Oriente Próximo/La segunda Intifada cumple seis meses

Internacional

Oriente Próximo/La segunda Intifada cumple seis meses

Ni paz ni territorios

Domingo Echevarría
Pamplona

La brutalidad con la que están empleándose el ejército y la policía israelí contra la revuelta de las masas palestinas de Gaza y Cisjordania parece no tener límites. A los sangrientos métodos represivos en los que tan duchos son, están incorporando las nuevas tecnologías (teléfonos móviles — bomba; misiles dirigidos con láser; tiros de precisión incluso desde helicópteros...). Desde su inicio el 28 de setiembre hasta el 10 de mayo, ha provocado 426 muertes entre los palestinos sobre un total de 516 fallecidos, así como 12.000 heridos.

Este último tipo de acciones presuntamente 'quirúrgicas' e 'inteligentes' y el rosario de víctimas entre los jóvenes (e incluso bebés) son los que galvanizan la atención de los medios de comunicación masivos. Por el contrario, en contadas ocasiones salen de la letra pequeña las penurias y miserias añadidas a las endémicas que padecen y en las que han de sobrevivir debido al bloqueo físico, económico y militar decretado por Tel Aviv.

En realidad, estos seis meses han puesto en evidencia el fracaso de los acuerdos de Oslo (1993). Diez años después de la Conferencia de Madrid (1991), el trueque de 'paz para los israelíes a cambio de territorios para los palestinos' ha acabado en un fiasco. Ni hay paz ni se ha entregado un territorio viable para los palestinos. Todo lo contrario: las convulsiones que sacuden esa zona de Oriente Medio parecen abocadas a recrudecerse y terminar afectando a otros países de la zona.

¿POR QUÉ RESURGE LA INTIFADA?

Es un lugar común atribuirlo a la provocación que supuso la irrupción, rodeado de policías, del hoy primer ministro Ariel Sharon y entonces uno de los líderes del partido ultraderechista Likud en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén el pasado 28 de setiembre.

Sin embargo, esa actuación muy en la línea de un militar sionista que cuenta con un historial personal inacabado de matanzas de civiles árabes desde 1953 (poblado de Quibya, Jordania) hasta las carnicerías contra los campos de refugiados en Chabra y Chatilla (sur del Líbano) en 1982, fue tan sólo el catalizador que sacó a relucir la frustración y la desesperación de una población palestina cuyas condiciones de vida y trabajo no hacen sino deteriorarse en medio de la palabrería entorno a un presunto 'proceso de paz' del que están hartas. Y no les faltan motivos.

Según Le Monde Diplomatique (mensual francés, 08.03.2001), 'contrariamente a los compromisos adquiridos por el Estado judío, la Autoridad Nacional Palestina (en adelante, ANP) controla con plena soberanía menos del 20% de los territorios ocupados en 1967, subiendo la proporción hasta un 42% si se añaden las zonas de soberanía compartida con Israel. Sin embargo, cada uno de esos islotes está separado de los otros por las carreteras de circunvalación que protegen los asentamientos judíos'. Es más, desde los Acuerdos de Oslo, la población de los asentamientos judíos en Cisjordania y Gaza, tan reales como ilegales, casi se ha duplicado (de 115.000 en 1993 a 200.000 en 2000), creciendo también el número de pisos y casas en un 52%. Estas cifras no incluyen los 180.000 colonos de Jerusalén oriental.

En una entrevista con el diario Le Figaro (diario francés de derechas, 21.04.2001), Sharon dejó claro que no tiene la menor intención de desmantelar ni uno de sólo de los asentamientos, ni el más remoto, porque todos son vitales para Israel: 'No es por casualidad que las colonias se encuentren donde están. Hace falta conservar la zona de seguridad occidental (en Cisjordania), la zona de seguridad oriental, las carreteras que unen los dos Jerusalén y, por supuesto, la capa freática de donde viene un tercio de nuestra agua'. Dentro de esta lógica, el Gobierno de Unidad Nacional acaba de anunciar nuevas inversiones extraordinarias de 400 millones dólares para potenciarlos (El País, 07.05.2001).

Aun antes de la Intifada, el territorio controlado por la ANP no tenía viabilidad alguna. ¿Cómo la iba a tener divido en cantones aislados unos de otros, con las colonias de judíos ultraortodoxos esparcidas por doquier, con una dependencia económica absoluta de Israel? Ahora, con la Intifada, las carencias de infraestructuras, viviendas, agua potable… se han agravado más debido al cierre de fronteras.

