La economía tras el 11 de septiembre

La economía tras el 11 de septiembre

El atentado agrava la crisis, no la crea

Jordi Escuer

La matanza del 11 de septiembre ha tenido una honda repercusión en la economía, pero no es la responsable de la crisis económica. El terrorismo, también en el terreno de la economía, siempre tiene consecuencias reaccionarias, pues les brinda a los apologistas del sistema una excelente excusa para ocultar la raíz de sus problemas económicos, que son el resultado de la dinámica propia del sistema y no el fruto de la acción del terrorismo.

No hace falta partir de un punto de vista marxista para advertir eso, pues Felipe González, nada sospechoso de semejante cosa, lo explica muy bien: «Los atentados de las Torres Gemelas y del Pentágono funcionarán como catalizadores y precipitadores de una crisis que ya estábamos viviendo en la economía internacional, pero que dentro de unos meses se identificará con el brutal ataque terrorista».

La crisis de los años setenta se calificó como la del «petróleo», aunque el aumento de precios de esta materia prima energética sólo fuese un componente más de una crisis más profunda del sistema. Pero siempre es mejor considerar que el capitalismo va bien y que así hubiera continuado de no ser por acontecimientos accidentales que han venido a turbar la paz y la armonía económica.

Sin embargo, como se explica en el artículo de las páginas anteriores, no había ni tal paz ni tal armonía, sino que la oleada de despidos existe desde hace cerca de un año a escala internacional, afectando a diferentes países en grados distintos. Las inversiones y la producción industrial descienden desde hace meses en Estados Unidos, Europa y Japón. Las expectativas de una contracción drástica del comercio mundial fueron elaboradas antes del 11 de septiembre. Es indudable que la incertidumbre política que genera el atentado y sus posibles repercusiones, tienen consecuencias económicas, puesto que nadie puede garantizar que no se repetirán nuevos atentados similares y que, la intervención de EEUU y sus aliados en Afganistán, no se convertirá en un conflicto que ponga en peligro el suministro de crudo, necesario como la sangre para el aparato productico de los países desarrollados.

En una economía donde los medios de producción son propiedad privada y cuyo funcionamiento está directamente determinado por las expectativas de beneficios, es evidente, que la incertidumbre juega un papel muy importante. Si la inversión estaba decayendo antes del atentado, con más motivo lo hará ahora. Las bolsas no empezaron a desincharse en septiembre, sin embargo, la caída, ahora, es más intensa. Y el consumo, que hasta el momento, era el principal soporte del crecimiento económico y que ya estaba amenazado por el aumento del desempleo y la caída de las bolsas, no puede sino desincharse más.

En consonancia, las expectativas en EEUU son de una reducción de la producción económica del 1% en el tercer trimestre del 2001, del 5% en el cuarto trimestre y del 2% en el primer trimestre del año próximo. Esos datos son técnicamente de recesión, algo que ya nadie discute, y que se sumará a la recesión que ya vive Japón. Esta situación repercutirá en una mayor ralentización del crecimiento europeo, y del español.

Los despidos crecen y se reducen los sueldos a muchos de los trabajadores que conservan el empleo. Además, se asoman en el escenario recortes en los gastos sociales: prestaciones por desempleo, gasto sanitario, pensiones... Al tiempo, se anuncian recortes en los impuestos para dejar más dinero en manos de los contribuyentes y las empresas, a fin de estimular el consumo y la inversión. La experiencia es que eso, sobre todo, estimula las desigualdades sociales favoreciendo a los más ricos. Así, si se recortan los ingresos públicos y, al tiempo, en los EEUU ya están incrementando sus gastos militares, una dinámica que va a arrastrar en mayor o menor medida a todos los países, una de las consecuencias que puede tener esta crisis, es un cambio en la composició del gasto público. Este podría aumentar en su conjunto, pero dedicando más a gastos «destructivos» y menos a cuestiones sociales.

No es fácil que nos enfrentemos a un hundimiento económico como el de 1929, pues los recursos económicos, las posibilidades de intervención económica de los estados más desarrolados y la propia experiencia acumulada desde entonces, hacen difícil que se repita la historia en los mismo términos que entonces.

Pero, la crisis es un hecho. Su profundidad dependerá, en parte, de la gravedad del conflicto que se desencadene en Asia central. No es difícil prever lo que una guerra abierta en la zona tendría para el suministro de petróleo y esto, a su vez, para la economía planetaria. Sí logran controlar la zona y evitar lo peor, lo natural será que el ciclo económico se recupere, pero la secuela será un mundo aún más desigual, con más opresión y, por tanto, con los mismos problemas que han llevado a la misma situación a la que hoy nos enfrentamos.

La preocupación por las consecuencias del mundo que ha alumbrado la globalización capitalista alcanzan a una parte de la propia burguesía. No son pocos los que apuntan la necesidad de sacar a Keynes del armario para reflotar una economía global del capital, que en lugar del mundo de paz, armonía y desarrollo que nos prometían está entrando en crisis y con unos vientos de guerra que también se suponían olvidados con el «fin de la historia».

Prestemos atención otra vez a Felipe González: «Precipitados todos los factores de desconfianza económica y financiera, los actores políticos tienen que dar un paso adelante para regenerar esa confianza que no podrán recuperar los protagonistas directos de los mercados. Más liquidez, menos tipos de interés y recuperar el razonaniento de Keynes, aplicándolo a la nueva realidad, no reproduciéndolo miméticamente, ayudará, si la seguridad frente al terror mejora, a remontar una crisis mundial a la que no se quiere identificar como tal, a pesar de que Japón, EEUU y Europa estén inmersos en ella».