Terror y guerra en el siglo XXI

Terror y guerra en el siglo XXI

La destrucción de uno de los símbolos del siglo XX, el World Trade Center, marca el inicio del siglo XXI.

Más allá del mero simbolismo, al despejarse el humo, mientras aún se retiran los escombros, vemos el reflejo del mundo que el capitalismo ha creado en su época de la globalización.

Los políticos burgueses y los plumíferos de toda ralea, claman buscando un culpable, un demonio, al que responsabilizar del horrendo crimen en masa que se ha perpetrado en Nueva York y Washington. Por supuesto, siempre existe un brazo que ejecuta los crímenes, pero al igual que el gobierno de EEUU busca ansiosamente "el cerebro"de tan espectacular y salvaje acción, y a todo el mundo le parece lógico que así se haga, es aún más lógico y necesario buscar las causas, las condiciones políticas, económicas y sociales que han gestado una situación como la vivida el 11 de septiembre último.

Los hechos acaecidos tienen el peso de un acontecimiento histórico, y cuando una acción humana adquiere tal carácter no es producto de la casualidad, o de una acción personal, sino hija de la historia, de los procesos en la sociedad.

Desde estas páginas siempre hemos rechazado el terrorismo individual, este tipo de atentados tanto por la muerte, el dolor y las pérdidas insensatas que han provocado como por todas las consecuencias políticas y militares que puede traer consigo.

Por idénticas razones nos oponemos frontalmente a la respuesta militar que el Gobierno de Bush, con el apoyo de todos los gobiernos de los países desarrollados, está preparando.

¿Qué diferencia hay entre terrorismo y guerra? De fondo, ninguna. En ambos casos se defienden intereses imponiendo el terror a una población indefensa. ¿Qué diferencia a Sharon cuando manda los tanques contra los niños palestinos, de los que mandaron tirar las bombas atómicas contra la población civil en Hirosima o Nagasaki, de los que instigaron la masacre de un millón de personas en Ruanda-Burundi, o los Bin Laden y sus bombas?

Una intervención militar en Asia no acabará con el terrorismo, ni solucionará nada. Por el contrario, agravará la situación de las masas en esos países, fomentará el conflicto entre las naciones de la zona y antes o después habrá nuevos actos terroristas intentando vengar la intervención occidental.

Apenas se ha iniciado la intervención ya ha comenzado a sufrir las consecuencias el pueblo afgano. Una masiva oleada de refugiados se amontona en campos en los que el hambre y la enfermedad está haciendo estragos. Esta nueva intervención ya está provocando muertes entre la población civil, como era inevitable, y muestra todo el cinismo y la hipocresía de los gobiernos occidentales pues mientras se llenan la boca con que van a luchar contra el terrorismo están apoyando a un grupo terrorista como es la Alianza del Norte a la que pretenden dar un aura de respetabilidad resucitando la vieja y decrépita monarquía. Lo mismo que antes hicieron con Bin Laden o en Kossovo.

Pero no basta con lamentar los hechos. Lo principal es tratar de entender cómo es posible que se hayan producido estos salvajes atentados que han supuesto un cambio importante en la situación política internacional. Los medios de comunicación de masas insisten en el enfoque tradicional de que estos atentados, como todos los atentados terroristas, son producto de la mente desquiciada de un loco, o de muchos locos. Bajo esa explicación los atentados se ven como un rayo aislado que cae de un cielo azul. Algo incomprensible frente a lo que sólo cabe el castigo más ejemplar posible. Pero sabemos, por experiencia, que eso empuja a nuevos desesperados al terrorismo. Por eso es necesario ir más allá en el proceso de comprensión de estos fenómenos.

El atentado es un reflejo de la evolución de los acontecimientos políticos en todo el planeta en las últimas décadas. No puede entenderse como un fenómeno totalmente aislado sin conexión con la realidad que vivimos. El desarrollo y extensión del fundamentalismo islámico por los países musulmanes, y en consecuencia de los atentados que protagoniza, no puede entenderse sin tener en cuenta, entre otros factores, la ruptura de la situación internacional que existía antes de la desaparición de la URSS.

