La inmigración y el papel de la izquierda - Asaltando las fronteras

Inmigración

La inmigración y el papel de la izquierda

Asaltando las fronteras

Irene Tuset
Madrid

Vienen en pateras, en avión o a pie cruzando los Pirineos, pero vienen. Apenas algo de dinero para salir del paso un par de días; sus monedas poco valen aquí. Llegan con la conciencia de clandestinos porque no ignoran la naturaleza de su destino. Saben que no les va a resultar nada fácil pasar las duras pruebas que les imponemos. Aprenden rápido y encuentran un rincón tranquilo donde convertirse en las sombras de quienes les ignoran. Pero cada vez son más y la calle es su hogar. Así que las ciudades se convierten en espectros multicolores de razas, acentos, olores y sabores. Rumanos, marroquíes, ecuatorianos, colombianos, cubanos, chinos, búlgaros, polacos, sirios, subsaharianos, peruanos... poco importa de dónde vengan. Son los inmigrantes.

La historia nos cuenta que los movimientos migratorios existen desde que el mundo es mundo. No sólo las oscuras golondrinas buscan lugares más cálidos y fértiles para pasar el invierno. Pero los inviernos humanos son de tan diferente y variopinta índole que no es fácil seguirles la pista: guerras, sequías, terremotos, revoluciones, dictaduras, hambre... En resumen, el anhelo de una vida mejor.

No podemos por tanto estimar su periodicidad y alcance sin un concienzudo análisis del desarrollo socioeconómico y político del ser humano. Es absurdo pretender canalizar y controlar los flujos migratorios eludiendo los desastres 'climáticos' que nosotros mismos hemos provocado. Es hora de desnudar al sistema.

Nos situamos en la época de esplendor del liberalismo económico. Su máxima: libre circulación de capital y mercancías. Su lógica: máximo beneficio al mínimo coste. Su expresión: la globalización. Su Dios: el mercado. Su sangre: los trabajadores. Pinceladas de un cuadro esperpéntico que se ahoga en sus propias contradicciones. Pero... ¿Qué papel juega la inmigración en todo esto? ¿Porqué este imparable éxodo de personas que se juegan la vida para llegar a nuestras costas?

Desde los tiempos del colonialismo, Europa, entre otros, ha explotado la riqueza de los países que ahora llamamos Tercer Mundo esquilmando sus recursos y alterando sus propias formas de organización socioeconómica. Tras las guerras de independencia, practicó el Neocolonialismo: impuso sus condiciones de intercambios comerciales fijando los precios de compra-venta, introdujo sus productos en los mercados de estos países creándoles nuevas necesidades, dirigió su evolución económica mediante el FMI según sus intereses y mediante el eterno chantaje de la deuda externa, implantó sus fábricas dentro de sus fronteras pagando una miseria a los trabajadores y acumulando la suculenta plusvalía que les reportaban… y todo con el beneplácito de su burguesía y su clase política dirigente que se beneficia de esta situación tanto como la burguesía europea. Las consecuencias son esos escalofriantes índices de miseria que todos conocemos.

Fuerza de trabajo en venta

Pero es demasiado simplista reducirlo todo al continuo abuso de 'los países ricos sobre los pobres', del primer mundo sobre el tercer mundo; si así fuera, con dejar de atropellarles bastaría para tener un mundo feliz. Si así fuera no habría miseria, paro y explotación en los países desarrollados. No es una cuestión de malos y buenos. El problema está en la base del sistema capitalista y su omnipresente ley de mercado. Nadie ni nada escapa de su campo de fuerzas. Tampoco los trabajadores que, sometidos al mercado laboral, han de funcionar según su lógica, si es que esta forma de pensamiento merece ese nombre. La fuerza de trabajo lleva ya tiempo vendiéndose como si de melones se tratase. Si la cosecha es buena el precio baja. Es la ley de la oferta y la demanda. Lo material no tiene un valor en sí mismo, sino aquel que dicten las leyes económicas establecidas. Si se necesitan trabajadores mal pagados en las fábricas de las ciudades, habrá que empobrecer el campo para que los campesinos emigren a los centros urbanos. Allí no tendrán más remedio que elegir entre el paro y un ridículo salario con unas pésimas condiciones de vida. Entonces, la cosecha será buena y abundante. El ser humano tiene por tanto el valor que el mercado impone. Para el capitalismo esto es 'perfectamente lógico'. ¿Qué valor tenía un trabajador extremeño en Cataluña o Alemania? ¿Qué valor tiene ahora un temporero marroquí en Murcia?

