Un pueblo en busca de un gobierno

Un pueblo en busca de un gobierno

Testimonio de los acontecimientos en Argentina

Mirta Ochoa es una trabajadora argentina afincada en España desde hace unos años. En diciembre visitó a su familia Argentina y fue testigo directo de los acontecimientos que llevaron al derrocamiento del Gobierno de De la Rua. Con motivo de una charla en IU-Latina de Madrid, a la que fue invitada, dio su testimonio de lo que había visto y, dado su interés como documento informativo, transcribimos íntegra su intervención.

La crisis económica de estos últimos años se ha ido acelerando más y más en la Argentina. Al comienzo de los 90 hubo un crecimiento económico —primeros años de gobierno de Menem—, que agudizó salvajemente la polarización entre ricos y pobres basándose más en la disputa de las empresas del Estado y el endeudamiento externo que en el desarrollo de los sectores productivos. Cuando este «crecimiento» se fue agotando, dio paso a una desaceleración y más tarde a una rescisión que hoy llegando a unas profundidades muy difíciles de imaginar unos pocos años antes.

En una visita a nuestra familia en la Navidad del 2000 ya nos encontramos con síntomas como que el 50% de los padres de todo el país querían que sus hijos se fueran al extranjero. Esto era visto como la única opción de futuro para las próximas generaciones. El instinto y la intuición ya les adelantaba que se acercaban a  una situación límite, sólo comparable con la de una guerra para llegar a desear que sus hijos se vayan.

Y es que en Argentina es un país en el que el nivel de vida y el reparto de la riqueza han retrocedido tremendamente en los últimos 30 años.

Hay un antes y después en nuestra historia desde el golpe militar en los años setenta. Año tras año se podía comprobar la gran caída del nivel de vida de las grandes masas populares. La clase media dejó de ser clase media. Pero ahora es peor aún: todo el mundo habla de una desocupación crónica. en casi todos los hogares uno de los dos, el hombre o la mujer, ha perdido definitivamente la posibilidad de trabajar.

Este último año ha sido un año muy duro. un millón de personas había caído  en la categoría de «nuevos pobres». De una población de 37 millones, que el 40% esté bajo el nivel de pobreza es un contraste feroz para un país donde la mayor parte de la población tenía solucionada la educación, salud y en gran medida la vivienda. De lo que estamos hablando es de todo lo que se les fue quitando a las sucesivas generaciones en muy poco tiempo. Por ejemplo, mi propia generación tuvo una infancia en la que siendo hijos de trabajadores, podías acceder no sólo a una educación básica, sino también a idiomas, carreras universitarias, etc; luego vivimos la dictadura, y junto a la represión y los desaparecidos, cada año fue peor que el anterior. Nuestros hijos no se van a poder educar como nos educaron a nosotros. No tienen acceso a la salud como tuvimos nosotros. Los chicos que nacen hoy en Argentina tienen una expectativa de 50 años, mientras que sus abuelos están teniendo una expectativa de vida do 80 años.

Con esta realidad como fondo el fuego de las protestas de los últimos años fue calentando cada vez más un gran caldero a presión. A pesar de eso la mayoría de la gente decía «aquí no pasa nada, es terrible como nos esta robando, pero aquí nadie hace nada». Nosotros sabíamos por los medios, televisión, prensa, internet que todos los meses había manifestaciones en Buenos Aires, o manifestaciones en el interior del país, cortes de carreteras por los piqueteros, cortes con barricadas. Todas eran manifestaciones cargadas de bronca y violentamente reprimidas en Plaza Congreso, en Plaza de Mayo... Sin embargo, reinaba en el ambiente esa idea de aquí no pasa nada. Además la juventud estaba totalmente descreída de la política. Ahora están diferenciando la política de los políticos. Pero todo esto también está pasando aquí en España.

En Argentina se llegó a un descreimiento tal de los políticos que se desconectó totalmente los que es el representar a alguien del concepto de «hacer política». Cuando alguien hace política, entonces es un tránsfuga, lo que quieren es hacer sus negocios, no representar, no defender.

Esto sucedía, en los locales políticos —incluidos los de izquierda— estaban vacíos totalmente. No había juventud. Quedaban los militantes de siempre y cada vez venían menos. La corrupción se había tragado a la política. Tanto era lo que habían robado los últimos gobiernos peronistas que en el 99 se había votado por un cambio a una coalición de radicales y un frente más o menos de centroizquierda, con muchísimo entusiasmo. Pero este gobierno también iba a decepcionar.