La existencia de dos "Bloques" enfrentados, por una lado la URSS y China, y por el otro, EEUU y el resto de los países capitalistas, aunque de forma distorsionada, era reflejo de la lucha de clases en el mundo. A pesar de todas las deficiencias democráticas que tenían los regímenes de la URSS y China, eran la referencia política para los desposeídos (y también para los desesperados) de todo el mundo. Esa referencia política fue el modelo del proceso de la Revolución Colonial, ante la profunda crisis de la dominación colonial capitalista que oprimió y arruinó al tercer mundo. Esta revolución colonial adquirió su máxima expresión después de la II Guerra Mundial y hasta la década de los 70. Muchos fueron los países que tras duras luchas, a veces encarnizadas, consiguieron su independencia política respecto a las metrópolis dominantes. Ese fue el caso de la India, Pakistán, Argelia… Para sectores importantes de los países del Tercer Mundo la existencia de la URSS y de un Bloque no capitalista, era un polo de atracción que animó muchos procesos revolucionarios (Cuba, Vietnam, Angola, Mozambique, Etiopía, Sudáfrica…). Procesos que a su vez tuvieron una clara influencia revolucionaria en los países desarrollados, como fue el caso de Portugal.

El fracaso de la transformación socialista en los países desarrollados en los años 70 provocó un giro radical en el proceso de la revolución colonial. Se frenó en seco como se pudo ver en el caso de la Revolución sandinista, que después de tomar el poder, se quedó en una revolución a medias que dio paso gentilmente a la contrarrevolución. O en el caso de la revolución salvadoreña que se quedó en una fase anterior. Ese giro en el proceso de la revolución colonial se ha profundizado con la vuelta al capitalismo de Rusia, y en la práctica, también de China.

La enorme influencia de la Revolución Rusa a lo largo de todo el siglo XX era una expresión de que la lucha de clases dominaba las relaciones entre las naciones, y entre las clases dentro de cada nación. El papel de la lucha de clases en un primer plano de los acontecimientos era evidente.

Pero eso ha cambiado. Hoy hay una ausencia total de referente político. No es fácil ver en las contradicciones del sistema capitalista y en la lucha entre las clases el origen de barbaries como Ruanda-Burundi, la vuelta al capitalismo de los países del Este, el atentado del 11 de septiembre...

Lo que domina hoy las relaciones internacionales no es el equilibrio que había entre los dos bloques opuestos, la llamada guerra fría, sino el conflicto interimperialista. Las potencias capitalistas compiten por el control del mundo, encabezadas por la potencia más poderosa; EEUU. El mundo bipolar ha sido sustituido por otro unipolar en el que los grandes capitalistas lo quieren tener todo bajo su control.

Esta competencia, de momento, es de "baja intensidad". El atentado no va a provocar una guerra mundial porque el enemigo, el que ha escapado del control de las grandes potencias, es hoy por hoy, el monstruo del fanatismo religioso islámico. No deja de ser irónico que la mayor potencia económica y militar esté organizando una Santa Alianza contra uno de los países más pobres y atrasados del mundo. La desaparición de la URSS y el proceso de cambio y descomposición de la revolución colonial, deja un hueco, un vacío, la falta de referencia política, que tiende a llenarse con otros fenómenos políticos, aunque sean de carácter reaccionario y abortivo, como es el neoislamismo. Esa es la razón de su avance en los países árabes, y en otros países musulmanes de todo el mundo. Aparece como la única "alternativa" que se enfrenta al imperialismo.

Pero el fanatismo islámico actual es un monstruo reaccionario. Vemos una vuelta atrás en la historia. Pero no es un simple volver a empezar. No es el Islam del siglo VII que jugó un papel positivo incluso en la cultura de aquella época. Hoy no aporta nada nuevo y progresivo, al igual que la burguesía de hoy no es la de hace 200 años.

En última instancia los atentados de los fanáticos religiosos son producto de la descomposición, de la incapacidad del capitalismo para hacer frente a las necesidades de más de 2/3 de la Humanidad. Pero no es el único factor ni la única explicación. Si la URSS no hubiera desaparecido, si hubiese triunfado la revolución política en los países del Este, (o la transformación social en los países desarrollados en los años 70) no existiría el caldo de cultivo para estos movimientos de masas, para ese descontento descomunal hacia las grandes potencias burguesas, que sirven de justificación al terrorismo islamista. Si al menos existiese una Internacional Obrera que aglutinase y galvanizase las luchas de los desposeídos en todo el mundo no tendríamos la misma situación en los países árabes.

