gobernantes y en El Salvador ser tildado de "rojo" no es cualquier cosa, teniendo en cuenta que el himno coreado insistentemente por el partido en el Gobierno dice literalmente "El Salvador será la tumba donde los rojos se acabarán, unamos sudor y sangre pero primero El Salvador".

Un diputado del actual partido en el poder, Alianza Republicana Nacionalista de El Salvador (ARENA), tuvo la desfachatez de decir que el alud se había producido "porque en el cerro había demasiados árboles y retenían agua (…) este no es el momento de buscar culpables, tenemos que encomendarnos a Dios y ayudar". Pero de desfachateces sabe mucho el pueblo salvadoreño. Cada vez que hay una epidemia de cólera no falta el ministro y funcionario de Salud de turno que acaba culpabilizando a las víctimas con lo de "si tuvieran más cuidado con la higiene…", claro que el tal funcionario de seguro tiene abundante agua potable en su casa, mientras más de la mitad de la población tiene poco agua y contaminada.

Las personas soterradas en la Colonia de Las Colinas, no eran pobres de solemnidad, eran familias de clase media alta, o por lo menos, altamente endeudados para pagar esas casas y es que la vulnerabilidad ambiental, si bien tiene más repercusiones sobre la población con bajo poder adquisitivo, hace vulnerables a todos los sectores de la población. "Quítese de ahí y no moleste, que estamos trabajando", dijo una señora al presidente Flores cuando visitó la zona.

La ortodoxa aplicación de los planes de modernización no ayudará a disminuir esta vulnerabilidad, al contrario, aumenta la cantidad de pobres y la brecha entre pobres y ricos. Privatizaron la banca, después de que el Estado asumiera las deudas pendientes y se la repartieron el presidente de turno y sus amigos, los conocidos como "la argolla de oro" y después las telecomunicaciones, las pensiones, el agua, la luz, la Salud y toda actividad antaño en manos del Estado está en proyecto de pasar a manos privadas "por ser más eficaces y eficientes", y hay quien en la carrerilla les pone lo de equitativas, que está muy de moda eso de las tres "e". El mercado dueño y señor del bienestar ciudadano y ¡sálvese quién pueda!, o mejor dicho quien pueda pagar, que en un país con un 40% de pobres, según su presidente, o con un 70% según otras fuentes, sálvense los cuatro de siempre.

Toda persona de buen corazón está hoy conmovida por lo que ocurre en El Salvador, con lo que está pasando en otros países del mundo no tanto porque la mayoría sólo nos percatamos de lo que los medios de comunicación nos quieren transmitir, y se suceden los programas maratonianos en las televisiones buscando recaudar fondos. ¿Hay que apoyar las ayudas de emergencia? Rotundamente sí. Hay que paliar de inmediato el hambre, el frío, el dolor, la enfermedad. La solidaridad de emergencia es una necesidad imperiosa, pero es vergonzoso que para recabarla se centren en el morboso mecanismo de utilizar los sentimientos de dolor de la gente. El dolor tiene unas causas y sería responsabilidad de los medios de comunicación buscar qué lo ha provocado y no ser eco exclusivamente de las versiones oficiales. El pueblo salvadoreño es un pueblo digno y se merece más respeto. Necesita mantas, comida, ropa y un techo pero necesita sobre todo que no se juegue con su dolor, que se contribuya a que se creen las condiciones para dejar de ser vulnerables.

Los medios de comunicación de nuestro país se están haciendo eco de las denuncias de la población y de Organizaciones sociales salvadoreñas por los retrasos y burocratismo en la distribución de las ayudas, ayudas que se están concentrando en las zonas urbanas y no llegan al campo. En uno de los albergues, denuncia la organización de mujeres Las Dignas, un día sólo les había llegado "una naranja por persona". La misma organización de mujeres denuncia que tras acordar con el Gobierno que su organización canalizaría ayuda para 500 familias, el Gobierno se retractó argumentando que la ayuda iba a ser distribuida por la Secretaría de la Familia, cuya responsable es la primera Dama. Los jóvenes que distribuían las ayudas de la Secretaría llevaban camisetas con el nombre de la Primera Dama. Alcaldías que están conducidas por partidos que no son del partido oficial tienen dificultades para conseguir bienes. Hay que estar en la emergencia, pero hay que garantizar que las ayudas lleguen a todas las personas necesitadas. Las embajadas de los diferentes países debieran controlar que no están dando cheques en blanco.

El Salvador es apenas un poco más grande que Navarra y si bien tiene cerca de seis millones de habitantes y nefastas vías de comunicación, también tiene decenas de organizaciones no gubernamentales y organizaciones sociales y religiosas, que están acostumbradas a moverse por todo el territorio nacional y cuentan con medios para hacerlo. Si se promoviera su participación en la distribución de la ayuda sería mucho más rápida y justa, pero el afán de protagonismo y el miedo a dar protagonismo al adversario político priman sobre cualquier otro criterio. Visto lo visto en El Salvador debieran revisarse urgentemente los criterios con los que se administran esos fondos de emergencia.

Entendemos el fiasco de los miembros de la Cruz Roja que según versiones periodísticas llegaron a una comunidad y al ver el caos reinante y la falta de organización decidieron regresar con el cargamento a la ciudad. No dudamos de los criterios técnicos de los miembros de la expedición, quienes con seguridad pensaron que la ayuda se iba a distribuir mal. Ahora bien, hay que tener un valorcito especial para, en medio de tanta necesidad, agarrar el camino de regreso con todo y la ayuda. Hubiera requerido tiempo, paciencia y desde luego una noche durmiendo en cualquier lado, pero si se hubieran quedado y hubieran promovido la organización con las fuerzas vivas que con seguridad había en la zona (Alcaldía, ONGDS, iglesias…), en la madrugada la ayuda podría haber sido distribuida con criterios consensuados entre los participantes.

Condonar la deuda de El Salvador

En unos días El Salvador dejará de ser noticia, pero los miles de personas damnificadas deberán enfrentar la reconstrucción de sus vidas. ¿Dónde estaremos entonces los miles de personas que nos hemos conmovido con lo sucedido? Miles de millones de dólares han entrado en El Salvador en la última década para paliar los desastres vividos (guerra, terremotos…) una buena parte se ha quedado en los administradores o se ha malgastado. Si por reconstrucción de vías de comunicación se entiende que una apisonadora deje lisa una carretera de tierra en un país donde llueve seis meses al año, o por vivienda digna se entiende, como en una ocasión tuviera la desfachatez de proclamar un representante de la cooperación española, un cubículo de 4 x 5 metros con cuatro vigas de hierro, lo que estaremos haciendo es abonar a que la historia de muerte y destrucción se vuelva a repetir.

Si queremos que las mujeres y los hombres salvadoreños, o las de no importa qué país del mundo, no tengan sobre sus cabezas la amenaza de una viga, de un alud de tierra, de un río desbordado, de una epidemia por beber agua contaminada con heces fecales, por no decir de mierda, la solidaridad no puede quedar en dar ayuda para la emergencia. La vulnerabilidad existente fruto del desarrollo inacabado, como dicen ciertos analistas, sólo se enfrentará promoviendo el desarrollo. La responsabilidad última es del gobierno local, pero la cooperación puede abonar en este sentido orientando el apoyo hacia la misma y supervisando que se respeten los criterios que la definen. Para empezar, el Estado español puede empezar condonando la deuda que tiene El Salvador.