Durante el año 2001, al ver que la crisis económica avanzaba sin remedio, ¿que hizo ese gobierno que se proclamaba de centroizquierda y que había ganado las elecciones sobre todo por su imagen de  honradez? Nombró a Domingo Cavallo ministro de economía, el mismo que había sido alto funcionario con los militares y ministro de economía del gobierno de Menem. y la economía no hizo sino seguir cayendo en picado. Y el ambiente se siguió caldeando más y más.

En Argentina la abstención electoral nunca había sido un factor importante. Es un voto que se hace como una obligación cívica. Desde la dictadura cada elección es un acto de ejercicio de la democracia, es un acto muy sentido por la gente. Se va a votar con alegría, aunque los candidatos no te gusten, sin embargo en el mes de octubre, en las elecciones del parlamento, gano la abstención, el voto en blanco, el voto autoanulado donde se escribían insultos.

A finales de octubre y principios de noviembre se tenía que hacer el censo habitual de cada década. Nos llegan las primeras noticias de los amigos de allá de que la gente, como respuesta a su indignación, no le va a abrir la puerta a los censistas. Mientras que otros decían que al censo se lo iban a tomar como instrumento para que el mundo supiera lo mal que estaban, sin trabajo, cómo habían caído en la pobreza, etc. ¡Hasta un censo era tomado como un elemento de propaganda e indignación! Sin embargo  toda esta gente nos seguía diciendo, ‘esto esta terrible, todos los jóvenes se están yendo del país, aquí no hay más futuro, nos lo están robando’.

Llegan los primeros días de diciembre, el FMI vuelve a exigir los intereses de la deuda. El gobierno argentino, con Cavallo como ministro de economía, no tenía dinero. Pero De La Rúa dice ‘Honraremos la deuda’... y robó. Para honrar la deuda robó a toda la gente que todavía tenía su dinero en los bancos, lo confiscó, y con eso pagó la deuda. No con los grandes capitales de la especulación, ésos ya no estaban en los bancos a principios de diciembre. Eran los dineros de pequeños ahorristas. los ahorros de toda la vida de una clase media venida muy abajo.

El día 18 de diciembre, caminaba por el microcentro de Buenos Aires, y veía unas caras de depresión, de amargura, de silencio. Para los que conocen Argentina es algo muy raro, La calle siempre es bullicio, sin embargo había un silencio que nadie podía entender.

Había enormes filas adentro y afuera de los bancos. Me explicaron que todo el mundo estaba condenado a ir a los bancos. Todo el mundo tenía que tener «cuenta salario», una cuenta donde ingresan tu salario, y de ahí ibas sacando tu dinero. Cuando decretan el «corralito», no solo no se pueden sacar los ahorros, tampoco los sueldos. Tenías que ir a sacar el dinero con cuentagotas. Hacer una cola de cuatro o cinco horas con doscientos o trescientos metros de fila de gente. Gente agobiada, pero en silencio. Un silencio tremendo. Esto era el 19 de diciembre.

El día 19 de diciembre me levanto con las noticias de los asaltos a los supermercados. Se dijo, y era verdad, que habían sido de alguna manera provocados. Se sabía que había un descontento tremendo contra el gobierno, y se decía que los peronistas estaban tratando de desprestigiarlos para ganar las próximas elecciones (no pretendían tanto como hacer caer el gobierno).

Habían organizado, desde los barrios más marginales algunos asaltos a los supermercados. Los medios de comunicación jugaron un papel. Los medios de comunicación a veces juegan un papel unas veces a favor otras veces en contra, pero cuando la realidad les sorprende sin «libreto» pueden llegar a sorprender simplemente captando con el micrófono lo que dice la gente. Salen toda la televisión a la calle a entrevistar a los que están robando en los supermercados, primero en los más grandes (estilo Carrefour).

Los hipermercados están a las afueras de Buenos Aires, donde también están los barrios obreros. Estos supermercados están rodeados de desempleados, traperos, trabajadores muy en precario, en resumen los más necesitados de lo que hay adentro de esos supermercados.

Estos grandes centros de comida iban siendo rodeados, primero por la gente de estos barrios, y veías como los guardias de seguridad cerraban las puertas. La gente iba llegando y se iba agolpando. Los periodistas les preguntaban: «¿y usted, a qué viene?», y era conmovedor escuchar: «Venimos a buscar lo que nos hace falta»,  «a poner en mi mesa de Navidad pan para mis chicos, yo no puedo pasar una Navidad sin poner la comida en la mesa para mis hijos».

