Editorial

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Ante la intervención imperialista en Afganistán

Frenar la barbarie, defender los derechos democráticos

Hay que movilizarse contra la política del gobierno norteamericano y el apoyo que el PP le brinda

Los brutales atentados del 11 de septiembre dieron la excusa perfecta a la clase dominante norteamericana para lanzar una guerra, más brutal aún, contra el pueblo de Afganistán. El 7 de octubre comenzaron los bárbaros bombardeos de aldeas, pueblos y ciudades. Durante dos meses (al escribirse estas líneas) los aviones estadounidenses han sembrado el terror entre la población afgana día y noche, sin interrupción. Han destruido sistemáticamente lo poco que mantenía ese país en pie, uno de los veinte más pobres del mundo, en nombre de la paz y en defensa de la democracia. Edificios oficiales, mezquitas, hospitales, viviendas, instalaciones eléctricas... El gobierno de los EEUU ha desplegado todo su arsenal: Bombas inteligentes guiadas por láser o cámaras ópticas, bombas de fragmentación, bombas que penetran en la roca, bombas de 500 kilos que dejan todo incinerado —personas y cosas— en un kilómetro a la redonda... ¿Cuántos muertos civiles o militares han provocado? ¿Cientos, miles, decenas de miles...? No se sabe, de momento se oculta, pero es indudable que la demostración de fuerza de los EEUU ha costado muchas vidas. En Irak también se nos trató de convencer de que con el armamento inteligente se habían reducido las víctimas a la mínima expresión. Después nos enteramos de que a consecuencia de los bombardeos durante la Guerra del Golfo habían muerto más de 150.000 personas. Nada se ha visto a salvo del fuego y la metralla; ni siquiera los hospitales de la Cruz Roja o las instalaciones humanitarias y el personal de la ONU.

A los asesinatos desde el aire les están siguiendo los saqueos, el pillaje y las ejecuciones sumarias que los miembros de la Alianza del Norte llevan a cabo en su avance hacia el sur. «En su avance hacia Kabul, los combatientes de la Alianza iban registrando los búnkeres y trincheras defensivas de los talibanes, ejecutando sobre la marcha a aquellos que no habían tenido la suficiente habilidad o fortuna para huir a tiempo», informa el corresponsal de El País el 14 de noviembre. La ONU denunció el saqueo de sus oficinas y almacenes en la ciudad de Mazar-i-Sharif tras la entrada de las fuerzas de la Alianza del Norte. Así mismo denunció ejecuciones sumarias de talibanes en la zona a pesar de la amnistía general decretada oficialmente. En la misma cuidad, en el cuartel de Qala-i-Jhangi, 500 presos talibanes fueron ejecutados con la ayuda de aviones norteamericanos que bombardearon el cuartel el 25 de noviembre, con la pobre excusa de que se habían amotinado. Según el testimonio del periodista norteamericano Alex Perry, fueron doce militares estadounidenses y británicos los que dirigieron la represión. Había unos 800 presos y terminó su crónica afirmando: «La misión de los estadounidenses y de los británicos es, ahora, matarlos a todos».

En Kabul la Alianza del Norte registra los barrios casa por casa, saqueando y buscando talibanes rezagados o escondidos. Éstos son los «amigos» en los que se basa la llamada Alianza Internacional contra el terrorismo. Pero no es ninguna sorpresa. No lo es para el gobierno norteamericano como demuestra su insistencia en que no entrasen en Kabul antes de que se pactase un nuevo gobierno entre todas las facciones armadas que campean por Afganistán. Son las mismas tropas que en 1992 tomaron Kabul a sangre y fuego, y que crearon tal caos en su lucha permanente por el poder que en 1996 los talibanes fueron recibidos por una parte importante de la población con la esperanza de que pusieran orden en una situación de enfrentamientos y guerras permanentes entre los distintos señores de la guerra.

