Lecciones de las elecciones presidenciales francesas

Lecciones de las elecciones presidenciales francesas

Fracaso de la «Izquierda Plural»

Domingo Echevarría

El resultado de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas, con casi un 82% de los votos por Chirac (más de 25 millones), presidente saliente y candidato de la derecha conservadora «tradicional», frente al 18% (5.5 millones) por Le Pen, líder del Frente Nacional, ha provocado un suspiro de alivio en la sociedad francesa e internacionalmente. Los problemas económicos, políticos y sociales en Francia reflejados en los vaivenes electorales, sin embargo, no se han resuelto, ni siquiera en lo que respecta a contener el fenómeno ultraderechista.

PLEBISCITO CONTRA LE PEN

La exclusión de un candidato del Partido Socialista francés de la segunda y definitiva vuelta, por primera vez desde 1969 (Pompidou contra Poher, ambos de derechas), permitió que se blandiera la amenaza del retorno del «fascismo», del populismo reaccionario y xenófobo de la extrema derecha gala, para alentar un cierre de filas en torno a Chirac como presunto campeón de unos etéreos «valores republicanos», de un contenido concreto más que impreciso. ¿Acaso lo que la derecha francesa entiende por «libertad, igualdad, fraternidad», lemas de la Revolución burguesa de 1789, tiene algo que ver con el que le deberían dar las fuerzas de izquierda políticas, sindicales y sociales?  Para la clase obrera y la mayoría de la nación, éstos lemas sólo tendrán un contenido real cuando se les vincule a una auténtica alternativa socialista.

Como queriendo reivindicar las palabras de Marx de que, en algunas ocasiones, la revolución necesita el látigo de la contrarrevolución, entre la primera y la segunda vuelta se prodigaron protestas populares espontáneas diarias contra Le Pen en las calles y en los centros de estudio, con especial participación de la juventud. ¡Algunas tradiciones nunca mueren aunque se harten de darlas por muertas! El 1º de Mayo hubo manifestaciones multitudinarias en las principales ciudades francesas. Todas ellas fueron movilizaciones contra Le Pen y lo que significa, no acciones de apoyo a Supermenteur («supermentiroso», merecido apodo de Chirac), impopular también por sus incontables asuntos de corrupción. En una reacción instintiva para cerrar el paso a la derecha ultramontana, millones de trabajadores y jóvenes, contra sus propios instintos y siguiendo una nueva directriz equivocada, ¡otra más!, de las principales fuerzas de izquierda, depositaron su voto por el supuesto «mal menor de derechas».

Sólo así puede entenderse que, habiendo obtenido Chirac el peor resultado de un presidente saliente en la historia (5,6 millones de votos, algo menos del 20%), en la primera vuelta, superara los 25 millones en la decisiva. En este plebiscito del 5 de mayo contra Le Pen, la abstención se redujo hasta un 20% (con todo, muy importante y mucho más alta que en 1974 y 1981) y el resultado abrumador, como señalaba el diario parisino Le Monde (6 de mayo) se debe al «refuerzo masivo de unos 10 millones de votos de la izquierda y de 3 de la extrema izquierda». En otras palabras, agrega, «es creíble que los electores de izquierda constituyen la mayoría de los votantes de Chirac en la segunda vuelta».

Desgraciadamente, el cierre de filas en torno a la «cara amable de la burguesía» defendido por los dirigentes del PSF y PCF junto con otras fuerzas menores, le ha sacado de la extrema debilidad en que se encontraba, le ha fortalecido y ha impulsado la unidad de la derecha para las legislativas de junio, que podría culminar con su recuperación del Gobierno. Los vientos sembrados en mayo previsiblemente traerán tempestades en junio...

LA «IZQUIERDA PLURAL»

Tras la inicial sorpresa del 21 de abril (Jospin fuera de la segunda vuelta), surgieron todo tipo de explicaciones, la mayoría peregrinas, del peor resultado de un candidato de izquierdas en las presidenciales.

