Venezuela

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Las masas detienen un golpe de Estado

Jordi Escuer
IU-Madrid

Hacía mucho tiempo que no vivíamos acontecimientos como los de los últimos cinco meses. En diciembre, vimos al pueblo argentino derribar a cuatro gobiernos consecutivos en pocos días y ahora, cuando parecía que se repetía la experiencia de 1973 en Chile, la población trabajadora y humilde de Venezuela ha desbaratado un golpe de Estado en toda regla, que trababa de imponer una nueva dictadura. El 12 de abril los generales del ejército y la patronal dieron un golpe de Estado respaldado por Washington y los gobiernos europeos más reaccionarios, como el de Aznar. Hasta aquellos medios de comunicación con vitola de «demócratas», como El País, no pudieron reprimir su alegría ante la caída del «caudillo y autócrata peligroso».

Hemos leído y escuchado  que el golpe fracasa porque los que lo protagonizan no se coordinaron bien o lo hicieron muy mal pero, lo cierto, es que los protagonistas del golpe estaban convencidos de que nada se les opondría, pues contaban con el poder económico, los medios de comunicación —nacionales e internacionales—, el apoyo de la mayoría de los generales del Ejército, el respaldo del gobierno norteamericano  y la pasividad, como mínimo, de la Unión Europea. De hecho, Chávez llegó a estar detenido.

En Venezuela se respiraba desde hace meses un ambiente de asonada, todo el mundo lo esperaba. Recuerda mucho a la situación en Chile en 1973: La patronal, con la colaboración del sindicato CTV convocaron varias jornadas de protesta y huelgas generales contra el gobierno de Chávez. Orquestaron una campaña de movilizaciones de los sectores sociales que se oponían a las medidas del Gobierno para dar una cobertura «popular» al golpe.

La reacción de las masas

¿Qué es lo que les falla? Precisamente, el factor con el que no contaron fue la reacción popular, las masas de trabajadores pobres se lanzaron desde los «cerros» a la capital a detener un golpe que era encabezado por la oligarquía venezolana. La designación del presidente de los empresarios, Pedro Carmona, era algo más que un símbolo del carácter del golpe. Nada mejor que recurrir al corresponsal de El País, un periódico nada sospechoso de simpatizar con Chávez,  para comprobar qué pasó.

«El fracaso de la rebelión cívico castrense [no le llamarán golpe de Estado] que el jueves estableció una Administración provisional [otro eufemismo para no hablar de dictadura] en Venezuela demostró que la proclamada caída de la popularidad de Chávez entre los suyos tuvo mucho de espejismo. No significó, desde luego, la pasividad de los cuarteles y de los pobres, mayoría en el padrón electoral, frente a la autocracia y la disolución de todos los poderes públicos decretados por el empresario Pedro Carmona, «el clásico plutócrata», según portavoces oficiales. La toma del palacio de Miraflores por la muchedumbre chavista y militares afectos a la Constitución bolivariana fue clave en la derrota del golpe».

«A los gritos de ¡vuelven los de siempre!, ¡vuelven los cogollos y el viejo régimen de ladrones!, las masivas concentraciones de apoyo al presiente fueron organizadas boca a boca ante el silencio de las grandes cadenas de televisión privadas, que controlaron sus flujos informativos para permitir la consolidación del Gobierno interino y evitar que las movilizaciones prendieran en los cuarteles» (EP, 15ABR2002).

La verdad es que la cita es bastante elocuente. A propósito, ¿de qué sirvieron los medios de comunicación de la burguesía frente a un humilde boca a boca de la población cuando hay un objetivo claro, y este era parar el golpe «de los de siempre»?

Es inevitable pensar que la contrarrevolución ha actuado de látigo, de espuela de la revolución. En Argentina es la declaración del Estado de Sitio, frente a los asaltos a supermercados, lo que desata la protesta de la gente y la caída del Gobierno de De la Rúa.

La represión de la nueva dictadura, que empezó pronto, fue un estímulo para la reacción, tal y como pone de relieve el autor del mismo artículo: «La asonada cívico militar fue malograda en buena medida por las implacables batidas policiales contra el chavismo del viernes y la mañana del sábado, por los abusos cometidos durante su desarrollo contra gentes inocentes de boina colorada y como consecuencia del primer texto de Carmona, nada integrador y redactado en un sanedrín. Esos factores fueron la gasolina que prendieron las hogueras revolucionarias, la rabia de los manifestantes, convertidos muchos en hordas saqueadoras».