Pero, como en el caso de Irak, lo peor está por venir. La destrucción causada por los bombardeos en 1991 sólo fue el prolegómeno sangriento de una barbarie sorda mucho más atroz. Como consecuencia del bloqueo económico que la Administración americana y los países desarrollados impusieron a Irak, más de medio millón de niños han muerto en la última década por falta de asistencia sanitaria, medicamentos y vacunas.

Tras una semana de bombardeos en Afganistán el New York Times informaba de que, según las cifras que manejaba la ONU, pronto habrá 7,5 millones de afganos necesitando desesperadamente ayuda para sobrevivir y que la llegada del invierno imposibilitará el aprovisionamiento. Noam Chomsky acusa a la civilización occidental en Le Monde Diplomatique del mes de noviembre, de estar «preparando una matanza de unos 3 a 4 millones de personas... una especie de genocidio silencioso».

Después de más de 20 años de guerra, la intervención militar de EEUU y Gran Bretaña, no han hecho más que agravar el problema de los desplazados y los refugiados. Sólo en Pakistán se calcula que hay más de tres millones, un porcentaje altísimo de una población de solo 18 millones. Pero muchos miles más han llegado hasta las fronteras y se las han encontrado cerradas a cal y canto porque la dictadura de Musarraf teme las consecuencias que pueda tener tal avalancha de refugiados en su territorio.

La guerra es la continuación de la política

Carl von Clausewitz, general prusiano (1780-1831), afirmó que «la guerra de una comunidad —guerra de naciones enteras y particularmente de naciones civilizadas— surge siempre de una circunstancia política, y se pone de manifiesto por un motivo político. Por lo tanto, es un acto político». ¿Cuál es la «circunstancia política» que pone de manifiesto la guerra de Afganistán?

El terrorismo internacional es un problema real. El derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York es un hecho real. Pero en base a ese único acontecimiento no se puede explicar el desencadenamiento de una guerra entre una Alianza Internacional de las 40 naciones más ricas del planeta y uno de los países más pobres.

El terrorismo internacional es una realidad y la responsabilidad, tanto de practicarlo como de estimularlo, la tienen en primer lugar los sucesivos gobiernos de los EEUU. El terrorismo es el medio que sus gobiernos han utilizado siempre para demostrar su supremacía y defender sus intereses en el mundo entero.

Clausewitz también afirmaba que «la guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de la misma por otros medios». Esta afirmación vale igualmente para la política terrorista que EEUU ha llevado en el terreno internacional. Ha sido su «instrumento político», y ha servido de modelo a otros. ¿Cómo si no se puede definir la política de EEUU respecto al gobierno de Allende en Chile y a su participación en el golpe de Estado de Pinochet que costó más de 30.000 vidas de trabajadores chilenos? ¿O la política de organización y financiación de la «Contra», la guerrilla procapitalista y proestadounidense, en Nicaragua? En este último caso, no somos nosotros los únicos que definimos la política de EEUU como terrorista sino que el Tribunal Internacional de Justicia condenó a EEUU por «el uso ilegal de la fuerza», ordenó que detuviera sus crímenes en Nicaragua y pagara masivas reparaciones. EEUU, por supuesto, rechazó el fallo del Tribunal y anunció que en el futuro no aceptaría su jurisdicción.

Un papel similar jugó en la guerra civil de El Salvador en los años 80 y que costó más de 200.000 vidas.

En Honduras, la guerra terrorista contra la oposición, que fue condenada por el Tribunal Superior de Justicia y por el Consejo de Seguridad de la ONU, fue supervisada por el embajador de los EEUU —John Negroponte— que acaba de ser nombrado embajador de EEUU en la ONU para dirigir la guerra contra el terrorismo internacional. Irónico, ¿no?

En los años que duró la presidencia de Ronald Reagan los ataques del gobierno racista de Sudáfrica a los países vecinos, respaldados por EEUU y Gran Bretaña, causaron cerca de millón y medio de víctimas y daños por más de 10 billones de pesetas.

