Manifiesto de Izquierda Unida de Aragón frente a la globalización

Globalización

Manifiesto de Izquierda Unida de Aragón frente a la globalización

Socialismo o globalización capitalista

'Designar con el nombre de fraternidad universal la explotación en su aspecto cosmopolita, es una idea que sólo podía nacer en el seno de la burguesía'.
Carlos Marx

Uno de los más populares apologistas del capitalismo, Francis Fukuyama –célebre por su teoría de 'el fin de la historia'–, alababa recientemente las virtudes de la globalización y señalaba que 'más adelante, la Organización Mundial del Comercio (OMC) puede convertirse no sólo en defensora de la libertad económica, sino de la libertad humana en general'. La burguesía siempre ha tratado de presentar sus conveniencias materiales disimuladas con los más altos fines morales, asegurando que todo cuánto hacen va en interés del conjunto de la humanidad. Desde la izquierda no podemos dejarnos deslumbrar por la euforia de los capitalistas, sino que hemos de llamar a las cosas por su nombre.

El mercado mundial

La globalización ha supuesto que el capitalismo forme un auténtico sistema mundial, sea el modo de producción imperante en la mayoría de áreas del mundo –aunque tenga distintos niveles de desarrollo–, en un grado muy superior al de la época en que Marx escribió El Capital. Nunca la burguesía había logrado forjarse 'un mundo a su imagen y semejanza' como en la actualidad.

Sin embargo, estamos ante una manifestación más desarrollada de un fenómeno que no es nuevo. El capitalismo, desde su nacimiento ha sido el artífice del mercado mundial. Del colonialismo a la globalización hay una gran distancia, pero un nexo de unión evidente. No tenemos más que recordar las palabras de Marx y Engels: 'la burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita… Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba a sí mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones'.

Lenin, en su obra El imperialismo fase superior del capitalismo, escrito en 1916, resumía así los rasgos definitorios del imperialismo: '1- la concentración de la producción y del capital llegada hasta un grado tan elevado de desarrollo, que ha creado los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2- la fusión del capital bancario con el industrial y la creación, sobre la base de este ‘capital financiero’ de la oligarquía financiera; 3- la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particularmente grande; 4- la formación de asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo, y 5- la terminación del reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes'. Como vemos a pesar de los importantes cambios que se han producido, existe una conexión clara entre el imperialismo y la globalización.

La concentración de capital y desigualdad

La participación de las 200 empresas globales en el Producto Bruto Mundial pasó del 24% en 1982 a más del 30% en 1995, llegando al 33% en 1997. Desde entonces el proceso de fusiones se ha acentuado con la crisis de los dragones asiáticos, pero si consideramos la totalidad del sistemas de empresas transnacionales, unas 35.000, estas suponen el 65% de la producción bruta mundial. Las 500 primeras de éstas suman el 45% de la producción bruta mundial. Semejante proceso no hace sino confirmar el análisis de Marx que previó esta tendencia hace un siglo y medio. De esta forma, el capital ha ahondado el abismo entre las clases, ahogando en la miseria a la mayor parte de la Humanidad. Según el propio Banco Mundial, el 57% de la población del planeta sólo tiene un 6% de la renta disponible, lo que supone que la mayoría de los seres humanos tienen que vivir con menos de dos dólares –348 pesetas– diarias. En el otro lado de la balanza están las 200 personas más ricas del mundo, cuyos activos superan el ingreso del 41% más pobre de los habitantes del planeta.

Las diferencias entre los países han alcanzado proporciones inauditas. En el informe del Programa de naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) se señala que la distancia entre el país más rico y el más pobre era de 3 a 1 en 1820, de 11 a 1 en 1913, de 35 a 1 en 1950, de 44 a 1 en 1973 y de 72 a 1 en 1992. La tendencia creciente de esa desigualdad es clarísima. El historiador económico David Landes, indica que la proporción entre la nación industrializada más rica, Suiza, y la del país no industrializado más pobre, Mozambique, es de 400 a 1, cuando hace 250 años esa relación entre la nación más rica y la más pobre era de 5 a 1. Además no podemos olvidar, que en los países pobres también están divididos en clases y que hay en su seno las mayores desigualdades sociales.

Las diferencias entre las clases también crecen en los países más desarrollados. Joaquín Estefanía, en su libro Aquí no puede ocurrir, afirma que 'la desigualdad [en los ingresos de los hogares] aumentó en la mayoría de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) en el decenio de los ochenta y comienzos de los noventa'. Norteamérica, paradigma de la nueva economía, registra en la última parte del siglo XX la mayor diferencia entre ricos y pobres de todos los países de la OCDE.