No sería sorprendente encontrarnos quien diga —y es un argumento entre algunos de quienes apoyan a Chávez— que lo que lleva al golpe al fracaso es que el presidente es un militar y tiene el apoyo del Ejército. Eso es simplificar la cuestión y a veces sólo persigue devaluar el papel decisivo de la movilización de las masas. Desde luego, tiene mucha importancia la pertenencia de Chávez al Ejército, en realidad es todo un síntoma de la situación del Ejército. La cuestión es que la presión popular provoca una división del estamento militar en líneas de clase, una parte del cual se opone activamente al golpe: «La correlación de fuerzas en la calle y el miedo a una guerra civil o a la voladura del palacio de Gobierno decidieron en buena manera el comportamiento de los uniformes, angustiados y titubeando siempre. La torpeza del primer decreto de la Administración interina, la cólera de los habitantes de los cerros y el batallón de paracaidistas de Maracay encendieron la espoleta».

De cuál era el ambiente en el Ejército también nos ofrece una buena imagen la prensa: «Todo parece indicar que fueron los oficiales más que los coroneles y generales, los mandos que liquidaron la Administración provisional del civil que fue presidente de la patronal».

Sobre la división en el Ejercito añade que existían estos grupos: «Los leales a Chávez (…); los militares que invocaron a la peligrosa polarización social registrada durante el mandato del comandante (…); el tercer sector, el más numeroso, dudó siempre y actuó en función de la correlación de fuerzas en las calles y otros resortes de coyuntural».

¿Cómo se llega a esta situación?

Chávez había sido elegido en diciembre de 1998. Había obtenido un apoyo político espectacular, tanto como la caída de las organizaciones políticas tradicionales: Alianza Democrática (AD, socialdemócrata) y COPEI (democristiana). Había cosechado el apoyo del 57% de los votos, mientras que las otras dos formaciones políticas, sumadas, no llegaban al 9% de los sufragios.

El apoyo a Chávez volvió a quedar reflejado tanto en la votación de la nueva Constitución, que recibió el aval del 71,21% de los votos, como en la Asamblea Constituyente, que cosechó el 88%. Su popularidad llegó a rozar el 80% según las encuestas, y lo más bajo que ha estado ha sido alrededor del 50%. Fox en México, no supera el 36%, con lo que es difícil negar que tenía y tiene apoyo popular.

No podemos ignorar la importancia que tiene el descalabro de los partidos tradicionales, particularmente de AD. Este partido había tenido en 1989 el apoyo de los trabajadores y la población pobre, pero apenas comenzó gobernar impuso un duro plan de ajuste económico, de acuerdo con el FMI.

El paquete de medidas significó un alza de los precios muy fuerte, en primer lugar en el transporte por el incremento del precio de la gasolina, y provocó una oleada de protestas sociales con el incendio de autobuses y asaltos a supermercados. Carlos Andrés Pérez, presidente entonces —amigo de Felipe González, por cierto— decretaría, incapaz de frenar la oleada de protestas, el Estado de Sitio y lanzaría una represión con gran número de muertos, sobre todo de jóvenes. Esos acontecimientos se recordarían con el nombre de «El caracazo» y llegarían a costar, según fuentes militares oficiosas, unos 18.000 muertos o desaparecidos, aunque la cifra oficial sea de 400.

Andrés Pérez amasaría en esos años una fortuna multimillonaria, en una gestión política que acabaría llevándole a los tribunales donde sería  juzgado por corrupto. Chávez protagonizaría en 1992 un intento de golpe de Estado contra Pérez, que fracasaría y le llevaría por un tiempo a la cárcel.

Estos años habían alimentado un rechazo enorme de las masas hacia la AD, que tomaría cuerpo en el apoyo entusasta a Chávez. Al principio, éste tenía hasta el apoyo de una parte de la burguesía venezolana e internacional. El propio Jimmy Carter hizo declaraciones a su favor e incluso el BBVA parece que contribuyó económicamente a su campaña electoral. Es interesante el análisis que el Partido Comunista de Venezuela (PCV) hace sobre la actitud de la burguesía venezolana: «La oligarquía apostaba a que el proceso de revolución democrática y popular (revolución bolivariana) se quedaría anclado en el nivel de los cambios institucionales y políticos, sin afectar los intereses económicos de la dominación. Claro, ellos generalmente determinan el carácter del régimen político imperante, el cual no toca sus intereses sino que los favorece».

