Petróleo o energías renovables

Petróleo o energías renovables

¿Qué impide un modelo energético respetuoso con el medioambiente?

Rubén de Pablo/IU Madrid

Para los geoestrategas del Pentágono el aprovisionamiento petrolífero de «occidente», y particularmente de Estados Unidos, ha sido siempre una obsesión. El control de las áreas donde se produce les ha llevado a organizar guerras, como la del Golfo, a desestabilizar países, como Colombia y, siempre, a disponer de un gigantesco ejército dispuesto a velar por un restablecimiento inmediato del «orden» y del suministro.

Y no es para menos: un 82% del total de la energía consumida en el mundo procede de combustibles fósiles (petróleo, gas natural, carbón) y los dos primeros se producen en su mayor parte en el tercer mundo. Un tercer mundo del que, salvo de los países de la península arábiga, como Arabia Saudí, no puede fiarse.

Así, el cuadro de los países productores es difícilmente controlable. Por un lado está la inestabilidad explosiva de algunos de ellos como Indonesia, que acaba de atravesar una revuelta, Argelia (en guerra civil), Colombia y su revolución campesina y Ecuador. Por otro, declarados enemigos como Irak, Irán, Libia o Rusia. Y ambigüedades como el «bolivariano» Chávez, en Venezuela.

En cualquier momento la guerra puede traernos una situación de escasez temporal en el suministro y con ella, el agosto de los especuladores y la escalada de precios. En los setenta se llegó a atribuir la crisis económica al precio del petróleo y aunque hay mucho de falso en ello, es una idea que llegó a calar. En estos momentos, de inicio de la bajada en el ciclo capitalista hemos llegado a oír los mismos argumentos; la OPEP es la responsable, con su concertación de la producción, de la subida de las gasolinas y ésta poco menos que culpable de todo, desde la inflación hasta quién sabe si de lo de las vacas locas.

En los setenta, junto a la preocupación por el agotamiento de las reservas petrolíferas y la dependencia occidental se abrió paso, primero en círculos científicos y luego en la sociedad la idea de que la contaminación producida por el CO2 podría provocar cambios en el clima y ambos factores motivaron la búsqueda de alternativas energéticas.

La vuelta a los precios bajos del petróleo, de mediados de los ochenta hasta 1999, junto con la nueva certeza de que con el descubrimiento de reservas y la mejora de las técnicas de prospección y explotación petrolíferas había petróleo para más de dos siglos hizo que se abandonasen en buena medida los esfuerzos en investigación (I+D) gubernamentales. Sólo el crecimiento de los valores ecologistas y la evidencia del cambio climático han relanzado, a finales de los noventa, este empeño.

En estas estamos: en una encrucijada histórica en la que ha quedado patente de forma científicamente probada que el actual modelo energético nos conduce a un desastre ecológico sin parangón en la historia de la humanidad. Un desastre que está teniendo y tendrá en mucha mayor medida consecuencias económicas, sociales y políticas de envergadura.

Frente al desastre se esbozan dos formas, desde el capitalismo, de afrontar la nueva situación, la europea y la norteamericana, simbolizada por George W. Bush.

Un petrolero en la presidencia

El nuevo presidente USA tiene una biografía esclarecedora a la hora de saber qué defiende. Su padre ganó el primer millón gracias al petróleo. Sin embargo cuando el hijo se lo quiso montar como hombre de negocios cosechó fracaso tras fracaso. Creó, con sus conexiones familiares y con capital de otros, un negocio de prospección en el oeste de Texas. Jamás encontraron el suficiente petróleo y aunque los inversores perdieron mucho dinero, él se hizo rico.

No pasaba nada, los favores se pagan y George tenía con que: influencia política sobre «Poppy», su padre y vicepresidente de la nación. Los mismos individuos, contentos con el trato financiaron, en 1994, la campaña de Bush hijo a la elección como gobernador de Texas. Fueron años de grandes «éxitos», por poner un solo ejemplo, la capital, Dallas, consiguió desplazar a Detroit como la ciudad más contaminada del país.

