Crisis económica y política en Turquía El "enfermo de Europa" recae

Crisis económica y política en Turquía

El "enfermo de Europa" recae

Domingo Echevarría

El día 19 de febrero, en la reunión mensual del Consejo de Seguridad Nacional (CSN) compuesto por la cúpula militar y los principales ministros bajo la presidencia del jefe de Estado, se produjo un hecho insólito. El primer ministro Bulen Ecevit (del Partido Democrático de Izquierda, socialdemócrata) y el presidente de la República, el ex-juez Ahmet Necdet Sezer, se cruzaron ácidos insultos después de que el presidente, que nombró a Ecevit meses atrás, le acusara veladamente en público de encubrir la corrupción en la Administración. ¡Parece que Sezer llegó a arrojarle a la cara un ejemplar de la constitución! Ecevit por su parte abandonó con un portazo la sala y realizó todo tipo de invectivas contra el presidente en las horas siguientes. Su reconciliación posterior fue una farsa patética.

En este pulso, la creciente popularidad del presidente Sezer, autoproclamado campeón de la lucha contra la corrupción, refleja no tanto esa cualidad, cuestionable por otra parte en alguien que lleva décadas formando parte de un aparato estatal que ahora demagógicamente dice querer limpiar, como el profundo hartazgo de las masas con las penurias de su vida cotidiana mientras una pequeña minoría disfruta de sinecuras sin fin en un capitalismo más frágil de lo que aparenta.

La podredumbre del Estado, real como es, no constituye sin embargo un fenómeno nuevo en un país que, por los avatares económicos y políticos de las últimas décadas, se ha convertido en un aliado estratégico dentro de la OTAN y pieza clave para los intereses del imperialismo americano en la zona, con fronteras con los Balcanes o el Caúcaso, pero también con Irán e Irak.

Conocida a finales del siglo XIX y el albor del XX, coincidiendo con el ocaso del imperio otomano y su desmembración, como "el enfermo de Europa" por las ingentes cantidades adeudadas a las metrópolis europeas, Turquía vuelve ahora a merecer ese apelativo. Su economía, sin embargo, ha sufrido profundas transformaciones (importante industrialización) que le han permitido desempeñar el papel de potencia en la zona, acreditado con sus intervenciones tanto en Chipre a mediados de los años 70 (partición de la isla y ocupación del norte) como más recientemente en los conflictos de los Balcanes (ex-Yugoslavia y Albania) tratando de conseguir ampliar su zona de influencia en detrimento de su histórico rival, Grecia. En este contexto, la profundización de su crisis inevitablemente se extendería una zona del mundo a la que, sin ella, le sobra material incendiario.

A Turquía ni siquiera formalmente se le puede calificar de "democracia". Las violaciones de derechos humanos son continuas. Derechos democráticos como los de expresión y reunión son inexistentes, y el Estado de excepción impera en el sureste del país, de mayoría kurda, con la excusa de combatir al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) del ahora preso y condenado a muerte Oçalan. La discriminación de la importante minoría kurda (12% de los 65 millones de habitantes), cuya misma existencia se niega al calificarles despectivamente de "turcos de las montañas", es feroz llegando al extremo de una guerra sucia no declarada tanto en las ciudades como contra los asentamientos kurdos en la frontera con Irak. Otro ejemplo más de la hipocresía de las grandes potencias, que absuelven y ocultan estos "pecadillos" por el declarado apoyo al imperialismo de sus mandamases.

En realidad, la bronca en el CSN, cuyo origen inmediato fue la investigación ordenada por Sezer sobre créditos de 20.000 millones de dólares concedidos por la banca pública a empresas ficticias o a punto de quebrar relacionadas con altos cargos de la Administración y que han tenido que ser cubiertos por el Tesoro público, es un reflejo de la crisis que afecta a Turquía, desveló sus puntos débiles y contribuyó a profundizarla tanto en el terreno económico como en el político. Los ceses del gobernador del Banco Central y de algunos ministros no es sino un mero cambio cosmético que en nada resolverá la corrupción endémica.

En menos de una semana, se produjo una retirada masiva de divisas (5.000 millones de dólares en un solo día), un vaciamiento de depósitos bancarios, la Bolsa de Estambul se desplomó, los tipos de interés llegaron a alcanzar un 7.000% y el abandono del cambio fijo de la lira turca la empujó hasta un 36% a la baja. En la práctica, la economía se dolarizó a las bravas. Aprovechándose del caos, los grandes oligarcas especularon contra la lira y obtuvieron pingües beneficios, demostrando una vez más cuál es el contenido real que para ellos tienen los equívocamente llamados "intereses nacionales" que no es otro que el aumento de su riqueza privada.