La propia burguesía veía que no había otra opción a Chávez y pensó que podría mantenerlo dentro de unos cauces controlables. Incluso entre los directivos de empresas multinacionales instaladas en Venezuela había una actitud «comprensiva» hacia Chávez. El problema es que la situación social de Venezuela es absolutamente dramática, según los datos proporcionados por el propio gobierno: 80% de pobreza, 39% de pobreza extrema, 14% de indigentes, 15% de desempleo, 50% de empleo informal, 37% de desnutrición infantil, 21 por mil de mortalidad infantil y 30% de deserción escolar.

¿Qué política ha aplicado Chávez?

En esas condiciones podía hacerse como los gobiernos anteriores, emplear mano dura y traicionar a sus votantes, o, por el contrario, intentar llevar a cabo una política que beneficiasen a la mayoría de la sociedad. El gobierno de Chávez,  puso en marcha un política moderada de reformas que, hasta ahora, ha ido yendo de menos a más. Se han construido escuelas en los barrios pobres, aumentaron en un 25% los niños escolarizados —más de 1,5 millones de niños que no iban a la escuela ahora están escolarizados, reciben ropa, desayunan, comen y meriendan—, la mortalidad infantil se ha reducido, en los últimos dos años Venezuela ha subido cuatro puestos en el Índice de Desarrollo Humano y se están construyendo 135.000 viviendas para pobres. En contra de lo habitual en América Latina, Venezuela puede que sea el único país que experimentó una mejora en el último periodo —aunque todo siga muy mal—, de las condiciones de vida de la gente. ¿Cómo no se iba a enfrentar al golpe?

Chávez ha empleado los recursos del petróleo en gastos sociales y eso no le ha gustado nada a los directivos de la empresa y a la burguesía que se lucraba con ello. Ahora dicen que la empresa ya no será igual de rentable…

Aplicar esa simple política le ha llevado a chocar con los intereses de la burguesía venezolana y las multinacionales. ¿Qué medidas rechazan? Fiscalizar el uso de las subvenciones públicas por la empresa privada, que la banca asuma sus propia deuda acumulada (recordemos lo que se hizo en Argentina el Estado se hizo cargo de la deuda de los bancos), racionalizar y hacer progresiva la recaudación fiscal, facilitar el acceso al crédito en condiciones justas, reformar los mecanismos de concesión de obras públicas, reivindicar el carácter nacional de las reservas gasísticas, que el ejecutivo fije las tarifas eléctricas, que las escasas comunidades indígenas recuperen el control sobre sus tierras, aguas y subsuelos.

No se trata de medidas que cuestionen el sistema capitalista, de hecho son una realidad en los principales países desarrollados, pero estas medidas chocaban con los intereses de la burguesía venezolana y de otros países con intereses en la zona, atentaban contra el «libre mercado». Como decía Galeano en Latinoamérica «la libertad de mercado se lleva mal con la libertad política».

Una de las leyes que más oposición despertó fue la «Ley de Tierras y Desarrollo Agrario», cuyo contenido explica un documento del PCV: «Por un lado están los que defienden el latifundio. Quieren mantener ociosas grandes extensiones de tierras, mientras miles de familias campesinas no tienen acceso a éstas. Se niegan a pagar el impuesto predial, el cual es común en todas las legislaciones del mundo. Han invadido miles de hectáreas, de las que se apropiaron indebidamente, y se niegan a la revisión de la titularidad: son los verdaderos invasores y delincuentes; terracogientes. La ley respeta el derecho de propiedad, si no no establecería un procedimiento para la expropiación por causa de interés social o utilidad pública. Garantiza la dotación de tierra, la asistencia técnica y el apoyo financiero a los campesinos y campesinas, la creación de centros poblados dotados de todos los servicios, así como el usufructo de los bienes producidos, pero no se permite la venta o traslado de la posesión de la tierra a terceros, excepto a los herederos. Se rescata la función social de la tierra y crean tres instituciones para garantizar la dotación, la inversión, la comercialización y el desarrollo rural. La contradicción esencial es entre aquellos que aspiran mantener el régimen latifundista (la oligarquía terrófaga) y quienes luchamos para que la tierra cumpla su función social al servicio del ser humano y la sociedad».