Aumento de la explotación de los trabajadores

La función del capital es generar más plusvalía, es decir, apropiarse de una proporción cada vez mayor de la riqueza generada por el trabajo humano. Nada se mueve bajo el capital si antes no genera un beneficio, en una tasa determinada, a los dueños de los medios de producción. Si algo caracteriza a la globalización es una explotación más intensa de los trabajadores en todo el planeta, con el fin de acrecentar esa tasa de ganancia. Por eso crecen las desigualdades –como indicamos anteriormente– es el funcionamiento normal del capital, cuya función sigue siendo la de explotar el trabajo asalariado.

En la sociedad capitalista, la fuerza de trabajo es una mercancía más. Gracias a las nuevas tecnologías –ordenadores, medios de comunicación y de transporte–, que permiten que hasta distintos componentes de un mismo producto puedan fabricarse en cualquier país del planeta, –aquel que tenga la mano de obra adecuada y más barata–, se ha creado un mercado de trabajo realmente mundial, aumentando la oferta de mano de obra disponible y empujando a la baja el precio de la fuerza de trabajo en todo el mundo. De hecho, hoy es común justificar los recortes de sueldos y derechos sociales en aras de la sacrosanta competitividad económica.

Además, las nuevas técnologías, en manos de los capitalistas, se han revelado un arma contra los trabajadores, pues es otra forma de aumentar la oferta de mano obra reduciendo la demanda o simplificando los trabajos para que estén al alcance de más trabajadores.

La explotación de los trabajadores es tan intensa que en Estados Unidos hay 12 millones de trabajadores que viven en la pobreza a pesar de contar con un empleo. Y ese es el modelo que se nos pretende imponer.

El capitalismo es el problema

Los apologistas del capitalismo y la globalización consideran mérito del sistema el desarrollo de las fuerzas productivas. En realidad, sería más exacto decir que el capitalismo se adueña de los conocimientos científicos, los progresos técnicos, de unos medios productivos cada vez más eficaces, para utilizarlos en beneficio propio. Es el propio capital el principal obstáculo para que hoy en día se desarrolle mucho más, y en beneficio de todos, el potencial de nuestra sociedad y sus medios de producción. En el momento presente hay suficientes recursos para garantizar, de forma respetuosa con el medio ambiente, una existencia digna y cómoda para toda la Humanidad.

El papel socialmente parasitario del capital lo podemos ver en el ejemplo de las multinacionales farmacéuticas que sólo investigan para atender enfermedades 'rentables' o en el mero hecho de que con una pequeña parte de los recursos empleados en la producción armamentística se podría alimentar a la población mundial.

Las grandes fortunasDe cómo se desperdicia el potencial real de nuestra sociedad no hay mejor testimonio que ver la cantidad de seres humanos, –la mayoría de la población mundial–, cuyas capacidades intelectuales y físicas languidecen porque carecen de medios para desarrollarlas y emplearlas, al tiempo que un importante porcentaje de la capacidad productiva permanece ociosa porque usarla no es rentable para sus propietarios.

En realidad, ese exceso de capacidad productiva –lo que en época de Marx hubiese sido sobreproducción, pues entonces no había la capacidad de prever las ventas que existe en la actualidad– refleja que, desde un punto de vista capitalista, ya hay demasiadas fuerzas productivas, demasiados recursos, para ser utilizados con rentabilidad por el capital. La Humanidad necesitaría mucho más y mejor; sin embargo, el capital sólo produce si la ganancia es adecuada. No hay ejemplo más sangrante de la sobreproducción y de la anarquía provocada por la propiedad privada, que el excedente de producción agrícola, que lleva a la destrucción de toneladas de alimentos para mantener los precios, mientras millones de personas sufren desnutrición o fallecen de hambre.

Esa sobreproducción de capital es la garantía de futuras crisis económicas, que supondrán la corrección 'natural' de ese exceso de medios 'poco rentables' a través del despido de millones de trabajadores, la ruina de pequeñas empresas… En las crisis de los dragones asiáticos ya hemos tenido un anticipo de lo que van a ser esas crisis, agravadas por el lastre de la burbuja especulativa.