En Turquía, el 80% del armamento que el Gobierno utilizó en la represión de los kurdos a partir de 1984, fue suministrada por los EEUU. La política de terrorismo de Estado llevada a cabo por el Gobierno turco provocó 3 millones de refugiados en la peor limpieza étnica de los años 90, decenas de miles de muertos y 3.500 aldeas destruidas. Peor que lo de Kosovo y Bosnia pero más ocultado por los medios de comunicación.

A finales de los 90, Turquía dejó el primer puesto como receptor de armas de los EEUU (exceptuando a Israel y Egipto) para dar paso a Colombia, cuyos gobiernos han sido los mayores violadores de los derechos humanos en esa década.

Y la política del gobierno de Israel, apoyada por los EEUU, ¿no es terrorista? ¿no violan los derechos humanos y toda la legislación internacional? Ahí tenemos al general Ariel Sharon que, a pesar de su historial terrorista, es hoy el primer ministro. Un historial que se remonta a hace casi 50 años. Entre sus «gestas» guerreras destacan: En 1953 hizo estallar 45 casas en la aldea palestina de Qibia con 600 kilos de explosivos y sus habitantes dentro; 79 muertos, la mitad mujeres y niños. En 1967 hizo una lista de 100 palestinos «buscados» y los liquidó sumariamente. En esa época expulsó a miles de beduinos de Rafá, en Gaza, destruyó sus casas y sus pozos. En 1982 encabezó la invasión del Líbano que costó la vida a más de 15.000 civiles libaneses y palestinos. En septiembre de ese año protegió con sus tropas a los falangistas maronitas que invadieron los campos de refugiados de Sabra y Chatila, que durante dos días llevaron a cabo la masacre de más de 1.000 de sus habitantes y secuestraron a cientos más que hoy permanecen desaparecidos. En el último año de Intifada van más de 800 palestinos muertos, una gran parte niños.

¿Algún tribunal va a juzgar al señor Kissinger? ¿Ariel Sharon responderá de los más de esos 800 palestinos muertos el último año? ¿Se va a juzgar a los mandatarios turcos por su represión del pueblo kurdo? La lista de crímenes de Estado es inagotable, y sorprende el cinismo de quienes hoy no cesan de hablar en nombre de la libertad y la democracia. Sí, denunciamos el terrorismo que se ceba en los pueblos, pero toda clase de terrorismo, no sólo el que conviene a los poderosos, cuya vara de medir es tan distinta según convenga a sus intereses.

Las raíces del problema

Entonces ¿qué hay que hacer para acabar con el terrorismo? Desde luego, en primer lugar, no avivar más el fuego que lo impulsa y sí tratar de comprender cuáles son las causas de fondo de esta situación. No podemos confundir a los pueblos de ninguna parte del mundo con sus gobernantes, en Oriente Próximo y Asia central no menos que en ningún otro sitio. La desesperación y el fanatismo –que utilizan gente como el multimillonario Bin Laden– surgen de la miseria, la explotación, la falta de derechos y de futuro en que viven la mayoría de la población de estas áreas del mundo.

El capitalismo —norteamericano, europeo o japonés— utiliza el mundo ex-colonial como una fuente de materias primas y de mano de obra baratas. La dominación del capital a escala planetaria ha llegado a su máximo apogeo con el proceso que se ha dado en llamar Globalización, que no es otra cosa que el control del mundo por unos centenares de grandes multinacionales que tienen los recursos y los trabajadores del planeta a su disposición.

La política de EEUU siempre ha sido policíaca, conspirativa, de apoyo a las fuerzas más reaccionarias en cada país, y dónde eso no era suficiente, de intervención militar directa cuando las circunstancias se lo permitían: Corea, Vietnam, Panamá, Granada, Irak, Afganistán.