Que si la abstención se debía a que se pensaba inevitable un duelo final entre Chirac y Jospin, como si fuera ajena a la experiencia del Gobierno de la «Izquierda Plural» del PSF, P. Comunista, Verdes,... La mayor parte de la abstención, siempre es así, era de la izquierda, mucha de votantes socialistas desilusionados. Cierto es que el Gobierno Jospin impulsó reformas como la reducción de la jornada semanal a 35 horas (aunque con criterios como la reducción salarial u otras compensaciones a los empresarios) o la asistencia sanitaria universal. Pero no lo es menos que, en asuntos fundamentales, no había diferencias entre «Chirospin» y «Jospirac», apelativos populares de los cohabitantes en Presidencia y Gobierno desde 1997.

Que si el escaso 16% de Jospin se debió a la fractura de la izquierda... Es obvio, por ejemplo, que el «neo-republicanismo» (un «nuevo jacobinismo transversal», ¡de derechas e izquierdas al mismo tiempo!) de Chévenement buscaba vengarse de su antiguo partido y ejercer de Caballo de Troya de la derecha. Si el Gobierno de la «Izquierda Plural» hubiera satisfecho las expectativas despertadas en 1997, este ex-dirigente de la corriente de izquierdas del PSF llamada CERES en los años 70 y 80 y posteriormente varias veces ministro no hubiera podido obtener un 5,33%, un fracaso en toda regla por otra parte.

El pésimo resultado del PCF (el peor de su historia con menos de un millón de votos, 3,41%) lo explicaba así el alcalde de Calais (feudo tradicional de este partido) Jacky Hénin: «lo que ha fallado es todo el sistema, un Gobierno de izquierda que ha conducido una política liberal, un Partido comunista que no ha querido ser un apoyo exterior crítico del Ejecutivo y que paga ahora el verse asociado a una política que, a pesar de algunos éxitos, no ha respondido a la fuerte demanda social que se había expresado en otoño de 1995 a través de grandes huelgas y en junio de 1997 a través de un voto que hizo posible el gobierno de izquierda plural». Un ejemplo: entre las privatizaciones emprendidas por el Gobierno las hubo en el sector del Transporte, cuyo titular era miembro del PCF.

Los partidos que se postulaban trotskistas, en la primera ronda, obtuvieron 2.962.561 votos (10,53%). ¿Qué tontería es ésa de hablar de que quienes votaron en abril a las denostadas fuerzas de la calificada como «extrema izquierda» lo hacían por «caprichos ideológicos y no según la lógica política»? Estos grupos capitalizaron el voto de izquierdas descontento con el Gobierno y reflejaron las aspiraciones de transformación social que anidan en los corazones y en las mentes de millones de trabajadores y jóvenes franceses. Es otra lógica, al margen y contraria de la políticamente correcta.

Finalmente, fue también muy llamativo el número de votos blancos o nulos (que se duplicaron entre una y otra vuelta: desde 997.262 hasta 1.764.720). Esta vez no se trataba de errores técnicos sino de otra forma de protesta más contra el orden existente.

LA REACCIÓN

Pese a la gran campaña en su contra, Le Pen superó ligeramente los 5,5 millones de votos en la ronda final. En todo caso, un pequeño aumento de 54.000 votos sobre la suma de lo que habían logrado el FN y otro grupo ultraderechista escindido, el Movimiento Nacional Republicano dirigido por Bruno Mégret. Como estaba cantado, nunca tuvo ninguna posibilidad de vencer, ni siquiera de obtener en estos momentos un mejor resultado: rechazado por la izquierda, el grueso de los votos de la diáspora derechista se acabó agrupando alrededor de Chirac. Por cierto, la victoria de Chirac en 1995 precisó del voto de la extrema derecha, sin la que el recientemente designado «campeón republicano» hubiera perdido.

Con todo, aunque no progresa como podía temerse, no retrocede. Le Pen apela a los desempleados y a los obreros, a los desencantados de las fuerzas de izquierda. Y con resultados: según Le Monde Diplomatique (mayo 2002), un 30% de sus votantes son parados y otro 24% obreros. La inseguridad laboral permite que el FN atribuya la culpa a la inmigración y proponga su expulsión de territorio galo. La inseguridad en la calle, con un aumento de la delincuencia, le da cancha para, como aquí hace ese gran «centrista» que es Aznar, identificar a inmigrante con delincuente. Las condiciones lamentables de la vivienda en los arrabales de las grandes ciudades fomentan la tensión interracial. Que la dirección del FN sea fascista, no así la gran mayoría de sus votantes, no quiere decir que sea tonta y juega con habilidad sus cartas.

