El PP, acorralado por su propia política, opta por la represión

El PP, acorralado por su propia política, opta por la represión

La imágen de una manifestante pacífica en la Puerta del Sol golpeada sorpresivamente por un policía ha conmocionado a los telespectadores. Desgraciadamente este no es un hecho represivo aislado.

El Ayuntamiento de Madrid aprobaba, con los votos del PP, en el Pleno celebrado el 27 de marzo, una Ordenanza Municipal denominada, con un tremendo cinismo, "Protección del Medio Ambiente Urbano" que establece, entre otros aspectos, "sanciones económicas por repartir propaganda electoral en la vía pública". En la misma ciudad y por las mismas fechas seis vecinos de Barajas, uno de ellos con 70 años, han sido castigados con una sanción de 600 euros, cada uno, por manifestar su descontento en la vía pública tras ser expropiados de sus terrenos y casas debido a las obras de ampliación del aeropuerto.

La Xunta de Galicia dictó una Orden en la tercera semana de marzo por la que se prohibía la exhibición de "cualquier cartel que no esté estrictamente relacionado con la actividad docente" en los centros educativos de esta Comunidad. La respuesta en muchos centros ha sido la de añadir a los abundantes carteles de protesta contra la guerra de Irak y de Nunca Mais, otros con una tercera reivindicación: "Libertad de Expresión".
El juez Garzón está pendiente de un expediente solicitado por el Consejo del Poder Judicial por escribir un artículo en el que criticaba a Aznar por su política respecto a la Guerra de Irak. No deja de ser paradójico que quien ha utilizado la Ley de Partidos para ilegalizar a una formación política (Batasuna) tampoco escape a la oleada represiva impulsada por el Gobierno.

Estos botones de muestra son suficientes para ilustrar la deriva política que está tomando el Gobierno y todas las instituciones encabezadas por miembros del PP o acólitos del poder.

Mientras las cosas les iban bien, funcionaba el eslógan demagógico de "España va bien". Mientras el PP no se enfrentó a problemas graves funcionaba su máscara "centrista y moderada".

Mientras la economía crecía (gracias a la dinámica de crecimiento internacional) y se creaba empleo (aunque fuese en gran parte basura); mientras no tenían oposición seria tanto en el terreno sindical (buenas relaciones con los sindicatos mayoritarios) como en el político (dirigentes del PSOE paralizados y los de IU enzarzados en sus cuitas internas y con escasa capacidad de movilización); mientras reinaba una aparente paz social y ellos gozaban de mayoría absoluta en el Parlamento y en otras muchas instituciones, sus decisiones y sus leyes aparecían como las únicas opciones posibles. El único conflicto de envergadura parecía que era el del País Vasco y ahí ellos jugaban, ante un sector mayoritario de la población española, el papel de víctima gracias a la actuación demencial de ETA, al apoyo cerrado que el PSOE ha brindado al Gobierno en este terreno y a la falta de una alternativa creíble desde la izquierda.

Pero de pronto algo empieza a cambiar ante los ojos de todo el mundo. Empiezan a surgir problemas, cada vez más serios, a los que el PP y su Gobierno no presentan más que excusas, tratan de buscar culpables por todas partes menos en ellos mismos y demuestran su incapacidad para buscar realmente soluciones.
La situación económica cambia de signo. El crecimiento económico se reduce siguiendo la senda de la economía internacional y producto de la política de recorte del gasto público del Gobierno. El paro, en 2002, crece por primera vez en 8 años (desde 1994), y la inflación oficial se dispara hasta el 4% como reflejo de la introducción del euro. Las encuestas reflejan este cambio y el desempleo vuelve a ser, recientemente, la preocupación principal de los españoles. Las relaciones entre el gobierno y los sindicatos se deterioran hasta el punto de que los últimos convocan la huelga general del 20 de junio pasado.

La reacción del PP es la de siempre, arrogante y prepotente; desprecian el movimiento de protesta y tratan incluso de negarlo con un manejo indecoroso de las cifras.
Tratan de contrarrestar el efecto social que ha tenido volviendo a su tema preferido: el fomento del nacionalismo español a través de su "batalla" contra ETA, el terrorismo y, por extensión, contra todo el nacionalismo vasco.
Pero el accidente del Prestige tiene unas consecuencias devastadoras para el PP. Esta vez su actitud arrogante provoca una reacción airada en uno de sus feudos políticos tradicionales con un efecto que se extiende como el aceite. La actitud de los ministros, del presidente y de los altos cargos de la Xunta, demostrando que les importaban un carajo las consecuencias de la catástrofe, es un shock para miles de personas. Muchos son los que ven que el PP no sólo no defiende los intereses de los trabajadores, que se han visto obligados a hacer una huelga, sino que sus propios votantes se empiezan a dar cuenta de que tampoco defiende los suyos, como es el caso de muchos de los pueblos gallegos afectados por el chapapote.
Pero el proceso que se inicia con el hundimiento del Prestige no hace más que extenderse y profundizarse con la preparación de la guerra contra Irak. La postura belicista de Aznar, apoyando sin dudas a Bush, no es respaldada ni siquiera por la mayoría de sus militantes y afiliados. Aznar consigue que su grupo parlamentario mantenga "prietas las filas", pero el goteo de afiliados que se dan de baja y concejales que se desmarcan de la postura oficial amenaza con convertirse en una sangría, que podría desbordarse si los resultados electorales en mayo fuesen un auténtico varapalo. Sólo en Mojácar se dieron de baja 72 afiliados.
Aznar no es capaz de comprender cómo un gobierno que tenía mayoría absoluta en las urnas hace menos de tres años y que sigue contando con mayoría absoluta en el Parlamento, se puede encontrar con un respaldo social, en un tema clave como es una guerra, de menos del 5%. En su propia defensa balbucea apelando a la "legitimidad democrática" que le otorgaron las urnas, como si eso fuese un cheque en blanco para siempre, inmutable y eterno.