Pero en la última década ha surgido un factor nuevo que le ha dejado las manos mucho más libres a la burguesía americana e internacional; la desaparición de la URSS. Durante décadas hubo muchos acontecimientos en el mundo en los que EEUU no pudo intervenir directamente para imponer gobiernos que cumplieran sus designios. La existencia de un bloque no capitalista encabezado por la URSS les impuso límites a la expansión de su influencia. Pero la desaparición de ese bloque les ha dejado como la potencia imperialista dueña del mundo. Y como tal no podían dejar impune el ataque terrorista en su propio territorio.

Bush ha dicho con claridad que o se está con él o contra él, y Aznar aplaude, pues parece que ellos poseen la verdad única. A cualquiera que no brinde su apoyo a esta nueva guerra que han desatado, se le acusa de ser tibio con el terrorismo cuando no de colaborar con él. Sin embargo, podemos estar en contra del terrorismo y oponernos a una intervención militar que sólo va a agravar el problema con consecuencias incalculables en vidas humanas.

El terrorismo islámico ha dado a la burguesía americana la excusa perfecta para demostrar que es el amo del mundo, en primer lugar ante su propio pueblo. La excusa que han utilizado ahora para lanzarse a la guerra contra Afganistán es mejor que la que tuvieron en 1991 para atacar a lrak (la defensa de un pequeño emirato reaccionario; Kuwait), pero ¿es que acaso el culpable del terrorismo islámico es el pueblo afgano?

Hay otro factor que les está permitiendo intervenir impúnemente a los dirigentes de EEUU; el respaldo a su política.

En la Guerra del Golfo lo que les impidió llegar a Bagdad fue la reacción en contra de la guerra de una parte importante de la población en todo el mundo. Hoy en día la situación es muy diferente. Aquí es donde se comprueba que la relación entre política y guerra es muy estrecha. Una de las mayores barbaries perpetradas por los militares americanos desde la guerra del Vietnam está teniendo el respaldo, en primer lugar de su propia población, y en segundo lugar de la mayor parte de los dirigentes políticos de todo el mundo; los conservadores, los socialdemócratas, incluso los Verdes alemanes apoyan mayoritaria y vergonzosamente la guerra. La diplomacia estadounidense, con la ayuda de Blair y otros dirigentes occidentales, se ha sabido trabajar el apoyo a la Alianza Internacional integrando en ella a todos aquellos países que les merecía la pena o les preocupaba su reacción. No lo han hecho tanto por sumar fuerzas como por eliminar cualquier resquicio de oposición. La guerra del Vietnam no sólo se perdió militarmente en los campos de batalla. También se perdió en las calles de las ciudades americanas que vieron como la oposición a esa carnicería crecía sin cesar afectando al ánimo de las tropas y haciendo cambiar la opinión general de la sociedad.

Para demostrar su supremacía mundial indiscutida podían haber elegido otros «enemigos» a los que aplastar. De hecho hay sectores de la Administración Bush que quieren llevar la guerra más lejos (Irak, Libia, Líbano...). Si la victoria definitiva en Afganistán es rápida estos sectores se crecerán, el imperialismo se envalentonará y pueden lanzarse a nuevas intervenciones hasta que alguna de ellas, o la acumulación de sus efectos, se les vuelva en contra. Pero optaron por Afganistán por razones geoestratégicas. Este país no es muy importante en sí mismo. No tiene mucha población ni riquezas escondidas. Pero en Afganistán se enfrentan los intereses de todas las potencias locales (Pakistán, Irán, India, Rusia, China...) y el amo del mundo no puede quedar al margen. Alguno de esos enfrentamientos locales podrían poner en peligro la estabilidad de toda la zona asiática. Aunque hay intereses económicos, como en todas las guerras, no es la razón inmediata de la intervención americana. Hay intereses en torno al petróleo, los oleoductos... Pero lo que pretende la burguesía imperialista es tener bajo control la zona. Bush parece haber seguido el consejo de Maquiavelo y piensa que «es más seguro ser temido que ser amado». El problema es que generando destrucción, muerte, hambre y más odio no van a resolver ninguno de los problemas que tienen, incluido el del terrorismo. Por el contrario van a tener más inestabilidad en Afganistán y más inestabilidad en Pakistán. Aunque el régimen taliban sea aplastado bajo las bombas no van a acabar con el islamismo. Al contrario. Han creado mártires y en un contexto de recesión económica internacional que puede golpear muy duramente a los países más pobres, el islamismo puede incluso ampliar su base de apoyo social entre sectores desesperados de la población en todos los países de tradición musulmana.