Además, había otras cuatro leyes más que suscitaban el rechazo de la burguesía: el Proyecto de Ley Orgánica de Seguridad Social, la Ley de Pesca, la Ley de Hidrocarburos, el Proyecto de Ley Orgánica de Educación. Son leyes que plantean cuestiones mínimas para la vida diaria como es el derecho a una seguridad social y educación mínimas, o que trataban de preservar los recursos naturales de la acción depredadora de las grandes empresas en beneficio de las comunidades indígenas, como ha sucedido con la Ley de Pesca.

¿Cuál es el proyecto político bolivariano?

Chavez, desde luego, no es ningún comunista. Él mismo se declara bolivariano —plantea que Bolívar es el más grande de los revolucionarios de todos los tiempos—. En realidad recoge el relevo de una larga tradición de militares que trataban de superar los problemas endémicos del capitalismo latinoamericano, ante la incapacidad de sus respectivas burguesías. Caudillos populistas, democráticos, que se revelaban contra la situación imposible a la que el capitalismo nativo e internacional sometía a todo el país. Nada mejor que las propia palabras de Chávez, que orgulloso de esa tradición, afirmaba: «La generación militar de la que yo formo parte se cansó de representar el triste papel de perros guardianes del sistema, y decidió, con una clara vocación democrática y libertaria, reencontrarse con el pueblo». Es un estamento de la sociedad, el ejército, que trata de resolver los problemas que debería haber resuelto otra clase social.

En otra entrevista decía:  «Lo que hay es un proceso de civilización del mundo militar. En vez de usar a los militares para perseguir, para reprimir, para matar, como sucedió en el caracazo del 27 de febrero de 1989, estamos usando los recursos militares para resolver la tragedia social. El ejército compra directamente en el campo los productos agrícolas y los vende en los mercados populares. Se construyen viviendas y hospitales, se arreglan puentes, se abren caminos nuevos. Las fuerzas armadas y el pueblo andan ahora unidos, y no sólo de palabra. Un país con un drama terrible como Venezuela no puede darse el lujo de tener 100.00 hombres en los cuarteles, comiendo y montando guardia, mientras la gente se muere de hambre en las esquinas».

Hace 30 años un régimen como el de Chávez muy probablemente hubiera seguido el camino del de Cuba, con la que tiene muy buena relación, además de buena sintonía personal con Fidel Castro, con el que también tiene muchos puntos en común. Chávez, al igual que Castro al principio de la revolución cubana, nunca ha pretendido, al menos públicamente, ir hacia una política que cuestione la propiedad privada. Recién lograda su victoria electoral, declaraba en Le Monde Diplomatique:  «Nos hace falta encontrar, buscar el punto de equilibrio entre el mercado, el Estado y la sociedad. Hay que hacer que converjan la mano invisible del mercado y la mano visible del Estado en un espacio económico en el interior del cual el mercado existe en todo lo posible y el Estado en todo lo necesario».

Ignacio Ramonet escribía  hablando de Chávez: «La propiedad privada, las privatizaciones y las inversiones extranjeras siguen garantizadas, pero en el límite del interés superior del Estado, que velará por conservar bajo su control aquellos sectores estratégicos cuya venta significaría la cesión de una parte de la soberanía nacional»

Sin embargo, los procesos sociales tienen su propia dinámica. Una vez que ilusionas a las masas en una política y empiezas a aplicarla, por tímida que sea, abres un proceso que es muy difícil de parar. Es significativo lo que decía un periodista: «Chávez jamás ha prometido abolir la propiedad privada ni cosa que se parezca, pero ha hecho alusiones temerarias al tema en varios de sus discursos, lo que induce a la gente a tomar sus promesas de igualdad en un sentido demasiado literal. Hay una caja de Pandora abierta en Venezuela, y tal vez ni el propio presidente sabe lo lejos que pueden llevarle las pasiones que ha desatado».