En Asia, como en el resto del mundo, son los pueblos los que tienen que forjar su destino. El pueblo afgano ya intentó cambiar el suyo a través de una revolución social en 1978. Esta revolución fue acosada desde el primer momento por el imperialismo financiando y armando a las guerrillas contra-revolucionarias (talibanes y otras) a través de Arabia Saudita y Pakistán. El acoso empujó a la revolución a la órbita de Moscú y así unió su suerte con la de la URSS. Los rusos se vieron obligados a intervenir en Afganistán. La caída del nuevo gobierno afgano, que sólo era posible con ayuda masiva del imperialismo americano, suponía un peligro de contagio de la crisis a las repúblicas del sur de la URSS de mayoría musulmana. Muchas tonterías y mentiras se están diciendo sobre la historia de Afganistán. Los rusos no fueron derrotados por los talibanes sino por dos factores claros: Por un lado, el imperialismo americano echó toda la carne en el asador, y, por otro, y es el realmente decisivo, la crisis interna de la URSS.

¿Qué ha conseguido el atentado?

Si los autores son grupos islámicos fundamentalistas, que aunque no se haya probado es perfectamente posible, es de suponer que perseguían dar un golpe en el corazón al imperialismo americano. El que hayan provocado tal cantidad de muertos en centros simbólicos del poder norteamericano y que haya sido transmitido casi en directo en la televisión para todo el mundo, le ha dado una enorme repercusión. Pero, ¿han conseguido debilitar en un ápice el poder contra el que atentaban? Todo lo contrario. Los atentados han fortalecido las tendencias más reaccionarias, sobre todo en EEUU, tanto en el terreno político, como en el militar, como en el de las ideas.

Ideológicamente a dado pie a una oleada nacionalista de la que surge como héroe representativo de todos los ciudadanos estadounidenses su débil presidente. Este auge de los sentimientos más chovinistas está siendo aderezado, por sus propios dirigentes, con el condimento del fundamentalismo religioso más rancio, en este caso cristiano. "¡¡Dios está con nosotros!!", proclama sin dudarlo Bush. "La civilización occidental es superior al Islam", añade Berlusconi. En EEUU tenemos a un presidente que fue elegido entre sospechas fundadas de fraude electoral, aficionado a firmar de penas de muerte, y con una simpatía bajísima entre sus conciudadanos, haciéndose de lo más popular preparando "la moderna cruzada contra el sarraceno infiel".

El atentado ha fortalecido las tendencias más reaccionarias en el terreno militar. Los militares americanos han recuperado un protagonismo que añoraban desde hace mucho tiempo. La Guardia Nacional patrulla las calles de Nueva York. El Congreso aprueba una partida inicial de más de 7 billones de pesetas para que se pongan a organizar la guerra "contra el terrorismo y los países que lo amparan".

Fortalece las tendencias más reaccionarias, sobre todo en la sociedad americana, pues los atentados vienen a ayudar al sistema capitalista en un momento en el que empezaban a tener problemas económicos serios. Les ayuda a tratar de ocultar, aunque sea temporalmente, los problemas de fondo de la economía mundial. Deja en un segundo, o tercer plano, el que la economía mundial está sufriendo un proceso de desaceleración que amenaza con una recesión generalizada así como los efectos que ya estaba teniendo sobre la población. El atentado agrava la crisis, no la crea(Ver artículo sobre la situación económica internacional).

Las empresas han reaccionado rápidamente y están aprovechando la coyuntura para justificar drásticos planes de ajuste con despidos masivos. Sólo la industria de la aviación comercial en EEUU ya ha anunciado 140.000 despidos a pesar de las ayudas multimillonarias que ha aprobado el gobierno de Bush (de momento cerca de un billón de pesetas).

Les da una excusa para justificar los problemas de la economía mundial. En 1974 echaron la culpa de la crisis económica a la subida del precio del petróleo. Hoy se la echarán al terrorismo.

Les da también cobertura para profundizar en la política económica liberal aumentando ciertos gastos públicos (las ayudas a las empresas, gastos en armamento y militares...) y reduciendo otros (los gastos sociales) para no abrir la puerta a un déficit presupuestario que añada inestabilidad al sistema.

