La bancarrota del buque insignia de la Nueva Economía

Estados Unidos: Caso Enron

La bancarrota del buque insignia de la Nueva Economía

Rubén Fernández

El 2 de diciembre del 2001, la multinacional ENRON, que según la revista Fortune es la séptima de su lista de las 500 mayores empresas del mundo declaró la bancarrota. Esta noticia, de por sí merecedora de las primeras planas de todos los periódicos, apenas tuvo trascendencia para la opinión pública, relegada a las páginas interiores de la sección de economía. Eran los días del derrumbe del régimen Talibán y la euforia por la venganza cumplida del imperio, permitía ocultar este otro derrumbe, quizás más importante, pero más comprometedor para quienes detentan el poder político.

¿Qué era ENRON?

El ámbito de negocio de la empresa, nacida en 1985 de la fusión de dos distribuidoras de gas, era hasta hace pocos años, la producción, transporte y distribución de gas y energía eléctrica. Sin embargo y en poco tiempo, de la mano de su presidente Kenneth Lay se transformó en el paradigma de la llamada «Nueva Economía». Adaptando su estructura empresarial al fenómeno de Internet se creo Enron On Line. Se convirtió en una firma especializada en la intermediación entre productores y vendedores, primero de energía y más tarde de todo cuanto podamos imaginar (banda ancha para internet, agua, metales, papel). Entre el 15% y el 20% del gas y de la electricidad de Estados Unidos se negociaba en la bolsa energética de Enron (El País 7 de enero). En conjunto se trataba de un monstruo que  facturaba el doble que compañías como Boeing y Texaco.

Razones económicas de la crisis

Resulta, en apariencia incomprensible que nadie viera venir lo sucedido, que nadie lo predijera. ¿Quién podría decir hoy, ya lo advertí? Sin embargo, para entender el caso es preciso verlo no como un rayo en un cielo sereno, sino como parte del desplome económico con su correlato bursátil que ha vivido durante el año 2001 la primera potencia mundial. Las cifras hablan por sí solas; si durante el año 2000 EE.UU. creció un espectacular 5,2%, en el primer trimestre del 2001 pasó a crecer un 1,3% en computo anual, un 0,8% en el segundo y un –1,3% en el tercero. En el cuarto trimestre el PIB creció un exiguo 0,2% pero ha sido suficiente para que el Secretario del Tesoro norteamericano, Alan Greenspan, afirme que la economía estadounidense ya está saliendo de la crisis y se está recuperando.

 Las causas de una desaceleración tan brusca hay que buscarlas en la sobreinversión de capitales que las empresas realizaron en todo el periodo de crecimiento anterior. Capitales que eran fáciles de conseguir dados los bajos tipos de interés imperantes y la euforia provocada por la imparable (eterna, a juzgar por lo que se decía entonces) ascensión de los mercados bursátiles. Inversión que en la cúspide del ciclo económico deja de proporcionar los beneficios esperados y provoca el efecto contrario: una caída de la inversión empresarial (el consumo de las empresas) del –14,6% en el segundo trimestre del 2001 y del –8,5% en el tercero. Y esto con el fin de adaptar la producción de mercancías a una demanda que no crece al ritmo de las expectativas, en un escenario de sobreproducción y sobrecapacidad instalada en las fábricas.

Como consecuencia las empresas comienzan a despedir empleados, primero en la industria y tras el atentado del 11 de septiembre, también en el sector servicios (aerolíneas, etc). El paro pasa de septiembre a octubre del 4,9% al 5,4%, la mayor subida en 21 años, para irse, en noviembre al 5,7%, último dato del que disponemos. En 6 meses se han perdido 800.000 puestos de trabajo. La confianza del consumidor se hunde y el consumo privado, que no se había resentido hasta entonces se estanca, ante el aumento del paro.

La avalancha de malos datos económicos por parte de las empresas, provoca la caída de la bolsa en dos fases, una primera que comienza en febrero y asociada a las empresas tecnológicas y una segunda, que comienza en septiembre, antes de los atentados y que éstos agudizan.

Nadie esperaba un enfriamiento tan agudo y los que menos los directivos de Enron. Pero su propia suerte, mas que al precio de la energía que ellos explotaban, estaba ligada a la de la bolsa. Porque Enron era, ante todo, «un fondo de inversiones especulativas disfrazado de empresa energética» (The Wall Street Journal, 6/11).

Muchas empresas han utilizado la especulación como una fuente de beneficios en este periodo histórico. Otras han supeditado toda su estrategia a «crear valor para el accionista», recomprando incluso sus propias acciones para que su precio continuase incrementándose. A Enron, como a toda la burguesía, simplemente le fallaron sus perspectivas. Había especulado a favor de un aumento de los precios del petróleo, de los metales, de las acciones de telecomunicaciones y de internet. Justo todo lo que se vino abajo. Pero no sólo ellos perdieron sus apuestas, todo un sector de la clase política perdió a su patrón.