El vicepresidente actual, Dick Cheney, fue Secretario de Defensa (equivalente a ministro) durante la guerra del golfo y al volver al sector privado paso a presidir la Halliburton, la mayor empresa de prospección petrolera del mundo. El resto del equipo relacionado con cuestiones energéticas es de la misma ralea: el Secretario de Energía, Spencer Abraham luchó contra regulación de la contaminación como senador por Detroit y Andrew Card, Secretario de Transporte, fue miembro del lobby de la industria automovilística.

La crisis energética estadounidense y Kyoto

Al llegar al poder estos caballeros se ven condicionados políticamente, aparte de por la defensa de su interés, por dos hechos objetivos. En primer lugar, por una crisis de precios y de suministro de carburantes a nivel mundial y de electricidad en su propio país. En segundo lugar por la negociación en torno a la ratificación del tratado de Kyoto contra el que tanto habían luchado cuando estaban en la oposición a Clinton.

Estados Unidos es, junto con el Reino Unido y Noruega, el único país occidental productor de petróleo. La mayoría de las multinacionales del ramo son suyas; como Exxon (recien fusionada con Mobil), Texaco, etc. Estas empresas controlan todo el proceso productivo de transporte, refino, distribución y comercialización de los combustibles, salvo la extracción del petróleo, y en régimen de oligopolio.

Además acaban de reestructurar y modernizar todo el proceso, a través de la mejora de las refinerías, con una gran inversión por su parte, revolucionando la productividad del sector. Por eso, cuando en 1997, con la crisis asiática, bajó mucho la demanda de combustibles y los precios se derrumbaron, su cuenta de resultados sufrió un severo ajuste, causado en parte por las inversiones previas.

Como consecuencia se produjo una ola de fusiones con el fin de racionalizar costes, despidiendo obreros y reduciendo la capacidad de refino, en EEUU de 19 a 16,5 millones de barriles diarios. Con las fusiones y los años de bonanza de 1999-2000 volvieron los beneficios récord pero se creó un cuello de botella en la fase de refino, causante de que pese a que el precio del crudo baja, los carburantes no lo hacen en Europa y siguen subiendo en EEUU.

El segundo gran problema son los cortes en el suministro eléctrico en California causados por la desregulación del sector y el incremento salvaje del consumo por parte de una sociedad acostumbrada al despilfarro. Con la llegada del verano y el uso masivo de aire acondicionado la situación se hizo crítica, con las empresas de distribución al borde de la quiebra y el disparo del consumo. Lo peor puede venir si se repiten los apagones en la costa este, al borde también del colapso.

Toda esta situación ha de hacer mella en la voluntad conservacionista del pueblo americano. Aunque un 70% está a favor de ratificar el protocolo de Kyoto, la industria y el Gobierno están ligando muy hábilmente la necesidad de garantizar un consumo en rápido aumento, con la imposibilidad de reducir las emisiones en un contexto de apagones generalizados.

Así que tras unos dubitativos comienzos Bush ha iniciado su contrarrevolución ambiental. En primer lugar ha suprimido las trabas a la explotación de las áreas naturales del país, especialmente el santuario de la vida salvaje de Alaska, inmensa área protegida en la que dicen que hay reservas que podrían garantizar el 10% del suministro de petróleo y gas de los EEUU. También ha dicho que no se siente vinculado por el acuerdo de Kyoto rompiendo en la práctica con él.

A continuación ha cancelado el programa de investigación y desarrollo de coches de bajo consumo, iniciado en 1993, con la excusa de que éstos iban a ser muy caros y poco competitivos.

La respuesta gubernamental, conjunta con la de la industria eléctrica y petrolera, es anunciar un faraónico plan de inversiones, no para ahorrar en consumo, sino para garantizar éste, suba lo que suba y a costa de lo que sea. Plan que pasa por construir entre 1.300 y 1.900 plantas de energía eléctrica, la creación de una red de oleoductos y gasoductos que lleve la energía desde Alaska hasta 48 estados e iniciar unas 1.000 perforaciones en busca de nuevos yacimientos.

Y, por último, se ha dado un empujón a la energía nuclear que, con el Kilovatio/hora a 1,83 centavos, es más barata que los 3,52 del Kw/h producido con gas.

El contraste europeo

Frente a la política americana suicida, Europa está mostrando una actitud mucho más lógica. En parte se debe a que salvo los ingleses, el resto de los países carece de fuentes propias de gas o petróleo y a unos precios en alza, que hacen competitivas en el mercado capitalista a las restantes opciones.