¿Puede haber hoy una burguesía progresista en Venezuela o en algún país latinoamericano? Es evidente que no si vemos los datos. El capitalismo venezolano ha fracasado en sacar su país adelante, pero no en obtener suculentos negocios: «Difícilmente se habrá podido contemplar un país tan opulento dirigido hasta tal punto por algunos centenares de familias que se reparten entre ellas, desde hace decenios y al margen de sus opciones políticas, sus fabulosas riquezas». Arturo Uslar Pietri, escritor venezolano (Le Monde Diplomatique).

La burguesía venezolana se ha dedicado a sacar al extranjero todas sus ganancias. Sólo de diciembre a febrero ha evadido 2.000 millones de dólares. Exactamente igual que la Argentina y la del resto de los países latinoamericanos. En Venezuela se han ingresado 300.000 millones de dólares los últimos 30 años por el petróleo que se exportaba –equivale a más de 20 planes Marshall, para hacernos una idea de lo que supone–. Sin embargo, semejantes ingresos no han impedido que la mayoría de la población venezolana, el 80%, sea pobre.

Es muy común hablar de que el problema es la corrupción de los partidos, que sin duda es algo real, pero es al revés, el problema es el sistema económico y las relaciones de propiedad que llevan a la desigualdad social y, de ésta, nace la corrupción. La corrupción existe en todos los países, no sólo en Venezuela, porque es parte consustancial del capitalismo.

¿Qué podemos esperar?

El régimen ahora está sometido a dos presiones: la de la burguesía y la de las masas. La burguesía ha fracasado esta vez, pero ha enseñado los dientes, ha descubierto sus cartas. Ha demostrado que está dispuesta a imponer su dictadura a sangre y fuego y, si ahora no lo ha logrado, lo volverá a intentar más adelante.

Las masas también han conseguido una victoria, lo cual las animará a ir más lejos, pues se sentirán fuertes. No querrán esperar a que les hagan promesas, sino que empezará a cundir la idea de tomar las tierras y de resolver los problemas por sí mismos

El programa de Chávez es democrático, reformista, y eso es suficiente para enfrentarlo a la oligarquía de siempre. Pero un programa de transformación de la sociedad debe basarse en hacer conscientes a las masas de la necesidad de su participación activa en la vida política para conseguir un cambio en el régimen de propiedad de los recursos fundamentales (tierra, petróleo, finanzas…) para ponerlos al servicio de la mayoría de la población. Y de que, además, ese cambio, en un mundo globalizado, sólo puede tener éxito si forma parte de un proyecto que impulse la misma política a escala internacional, empezando por Latinoamérica.

De lo contrario, por muy tenaz que sea la lucha del pueblo venezolano, se dejaría la puerta abierta a una nueva derrota en un próximo golpe de Estado, conforme el régimen se desgaste más, lo que sucederá si en lugar de enfrentarse decididamente a la burguesía trata de llegar a un acuerdo con ella. Entonces, una nueva asonada podría triunfar con unas consecuencias dramáticas para las masas venezolanas.

No es ninguna casualidad que las mismas cancillerías europeas y americanas que saludaron el golpe de Estado, ahora insistan en la necesidad de una reconciliación nacional, en el diálogo. Sería un error fatal para el proceso en Venezuela, pues sólo serviría para darle un respiro y tiempo a la reacción para preparar más concienzudamente su próximo golpe.

La única política que puede resolver los problemas de las masas es la que lleve a una socialización de las empresas, empezando por los bancos, de los capitalistas venezolanos y las multinacionales. Además habría que proceder a una depuración completa del Ejército y a prepara un auténtico armamento general del pueblo, para prevenir nuevos golpes de Estado.

El imperialismo norteamericano tampoco permanecerá de brazos cruzados. Es evidente que lo sucedido en Venezuela pone en entredicho su control en la zona, desde su punto de vista es un ejemplo peligroso para otros países, y sin duda, será un aliento para más luchas. Además, pone en entredicho sus planes de control de la zona (ALCA y el Plan Colombia). Por último, Venezuela es un país petrolero, el segundo exportador de petróleo a nivel internacional. Aproximadamente un 14% del crudo que consume EEUU proviene de este país, que tiene unas importantísimas reservas. A pesar de eso, el gobierno de Bush no lo tiene fácil, ya que Venezuela no es Afganistán.