Un colapso repentino

Puede resultar incomprensible que una empresa que tuvo beneficios récord en el 2000 haya tardado menos de un año en caer en bancarrota. Ahora que lo sucedido hace un mes salta a la palestra, toda la atención se dirige hacia el hecho de que sus directivos ocultaron la situación real de pérdidas y contaron para ello con la complicidad de los auditores, la multinacional Andersen, que destruyó todos los informes financieros de que disponía sobre aquello que debía fiscalizar. Algo aparentemente estúpido que compromete definitivamente su prestigio.

Todo se reduce pues, según esta versión de los hechos, a un mero caso de corrupción. Refuerzan esta línea argumental contándonos que mientras recomendaban a los trabajadores de la empresa comprar acciones (de hecho el fondo de pensiones, hoy evaporadas, de los trabajadores tenía colocado el 60% de sus fondos en acciones de la propia empresa), 30 directivos se embolsaron 1.100 millones de dólares vendiendo todos sus títulos en secreto. La corrupción y la mala gestión lo explicarían todo.

Pero no es realista pretender creer que este es un acontecimiento aislado. De hecho podría ser la punta del iceberg. Muchas empresas lo fían todo a mantener su cotización en bolsa. Las «Stock Options» de sus directivos dependen de ello. Maquillar los balances y dar noticias de buenos resultados puede parecer una buena idea para aquel que cree que la desaceleración pasará pronto. Luego, la dinámica de los acontecimientos  puede inducir a una huida hacia delante. Y no es sólo una especulación nuestra: «Las empresas de Estados Unidos se esmeran en ocultar sus pérdidas, utilizan formas de medir sus resultados que confunden a los inversores (...) Este año las firmas pasarán a pérdidas la cifra récord de 125.000 millones de dólares, mayormente por activos e inversiones que ya no valen tanto como creían» (Business Week, 21/11).

Las conexiones políticas

La clave del éxito de la empresa fueron las conexiones políticas de sus responsables. Éstas les permitieron condicionar el programa liberalizador de Reagan, Bush y Clinton aprovechándose de la ausencia de controles y de la libertad para comercializar la energía.

También utilizó a los sucesivos gobiernos de su país para defender como propios los intereses de la empresa en el extranjero, por donde se extendió aprovechando la liberalización de la energía, sector hasta entonces generalmente nacionalizado y considerado estratégico, que se ha ido progresivamente privatizando a precio de ganga, gracias al cambio de las reglas del juego, que los EE.UU. han impuesto en todo el orbe a través de instrumentos como la Organización Muncial del Comercio (OMC).

Como ejemplo, entre muchos otros disponibles, de su penetración en el poder del Estado baste mencionar que en 1995 la administración Clinton amenazó con cortar la ayuda al desarrollo a Mozambique si no firmaba con Enron un contrato para construir una conducción de gas hasta Sudáfrica, en palabras del ministro mozambiqueño de desarrollo, John Cachamila «sus diplomáticos (...) me han presionado para que firmara un contrato que no era bueno para Mozambique. No actuaba como un diplomático neutral (el subdirector de la embajada). Era como si trabajara para Enron».

Como excusa para liberalizar la energía, suprimiendo los precios regulados se argumentó que así se garantizaría una abundante oferta de energía barata: sucedió todo lo contrario. Durante el año pasado la demanda creció muy por encima de la oferta, causando la crisis de los apagones de California que amenazó con extenderse a todo el país, colapsando el sistema eléctrico. Actualmente la Enron está siendo investigada por el Estado de California por haber acordado recortar, junto con otras empresas, la producción de electricidad para subir precios y aumentar sus beneficios. Estos pasaron, del año 1999 al 2000 de 8 billones de pesetas a 20.

El economista burgués Paul Krugman describió el caso de la siguiente manera. La crisis de California «es antes que nada una crisis de subinversión (donde) una floreciente economía estatal (...) se arruina porque nadie construye las plantas y gasoductos que necesita (porque) la industria está dominada por algunos grandes jugadores que encuentran altamente rentable no invertir» (The New York Times, 3/1). Algo muy parecido a lo que está pasando actualmente en Brasil donde tras la privatización de las eléctricas, la industria tiene racionada la energía y los barrios cortes diarios programados.

Pero en California rizaron el rizo. La liberalización se hizo separando distribución de producción y manteniendo los precios regulados en el caso de las empresas de distribución. Las productoras obligaban a las distribuidoras a pagar un precio de «mercado libre» pero no lo podían revertir al consumidor, arruinandose.

