PALESTINA

PALESTINA

Más oscuridad al final del túnel

Antonio Abueitah/IU Madrid

Durante los últimos meses hemos asistido a un nuevo rebrote de violencia en Oriente Medio. El fracaso del proceso de paz y el inicio de una nueva guerra en Palestina, es todo un hecho. La desesperación de un pueblo que sigue oprimido por el Estado israelí, que ve como las negociaciones y la diplomacia fracasan continuamente, se ha traducido en un nuevo levantamiento que se va agudizando poco a poco y que amenaza con sembrar de inestabilidad a toda la zona.

Resulta tremendamente complicado analizar el problema palestino-israelí al ser innumerables los factores que influyen y han influido a lo largo del último siglo. No se trata de un conflicto entre etnias o religiones, sino que su enquistamiento debe ser analizado desde todos los ángulos posibles, principalmente desde el punto de vista histórico. Hay que conocer sus inicios desde la época colonial hasta nuestros días, para tratar de comprender sus aspectos fundamentales y trazar las posibles alternativas que, desde la izquierda, debemos ofrecer como solución al problema.

CLAVES HISTÓRICAS

Entre los numerosos factores que se deben tener en cuenta, deberíamos empezar por hablar de su situación y sus características geográficas. Palestina es una región de muy pequeñas dimensiones con unos recursos naturales muy limitados, ya que tan sólo cuenta con una estrecha franja costera fértil y donde el agua es un bien muy escaso. Su situación en la costa mediterránea, entre el foco cultural del Nilo y el de Mesopotamia, ha provisto a la zona de una larga y rica historia de ocupación humana, donde han confluido gran diversidad de étnias y religiones.

Para remontarnos al origen histórico del conflicto, debemos viajar hasta el período colonial y al surgimiento de los movimientos nacionalistas en Europa y en Oriente Medio. Desde finales del siglo XIX, en las provincias árabes del Imperio otomano se fueron desarrollando movimientos nacionalistas que reivindicaban la autodeterminación de la población autóctona, haciendo valer su identidad árabe. Asimismo, en Europa, al calor de la ola de nacionalismos, se articuló un movimiento singular, el sionismo, que propugnaba la creación de una entidad estatal para los judíos dispersos por el mundo. A pesar de ser un movimiento eminentemente laico, el sionismo vio en Palestina el lugar ideal para realizar su proyecto nacional, desarrolló un discurso ideológico que justificaba sus posiciones (liberación nacional, democracia y socialismo, legitimidad histórica y religiosa, etc.) y propició la instalación de judíos europeos en ese territorio todavía bajo administración otomana, tomando nuevos bríos bajo el Mandato Británico entre 1920 y 1948.

Mientras otras provincias otomanas fueron alcanzando paulatinamente su independencia, la disputada Palestina siguió bajo control colonial. Los dos proyectos nacionales chocaron. La comunidad judía inmigrada, aunque minoritaria, cobró fuerza y amplió sus propiedades siguiendo planes de control territorial, fue creando instituciones autónomas a modo de un protoestado judío y desarrollando prácticas excluyentes y discriminatorias respecto a los árabes. Poco a poco fue creciendo una espiral de violencia entre árabes y judíos sionistas (entre 1936 y 1939 tuvieron lugar importantes revueltas árabes) lo que llevó a barajar la partición del territorio. Tras la segunda Guerra Mundial y ante la inminente retirada británica, las Naciones Unidas (resolución 181, noviembre 1947) propusieron formalmente la partición del territorio y la creación de dos Estados, uno árabe palestino y otro judío.

En mayo de 1948, la comunidad judía declaró unilateralmente la creación del Estado de Israel, desencadenando la intervención militar de los Estados árabes. Cisjordania y Gaza quedaron bajo control jordano y egipcio respectivamente; se frustraba la creación de un Estado árabe en Palestina y la ciudad de Jerusalén quedaba dividida.