El régimen talibán es teocrático, semi-feudal y retrógrado pero no más que lo es el de Arabia Saudí o Kuwait. La diferencia es que unos son ricos, gracias al petróleo, y otros no. Cuando se justifica el ataque a Afganistán para liberar a las mujeres del burka, ¿se va a bombardear al resto de los países con regímenes similares? Por cierto, tras la toma de Kabul por la Alianza del Norte ya han sido prohibidas dos manifestaciones de mujeres alegando «motivos de seguridad» que pretendían reivindicar educación, trabajo y una voz política para las mujeres.

El auge del islamismo es consecuencia de la descomposición de la sociedad. La incapacidad de la burguesía para desarrollar las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población de los países del Tercer Mundo es la causa de su miseria. La sociedad a la que nos ha llevado el capitalismo a principios del siglo XXI es la más desigual de toda la historia de la humanidad. Poco más de doscientos individuos acumulan fortunas superiores a lo que tienen para vivir los 2.000 millones de seres humanos más pobres. La desigualdad no ha dejado de crecer y, ahora, con la crisis económica en que está entrando el mundo, aún aumentará más.

Mientras se mantengan las condiciones actuales en las que miles de millones de personas tienen que sobrevivir con menos de un euro diario, surgirán movimientos que tratarán de escapar del infierno. Unos serán de emigración, otros más politizados, buscando una alternativa a lo que ya padecen. La ausencia de opciones transformadoras que sean capaces de infundir confianza es lo que permite jugar un papel sucedáneo al islamismo. Si el movimiento obrero y las organizaciones de la izquierda en los países desarrollados son capaces de levantar un movimiento que sea realmente alternativo al sistema tendrá un efecto de contagio enorme entre las masas depauperadas de todos los países empobrecidos. Porque tras esta movilización hay una labor más de fondo y más larga, que es la de forjar una alternativa capaz de transformar esta sociedad, esa es la labor de Izquierda Unida y del conjunto del movimiento obrero. La izquierda debe volver a levantar el socialismo frente a la barbarie del capital. La marea que hoy anega Afganistán y que golpeó el corazón de Nueva York nos concierne a todos. Si no hay una fuerte movilización que frene la moda imperialista de hacer de policía en todos los rincones del mundo mañana intervendrán militarmente en otros países. Esa necesario movilizarse para frenar la barbarie imperialista defendiendo los derechos democráticos. La escalada de violencia guerra-terrorismo, nuevos conflictos entre potencias con armas nucleares, la crisis económica y la oleada de despidos, la pobreza, los recortes de las libertades… nos afectan ya a todos.

Si en vez de destrucción a los pueblos de todo el mundo se les ofreciera una vida digna, plenos derechos democráticos y justicia, el fanatismo y sus representantes tendrían los días contados. Pero eso es algo que no podemos esperar de las multinacionales —cuyo objetivo primordial son sus beneficios—, ni de los gobiernos que representan sus intereses. En nuestra época es más evidente que nunca la necesidad de una planificación democrática de la economía a escala internacional, que garantice esa existencia digna para todos, respetuosa con el medio ambiente.