La burguesía explota más concienzudamente sus mercados, ha diversificado la producción como nunca, obtiene más plusvalía —absoluta y relativa—, ha convertido en negocio sectores que antes estaban en manos públicas —sanidad, educación, pensiones empresas públicas…—, hasta domina los ahorros del resto de la sociedad —fondos de inversiones, de pensiones, depósitos…—, ha creado nuevos sectores y abierto nuevos mercados… para conducirnos al final a nuevas crisis. El evidente absurdo de que la mayoría de la población mundial sufra carencias de todo tipo cuando existen más recursos materiales que nunca para atenderlos pone de relieve que las fuerzas productivas están atrapadas en el corsé de las relaciones de propiedad capitalistas.

Una alternativa socialista

El problema actualmente, como en la época de Marx, es la contradicción creciente entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación de esa producción. La economía es el resultado de una labor social de cientos de millones de trabajadores a escala internacional. Sin embargo, es un reducido grupo de grandes propietarios quienes deciden qué se hace con esas fuerzas productivas, quienes gobiernan la política de los Estados, y deciden el destino de millones de personas.

Es común oír hablar de la necesidad de una distribución más justa de la riqueza que se genera, lo plantean desde muchos sectores de la sociedad –incluida una parte de la burguesía– que ven con temor las consecuencias sociales de una desigualdad creciente. Sin embargo, hay que darse cuenta de que si el reparto de la riqueza es desigual es porque la propiedad de los medios para producirla también es desigual. No se puede separar cómo se produce de cómo se distribuye, y Marx insistió en que si queremos cambiar en lo esencial un sistema injusto de distribución de la riqueza deberemos cambiar necesariamente las relaciones de propiedad que existen en la sociedad. Mientras las fuerzas productivas estén en manos de una élite de grandes propietarios, los frutos de su funcionamiento se distribuirán en función de sus intereses, nunca de otra manera.

Sin duda, hemos de luchar contra cada consecuencia negativa concreta de la globalización capitalista: la pobreza, las privatizaciones, la especulación, la explotación laboral… Pero hemos de tener una alternativa global. Todos estaremos de acuerdo en que hay que reivindicar la condonación de la deuda externa de los países del Tercer Mundo, lograrla sería un éxito indiscutible, pero, si se mantiene el capitalismo es inevitable que ésta vuelva a generarse en los años siguientes. Se trata de luchar por cada cuestión concreta –de la misma forma que en un convenio tratamos de lograr el acuerdo más ventajoso para los trabajadores–, pero explicando que el objetivo de estas luchas no es 'mejorar' el capitalismo, porque eso no es posible, sino que es necesario transformarlo pues él es la raíz de los problemas de la clase obrera.

Todos los recursos técnicos que hoy utiliza el capital en su beneficio, que le permiten especular en bolsa con información en tiempo real de infinidad de variables económicas, los ordenadores, internet… son la base material que haría posible una planificación democrática de las fuerzas productivas, una participación real de todo la población en la vida económica y política gracias a la drástica reducción del tiempo de trabajo. La condición para ello es la abolición de la propiedad privada de las fuerzas productivas.

Si algo debemos destacar de la actual globalización económica del capital es que también está generando la clase que capaz de hacerle frente, pues la clase obrera contemporánea es la más numerosa de la Historia. Nunca la sociedad había estado tan claramente dividida entre asalariados y capitalistas.

No hace mucho el presidente alemán, el socialdemócrata Gerhard Schröder expresaba su sueño de 'convertir Alemania en un país de accionistas tan involucrados en el capital productivo de sus empresas que dejen de verse a si mismos como obreros y se sientan casi propietarios'. Como podemos ver, hoy es otro lugar común considerar poco menos que muerta la lucha de clases. Sin embargo, desde la izquierda debemos tener claro que ésta sigue siendo el motor de la Historia, que el antagonismo entre los trabajadores y el capital hunde sus raíces en las relaciones de propiedad, y que las desigualdades crecientes sólo auguran grandes conflictos entre ellas en los años venideros, a pesar de los deseos de personajes como Schröder. Será su experiencia y la labor de la izquierda la que logrará que vaya haciéndose consciente de sus intereses de clase. Por todo ello, frente a la globalización capitalista hay que levantar la alternativa del socialismo a escala internacional, –defendiendo la socialización de los medios de producción y la planificación democrática de la economía–, una propuesta capaz de unir a los trabajadores por encima de las fronteras en un momento en que es más necesaria que nunca una respuesta al capitalismo global.