Editorial

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Tras la Cumbre de Monterrey .... Pobreza y Cinismo

A finales de marzo se celebró la Conferencia Internacional para la Financiación al Desarrollo, organizada por la ONU en Monterrey, México. El secretario del Tesoro británico, Gordon Brown, que encabezaba la delegación de su país hizo una pomposa declaración: «Hay un acuerdo creciente en que, igual que luchamos juntos contra el terrorismo, debemos luchar juntos contra la pobreza». La realidad es que su «lucha» contra la pobreza no va a tener más éxito que el cosechado con el terrorismo. Es difícil no pensar que los pobres del mundo pueden echarse a temblar cuando estos señores hablan de «luchar».

Los acuerdos de la Cumbre de Monterrey, que ya venían pactados entre las grandes potencias, hablan por sí solos. Estados Unidos, se ha comprometido ha elevar en 5.000 millones de dólares su contribución al desarrollo en los próximos tres años y la Unión Europea en 7.000 durante los próximos cuatro. Para comprender qué supone esto, basta tener en cuenta que el propio presidente del Banco Mundial, Wolfenshon, considera necesario que la ayuda al desarrollo se incremente en 50.000 millones de dólares, sólo para reducir a la mitad el número de pobres a escala planetaria en el 2015, un gran consuelo para la mitad que seguiría siendo pobre. Sin embargo, ni eso se alcanzará con los resultados de Monterrey.

El cinismo de estos «luchadores» no tiene límites. Desde 1992, la ayuda mundial al desarrollo ha caído de 60.000 a 53.000 millones de dólares. Ahora, tras Monterrey, la UE va a dedicar un 0'39% de su PIB a ella y EEUU un 0'2%, lejos del famoso 0'7% que se proclamó en 1969 como objetivo y que hoy supondría dedicar unos 200.000 millones de dólares por parte del mundo desarrollado. Sólo el presupuesto militar norteamericano previsto para el ejercicio del 2002-2003 asciende a 379.999 millones de dólares, alrededor de un 3% de su PIB, a gastar en un solo año. En línea con la política de estas últimas décadas, para los gobernantes del mundo será el mercado, una vez más, el que solucionará los problemas de atraso.

Nada es más falso que ese planteamiento. Precisamente, gracias a los mecanismos del mercado y a su superioridad técnica, las grandes empresas de los países desarrollados sacan mucho más dinero de los países pobres, a través de la caída de los precios de las materias primas, de la explotación de una mano de obra muy barata y sin derechos, apoderándose de sus industrias autóctonas o impidiendo su desarrollo con su competencia, o mediante el drenaje de la deuda externa. Sólo Latinoamérica ha pagado a sus acreedores 1.450.000 millones de dólares desde 1980 a 2000, cuatro veces más que el volumen de la deuda externa de 1982.

Por tanto, no estamos más que presenciando un ejercicio de sumo cinismo, necesario para vender a la opinión pública que los gobiernos están haciendo algo para paliar la pobreza. Sin embargo, ningún gobierno piensa seriamente en que sea posible, ni siquiera conveniente, acabar con la pobreza, como mucho se trata de mantenerla dentro de unos límites que no pongan en peligro la estabilidad del sistema. La pobreza mundial sólo es la otra cara de unos años extremadamente rentables para el capital a escala internacional.

No deja de resultar irónico que Gordon Brown vinculara la «lucha contra el terrorismo» a la «lucha» contra la pobreza. En realidad, más que a que a combatir la pobreza, los gobiernos de los países desarrollados –con EEUU al frente, por supuesto– parece que se aprestan a combatir a los pobres. El rearme masivo que se avecina a escala internacional, además de un negocio muy rentable, es un síntoma de que los gobiernos de la burguesía se preparan para una nueva pelea por el reparto del mundo y contra las reacciones de sus víctimas, que son la mayoría de la población mundial.

Lejos de las teorías de quienes apoyan el capitalismo –primero se crece y después se distribuye–, la pobreza no ha disminuido con el crecimiento económico en los años 90, sino que a pesar del auge, ha aumentado el número de pobres. Según la propia ONU, el número de pobres en el mundo se ha duplicado desde 1974. Pero la pobreza no es un patrimonio de los países más atrasados, sino que el propio Comité Económico y Social de las Comunidades Europeas dictaminó que la evolución de las sociedades desarrolladas se ha caracterizado por «ricos más ricos y pobres más pobres y numerosos».

La pobreza no sólo ha crecido durante estos años, sino que va a seguir creciendo con las políticas que, parecidas como gotas de agua, aplican la inmensa mayoría de los gobiernos del planeta: peores salarios, más facilidades para el despido, más privatizaciones, recorte de los gastos sociales. Llama la atención que mientras Bush ha aumentado el presupuesto militar en un 15%, su Administración ha presupuestado 300.000 millones de dólares menos de los que la Oficina Presupuestaria del Congreso considera necesario para que el servicio americano de Salud mantenga sus actuales prestaciones, que no son ninguna bicoca.

Argentina nos ha ofrecido durante estos años un ejemplo tremendo de cómo un país rico puede ser arrasado por el capitalismo, de cómo una generación ya vive peor de cómo lo hicieron sus padres. Pero en ese sentido, con las diferencias que pueda haber, Argentina nos muestra el futuro que mañana puede sufrir cualquier otro país a manos de un capitalismo cada vez más brutal y desatado. En líneas generales, la política que se ha aplicado en Argentina ha seguido fielmente los pasos que le mandaba la burguesía propia e internacional.

La tozuda realidad se empeña en dar la razón a la denostada hipótesis de Marx que señalaba cómo la evolución del capital conducía a la acumulación de miseria en un polo y de la riqueza más extrema en el otro, al crecimiento de las desigualdades. Nunca el mundo había sido tan desigual, nunca había existido tal número de pobres como ahora. A pesar de los logros de la técnica y la ciencia, la mayoría de la humanidad vive en la pobreza, y gran parte muere de hambre.

Precisamente cuando el capitalismo alcanza su cúspide en el desarrollo de las fuerzas productivas, más evidente y rotundo es su papel parásito socialmente, dando nuevamente la razón a los puntos de vista de Marx. Hoy no faltan medios para que todo ser humano pudiera vivir en condiciones más que dignas. La propia ONU señala que bastaría con el 1% de los ingresos de las 200 personas más ricas del mundo para que toda la población mundial tuviera acceso a la educación primaria. El problema es que los recursos son propiedad privada de un núcleo cada vez más reducido de individuos y empresas que no tienen otro leit motiv que su margen de ganancias, porque es así como funciona el capitalismo.

Pero si es verdad que la historia sólo se plantea aquellos problemas que puede resolver, es innegable que hoy existen las bases materiales para llevar a cabo una planificación democrática de la economía. El socialismo no sería precisamente el reparto de la miseria, con lo que estaría de antemano condenado al fracaso, sino el uso racional de unos medios técnicos como nunca ha tenido el ser humano. También Argentina nos muestra que los trabajadores, la juventud, no se resignarán indefinidamente al futuro que nos prepara esta sociedad y buscarán la forma de transformarla. En este país latinoamericano, si sus direcciones tuvieran claro la necesidad de esa transformación socialista de la sociedad, nada impediría ese cambio. Pero precisamente la tarea es esa, en Argentina y en el resto del mundo, conseguir unas direcciones y organizaciones que sean las primeras convencidas de que ese cambio es necesario y posible.