El nuevo Estado judío se alineó pronto con las potencias europeas frente al nacionalismo árabe, ganándose su apoyo político y económico. Israel se consolidó como Estado y promovió la instalación masiva de judíos. Los palestinos vieron frustrado su derecho a disponer de un Estado propio; dispersos entre varios países y divididos internamente, su actuación casi se limitó a algunos hostigamientos poco eficaces contra Israel. En 1964 se crearía la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que aglutinaba a todos los partidos políticos y organizaciones palestinas y que se convirtió en el interlocutor internacional de los palestinos.

Por imperativos de seguridad (la necesidad de contar con más profundidad defensiva ante los hostigamientos de sus vecinos árabes) y de recursos naturales (el control del agua), en junio de 1967 Israel ocupó los altos del Golán sirios, la península del Sinaí egipcio y los territorios palestinos de Cisjordania y Gaza, lo que supuso una humillante derrota de todos los países árabes de la zona, que fueron incapaces de hacer frente al ejército israelí. Israel descartó anexionar los territorios ocupados ante la imposibilidad de expulsar a la población, lo que hubiera creado una nueva diáspora y habría supuesto acrecentar el problema tanto en el interior de su Estado, incrementando la población árabe y por tanto la conflictividad en su seno, como en sus fronteras, donde se hubiera asentado la población expulsada.

Desde 1967, Cisjordania y la Franja de Gaza han estado bajo ocupación militar israelí. Este régimen ha supuesto el estado de excepción permanente, la persecución de los nacionalistas palestinos, la apropiación de tierra y agua, la expropiación de tierras para la instalación de colonos y bases militares, la progresiva judaización de la parte oriental de Jerusalén (donde se pretende que la población árabe deje de ser mayoritaria) y la subordinación de la economía palestina a la israelí.

Mientras tanto, la oposición palestina se organizó en el exterior. Durante los años 70 y 80, la OLP recompuso el tejido nacional palestino y organizó un Estado en el exilio que logró el reconocimiento y el apoyo internacional. La OLP combinó el encuadramiento de la población palestina refugiada, la acción diplomática y la lucha armada para liberar el territorio. La derrota de Egipto y Siria en la guerra del Yom Kipur (1973) y los posteriores tratados de paz, abrieron una senda de entendimiento de los países árabes de la zona y el Estado israelí que ha continuado hasta nuestros días. La OLP veía como sus aliados en el conflicto firmaban la paz con su enemigo y progresivamente empezó a valorar la posibilidad de ir abandonando progresivamente la lucha armada, sustituyéndola por la vía diplomática, reconociendo la partición territorial como única forma de avanzar en sus peticiones basadas en la libre determinación, el derecho a disponer de un Estado y el retorno de los refugiados.

LA INTIFADA: UN PUNTO DE INFLEXIÓN

Ni la vía diplomática seguida por la OLP, ni la lucha armada daban resultados y la población palestina veía como sus condiciones de vida seguían empeorando. A finales de 1987 se desencadenó un levantamiento popular en los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza. La Intifada supuso un vasto movimiento de rechazo a la ocupación y de desobediencia civil que causó una profunda conmoción en Israel, desenmascaró la realidad de la política del Estado de Israel y desencadenó un vasto apoyo internacional a los palestinos. Fue un levantamiento autóctono que ni fue iniciado ni controlado, a pesar de que en la actualidad se dude de este hecho. Un levantamiento ante la opresión israelí, dirigida por organizaciones obreras, de un pueblo que quería dejar de estar explotado por Israel.

La situación se hizo cada vez más insostenible para Israel, que seguía resistiéndose a cambiar de política. Pero el panorama en Oriente Medio cambió radicalmente tras la Guerra del Golfo, que posibilitó que se crearan las condiciones para que se concretase un marco de negociaciones tutelado por los EEUU. El debilitamiento de Irak como potencia regional trastocó las alianzas en Oriente Medio y debilitó a la OLP, que durante el conflicto se posicionó del lado iraquí. Los Estados Unidos decidieron diseñar un nuevo orden regional, al ver su poder reforzado en la zona, que asegurase la estabilidad necesaria para sus intereses económicos (abastecimiento de hidrocarburos, mercados, etc.) Para ello se hacía imprescindible resolver el conflicto árabe-israelí. Así, suplantando a las Naciones Unidas, forzaron a las partes, árabes e israelíes, a entablar negociaciones directas.