Hay que pararse a analizar cuáles son los factores que provocan la suficiente necesidad e indefensión de los trabajadores como para que la cosecha sea aceptable para los capitostes del sistema: pobreza, desunión, desesperanza, resignación… todos presentes, en mayor o menor grado, en nuestro entorno tanto nacional como internacional. Son los éxitos del capitalismo. ¿Cómo lo hacen? Las técnicas, lejos de ser sutiles en la mayoría de los casos, están tan arraigadas en nuestra sociedad que no se suelen reconocer como tales. Por ejemplo los sentimientos nacionalistas o el racismo. La burguesía los maneja con admirable destreza según sus intereses en cada momento. El objetivo siempre es el mismo: confrontar a los trabajadores. Para poder sobre-explotar a un sector sin que el resto tema que les pueda ocurrir lo mismo, es necesario que los consideren distintos por alguna razón. El machismo, el racismo y la xenofobia son fruto de esta necesidad. ¿Por qué los hombres permitían y permiten que las mujeres trabajen en peores condiciones? Porque las consideraban inferiores y porque esa explotación no amenazaba su situación laboral. Ellos no eran mujeres. Igualmente los alemanes no eran españoles en Alemania, los vascos no eran 'maquetos' en el País Vasco y los catalanes no eran 'charnegos' en Cataluña. Y mientras tanto las luchas sindicales reivindicaban mejoras laborales de la mayoría sin darse cuenta de que defender a esos grupos de trabajadores sobre-explotados era luchar por sus propios intereses. Si el precio de los melones de Villaconejos de arriba cae, los de Villaconejos de abajo también tendrán que bajar o nadie los comprará. Parece mentira que tras tantos años de capitalismo las organizaciones de masas y los sindicatos no hayan sido capaces de entender su mecánica.

Para crear la atmósfera necesaria para provocar estos sentimientos, una opinión pública favorable a sus intereses, la burguesía cuenta con amplios recursos: medios de comunicación, cine, literatura… y sobre todo el conocimiento de los resortes humanos. El sentimiento de superioridad no es difícil de alimentar, pero hay que saber darle justificaciones a la conciencia. Aquí sí hay que reconocerles una cierta sagacidad. Nos envían un doble mensaje de solidaridad y miedo, de integración y explotación: 'Dejad que las mujeres trabajen, pero no les deis demasiadas responsabilidades', 'Trata bien a los inmigrantes pero cuidado con ellos que son todos unos delincuentes', 'Favorece su integración pero págales menos; total en sus países estaban peor'. Pero su mayor poder reside en la legislación que permite y oficializa las situaciones de abuso y explotación.

La historia se repite

Hoy España es un país importador de mano de obra. Durante el siglo XX cerca de tres millones de españoles emigraron huyendo del hambre de la posguerra o del franquismo, pero nadie parece acordarse. Todavía quedan dos millones viviendo en el extranjero, más que los inmigrantes que hemos acogido en nuestras fronteras, y sin embargo la sensación de que estamos siendo invadidos está más que extendida en nuestro territorio. Nuestros vecinos europeos empezaron a tener este sentimiento hace ya unos años, tras la II Guerra Mundial, cuando millones de africanos, españoles, portugueses, italianos y asiáticos fueron reclutados para reconstruir una Europa en ruinas: líneas ferroviarias, metros, fábricas… No se planificó ni se tuvo en cuenta que todas esas personas tenían necesidades como vivienda, educación o sanidad. Todo ello creó serios conflictos sociales que potenciaron la xenofobia. Se formaron guetos y se multiplicaron los males que suelen acompañar a la miseria. Se culpó a los trabajadores igual que hoy se culpa a los inmigrantes del índice de delincuencia que hay en ciertos barrios de Madrid. ¿Quiénes son los verdaderos responsables?

El Gobierno español acaba de reformar la polémica Ley de Extranjería. No es que la anterior fuese una maravilla pero claramente ha empeorado las condiciones de los trabajadores extranjeros en nuestro país. El despliegue mediático ha sido imponente. Durante meses nos han saturado con noticias relativas a la Ley, las oleadas de irregulares que llegaban en pateras, los problemas que han surgido como consecuencia y, sobre todo, la clara determinación del Gobierno de 'poner orden en este inmenso caos'. Mayor Oreja balbuceaba 'soluciones' para desdecirse una y otra vez mientras, como acostumbraba a hacer, trataba de controlar policialmente el fenómeno. Al mismo tiempo el señor Aznar presume de tener la Ley más abierta de toda Europa, cosa, que además de ser falsa, no garantiza en absoluto que sea una ley justa. De hecho ninguna ley que diferencie los derechos de un trabajador según su origen puede ser justa. Su verdadero objetivo es crear una brecha entre los trabajadores nacionales y no nacionales. Pero eso no les parece suficiente, y fomentan la división entre los propios inmigrantes, separándolos en documentados (aquellos a los que se puede explotar legalmente) e indocumentados (a los que explota pero no existen). Por otro lado, se guardan legalmente las espaldas para poder expulsar a los inmigrantes cuando ya no les hagan falta. En tiempos de crisis no son necesarios tantos trabajadores.