Después tiraban abajo la cerca, resistían un poco los guardias de seguridad, hasta que no podían más y se escondían. Entonces la gente entraba en hordas y se llevaba todo. He visto llevarse estanterías enteras con productos. Los periodistas insistían con su moralina: «¿no les da vergüenza llevarse todo eso?», y la gente contestaba: «¡NO!». Las justificaciones que escuchábamos eran: «No me da vergüenza, yo vengo a buscar lo que me están robando por otro lado». «Si los de arriba me están robando, si me dejaron sin trabajo, yo vengo a buscar mi comida aquí». Otro decía: «Sí, sí, yo vengo a buscar lo que me hace falta, y lo demás lo trataré de vender, sé que me durará dos días, pero no importa, yo sé que pasaré la Navidad bien».

Era un drama, la gente gritaba y lloraba.

La televisión difundió todo esto durante todo el día. Veíamos escenas cada vez más violentas. En los techos de los supermercados empezaron a aparecer guardias armados sin uniforme. Algunos comerciantes de los barrios obreros que también estaban siendo asaltados, salían a defender su negocio con armas en la mano. Otros simplemente lloraban y les decían a sus vecinos que eran los que les estaban robando «¿Pero, para qué te va a servir una lavadora?», y se tenían que oír «Bueno, la venderé y mis hijos comerán...!».

Empezamos a saber de los primeros muertos. Era el colmo, nos preguntábamos ¿cómo estamos así y el gobierno no hace nada? Hasta que a la nueve de la noche De la Rúa habla por televisión y anuncia como única medida frente al drama de un hambre que había perdido la vergüenza, que decretaba el Estado de Excepción. ¡El Estado de Sitio!, tan indeleblemente marcado en cada argentino por la dictadura. Al decir esto, la ciudad de Buenos Aires estalló. De todas las ventanas venía un estruendo ensordecedor... Era la bronca que explotaba, con todo. La protesta contra el hambre hizo golpear las cacerolas vacías.

Al rato la gente empezó a salir de sus casas. Los medios de comunicación empezaron a contar que venían columnas de gente del Gran Buenos Aires. Los reporteros, todavía sin «libreto» preguntaban, y la gente respondía «Queremos la cabeza de Cavallo». La policía trató de impedirles el paso. Cortaron los puentes de acceso a la capital esa noche. Pero las columnas llegaron igual.

No sabían muy bien a qué venían, pero por lo menos venían a hacer justicia. Y decían que habían salido demasiado tarde.

En estos últimos años los hijos de los desaparecidos habían impuesto una costumbre muy sana, hacían los «escarches», esto es, denunciar públicamente a un torturador. Rodeaban su casa, cuando descubrían dónde vivía, se montaba una concentración con carteles, se le pintaba la puerta de la entrada poniendo «Aquí vive Fulano de Tal... Torturador». Yo creo que esa idea fue la que empezó a trabajar en la cabeza de la gente que iba llegando de todos lados y que de forma espontánea se fue dirigiendo a la casa de Cavallo.

Este personaje vive en el barrio más rico de Buenos Aires. Empezó a juntarse más y más gente, y también bajó la gente de ese barrio a rodear la casa de Cavallo, que terminó renunciando esa noche. Sabemos que pidió seguridad, que no se pudieron acercar a rescatarlo, y que tuvo que salir disfrazado. Al mismo tiempo, otras columnas rodeaban la Quinta de Olivos (casa presidencial) pidiendo la renuncia de De la Rúa. Mientras el resto de columnas de los barrios, por que sí, empezaron a caminar hacia Plaza de Mayo, que es la plaza de todas las grandes manifestaciones en Argentina. Esa noche hubo euforia hasta el amanecer porque la gente había hecho renunciar nada menos que a Cavallo. Se oía de todo «quitamos a este gobierno y al que venga...», aunque nadie podía decir a quién pondría. Los dos grandes partidos, radical y peronista, estaban totalmente desprestigiados. Todos los gritos iban contra ellos «¡no ponemos a ningún peronista ni a ningún radical porque son todos corruptos y ladrones!».

El día 20 mucha gente volvió a su casa cansada, pero la juventud empezó a volver a la Plaza de Mayo porque De la Rúa no había renunciado. Seguía sin manifestar absolutamente nada, inmovilizado con todo lo que había pasado. Ya sabíamos que había habido muertos el día anterior. La gente hablaba del genocidio del hambre. Esas imágenes del día anterior habían conmovido absolutamente a todos y el sentimiento general era «hasta qué punto dejamos que toda esta situación cayera».

El día 20 todos pensamos ir a la Plaza de Mayo hasta que renunciara también De la Rúa. Pero esta vez la policía reprimió con gases, balas de goma y... balas.

Cargó hasta con caballos a la gente que iba llegando a la Plaza y que se sentaba en son de paz, que no quería violencia, que intentaba una manifestación pacifista. Pero era tal la fuerza de las reivindicaciones que se daban situaciones de un contraste increíble: un muchacho iba con un cartel enorme que decía «NO A LA VIOLENCIA» y se paseaba con él por dentro del pasillo de entrada de la Casa Rosada, mientras que detrás de él en la Plaza de Mayo la policía cargaba contra otros jóvenes que se defendían a pedradas.