EL PROCESO DE PAZ

A partir de la Conferencia de Paz celebrada en Madrid, se inició una nueva etapa en el conflicto. El desarrollo del proceso de paz se ha caracterizado en todo momento por conseguir acuerdos muy ambiguos, que han permitido firmar a las dos partes interpretando lo que han querido y vendiéndoselos a sus pueblos con interpretaciones muy opuestas.

Las demandas palestinas siempre han estado muy claras: una reinstalación justa de los millones de refugiados palestinos, el establecimiento de un Estado palestino independiente y soberano en Cisjordania y la franja de Gaza con Jerusalén Oriental como su capital, sin separaciones, colonias ni controles fronterizos y la liberación inmediata de los miles de presos palestinos. Pero, tras casi una década de negociaciones, Israel nunca ha aceptado ninguna responsabilidad legal o civil por los refugiados. Respecto al Estado palestino exigen tantas limitaciones para dicho Estado que dejaría de ser tal, como por ejemplo que «el Estado no podrá establecer alianzas con otros países sin la aprobación de Israel» o que «Israel mantendrá la administración sobre las fuentes de agua en Cisjordania otorgando una cuota limitada a los palestinos». Se han negado a la creación de un banco central y a la emisión de una moneda palestina, manteniéndose el shekel israelí como moneda de curso legal. Áreas desconectadas y separadas entre sí por la triple barrera de asentamientos ilegales de colonos, nuevos puestos militares surgidos del repliegue del ejército de ocupación establecido en Oslo y la red de autovías y carreteras israelíes que conectan los asentamientos con Israel, convertirían al futuro Estado palestino en un conglomerado de guetos territoriales separados por colonias, carreteras y controles israelíes con capacidad para sitiar a los palestinos cuando la seguridad israelí lo decidiese. El sistema fiscal acordado establece que el 60% de los impuestos que deben ser recaudados por los palestinos es recogido por Israel y transferido posteriormente a la Autoridad Nacional Palestina (ANP). De esta situación se deriva la dependencia palestina de Israel, que retrasa o suspende las transferencias según su criterio, como está haciendo en la actualidad. A esto se añade que en torno al 92% de las tierras agrícolas y el 80% de los recursos hídricos de los territorios palestinos, siguen bajo dominio israelí. Por último, respecto a Jerusalén, los israelíes solamente están dispuestos a ceder a los palestinos algunos suburbios situados a las afueras de la ciudad.

Durante todo este período de conversaciones de paz, la política de Israel se ha mantenido siempre constante. El Estado israelí es consciente en todo momento de ser un país que ocupa un territorio ajeno y actúa en consecuencia. Su estrategia política está basada en la estrategia militar y prueba de ello es que durante los últimos 10 años ha conseguido doblar la cantidad de colonos en los territorios ocupados, aumentar los asentamientos, continuar con su política discriminatoria y reducir las cuotas de agua para tres millones de palestinos.

Su ley, basada en la Halacha, código religioso de la Edad Media, permite al Estado utilizar la fuerza máxima en respuesta a toda amenaza y hacer pleno uso de las armas contra cualquiera que ponga en peligro sus vidas. En 1984, por ejemplo, Israel gastó más del 24% del PIB en defensa y, según algunos analistas, las Fuerzas Armadas israelíes cuentan con 173.000 soldados y más de 425.000 reservistas sobre una población de poco más de 5 millones de habitantes judíos.

Pero, sin ningún lugar a dudas, la base de la política de Israel como país opresor, se basa en machacar la economía palestina a través del bloqueo y cierre de los territorios ocupados. Haría falta un artículo entero para poder explicar las consecuencias que acarrean estos cierres y los terribles resultados que se han conseguido en los últimos años. La prohibición mantenida de entrada de materias primas, a las exportaciones de productos industriales palestinos a los mercados exteriores, la imposibilidad de que los trabajadores palestinos puedan llegar a sus puestos de trabajo, el cese absoluto del movimiento y de las transacciones de comercio interior entre las ciudades palestinas y la destrucción de un buen número de fábricas por los bombardeos israelíes, han dado como resultado unas cifras de paro en torno al 50% de la población palestina y el nivel de pobreza (dos tercios vive por debajo de este umbral en los territorios ocupados) estremece a cualquiera. En la actualidad, este estrangulamiento económico es aprovechado por Israel para obligar a los palestinos a volver a negociar la paz.