Apoyo al pueblo venezolano

Estos acontecimientos sacan a relucir las carencias de la izquierda, que no es capaz de desempeñar el papel que debería y que, en su lugar, está jugando un teniente coronel del Ejército. Ahora bien, también nos muestra lo que podría hacer si se repone de su actual situación política y es capaz  de presentar un programa y una perspectiva de lucha.

La situación de la izquierda nos sitúa frente a posturas netamente reaccionarias por parte de partidos como la de la dirección del Partido Socialista de nuestro país: «El PSOE ha criticado la actuación del Ejecutivo por demasiado complaciente con Chávez, al que el ex presidente Felipe González calificó de ‘dictador’ el pasado viernes. ‘Aunque haya sido elegido en las urnas, se ha comportado como un dictador. Estaba desmantelando el Estado de derecho’, reiteró ayer Trinidad Jiménez, responsable socialista de política exterior» (EP 15ABR2002). En lugar de denunciar un golpe de Estado en toda regla contra un régimen elegido democráticamente, se tacha de «blando» al gobierno de Aznar.

Pero también debemos tener cuidado y no confundir el apoyo a Chávez frente a la reacción, con el apoyo incondicional. Es un riesgo que una parte de la izquierda se convierta en chavista, como ayer unos se hicieran guevaristas o titistas. Una actitud socialista supone partir del hecho de que la emancipación de la clase obrera tiene que ser obra de ella misma y no buscas salvadores de ninguna clase, sino tratas de comprender los procesos sociales e impulsar un programa para la transformación socialista de la sociedad.

El propio Partido Comunista de Venezuela, que participa del gobierno de Chávez, se «pone a sus órdenes» y eso tiene muchos peligros: «Igualmente, tendremos claro que lo que está en el centro de la confrontación hoy es el problema del poder. Que los sectores de la reacción económica y política, quienes han detentado históricamente el poder y hoy están siendo desplazados por el proyecto de país expresado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, se resisten, actúan y presionan para recuperar los espacios perdidos, y se plantean expulsar del aparato del Estado a quienes, liderados por el presidente Chávez, luchamos por transformar la sociedad en interés del ser humano y no del gran capital».

«Las leyes de la Habilitante, que desarrollan los principios revolucionarios contenidos en la Constitución —el proyecto revolucionario de país está constitucionalizado, por ello el presidente Chávez afirma que la Fuerza Armada Nacional lo asume y defiende—, demuestran que no transitamos un proceso cosmético dirigido a maquillar las grandes cicatrices históricamente abiertas en la sociedad. Apuntan a curar el cuerpo social, moral y económico de la república y, por tanto, afectan privilegios, situaciones y realidades que son las causas estructurales de las iniquidades e injusticias, para transformarlas».

«Esa orientación las convierte en instrumentos para la transformación revolucionaria. Apropiarnos de sus contenidos esenciales, difundirlos, defenderlos y luchar por su aplicación, es tarea fundamental de los comunistas, patriotas y demócratas verdaderos. Desentrañar su esencia en el seno de las masas, diariamente, es parte del combate ideológico y político frente al mensaje mediático de la oligarquía».

Desde luego, hay que apoyar todas las medidas progresistas de Chávez, pero también explicar a fondo sus carencias y qué hacer.  Infundir confianza en que el programa de Chávez es capaz de resolver los problemas de las masas, en lugar de aprovechar sus aspectos más positivos para ayudar a las masas a ver la necesidad de ir mucho más lejos, es un error. La política de Chávez choca con la del capitalismo, es cierto, pero no es una política capaz de «transformar la sociedad en interés del ser humano y no del gran capital». Es menester tanto apoyar lo que tiene de progresista socialmente su política como advertir de qué habría que hacer para resolver los problemas sociales de Venezuela, sin crear falsas ilusiones. Sobre todo hay que impulsar la lucha del pueblo trabajador venezolano y explicar clara la necesidad de una política socialista.

Sin perder de vista lo anterior, lo primero que debemos apreciar de los acontecimientos en Venezuela es la intervención de las masas en el destino de sus propios asuntos. Estos hechos muestran que Argentina no era un caso aislado, sino el inicio de una cambio generalizado en la situación política. Estamos presenciando la recuperación de la lucha de clases y, a pesar de las debilidades e inevitables derrotas, esa experiencia es absolutamente necesaria para que la propia izquierda se recupere de su situación de crisis.