Para reducir el apoyo del FN y conjurar su amenaza, los llamamientos morales no sirven, como tampoco la denuncia en términos humanitarios de la aberración que supone esta extrema derecha xenófoba. Hace falta luchar contra las causas que generan las condiciones sociales de las que, demagógicamente, se nutre ese gran enemigo de la clase obrera.

Para luchar contra el desempleo, para conseguir la estabilidad laboral, para tener unas condiciones de vida dignas en los barrios, para garantizar un sistema educativo al alcance de todos, en fin, para que la mayoría de la población tenga unas condiciones de existencia dignas, hay que quebrar los pilares del sistema capitalista que en Francia tiene uno de sus ejemplos más desarrollados. Mientras no se avance en esa dirección, fenómenos como el de Le Pen pervivirán como una amenaza para el futuro y muchas de sus propuestas se irán poniendo en práctica bajo manga. Así lo confirma el enfoque policial del incremento de la delincuencia y del control de la inmigración que va a aplicar el gobierno transitorio de Raffarin.

EL MOVIMIENTO OBRERO

Este gobierno transitorio acuerda muchas medidas, sin ponerlas en práctica, y proyecta una imagen moderada con el fin de ganar las elecciones de junio, a las que Chirac está desesperadamente tratando de presentar unificada a la históricamente fragmentada «derecha tradicional». Si obtiene la victoria, no tardará en verse la agenda oculta de la burguesía, rebosante de duros ataques contra los trabajadores, de recortes democráticos y de persecución de la inmigración. Ahora bien, aun con mayoría, la derecha puede encontrarse con que, bloqueado el terreno institucional, su política sea duramente contestada en la calle. Ya le pasó en 1995-1997 y algo de eso está recibiendo el capo di capi Berlusconi en Italia.

No obstante, pese a sus dirigentes, cabe la posibilidad de que, ante esta amenaza, la izquierda pueda recuperarse de la debacle y lograr un triunfo electoral. Se repetiría así una cohabitación que Chirac quiere evitar, para poner directamente en marcha la política que la burguesía necesita. El PSF ha anunciado un giro a la izquierda de su programa, proponiendo el fin de las privatizaciones y nuevas medidas sociales, contra la opinión de su sector realista de derechas. Si repitiera mayoría parlamentaria, desde el primer día, su Gobierno estará bajo la atenta mirada de millones de trabajadores y jóvenes que han quedado escaldados de la anterior experiencia y están dispuestos a movilizarse.

Las elecciones francesas reflejan una creciente polarización social. Hacen falta hechos y no palabras: no basta con atribuirse una fama de izquierdas, como Jospin ha hecho, para acabar haciendo lo mismo que el abiertamente proburgués Blair. En esta encrucijada, muchas son las voces de dirigentes socialistas que reclaman un giro a la derecha y una conversión abierta al Blairismo. Frente a ellas, han de alzarse otras que digan que es la hora de la recuperación de las auténticas tradiciones socialistas, de luchar por una sociedad en la que la planificación democrática de la economía esté al servicio de las necesidades sociales de la gran mayoría de la población y no como bajo el capitalismo en la que sea una exigua minoría quien se beneficie de la explotación de la mayoría.

Sami Naïr, eurodiputado y crítico de cualquier veleidad izquierdista, señalaba en un artículo de opinión en El País (6 de mayo) que lo que él llama derecha clásica e izquierda social-liberal (en la que, en su opinión, se ha diluido el partido comunista) practican «una política y una visión del mundo idénticas, aunque todo está hecho para que se crea lo contrario. La misma política, es decir, la sumisión voluntaria al liberalismo europeo mundializado; la misma visión del mundo, porque la izquierda no tiene ninguna perspectiva de futuro que proponer a las clases populares, a no ser la de adaptarse al sistema capitalista realmente existente». Éste es el nudo gordiano de lo que está pasando en Francia e internacionalmente.

Francia está entrando en una época tumultuosa, con sus alzas, sus bajas, sus impasses, en la que el programa genuino del socialismo revolucionario acabará teniendo un eco en las organizaciones decisivas de la clase obrera y la juventud. Colaborar a ello es el reto de los marxistas. Como a finales de abril afirmaba Edgar Morin, un afamado politólogo francés escasamente revolucionario, «esto no ha hecho más que empezar».