Junto a la alarmante situación de deterioro de sus condiciones de vida bajo el periodo del acuerdo de Oslo, la población palestina ha tenido que hacer frente a la progresiva pérdida de las conquistas a que condujo la Intifada en el periodo de 1987-1992, con una progresiva desmovilización de sus fuerzas políticas y un aumento de influencia y control por parte de los grupos islámicos, que basan su actuación en el terrorismo individual con el objetivo de hacer frente al enemigo opresor.

LA NUEVA INTIFADA

Con motivo de esta situación, en octubre del año pasado se produjo un nuevo levantamiento en los territorios ocupados. Surge como una expresión contra la ocupación israelí y contra los acuerdos de paz. No se trata de una manipulación de Arafat ni es un estallido revolucionario. Es el reflejo de la desesperación que se proyecta en la idea de combatir al enemigo a pesar de ser una lucha perdida. Saben lo bueno de la experiencia del 87 y han pretendido repetirlo.

Pero en esta ocasión la situación es muy diferente. La espiral de violencia que se ha generado en estos meses amenaza la estabilidad de toda la zona y el clima de guerra que se respira, amenaza con una nueva ocupación israelí. Los atentados terroristas de los grupos islámicos son respondidos con incursiones aéreas y terrestres por parte del ejército israelí, al que no le dolerán prendas si cree conveniente volver a la situación previa a los acuerdos de paz.

Israel ha aprendido la lección, sabe los malos resultados que tuvo la primera Intifada para su imagen internacional y está tratando de criminalizar la actitud palestina, acusándola continuamente de una actuación terrorista frente al estado de indefensión de la población israelí y justifica todos sus actos de réplica, esgrimiendo el derecho a la legítima defensa. Apoyándose en el eufemismo de los asesinatos selectivos, está llevando a cabo el asesinato de dirigentes políticos y militares palestinos utilizando claros métodos terroristas y lo presenta ante la opinión pública internacional como la única forma de evitar nuevos atentados. El asesinato del líder del Frente Popular para la Liberación de Palestina, segundo partido en importancia dentro de la OLP, ha demostrado que el gobierno israelí llegará hasta donde haga falta para defender sus intereses territoriales.

Además, una salida pacífica a esta situación se torna más complicada, ya que las autoridades palestinas tienen ahora más complicado tratar de firmar acuerdos ambiguos con Israel, al tener en contra a la inmensa mayoría de la población que está harta de luchar sin conseguir avances significativos.

Los países árabes siguen instrumentalizado el conflicto, autoproclamándose defensores de la causa palestina, sirviéndoles de excusa tanto para afirmar su arabidad o islamidad como para legitimarse y justificar su autoritarismo. Estos dirigentes carecen de solidaridad y sólo les preocupan sus intereses económicos que se basan fundamentalmente en mantener unas buenas relaciones con el Estado israelí. Temen mucho más una victoria contra Israel, que les dejaría prisioneros de sus pueblos, y romper con Washington, que el reforzamiento del Estado sionista. Otra cosa distinta es la población árabe que claramente simpatiza con los palestinos no sólo porque compartan literatura, lengua y cultura, sino porque además soportan condiciones económicas y sociales similares. En Egipto el desempleo supera el 10%, en Líbano el 20% y en Jordania el 25%.

La Autoridad Nacional Palestina, mientras tanto, sigue buscando apoyos en el exterior. Piden que Europa intervenga en el conflicto enviando tropas de observadores a la zona y que se boicotee masivamente los productos provenientes de Israel. Pero lo único que está consiguiendo hasta el momento, como en otras ocasiones, son una serie de compromisos basados en buenas palabras, mientras siguen tolerando el reiterado incumplimiento de las resoluciones de la ONU y los acuerdos de paz por parte de Israel.