Esta peculiar forma de hacer las cosas no habría sido posible si Enron no hubiera controlado las instancias desde donde se hacían políticas a su medida. Su presidente Kenneth Lay fue el principal contribuyente, con sesenta y cinco millones a la campaña electoral de Bush, en el 2000. Como consecuencia es su principal «asesor» en cuestiones energéticas y colabora con Cheney en el  Consejo de Desarrollo de la Política Energética creado para buscar «soluciones» a los problemas energéticos. También contribuyó a la campaña de Spencer Abraham, ministro de energía de Bush, del presidente (demócrata) del Comité de Energía y Recursos Naturales del Senado y de muchos otros con relación con la política ambiental, energética y económica.

  Una serie de regulaciones federales, reestablecieron en junio un nuevo control federal de precios. Previamente, y para impedirlo, Lay ofreció al presidente de la Comisión Federal de Desarrollo Energético, Curtis Hebert, que estrenaba cargo, su apoyo si cambiaba sus criterios sobre la liberalización de la energía, rechazando la oferta, algo que reveló el New York Times el 26 de mayo. Bush para reequilibrar las cosas metió en la comisión a dos recomendados de Enron.

Consecuencias políticas

Bush no es el todopoderoso emperador, invulnerable y victorioso que nos pretenden hacer pasar. A su alrededor se multiplican los problemas. La economía del país pasa por serios apuros. Y si bien la guerra le ha permitido fijar la atención de su pueblo en el frente exterior, utilizando la ola de patriotismo para obligar a cerrar filas a la oposición demócrata en torno al gobierno, eso no les ha impedido bloquear en el Senado el presupuesto de 75.000 millones de dólares que los mismos demócratas habían aceptado en el Congreso para hacer frente a la recesión económica.

La razón: no se pudo llegar a un acuerdo final pues los republicanos metieron 25.000 millones de dólares extra en exenciones fiscales a las grandes empresas y las grandes fortunas, bloqueando cualquier incremento de la ayuda a los parados. Ante las elecciones al Congreso de noviembre de este año los demócratas buscan el triunfo intentando convencer a la opinión pública estadounidense de que la desaceleración económica y la pronunciada baja en el superávit presupuestario se debe al recorte de impuestos de 240 billones de pesetas en diez años que el gobierno ha puesto en marcha, principalmente primando a las grandes fortunas y empresas.

Con el presupuesto bloqueado, al día de hoy, no es difícil imaginar que ahora que, con la victoria en la guerra, los estadounidenses vuelven a pensar en lo que sucede en casa, puede cundir la opinión de que el gobierno es responsable de lo que sucede en la economía, máxime cuando el «escándalo Enron» ha saltado a los titulares de la prensa en los U.S.A. y se está investigando en una comisión del Senado presidida por el demócrata Joseph Lieberman, con todas las armas en su mano para poder utilizar los vínculos personales, políticos y económicos de Bush y el vicepresidente Cheney con el hombre que les ayudó y al que ayudaron a llegar a la situación en que ahora se encuentra.

Consecuencias económicas

Cuando en octubre la empresa anunció pérdidas por 1.000 millones de dólares en el tercer trimestre y de 1.200 por parte de su fondo de inversión, las acciones de Enron perdieron el 95% de precio en apenas cuatro semanas. Tras un intento de salvamento fallido con la compra por parte de su competidora Dynegy, acabó por hundirse. El trato se rompió al bajar la cotización de Enron en bolsa  hasta los 3.500 millones de dólares, muy por debajo de los 9.000 que Dynegy ofreciera previamente y de las deudas por 25.000 millones de dólares que acumulaba.

Es evidente que la quiebra tiene un gran potencial para provocar una crisis financiera, máxime cuando los grandes bancos, (el Citibank, el Deutsche, el Credit Suisse, Morgan-Chase, Barclays) acumulan varios miles de millones en créditos impagados. Y la cadena de incumplimientos de contratos causada por la desaparición de la séptima empresa del mundo puede tener un efecto multiplicador. Como muestra baste saber que las autoridades japonesas han inyectado 210.000 millones de dólares en el sistema bancario en provisión de las consecuencias sobre éstos de la quiebra de Enron (Financial Times, 4/12).

Todo ello representa el fin de la «Nueva Economía» como panacea y modelo a imitar. También precipitará más aún el desprestigio y mostrará la podredumbre de los que la publicitaron y le cantaron alabanzas y ojalá contribuya a iniciar el fin de la clase política y de la burguesía que se lucraron especulando con el empobrecimiento de una humanidad que algún día habrá de desposeerles de su poder y su propiedad.