Afganistán: ¿Justicia Infinita

Afganistán: ¿Justicia Infinita? ¿Libertad Duradera?

El «Gran Juego» continúa

Domingo Echevarría

El régimen talibán se ha desmoronado. En su lugar, auspiciado por las Naciones Unidas en la Conferencia de Bonn (Alemania), se ha constituido un gobierno en Kabul del que forman parte representantes de todas las etnias y de los principales «señores de la guerra».

En los próximos seis meses, una fuerza internacional (ISAF) de 4.500 soldados, británicos en su mayoría, tratará de «mantener el orden» en la capital, prestar apoyo logístico, facilitar la distribución de ayuda humanitaria y formar el nuevo ejército afgano que estará integrado fundamentalmente por muyahidin de la Alianza del Norte leales al líder tayiko Fahim. Para la «reconstrucción», una Conferencia internacional en Tokio ha acordado una ayuda cercana a los 3.800 millones de dólares (4.265 millones de Euros) en cinco años. Antes del verano se celebrará una Loya Jirga (asamblea tradicional de los líderes tribales afganos) que elegirá a un Gobierno Provisional con un mandato de dos años, al final de los cuales se celebrarán «elecciones libres».

Salvo la captura «vivo o muerto» de Bin Laden, objetivo declarado de la masacre, y la del mullah Omar, todo cuadra para la «Coalición Internacional» liderada por Estados Unidos. Pero sólo aparentemente. Tanto la detención y/o muerte del multimillonario jeque jefe de Al Qaeda como la del dirigente espiritual de los talibán son ya mera anécdota. Con o sin ellas, la situación en el propio Afganistán está preñada de previsibles sobresaltos y las consecuencias sobre el frágil equilibrio de Asia Central e internacionalmente, algunas ya evidentes, no tardarán en verse.

Una guerra imperialista clásica y moderna

Los gobiernos occidentales y los medios de comunicación, adalides y portavoces de la cruzada del «mundo libre» contra «el oscurantismo represivo del fundamentalismo islámico, el terrorismo internacional y a favor de los derechos de la mujer», nada menos, proclaman en titulares la inevitable victoria de los buenos sobre los malos y los primeros triunfos de una campaña militar, policial y propagandística denominada «Libertad Duradera» que, se anuncia, se extenderá a otros lugares del planeta como Irak, Yemen, Somalia, Indonesia, Filipinas,... ¿Será el preludio tal vez de la «Justicia Infinita»...?

El País, quintaesencia de lo «políticamente correcto», ha publicado opiniones críticas con ciertas formas y excesos de esta intervención USA como la continuación de los bombardeos infernales o los maltratos a los prisioneros de Al Qaeda, lo que no le ha impedido alinearse del lado de lo que Bush ha denominado el «Bien». Así y todo, en un editorial (14.01.2002) titulado «Post-Afganistán», tuvo que reconocer lo evidente: «la guerra contra el terrorismo que prometió Bush ha acabado en una guerra contra Afganistán que, salvo algún accidente, no ha costado prácticamente víctimas estadounidenses».

Accidentales, sin embargo, no han sido ni la destrucción del país, ni de sus escasas infraestructuras, ni los «daños colaterales» (los miles de víctimas civiles), ni la multiplicación de la miseria sanitaria y alimenticia, como tampoco que millones de afganos hayan de errar por el país o hacinarse ante unas fronteras que no pueden atravesar o en los campos de refugiados de Pakistán.

Son la consecuencia directa de la guerra desatada por la «Coalición Internacional», y en la que Estados Unidos quiere exhibir su condición de única potencia global, por razones políticas, estratégicas y económicas. Entre otros propósitos, como señalaba Rosario de la Torre en un artículo aparecido en la revista «La aventura de la Historia» (nº 39, enero de 2002), «el objetivo fundamental de este nuevo «Gran Juego» es el control de unos territorios y de sus accesos al mar destinados a hacer la competencia a Oriente Medio como fuente de energía en el siglo XXI». Téngase en cuenta que, en Asia Central incluido Afganistán, las petroleras occidentales han suscrito hasta la fecha contratos por un valor potencial de 100.000 millones de dólares.

El terrorismo como excusa

En poco tiempo se ha podido comprobar cómo los atroces atentados terroristas contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono no han sido sino una mera excusa para una carnicería en Afganistán.