El papel de la ONU y las organizaciones políticas

¿Cual ha sido el papel de la ONU en todo este conflicto? No ha podido ser más vergonzoso. La Alianza se ha formado totalmente al margen de la ONU, y EEUU simplemente ha comprado su silencio pagando parte de sus cuotas atrasadas. También aquí el Gobierno de Bush ha querido dejar claro que no necesita a la ONU para respaldar sus intervenciones, que es el dueño del mundo, y que esta institución existirá mientras no se oponga a sus dictados e intereses.

Otra prueba de que los dirigentes de EEUU se sienten como los amos del mundo es la orden presidencial para crear tribunales militares secretos, al margen de toda jurisdicción civil, para juzgar a presuntos terroristas. La sede de estos tribunales marciales serán las bases militares en el extranjero o los propios barcos de la armada. Sólo se hará publico el nombre del acusado y la sentencia impuesta, el resto será secreto y permanecerá oculto. De la misma forma que han pasado olímpicamente de presentar pruebas contra Bin Laden de la autoría de los atentados de Nueva York y Washington, no necesitan pruebas para condenar a cualquier presunto terrorista. No habrá jurado sino comisiones de oficiales; los abogados de la defensa no tendrán acceso a los documentos de la acusación; bastará que los oficiales consideren «razonables» las pruebas que se presenten; y no habrá derecho a apelación. La Administración Bush busca rapidez y eliminar impedimentos para imponer la pena de muerte.

Hasta los responsables españoles, a pesar de su fervoroso seguidismo, se han visto obligados a declarar su oposición a extraditar a los supuestos miembros de Al Qaeda porque les aplicarían las leyes norteamericanas que contemplan la pena de muerte.

En este contexto, el servilismo y las ganas de participar en la matanza de Aznar y los miembros de su gobierno es patético. No sólo apoyan incondicionalmente la guerra, ofreciendo todas las facilidades para que el ejército americano utilice las bases y los recursos españoles, sino que se brindan una y otra vez para mandar tropas. Pero más inconsecuente, con alguien que se supone que representa a las ideas del socialismo, es el papel de los dirigentes del PSOE apoyando sin fisuras la política del gobierno del PP. Decididamente, la política en el terreno exterior de los dirigentes socialistas, como la de toda la socialdemocracia internacional, es pro-imperialista siguiendo la senda marcada en la guerra del Golfo o en el tema de la entrada en la OTAN. Muchos son los votantes del PSOE que no se sienten representados por sus dirigentes en un tema como este, tal y como se puede deducir de las encuestas.

Por su parte Izquierda Unida, a pesar de ser la única organización política estatal que se ha opuesto claramente a la guerra, no ha sido capaz de canalizar la oposición existente entre un sector importante de la población que va mucho más allá de sus votantes. La manifestación de Madrid el 21 de noviembre (convocando con UGT, CCOO y la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos) demostró que había base para levantar un movimiento importante contra la guerra, pero parece que a los dirigentes les da vértigo oponerse consecuentemente a la política del Gobierno y de los dirigentes del PSOE en este terreno, porque temen que eso les lleve a tener que enfrentarse en solitario en otros temas, tener que romper y quedarse solos defendiendo una política global alternativa. Pero es lo que hay que hacer. Esas parecen las razones para no haber dado una orientación clara, una dinámica creciente a la movilización contra la guerra. Hay un peligro que es caer en una actitud electoralista. Habrá quien piense que oponernos combativamente a la guerra podía quitar votos y en consecuencia, es mejor no hacerse notar mucho. Pero eso no funciona así. Al contrario, la forma de consolidar y fortalecer el apoyo que tiene IU en la sociedad es demostrar en la práctica una postura consecuente; que la organización está firmemente decidida a luchar por aquello que defiende y piensa. Son muchos los que ven con repulsa la intervención militar en Afganistán, a los que IU debería ser capaz de brindar un cauce político para luchar contra el imperialismo y sus consecuencias.