Abdoul Malik Al Jaber (director de Piedco, zona industrial de empresas y desarrollo palestina situada en Karni), en entrevista con el diario francés Le Monde (09.05.2001), calculaba que 'el estrangulamiento económico ha generado unas pérdidas de 3.500 millones de dólares desde octubre de 2000. La tasa de 11% de paro en Palestina se ha disparado hasta un 50% en Gaza y un 35% en Cisjordania. Y seguirá creciendo mientras se retiren los permisos de trabajo en Israel. Mas de un millón de palestinos, un tercio de la población, viven bajo el umbral de la pobreza'. Llamativamente el perjuicio para Israel es mucho menor: como Palestina es su segundo mercado de exportación tras los Estados Unidos, el 90% de las mismas (salvo los productos básicos cuyo flujo se recorta por razones militares) se mantienen incluso cuando hay cierre total de fronteras mientras que las palestinas hacia Israel se reducen al mínimo.

Por si fuera poco, en una sistemática política de tierra quemada, 450 viviendas palestinas han sido demolidas con tanques, misiles o bulldozers; han destruido sus campos y se han arrancado más de 44.000 árboles; el ejército israelí ha cavado profundas trincheras y levantado barricadas de tierra que cortan carreteras y caminos impidiendo el movimiento de bienes y de la propia población en territorio formalmente dependiente de la ANP.

EL GOBIERNO DE UNIDAD NACIONAL

En marzo pasado, con una tasa de participación del 62% en un país acostumbrado a tenerla entorno al 80%, el Likud de Sharon obtuvo el 62,5% de los votos. En un primer momento su propuesta de incluir en el Gobierno al Partido Laborista, sumido en una profunda crisis tras su derrota electoral, parecía estar condenada al fracaso. Finalmente, sin embargo, no sólo tuvo éxito sino que acabó incluyendo en el macrogabinete (26 ministros y 12 viceministros) a todos los partidos excepto a los árabes, el laico de izquierdas Meretz, el Partido nacional religioso y el movimiento judío oriental Gesher.

Se trata de un intento de buscar, en aras a mejor defenderse de lo que llaman 'terrorismo árabe', una cohesión nacional que se encuentra muy tocada por las reivindicaciones obreras, los enfrentamientos entre laicos y religiosos ó la marginación de los inmigrantes procedentes de la ex-Unión Soviética. Sea cual sea su disfraz, no es sino una alianza contra natura en la que los laboristas, por primera vez, aceptan colaborar en el Gobierno con una extrema derecha que cuenta con dirigentes como el general Zeevi que propone 'desplazar a los palestinos' ó M. Avigdor Lieberman que ha amenazado recientemente con bombardear Teherán (Irán) y la presa de Asuán (Egipto).

El fracaso del anterior Gobierno laborista de Ehud Barak radica en que, habiendo prometido paz y negociación, ha aplicado una política aún más represiva que antes (no sólo en Gaza y Cisjordania) y las 'concesiones' a los palestinos han sido una farsa: ridículas para estos y excesivas para los reaccionarios ultraortodoxos. La proliferación de asentamientos 'se ha producido por igual medida bajo los gobiernos laboristas y del Likud, lo que corrige la impresión equivocada que se tiene en Occidente (¿?), donde muchas veces se establecen diferencias inexistentes entre ellos' (Diario de Navarra, 03.05.2001).

Es más, Barak toleró la provocación de Sharon y hasta marzo fue responsable de la represión de la Intifada. Por eso, rota la 'paz', gran parte de la población israelí dio por desacreditada la negociación y abrió paso a Sharon. Pese a todo, alrededor del 60% de la población desean una paz que, aunque muchos hayan votado a Sharon, saben que no vendrá de su mano y un 55% aceptarían la congelación de la construcción de nuevos asentamientos si sirviera para alcanzar la paz con los palestinos.

La apuesta de Simon Peres y la mayoría del Partido Laborista por integrarse en el Gobierno ha profundizado su crisis, surgiendo disidentes incluso en su dirección (entre ellos el ex- ministro de Justicia Yosi Beilin) que barajan crear una gran plataforma contra el Gobierno Sharon-Peres que contaría con ellos, el Merets, otros partidos menores y distintos intelectuales y personajes públicos. Su objetivo sería retomar las negociaciones con la ANP.

De empantanarse la situación, como parece probable, podrían recibir el apoyo de amplios sectores sociales deseosos de darle una salida al conflicto que la vía militar nunca conseguirá. Es todo un síntoma que incluso en algunos medios de comunicación israelíes (diario Maariv) se haya empezado a criticar la guerra sucia y hasta el Gobierno haya anunciado una 'investigación', que a nada conducirá, del asesinato de 5 policías de la ANP el 'Día de la Tierra' (protesta palestina en conmemoración del establecimiento del Estado judío).