En poco tiempo «todo se pudrió» como decimos allá. La policía que carga con los perros, con los caballos, con balas de goma tiradas a quemarropa, los gases lacrimógenos que también se tiran al cuerpo. Y los muertos a quemarropa también. Hubo seis en Plaza de Mayo, que se sumaron a los 12 del día anterior en los asaltos a los supermercados. Los muertos del día 20 fueron muertos elegidos. Eran hijos de desaparecidos, militantes de Derechos Humanos. Fueron muertos a quemarropa por policía de civil.

La bronca de la gente explota otra vez y empieza a prender fuego a todo lo que se pudiera entender como responsable de algo: los bancos, las cabinas telefónicas, los locales de Telefónica. El centro de Buenos Aires se transformó en Beirut. No lo podíamos creer.

Hasta qué punto aquí había bronca y hasta qué punto la gente salió, incluso la juventud que pasaba de todo rompía y hacía una entrada en la política, en la historia, de una manera tan violenta, y al mismo tiempo, tan sin saber cómo.

Al día siguiente, en un viaje de taxi en el que me acompañaba mi hija, el taxista empezó a recriminar a los jóvenes diciendo que con esa bronca no se llegaba a nada, que habían sido jóvenes infiltrados. Mi hija le respondió con fuerza que ni hablar, que muchos de ellos eran conocidos y amigos de ella, que sólo eran jóvenes con bronca. Él entonces contestó: «mirá, cuando yo tenía esa edad, si en una manifestación rompíamos una vidriera, no la rompíamos por que sí, sino para usar los cristales como arma contra la policía». Dos días después en un conflicto ferroviario los usuarios del tren en Plaza Once ante la desfachatez de la patronal hacían eso mismo. Rompieron los cristales de la estación y los lanzó contra la policía. En dos días se habían recuperado algunas de las viejas tradiciones de lucha...

De las primeras manifestaciones pacificas se pasó en pocos días a manifestaciones que empezaban cada noche en los barrios con cortes de calles, barricadas incendiadas... y desde allí se marchaba a Plaza de Mayo.

Durante el día la gente se paraba a discutir en las esquinas. Unos decían «Nos van a matar a los muchachos, se embroncan mucho y arremeten contra la policía», y otros respondían «Sí, pero cuando la policía carga, si no, no...» «Vamos a tener que aprender a marchar organizados como se hacía antes, no tan alegremente como las primeras noches». Ahora sabemos que los cacerolazos están mejor organizados. Se junta la gente por zonas, van con carteles de sus barrios. Tuvieron que aprender que la policía, que no podía reprimir abiertamente porque empeoraba la situación, mandaba agentes provocadores entre los manifestantes y en las desconcentraciones ellos mismos agredían a la policía de uniforme para provocar la represión.

Esta organización se logró en muy poco tiempo, y empezaron a surgir las asambleas barriales.

Mientras  tanto, los Piqueteros, encabezando un movimiento en el conurbano, convocaron a una marcha sobre la Capital para el 30 de enero. Muchos pensaban que el cacerolazo era lo representativo de las clases medias, y eso podía ser «pan para hoy y hambre para mañana...» «Estos —pensaban en las zonas obreras— cuando les devuelvan el dinero del corralito no luchan más».  Pero los Piqueteros en esa marcha fueron recibidos por la población de Buenos Aires con comida, agua, y sumándose a su marcha. Cuando entraban en la ciudad formaban una columna compacta de más de 200 metros. Al llegar a la Plaza de Mayo se había sumado tanta gente que esa columna era de más de mil metros. Se festejó mucho la unidad de la «cacerola» con el «piquete».

Ahora siguen las asambleas barriales, los cacerolazos, los Piqueteros con sus marchas y asambleas. Hay un estado constante de asamblea y discusión. Por momentos hay cansancio pero cualquier acontecimiento provoca una nueva convocatoria. Los políticos de toda la vida no pueden salir a la calle, ni aparecer en lugares públicos sin que los insulten o incluso golpeen.

El gobierno actual de Duhalde se sabe tan débil como lo fueron anteriores. Está inmóvil. Y tampoco ofrece soluciones. El FMI no confía y tampoco aporta ninguna solución. Yo creo que existe total conciencia de la fuerza que se tiene para derribar a un gobierno. Pero hoy la gran pregunta que se está haciendo la gente es qué gobierno ponemos en su lugar. De la respuesta que se logre a esta pregunta depende el futuro de la Argentina.