Para apaciguar las conciencias, resuenan palabras como 'planes de cooperación', solidaridad, lucha contra el racismo y la xenofobia… Mejor debieran decir lucha contra el clasismo, porque a los jeques árabes nadie les tuerce el gesto. Además el 40% de los inmigrantes que residen en España proceden del primer mundo y no tienen ningún problema. En cuanto a la cooperación, mucha tendría que ser. Tanta como para poder llenar un saco sin fondo. Tanta que no creo que quepa dentro del marco capitalista.

La actitud española ante la inmigración no se diferencia en nada de la del resto de Europa o la de Estados Unidos. Los intereses de la burguesía no dependen de las nacionalidades y menos en la era de la globalización. El capital circula sin control por todo el planeta a través de un cable y con él se van puestos de trabajo, medios de producción, mercancías… y sin embargo los trabajadores se quedan donde están. No les hace falta pagar su traslado porque vienen solos, juntando milagrosamente el dinero suficiente para que algún mafioso les consiga introducir en nuestros países. Pero este método aparentemente tan beneficioso tiene sus riesgos. La situación de pobreza extrema y la falta de perspectivas de futuro hace que millones de personas busquen desesperadamente una vía para sobrevivir y la puerta se ha abierto.

La izquierda desorientada

Hay que tener en cuenta que la situación actual es distinta a la de los años sesenta y setenta. En aquella época se estaban produciendo grandes transformaciones políticas en el tercer mundo, se luchaba en guerrillas, los países del Este tenían otro sistema económico... existía la esperanza de un futuro distinto para muchos de estos países. Pero ahora sólo ven una salida. Nadie hace sombra al sistema capitalista, nadie lo pone en duda. Los inmigrantes se aglutinan en las fronteras esperando su oportunidad y por muy altos que sean los muros de nuestra Europa-fortaleza, seguirán saltándolos aunque algunos se dejen la vida en el intento y otros vuelvan esposados a sus países. La inmigración incontrolada no es un problema como una plaga de langostas o unas inundaciones, es una consecuencia lógica de nuestro modus operandi. La burguesía, de momento, trata de sacar el máximo provecho de la situación (todavía no son demasiados) pero ya empiezan a asustarse. Ni la derecha ni la izquierda sabe qué hacer ni qué postura adoptar. Todos temen una avalancha humana. Todos recurren a la vía policial. Se legisla y relegisla, se satura la opinión pública mediante el exceso de información dirigida y se crea el ambiente de confusión necesario para no levantar ampollas cuando se tengan que tomar medidas. Acabarán poniendo en el estrecho alambradas como las que separan Méjico de EEUU y se creará una policía europea para intentar frenar los flujos migratorios.

El papel de la izquierda en este campo está resultando claramente insuficiente. No estamos siendo capaces de atacar el centro de la cuestión y desmontar el discurso de la burguesía. Nos limitamos a reivindicar condiciones y derechos fundamentados en la solidaridad y no en la unidad de intereses. Los sindicatos deberían ser capaces de recoger las reivindicaciones de los inmigrantes y aunarlas a las de todos los trabajadores sin hacer distinciones y animándoles a entrar en sus filas. Deberían también ser la voz que denunciase a los responsables de esta situación desenmascarando al sistema. Pero la izquierda está en crisis profunda y sus carencias ideológicas les dejan desarmados ante la diabólica lógica capitalista. Están tan cerca que ni siquiera la ven.

La inmigración, como la imparable destrucción del planeta por sobre-explotación, es uno de los puntos débiles del sistema ya que nos hace bien visibles sus consecuencias; no sólo en los documentales y las estadísticas, sino en nuestras calles y hogares. Una buena excusa para abrir los ojos ante la realidad. Ya va siendo hora de abandonar esa resignación generalizada ante el orden mundial. Tenemos que ser capaces de entender que en este sistema todos somos inmigrantes y de poco nos sirve ser legales o estar documentados porque las reglas y las leyes que ellos dictan no defienden nuestros intereses. Tenemos que darnos cuenta de que luchar por sus condiciones es luchar por las nuestras y que ahí radica la verdadera integración.

Queda mucho camino por andar y a mí, personalmente, se me hace mucho más llevadero escuchando la música de los tambores africanos o de las guitarras ecuatorianas, y degustando esos maravillosos pastelitos árabes que venden a la vuelta de la esquina.

Las oscuras golondrinas seguirán buscando su primavera y nosotros… ¿seguiremos cerrando nuestras ventanas?