El terrorismo, una vez más, no sólo no ha debilitado al imperialismo, no sólo ha servido para enmascarar la auténtica naturaleza de los problemas que atraviesa actualmente la economía mundial permitiendo que el sambenito de la crisis se le cuelgue al 11-S, sino que ha servido a los mandamases del mundo para lanzar una campaña de propaganda («la lucha contra el terrorismo global con todos los medios») que ha encontrado eco en sectores importantes de la población, principalmente entre la estadounidense.

El complejo militar industrial (Lockeed-Martin, Rayhteon, Boeing,...) está de enhorabuena: Bush va a proponer un aumento de los gastos de defensa en más de 48.000 millones de dólares (52.800 millones de euros), el mayor desde el primer mandato de Reagan hace 20 años. El Pentágono dispondría así, en 2002, de 400.000 millones de dólares, más de lo que representan los presupuestos militares de todos sus «enemigos potenciales» juntos. Cundirá el ejemplo en otros países.

Subterfugio útil también el 11-S para justificar la implantación en Estados Unidos, pero no sólo allí, de legislaciones liberticidas con todo tipo de recortes de derechos democráticos («justicia de excepción», detenciones prolongadas sin asistencia de abogado, escuchas, tribunales especiales y de guerra,...). Tan lejos están llegando que Bush se ha permitido derogar formalmente una ley de 1974, ¿se cumplió alguna vez?, por la que se prohibía a la CIA asesinar a dirigentes extranjeros. Los inmigrantes también serán paganos del reforzamiento policial del Estado y de la xenofobia: 6.000 jóvenes árabes originarios de Oriente Medio van a ser urgentemente deportados de los Estados Unidos. Más pronto que tarde veremos cómo estas medidas «exclusivamente contra el terrorismo global» acabarán siendo utilizadas contra quienes, ajenos y contrarios al terrorismo, luchen política y sindicalmente de forma consecuente por la transformación social, contra los movimientos antiglobalización y/o en defensa de los derechos civiles...

Vladimir Putin, por su parte, a cambio de su alineamiento con los USA, ha visto como han cesado las críticas por su política represiva en Chechenia, «la congelación de los estímulos directos o ayudas indirectas a la rebelión chechena y la suspensión de la política que buscaba reducir sistemáticamente las posiciones rusas en Asia Central» (Le Monde Diplomatique, noviembre 2001). Por ahora.

Sharon, el carnicero de Sabra y Chatila, tampoco ha perdido el tiempo. Ha desatado una ofensiva terrorista sin precedentes contra la población palestina, presentándola irónicamente como una «lucha contra el terrorismo». En realidad, terrorismo y terrorismo de Estado no son contrarios, sino gemelos. Los atentados suicidas indiscriminados de grupos palestinos, que el Gobierno ultraderechista israelí blande para conseguir la «unidad nacional contra los árabes asesinos», reflejan la crisis del proceso de paz y  son al tiempo un camino que no servirá para que el pueblo palestino consiga sus derechos. Mientras, la autoridad de Arafat está por los suelos. El engangrenamiento de la situación puede extenderse más allá de las fronteras en que ahora se desenvuelve, todo ello mientras desde Washington se respalda a Sharon y los gobiernos reaccionarios árabes, una vez más, miran para otro lado.

De los «Campeones de la Libertad» a los Talibán

El integrismo islámico es, en gran parte, una creación del imperialismo, que lo nutrió con dinero y armas desde finales de los 50 para cortar el camino a las ideas socialistas y progresistas que iban extendiéndose en el mundo árabe y desviar las revoluciones que frecuentemente iban de la mano de la consecución de la independencia por las antiguas colonias en África y Asia. Nasser en Egipto, que barajaba la idea de implantar un régimen a imagen del vigente en los años 60 en la URSS (Socialismo deformado y burocrático) sufrió una de las experiencias piloto de este fenómeno, y eso que Moscú hizo cuanto pudo para abortar la toma del poder por los trabajadores árabes.

Perpetuadas las condiciones de miseria de sectores muy amplios de la población, la caída de los regímenes estalinistas y la ausencia de alternativas de masas que defiendan el Socialismo como alternativa a una existencia de pesadilla, se crearon las condiciones materiales para la extensión de una ideología que, con la importante excepción de su variante iraní, tuvo una limitada influencia hasta principios de los 90. De su seno han surgido grupos que, en su desesperación ante la descomposición social y buscando atajos inexistentes, recurren al terrorismo como método de lucha, como es el caso de la Yihad Islámica, Hamás o Hezbollah en Palestina, contando con simpatías entre sectores de las masas desposeídas.