Pero Turquía no es Indonesia para los patrones de la economía mundial. Rápidamente "Europa arropa a Turquía" (El País, 4.03.2001) para proteger sus inversiones y su estabilidad. No en vano es uno de los pasos obligados del petróleo y el gas de las repúblicas ex-soviéticas, de Irak e Irán y una de las bases decisivas de la OTAN para sus agresiones militares (como la guerra del Golfo de 1991 y posteriores ataques aéreos contra Irak) así como barrera de contención del fundamentalismo islámico, que en el propio país puede acabar rentabilizando la situación. En pocos días se libraron nuevos créditos multimillonarios para sostener la economía, que en diciembre de 2000 había recibido otros por valor de 11.500 millones de dólares. Pese a todo ese dinero, no está nada claro que el sistema financiero pueda evitar la quiebra.

Formalmente, a cambio de este dinero no se le exigen mayores sacrificios. Sin embargo, los trabajadores, los funcionarios de los niveles inferiores y los campesinos han sufrido automáticamente un drástico recorte de su magro nivel de vida, al haber subido los precios de productos básicos entre un 25 y un 35%, porcentajes que aún podrían dispararse más al depender Turquía en un 60% de las importaciones para cubrir sus necesidades de energía y ser imposible recortar drásticamente las importaciones (que ahora resultarán más caras) sin paralizar la economía del país. La carrera inflacionista está servida partiendo ya de un 55% en el año pasado.

La mayoría de los analistas reconocen que el gobierno "preferiría dejar sin comer a sus súbditos antes que dejar de pagar sus facturas externas" (El País, 1.03.2001). La mayor parte de sus 110.000 millones de dólares de deuda externa está denominada en moneda extranjera (el 70% de la comercial en manos del sector privado alemán), cuyo pago se encarecerá por la depreciación de la lira. Aunque el FMI no vaya a dejarle en la estacada, en palabras del magnate Mustafá Koç, una de las mayores fortunas del país, "sus compatriotas (65 millones) habrán de tragar una amarga medicina durante los dos próximos años" (El País, 26.02.2001).

Tançu Ciller, ex-primera ministra del derechista Partido de la "Recta Vía" (sic), dijo al Turkish Daily News (26.02.2001) que "esta situación es una abierta invitación al desorden público y al caos". O, lo que lo mismo desde su punto de vista, conducirá irremediablemente a movilizaciones en las mejores tradiciones de una clase obrera que, aunque joven, es muy numerosa y combativa debido al proceso de industrialización de las últimas dos décadas y de urbanización de la población (Estambul, 12 millones; Ankara metropolitana, 5 millones...).

Nominada en Niza candidata a incorporarse a la Unión Europea, la burguesía vende la ilusión de que el aumento de las exportaciones y del turismo facilitado por la devaluación de la lira permitirá sacar a medio plazo del atolladero, siempre y cuando se continúe la política ortodoxa de ajuste, privatizaciones y "liberalización" dictada por el Fondo Monetario Internacional.

De cuadrar este círculo va a ocuparse una remodelación del actual gobierno, formado por una alianza antinatura del Partido Democrático de Izquierda (socialdemócrata), el Partido de la Madre Patria (derechas) y el Partido del Movimiento Nacional (extrema derecha, heredero de los "lobos grises", escuadrones de la muerte en los años 70 y 80). No es de extrañar que el seguimiento de la política del FMI esté minando el apoyo entre los trabajadores turcos de una fuerza socialdemócrata a la que llevaron al gobierno para defender sus intereses y no para inclinarse ante los requerimientos de los potentados y aliarse con sus enemigos irreconciliables.

Al acecho están el Partido de la "Recta Vía" de Tançu Ciller (quien también se vio salpicada por escándalos de corrupción en su periodo de gobierno) y los islamistas del Partido de la Virtud, que podrían ser los grandes beneficiarios de la crisis política y la bancarrota del país. Ni siquiera es descartable, si fracasan los políticos tradicionales, una intervención de los generales para "salvar el país de la ruina" (no sería la primera vez) e imponer un gobierno de los militares que ponga en práctica con rudeza la política antiobrera que requiere la situación desde el punto de vista de la clase dominante y siga la represión de la minoría kurda.

Son pues muchas las razones que justifican la preocupación de la burguesía internacional y sus representantes locales. El país está entrando en un periodo convulso en el que las ideas socialistas podrán abrirse camino en las conciencias de los sectores más avanzados de las masas trabajadoras ante el marasmo en el que va a sumirles la crisis económica y política. Si hoy es un referente obligado del imperialismo, las luchas del futuro harán también de Turquía un referente obligado en la lucha internacional por la transformación socialista de la sociedad.