ARAFAT CONTRA LAS CUERDAS

La Intifada está poniendo también de relieve la pérdida de autoridad del un tiempo intocable Arafat y la escasa credibilidad de la ANP entre las masas palestinas. No fue la Organización para la Liberación de Palestina (en adelante, OLP) quien instigó la Intifada, sino que se trata, de nuevo, de un movimiento espontáneo de frustración desde abajo. Todo lo contrario. Su dirección trató de frenarla porque era contraproducente y perturbaba las interminables negociaciones con Barak y Cía auspiciadas por Washington. ¡Han hecho falta ocho meses de Intifada para que Arafat la respaldara verbalmente el 'Día de la Tierra' (15 de mayo)! Pero sus hechos no acompañan sus palabras.

La ANP no puede contener como en el pasado la rebelión de las masas y se encuentra con que, incluso entre sus propias filas, surgen partidarios de ampliarla y radicalizarla como el grupo Fatah (mayoritario en la OLP). Los fundamentalismos islámicos (Hamás, Yihad Islámica, los restos de Hezbolah en el Sur del Líbano y la Hezbolah palestina) cuentan con un creciente apoyo ante el descrédito de la ANP, que en un momento dado podría derrumbarse.

El nivel de corrupción y nepotismo en la ANP, de público conocimiento, es de órdago. Entre los más recientes escándalos está el de Jeweid Al Ghusein, todopoderoso banquero de la OLP, a quien se ha acusado de apropiarse de más de 6 millones de dólares de la organización. Viejo amigo de Arafat, se encuentra ahora detenido en Gaza bajo su tutela personal. Mientras la población malvive, los prebostes de la ANP viven a todo tren y se sirven del aparato policial para proteger sus privilegios, de tal forma que los derechos democráticos tienen una existencia meramente formal para la gran mayoría.

Para el imperialismo occidental la actual situación es motivo de gran preocupación. De continuar el descrédito de la ANP, el precario control que aún sigue ejerciendo saltaría en pedazos y podía surgir una dirección más radical. Por eso Estados Unidos y la Unión Europea están tratando de forzar una vuelta a las negociaciones de paz, con escaso éxito por ahora. Si se retomaran, como ansía Arafat para quien la Intifada no es sino un elemento de presión con el que tiene que convivir aunque no le gusta, cualquier componenda que alcanzaran, forzosamente frágil e inestable, estaría también abocada a un incierto futuro.

UN QUEBRADERO DE CABEZA

Tanto a los dirigentes 'democráticos' occidentales como a los autarcas árabes de la zona les son indiferentes los sufrimientos de las masas palestinas o su derecho a la autodeterminación. Lo único que les mueve es la defensa de sus intereses. A Estados Unidos, sus posiciones económicas y geoestratégicas ligadas al control del petróleo y al aislamiento de Irán y, en mayor medida, de Irak.

A los gobiernos árabes de la zona, que la simpatía por los palestinos y el resentimiento contra Estados Unidos no acabe por transformarse en movimientos de protesta en sus Estados a los que rápidamente se incorporarían demandas de mejores condiciones de vida y de libertades democráticas, hoy inexistentes. Su simpatía en palabras por los palestinos contrasta con sus hechos: el recién llegado monarca jordano Abdalá II, en la senda de su padre Hussein II e íntimo amigo como él del rey de España, ordenó la brutal represión de manifestaciones propalestinas en su país, que se saldaron con varios muertos y heridos.

El miedo de las potencias occidentales y sus satélites en la zona está bien fundado. El riesgo de una escalada del conflicto y su extensión está implícito en la situación, por mucho que todos ellos rechacen la posibilidad de una nueva guerra. El material explosivo no sólo está en Palestina, sino también en sus propios Estados y sus conflictos sociales irresueltos. De no alcanzarse un estadio bélico, lo que sí es seguro es que, sin estabilidad en Palestina, será imposible que la haya en la zona, lo que son malas noticias para el imperialismo.

El experimento de crear un miniEstado palestino, dependiente económicamente de Israel y bajo su permanente vigilancia militar, está demostrando su inviabilidad. Por su parte, la clase obrera israelí está sufriendo ataques contra sus derechos en los últimos años que su Gobierno oculta tras la persistencia del conflicto con los palestinos. Esperemos acaben abriéndose paso de nuevo las posiciones socialistas que abogan porque los intereses de los trabajadores y campesinos palestinos e israelíes son comunes y que su convivencia es posible, siempre y cuando se produzca en un marco de Federación Socialista voluntaria y democrática en la zona que respete los derechos nacionales y se sirva de la riqueza existente para garantizar una vida digna a la mayoría de la población.

Frente a quienes digan que una alternativa así es utópica, habrá que responderles que los que están resultando ser utópicos son los intentos (militares o negociados) de resolver el conflicto en un contexto capitalista. De no avanzarse en la dirección de la transformación socialista de la sociedad, está servida la perpetuación del conflicto con alzas y bajas, con sus inevitables consecuencias sangrientas.