La historia de los talibán («estudiosos del Islam»), con la salvedad de que han demostrado en la práctica estos últimos años el fracaso de una alternativa «religiosa» y represiva para gestionar la sociedad, se ajusta a este patrón. Formados en su mayoría en madrazas (escuelas islamistas) de orientación integrista, surgieron de entre los muyahidin («guerreros de la yihad o guerra santa») armados y financiados por Occidente y sus aliados árabes en el Golfo Pérsico en su lucha contra la presencia de tropas soviéticas en Afganistán desde 1979, desplegadas en ayuda del régimen estalinista del PDPA (Partido Democrático del Pueblo Afgano).

Este régimen, modelado a la imagen de la entonces URSS, aupado al poder por una Revolución en 1978, realizó una serie de reformas entre las que se incluyeron la agraria y otras progresistas en relación con la educación y la situación de la mujer. Era una amenaza mortal tanto para los terratenientes, usureros y mullahs afganos como para las monarquías reaccionarias del Golfo Pérsico, para Pakistán y para Irán, donde Jomeini aún no estaba consolidado. El imperialismo americano, y sus satélites con él, decidió que la Revolución, por distorsionada que fuera, había de ser destruida. El Kremlin, preocupado por la propagación del fundamentalismo islámico a las repúblicas centroasiáticas de la URSS de mayoría musulmana y por la pérdida de presencia en la zona, mandó las tropas en su socorro.

Las tropas soviéticas se retiraron en 1989, en parte por la pérdida de apoyo del régimen estalinista local, en parte por razones militares (decenas de miles de bajas y un ejército en descomposición) y en parte fundamental por la crisis interna de la propia URSS. Washington concedió mano libre a Pakistán y Arabia Saudí para que intervinieran en la guerra civil que siguió entre los distintos «señores de la guerra», esos criminales en la nómina de los terratenientes, los traficantes de heroína y de mujeres a quien el entonces Presidente norteamericano Ronald Reagan calificó de «campeones de la libertad».

Sin embargo, viendo el caos, volvió a implicarse directamente en el conflicto entre 1994 y 1996. El periodista pakistaní Ahmed Rashid, autor de un interesante libro titulado «Los talibán, el islam, el petróleo y el nuevo Gran Juego» (Editorial Península, 2001), señala que Washington forzó a sus aliados de Islamabad y Ryad a que apoyaran activamente a los talibán, a quien consideraba «antiiraníes, antichiíes y prooccidentales. Norteamérica olvidó el programa fundamentalista islámico de los talibán, la represión de las mujeres y la consternación que creaban en Asia Central. El apoyo se intensificó con el proyecto de la empresa UNOCAL de construir un gasoducto que atravesaría Turkmenistán, Pakistán y Afganistán» (El Semanal, 30.09.2001). Entre los alumnos aventajados de la CIA, el hoy maldito Bin Laden.

Cuando el 26 de setiembre de 1996 los talibán tomaron Kabul sin resistencia, encontraron apoyo entre una población que pensaba que así se pondría fin a las casi dos décadas de guerra (primero contra las tropas de la URSS y luego entre los «señores de la guerra»). Su brutal régimen represivo y su marginación de la mujer, algo novedoso para las Cancillerías occidentales que hasta anteayer les bendecían, minaron su apoyo social hasta el punto de que, sin tener en cuenta este factor, su desplome en pocas semanas no puede entenderse, por espeluznantes que hayan sido los bombardeos americanos, como tampoco el rápido avance sobre Kabul de las tropas de la Alianza del Norte empantanadas como estaban en la frontera septentrional.

Tras el 11-S, los amigos de ayer, los talibán, se convertían de repente en una especie de bestia negra que representaba la vuelta al medioevo y protegía y alentaba el terrorismo internacional de Al Qaeda. Otros Frankestein que se escapan de su control. ¿No evoca lo acontecido con Saddam Hussein, Noriega, Mobutu, Idi Amin, Marcos y tantos otros?

Gobierno de «Unidad Nacional»

Pese a los llamamientos contrarios de Bush, la Alianza del Norte entró en Kabul a mediados de noviembre. Desde entonces, el amo de la capital es el líder tayiko Fahim. Prácticamente sin resistencia frente a su avance militar, las atrocidades que cometieron, y siguen perpetrando, contra los partidarios de los talibán o los miembros de Al Qaeda, reales o inventados, hicieron honor a su trayectoria de «campeones de la libertad», linchando y asesinando por doquier, en ocasiones en masa como en la supuesta revuelta de presos en la cárcel de Qala-e-Jhangi.