El cambio en el ambiente social y político ha sido tan rápido y extenso que no sólo ha dejado aislado al PP, sino que ha dejado al Gobierno con la boca abierta, sin capacidad de reacción. Y cuando lo han hecho han tenido la respuesta típica de la derecha: la patronal pronunciándose en contra del paro de 15 minutos en protesta por la guerra, y el gobierno y a las instituciones estatales tratando de recurrir a la represión para cortar las masivas y permanentes movilizaciones contra la guerra. En cuanto se han enfrentado a una verdadera oposición a su política en la calle, se les ha derretido la careta "centrista" como si fuese de cera, más rápido que el Sol derritió las alas de Ícaro.

La manifestación mundial contra la guerra de Irak el pasado 15 de febrero tuvo, posiblemente, su máximo exponente en nuestro país. Cientos de manifestaciones, en pueblos y ciudades de toda la geografía, que sumaron más de 5 millones de personas en la calle en el mismo día y a la misma hora, en contra de la política del gobierno, no tiene precedentes. Fue una explosión política prácticamente espontánea en la que la guerra jugó el papel detonante. La amenaza de invasión militar de Irak por parte de los ejércitos anglo-estadounidenses motivó la protesta pero no se puede explicar la magnitud de la respuesta, que es ya todo un acontecimiento histórico, sólo por esa razón. La guerra era como la gota que colmaba el vaso. Fue la descarga, en ese momento quizás en gran parte aún inconsciente, de un gran malestar acumulado por motivos más amplios, tras años de política de ataques a los derechos de los trabajadores, a los derechos de los estudiantes, a los derechos de los usuarios de la sanidad, a los derechos democráticos...

La guerra se ha desatado y la movilización se mantiene. El PP no se atreve a defender abiertamente su postura a favor de la guerra sino que se esconden cobardemente tras un lenguaje orwelliano y tratan de hacerse las víctimas. Aznar y los suyos dicen que están en contra de la guerra y que quieren la paz. Pero es la paz de los cementerios. Los que apoyan con entusiasmo a las tropas que están asesinando a miles de iraquíes se escandalizan porque les tiran huevos y pintura a sus sedes. Pretenden presentar a quienes rechazamos el genocidio como a "violentos". Reclaman su derecho de expresión (¿y el de los iraquíes?) cuando no sólo tienen todos los medios de expresión y comunicación a su alcance, sino que ellos son los que tienen en sus manos el Poder de Decisión. Reclamando su derecho a defender esta guerra están defendiendo, en realidad, la "libertad" de los ejércitos imperiales a matar iraquíes y la "libertad" de las multinacionales a participar en el negocio de la guerra y, sobre todo, de la postguerra.

Ellos defienden la "libertad" de los agresores, de los asesinos. Nosotros defendemos los derechos democráticos elementales del pueblo iraquí y de las víctimas del imperialismo en cualquier parte del mundo.

¿Democracia?

¿Qué democracia es ésta que permite a un Gobierno tomar una decisión tan importante contra el 92% de la población? El PP ve que su apoyo social se está hundiendo porque por fin se les está viendo el plumero. Si ganaron las elecciones con mayoría absoluta fue porque pudieron engañar a un sector de la población, haciéndoles creer que eran otra cosa gracias a la utilización de los medios de comunicación y a que el PSOE estaba de capa caída, en medio de todos los escándalos de corrupción que afectaban a muchos de sus cargos y dirigentes. Pero ahora están demostrando, en la práctica, que sólo defienden los intereses de las multinacionales del petróleo (americanas y españolas), de las grandes empresas de la construcción (Ferrovial, ACS, Dragados) que ya están a la caza de contratos en la reconstrucción y privatización de Irak, de las grandes empresas de armamento, y, en última instancia, de los banqueros que son accionistas de todas ellas. Este gobierno representa a una minoría de parásitos y está enfrentado a la mayoría social.

En las elecciones municipales y autonómicas del 25 de mayo tenemos una oportunidad de mostrar nuestro desacuerdo con el partido gobernante. A pesar de la distancia entre la política internacional y la local, tienen mucho en común pues el PP utiliza los mismos criterios políticos en una y en otra: la defensa de los intereses de los más poderosos aunque sea a costa y en detrimento de la mayoría.

Pero eso no bastará. Hay que exigir la dimisión del Gobierno de la Guerra, obligar al PP, a través de la movilización, a frenar la masacre en Irak. Si es derrotado en las municipales y autonómicas, habrá que exigir elecciones generales anticipadas de forma inmediata, y luchar por un Gobierno de la izquierda que se comprometa con un programa cuyas prioridades sean acabar con el paro y el trabajo precario, el aumento del gasto social público para garantizar la universalización de todos los derechos sociales para toda la población (vivienda, educación, sanidad, desempleo…) y una política exterior de solidaridad con los pueblos oprimidos del mundo y no de lacayos de ningún poder imperialista, para la cual el primer paso que debería tomar un gobierno de la izquierda es el abandono de la OTAN y el cierre de las bases militares norteamericanas en nuestro país, que hoy contribuyen a la matanza del pueblo iraquí.