La filosofía que se abre paso es que el aumento de necesidades vinculado al crecimiento económico, junto con la necesaria reducción de emisiones para estabilizar el clima (recordemos que para hacerlo sería necesario reducir éstas, con respecto a los niveles de 1990, en un 50%) se puede cubrir, desde este punto de vista, por tres vías.

  1. Sustitución por energías renovables. A nivel mundial un 5% de la energía la proporcionan las centrales hidroeléctricas y un 1% las restantes renovables (eólica, solar, geotérmica). Otro tipo de renovables serían las centrales de biomasa, que queman desde cascara de almendras a ollejo de aceitunas y los biocombustibles, (alcohol o aceites) que se prevé llegar a mezclar en España hasta en un 10% con la gasolina, como ya se hace en Brasil. La biomasa genera CO2, pero también lo retira y el resultado neto es cero. El potencial de la biomasa y la eólica es espectacular. En Navarra, comunidad pionera, se preveía garantizar hasta un 40% de las necesidades de electricidad con aerogeneradores.
  2. Mejorar la eficiencia energética en la industria. Pasa por sustituir las centrales térmicas de carbón y derivados del petróleo por centrales de gas de ciclo combinado de mayor rendimiento. Poner en marcha módulos de cogeneración de electricidad con el calor residual del agua utilizada en muchos procesos industriales, que puede ser utilizada en la misma fábrica o vendida a las eléctricas (se está haciendo con ayudas estatales). Reciclar el vidrio, aluminio y otros metales, papel y cartón. Y por la renovación de la maquinaria más obsoleta por otra de mejores rendimientos.
  3. Mejorar la eficiencia del transporte y en el hogar. Se lograría primando el transporte de mercancías por ferrocarril sobre el camión y lógicamente el transporte público. También están en marcha, en el marco de un compromiso entre industria y Unión Europea proyectos para conseguir que los turismos reduzcan significativamente la emisión de CO2. Por el momento llevan un adelanto de tres años en el cumplimiento de sus compromisos y hay modelos de vehículos en circulación que emiten 80 grs/Km de CO2 frente a la media de 186 que emiten los actuales. El desfase en el que están quedando tecnológicamente las empresas norteamericanas ha llevado a la Ford, GM y Chrysler, a buscar la colaboración de las europeas para que se les transfiera la tecnología.

En cuanto a los hogares lo básico sería que las casas se construyeran con buenos aislamientos y que por obligación se construyan pensando en permitir la instalación de células solares y, sobre todo, sistemas de agua caliente con acumuladores solares, como acaban de disponer el ayuntamiento de Barcelona y la Comunidad Canaria.

Como se puede ver hay muchas vías para reconducir nuestro modelo de desarrollo. Y no sólo es posible sino que, desde un punto de vista burgués, desde una óptica de coste-beneficio es hasta rentable. La Agencia Europea de Medio Ambiente estima que para lograr un 8% de suministro por energías renovables (excluida hidráulica) en el 2020, objetivo nada ambicioso, se van a crear 900.000 puestos de trabajo, 2% de la fuerza laboral europea y que el coste de estabilizar las emisiones a niveles del 2000 sería nulo y la mitad de la reducción que se pudiera acometer, tendría un coste negativo (beneficio).

Sin embargo en una sociedad gestionada desde la óptica del interés privado, las resistencias de todos los que tienen dinero que perder, o que dejar de ganar, suelen pesar más que las del resto de la sociedad.

Todo esto evidencia el absurdo de la propiedad privada de las eléctricas y petroleras, que funcionan en régimen de oligopolio, condicionan las políticas de los gobiernos y conciertan precios para exprimirnos al máximo. También la utopía del libre mercado, puesto que para ser eficaces deben ser pocas empresas y de gran tamaño lo cual lleva inevitablemente a la concentración. Y lo mismo tendríamos que decir de la del automóvil, que presiona para que el coche sea imprescindible en la sociedad y los fabrica con la idea de que fallen a los pocos años y así obligarnos a comprar otro. Su nacionalización y control social se impone como una medida complementaria de las que ya ha puesto en marcha la burguesía... en Europa. El pueblo trabajador se juega todo, hasta su existencia, en el envite.