Ahora bien, no son los métodos bárbaros los que preocupan en la «Coalición Internacional», sino la inestabilidad que crean. Desconfian de los lazos de la Alianza con Rusia (soldados suyos, una ironía mas, volvieron a Kabul antes que nadie) e Irán. Les inquieta el rechazo del gobierno dictatorial pakistaní del general Musharraf quien, si hasta justo antes de la guerra sostenía a los talibán, dio un giro de 180º al aliarse con la «Coalición», previo precio en forma de ayudas económicas y militares, pese a la conmoción causada entre la mayoría de la población, no sólo entre los islamistas. El resurgir del conflicto de Pakistán con la India sobre Cachemira es uno más de los «efectos colaterales» inmediatos de esta guerra. El dictador pakistaní puede tener sus días contados.

Ante los hechos consumados, la presión internacional se orientó hacia incluir pastunes en el Gobierno, para que no fuera exclusivamente de la Alianza del Norte. Se trataba de buscar apoyos entre esta etnia radicada en el sur del país y mayoritaria (40%) entre sus 25 millones de habitantes. El problema era que el principal soporte de los talibán se encontraba entre ellos. Hubo de buscar o inventar personajes más «respetables».

Finalmente, tras algunos tiras y aflojas con el caudillo de Mazar-i-Sharif (el uzbeko Abdul Rachid Dostum), un pastún, Hamid Karzai, terrateniente por familia, encabeza el Gobierno provisional que cuenta con representantes de los otros tres grupos étnicos principales (los uzbekos, los tayikos y, el menor, los hazaras). Las carteras más importantes, eso sí, las retiene la Alianza (Exteriores, Interior y Defensa). Los feudos tradicionales de la Alianza se encuentran en el norte del país, haciendo muga con tres ex–Repúblicas de la URSS (Uzbekistán, Tayikistán y Turkmenistán) donde predominan sus respectivas etnias, mientras los hazaras son mayoritariamente musulmanes shiíes apoyados por Irán.

Como no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta los publicitados y conmovedores propósitos de liberación de la mujer que mueven a la Coalición y al nuevo Gobierno, se han incluido en él dos ministras. Sin duda, por motivos puramente estéticos. Espera en vano quien crea que la suerte de la mujer y sus derechos van a ampliarse, como tampoco lo fueron en Kuwait tras la «Tormenta del Desierto» de principio de los 90 contra Saddam Hussein.

Este Gobierno de «Unidad Nacional» es una alianza frágil, inestable y con intereses contradictorios que no va a ser capaz de unificar el país y controlarlo desde el centro. Estabilizar temporalmente Kabul es una cosa, y no siempre fácil, pero algo bien distinto es que los «señores de la guerra» y los jefes de las tribus, cabecillas de unas estructuras feudales intactas, renuncien al control de sus territorios, los beneficios de sus pillajes y negocios lucrativos como el cultivo y tráfico de drogas o el de mujeres, otro supuesto objetivo de la intervención. Los periodistas extranjeros tienen ocasión de comprobar diariamente los «peajes» que tienen que pagar a unos y otros por viajar y cómo actúan al margen de las autoridades provisionales.

Los estrategas más sobrios del imperialismo saben que no son de fiar y que no tienen ninguna garantía de que vayan a seguir sus dictados. Paul Wolfowitz, subsecretario de Defensa norteamericano, lo reconocía en una entrevista con The New York Times extractada en El País: «Una de las cosas más difíciles en los próximos meses será establecer cuáles de nuestros aliados de conveniencia en la primera fase de esta guerra pueden convertirse en aliados firmes, cuáles nos causarán problemas y cuáles cambiarán de bando en cuanto tengan ocasión» (9.01.2002). Tanto dentro como fuera de Afganistán.

Si la presencia de tropas internacionales busca que no vuelvan a las andadas (1992-1996), de antemano puede decirse que fracasarán. Bombardear es algo bien distinto que tener tropas sobre el terreno en un país diseñado para la guerra de guerrillas. Los nuevos jerifaltes locales insisten en que este despliegue militar «humanitario» dure sólo seis meses. Para entonces, puede que hayan reaparecido los conflictos violentos entre unos y otros, todos bien armados, a los que probablemente se sumen restos de los talibán y Al Qaeda que no hayan cambiado de bando (como ya han hecho algunos) y que todavía cuentan con armamento. Si la «Coalición Internacional» optara por quedarse prolongadamente, comprobarán el avispero en el que se han metido, pues históricamente ha habido una gran hostilidad a la dominación extranjera, aunque se hiciera con un gobierno marioneta en Kabul.