Atentados como éstos brindan la ocasión a la clase dominante para, haciéndose pasar por la víctima, tratar de hacer olvidar los atropellos que han cometido en infinidad de rincones del mundo y que han provocado más dolor y muertes que todos los actos terroristas. Otro 11 de septiembre, en 1973, el gobierno estadounidense ayudaba a organizar a los militares de Pinochet el golpe de estado contra el gobierno de Salvador Allende en Chile. No repararon en medios: la tortura, los atentados, los asesinatos, los campos de concentración y exterminio... todo valía para frenar "al marxismo". Son ellos los que no están contra el terrorismo. Se atreven incluso a utilizar un doble lenguaje al referirse al terrorismo. Parece que hay un "terrorismo malo", que es, por ejemplo, el de los grupos islámicos fundamentalistas (o en nuestro país el de ETA), y otro "bueno", al que se trata de otra forma, al que no se le bombardea y contra el que no se forman Alianzas Internacionales para acabar con él, como es el caso del terrorismo de Estado que ejerce Israel contra los palestinos. Los 800 muertos y miles de heridos que ha provocado la represión de la Intifada en el último año no despiertan el "espíritu vengador" de Bush. Solo condenan y persiguen el terrorismo que no les beneficia aquel que no sirve a sus intereses. Los gobiernos de EEUU no sólo han respaldado y se han apoyado en dictaduras sangrientas y terroristas, sino que directamente han entrenado y financiado bandas terroristas como la "Contra" nicaragüense o grupos fascistas como Patria y Libertad en Chile.

Pero no sólo es un doble lenguaje con los derechos democráticos de los pueblos del Tercer Mundo. También se utiliza respecto a esos derechos en el mundo occidental. Poco a poco se impone la idea de que para garantizar la seguridad de la población en el mundo desarrollado es imprescindible renunciar a un poco de libertad. Aprovechan el sentimiento de inseguridad provocado por los atentados para dar una vuelta de tuerca más en el control policial de las sociedades llamadas "democráticas". Pero el terrorismo no se combate limitando las libertades sino todo lo contrario, ampliándolas, lo último que hará la clase dominante que pretende tener todo bajo control.

El presidente Bush ha dicho con claridad que o se está con él o con el terrorismo, como si estuviera en posesión de la verdad «única». Gran aficionado a este tipo de razonamientos, Aznar ha cerrado filas con el gobierno norteamericano, dejando diversas bases militares a libre disposición de las fuerzas estadounidenses y advirtiendo que están dispuestos a mandar tropas a dónde haga falta. Sin embargo, se puede estar en contra del terrorismo y rechazar la política de Bush y Aznar. Esto no es un western, donde los buenos meterán en cintura a los malos, la actuación de estos señores no resolverá el problema del terrorismo si no que lo agravará, y su factura la pagarán los pueblos, que pondrán a los muertos como es costumbre.

Es una ironía que el gobierno norteamericano denomine «Libertad duradera» al operativo que ha lanzado - no menos que «Justicia infinita» - , cuando es este mismo gobierno quien financió, armó y estimuló a los talibanes, mientras le fueron útiles para defender sus intereses en la zona ¿no le preocupaba entonces al gobierno norteamericano su reaccionaria ideología, antítesis de cualquier libertad? Tampoco el gobierno norteamericano ha hecho nada por las libertades en países como Arabia Saudita, uno de sus principales aliados y fuente de financiación del integrismo. No, al gobierno norteamericano no le preocupan demasiado las libertades de los pueblos cuando tiene que defender los intereses de sus grandes corporaciones económicas y multinacionales.

Personajes como Bin Laden, principal sospechoso de estar detrás de los atentados según el propio gobierno estadounidense, fue entrenado por la CIA. Exactamente igual que hizo con el dictador Sadam Husein, que en otros tiempos también fue un gobierno «amigo» de Estados Unidos. Cuando se atacó Irak en la guerra del Golfo de 1991, también se hizo en nombre de la libertad a pesar de que todos sabíamos que sólo les preocupaba el petróleo. Poco les ha preocupado la situación de las libertades en Kuwait a pesar de que fue la excusa para lanzar la guerra contra Irak. La realidad es que en la zona no hay más libertades que antes, pues siguen gobernando los mismos jeques reaccionarios, gobiernos corruptos y Husein sigue instalado en el poder. Pero su pueblo sí ha pagado con más de medio millón de niños muertos en esa década, por el embargo de medicamentos. ¿Cuántas portadas de informativos de televisión han ocupado hechos como ese?