Arafat y la Autoridad Nacional Palestina son criticados, justamente, por una parte creciente de los palestinos que recriminan su política ante los acuerdos de paz, que no ha conducido a ninguna parte, y su gestión corrupta y autoritaria. Esta debilidad, que se va acrecentando poco a poco, está provocando que la dirección de las masas palestinas caiga progresivamente en manos de los sectores más integristas y puede provocar, en un futuro no muy lejano, un conflicto civil entre el propio pueblo palestino cada vez más dividido internamente, entre los partidarios y los detractores del retorno a la lucha armada como única solución a su situación.

Existen sectores palestinos que empiezan a asumir que ahora el problema no es declarar el Estado, sino su materialización. «Se trata de organizar nuestra sociedad de abajo para arriba, estableciendo enlaces y un sentimiento de unidad en ella, brindando servicios a la gente y siendo un punto de referencia para nuestros propios problemas como pueblo», comenta un intelectual palestino.

Por el lado israelí, muchos de sus habitantes empiezan a estar hartos de una situación de guerra constante que repercute negativamente en su calidad de vida. La propia economía de Israel se resiente de este clima bélico. En la actualidad, tras una etapa de crecimiento histórico durante los años 1999 y 2000, la economía del Estado hebreo ha aminorado su ritmo desde el mes de octubre del año pasado, hasta encontrarse con una situación virtual de parálisis. Las señales de la caída pueden encontrarse en todos lados. Al menos 25 hoteles israelíes han cerrado sus puertas desde octubre de 2000 (10 solamente en Nazaret). El mercado inmobiliario de la zona interior de Tel Aviv, donde predominan las empresas de las nuevas tecnologías, se enfrió también. En Jerusalén las viviendas construidas próximas a las zonas en conflicto siguen vacías y sin venderse. El tránsito de contenedores en los puertos congestionados en otros tiempos también disminuyó. Los bancos denuncian haber tenido marcadas pérdidas en el primer trimestre del año, hecho que hizo que la bolsa cayera abruptamente. La compañía aérea israelí, El Al, cancela rutas, vende sus aviones y ha despedido a cientos de sus empleados. El desempleo sigue en aumento, las exportaciones caen y la inversión extranjera se redujo a la mitad.

Tras un crecimiento en años anteriores cercano al 9%, el Fondo Monetario Internacional proyecta un crecimiento para Israel de un 2%, cifras consideradas muy optimistas para Globes, principal diario financiero de Israel, que el 30 de mayo pasado decía que «La producción industrial se encuentra en un punto muerto», mientras el Gobierno difunde cifras que muestran una continua depresión en la industria, la construcción y el consumo en general.

Pero a pesar de esta situación, el Gobierno de Israel parece preferir la guerra, el enfrentamiento, el odio y el rencor, a encontrar una solución al conflicto que debe partir de concesiones verdaderas y que, al fin y al cabo, no ponen en peligro sus intereses económicos. ¿Por qué entonces prefieren mantener esta situación de guerra continua?

Después de 10 años de proceso de paz, se puede decir que la situación empeora cada día y la violencia, lejos de cesar, se ha visto incrementada hasta llegar a un punto donde es muy complicado predecir qué puede ocurrir.

La solución debe pasar irremediablemente por conseguir una situación de paz, que resulta fundamental para ofrecer viabilidad a un futuro Estado palestino, permitiendo reconstruir el tejido social, político y organizativo tan dañado en los últimos años. Sólo en un clima donde no impere el odio y el rencor, sería viable rehacer la clase obrera palestina, una clase obrera con posibilidades de trabajar, de mejorar sus lamentables condiciones de vida, con opciones de luchar contra la situación que se vive dentro de su propio gobierno y de unir sus fuerzas con los trabajadores israelíes, que comparten sus mismos problemas de fondo y con los que irremediablemente tendrá que convivir, dejando de lado lo que les divide y uniendo sus fuerzas contra su enemigo común, la burguesía, con el objetivo de crear las condiciones necesarias para una convivencia justa, encaminada a la transformación socialista de la sociedad y la unión entre los dos pueblos a través de una república socialista en toda Palestina.

Escritos que han servido de base para la realización de este artículo: Isaías Barreñada. Palestina en castellano, William Orme. The New York Times para Clarín. Informe del Centro Palestino de Derechos Humanos sobre el cierre de los TT.OO.