Las ayudas internacionales acordadas en Tokio para la reconstrucción del país (3.800 millones de dólares en 5 años, sometidos a la condición de que el Gobierno responda a las expectativas de los pagadores) son a todas luces ridículas, apenas un 10% del incremento del gasto de Defensa propuesto por Bush para 2002. En enero, el Banco Mundial, el Banco Asiático para el Desarrollo y el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas (PDNU) estimaba las necesidades en 15.000 millones de dólares en 10 años (The Economist, 18.01. 2002). Amin Farhang, ministro de Reconstrucción, las cifraba en 18.000 millones de dólares en un lustro (El País, 21.01.2002). Además, con la trayectoria de latrocinio de los «señores de la guerra», es más que probable que la mayor parte de esas remesas acabe en sus bolsillos, después de luchas poco civilizadas por aumentar sus cuotas particulares. El futuro que espera a la población es de temblar.

El Gran Juego (Bis)

Este término fue acuñado por el escritor inglés Rudyard Kipling para calificar las intrigas del siglo XIX en Afganistán, cuando el imperio británico y el zarista ruso luchaban por el control de esa tierra salvaje y montañosa en que se tocaban sus dominios. En esta versión moderna, hay más jugadores.

Todos ellos forman parte de la «Coalición Internacional», pero sus intereses son distintos. De alguna forma, los Estados Unidos sustituyen al viejo imperio británico, tratando de estabilizar la situación, dotarse de bases militares en el país y construyendo otras en la zona (ex Repúblicas de la URSS como Uzbekistán, Tayikistán y Turkmenistán).

La implicación de estas últimas, previo pago, ha levantado los recelos de Rusia, siempre Rusia, que sigue teniendo importantes intereses estratégicos y económicos (gas y petróleo) en Asia Central y que quiere contener al islamismo radical. Irán, por su parte, desea un Gobierno «amigo» que establezca una ruta comercial desde las antiguas Repúblicas ex-soviéticas de Asia Central, ricas en minerales y sin salida al mar, hacia los puertos iraníes del Golfo Pérsico. Por eso apoyan al Gobierno afgano, como lo hacen Turquía y la India («el enemigo de mi enemigo es mi amigo» y cuanto más hostil con Islamabad sea el régimen afgano, mejor). Pakistán se desespera, pues quisiera tener un patio trasero seguro.

Un escenario en el que la «Coalición Internacional» saltará por los aires, tratando cada uno de obtener ventajas sobre el terreno en el reparto de influencias a través de unos aliados inseguros y de volubles lealtades. Rusia y USA están condenados a enfrentarse en un contexto de unas relaciones internacionales más militarizadas. La unidad de la Coalición es totalmente ficticia y podría darse el caso de que la situación desembocara en la partición del país. Precedente: lo sucedido con la entonces Persia (hoy, Irán) entre Gran Bretaña y Rusia a principios del siglo XX.

En realidad, la guerra contra Afganistán no ha resuelto nada y ha crecido la inestabilidad en la región y fuera de ella: regímenes como el de Arabia Saudí padecen una creciente oposición interna. El odio hacia el imperialismo y su arrogancia ha aumentado entre las masas árabes y el riesgo de proliferación del terrorismo es mayor, no menor, que antes del 11-S. En una zona del mundo donde las fronteras artificiales creadas en el siglo XX parten las etnias y nacionalidades, donde los gobiernos corruptos y dictatoriales son la norma, los choques y convulsiones sangrientos están abocados a ocupar un primer plano.

Estabilidad y paz son antónimos del actual sistema capitalista globalizado. Hay que quebrar el poder de las multinacionales y de los corruptos grupos dirigentes. En otras palabras, el denostado socialismo es el único camino para la paz y el desarrollo como lo es también para arrinconar el integrismo reaccionario.

Sólo una planificación democrática de los enormes recursos naturales del Asia Central, en el marco de una Federación Socialista voluntaria, puede sentar las bases para garantizar una vida digna a sus habitantes, una relación en pie de igualdad de las distintas etnias y nacionalidades y un reconocimiento práctico de los derechos de la mujer.