Por eso provoca indignación tanta hipocresía por parte del gobierno de Bush o de Aznar, cuando se afanan en condenar un terrorismo, pero miran hacia otro lado cuando el terror lo administran las grandes potencias en defensa de sus intereses. Nosotros condenamos el terrorismo, sí, pero el de todos, no sólo el que nos conviene. Hablan de libertad y justicia, cuando esto se niega sistemáticamente a la mayoría de los habitantes del planeta que viven en la miseria y gobernados por regímenes corruptos al servicio de las grandes potencias económicas.

Nadie está más interesado en una justicia internacional, que juzgue y condene a los responsables del brutal crimen del 11 de septiembre, que la izquierda. Pero también queremos que se haga justicia con tantos genocidas y sus cómplices que siguen impunes. ¿Quién pedirá responsabilidades a Henry Kissinger por el apoyo al golpe de Estado de Pinochet, que segó miles de vidas? ¿Quién sentará ante un tribunal a quienes armaron a Bin Laden y a los talibanes? ¿Quién va a juzgar a Ariel Sharon por los 800 muertos palestinos en un año de intifada?

La hipocresía del gobierno estadounidense es tan grande que ha corrido a pagar sus cuotas de la ONU, después de años sin hacerlo, porque la necesita para dar legitimidad a su intervención.

La avale o no Naciones Unidas, rechazamos una intervención que sólo está provocando más muertos inocentes, no acabará con el terrorismo - al contrario - , traerá más opresión, miseria y sufrimiento a las masas de Asia. Si hay que intervenir en esa zona que sea para traerles más desarrollo económico, para ayudar a construir escuelas, hospitales, fábricas, y no invertir billones de pesetas en armas para hundirles aún más en la miseria. Si a la población de Afganistán, y de toda esa atormentada región, se le ofreciera un mundo mejor, ellos mismos atarían de pies y manos a monstruos como Bin Laden.

Alguien tiene que decir la verdad ¿cómo esperamos vivir en paz en un mundo donde cada año mueren 40 millones de personas de hambre, dónde la mayoría de la población vive en la miseria? ¿Cómo podemos admitir que 250 individuos posean la misma riqueza con la que han de apañarse los 2.500 millones de individuos más pobres del planeta? La globalización capitalista ha generado las mayores desigualdades sociales de la historia humana. A pesar de los enormes y maravillosos avances que ha logrado la ciencia, ésta no sirve para que todos vivamos mejor, sino para que unos cientos de grandes corporaciones multinacionales se enriquezcan merced a su dominio de la economía. Los apologistas del «fin de la historia» nos auguraban un mundo de paz, libertad y bienestar, esos mismos que ahora nos advierten que debemos prepararnos para una guerra larga y duradera. Nos explican que es una guerra para acabar con el terrorismo, pero de la primera guerra mundial también se dijo que era «una guerra para acabar con todas las guerras» y, aquí estamos, en vísperas de otra.

Más opresión, muertes y miseria no servirán para acabar con el terrorismo. Lo que hace falta es una planificación democrática de los recursos económicos a escala mundial, que acabe con la pobreza y permita una existencia digna a todo el mundo. Una buena medida para empezar sería la cancelación de la deuda externa. Y hace falta que los derechos y libertades democráticas sean una realidad para todos en todo el mundo, y no que se recorten como pretenden. Eso es lo que nosotros entendemos por socialismo, y eso es lo que creemos que es la alternativa a esta sociedad capitalista. De todo esto y de cómo hacerlo posible, es de lo que deberíamos estar discutiendo.

IU y todas las organizaciones vinculadas con la izquierda deben exigir al gobierno del Partido Popular que ponga fin a la colaboración con el gobierno norteamericano, y llamar a toda la población a que se movilice para obligarle a dar ese paso.

Nos solidarizamos, por supuesto, con el pueblo norteamericano que ha sufrido la barbarie terrorista. Condenamos el atentado terrorista y condenamos el asesinato de miles de trabajadores (bomberos, camareros, personal sanitario, oficinistas...). Pero también nos solidarizamos con el pueblo árabe que a su situación de miseria se le suman los efectos de la barbarie que lleva consigo la intervención imperialista.