Argentina: Kirchner, el producto de un espejismo

Argentina: Kirchner, el producto de un espejismo.

Todas las clases sociales están necesitando creer que algo «milagroso» va a ocurrir

Joaquín Sainz

Cuando se ven procesos políticos como el vivido en la Argentina durante los últimos 18 meses se constata una vez más que las luchas sociales, por enormes y conmovedoras que sean no conducen automáticamente a victorias. Del «que se vayan todos» hemos pasado a que el corrompido partido peronista gane en las 23 provincias argentinas. Sólo le faltó ganar en la Capital Federal, pero ahí la fuerza mas votada tampoco fue progresista ni de izquierdas sino el partido liberal de López Murphy.

En tan sólo 20 días Néstor Kirchner ha conseguido que solo un cuatro por ciento se oponga a su gestión, mientras que tres de cada cuatro personas la consideran positiva. Esta ola de optimismo se ha extendido al gobierno de Felipe Solá en la provincia de Buenos Aires y al de Anibal Ibarra en Buenos Aires CF.

Toda una batería de declaraciones, gestos y algunas medidas han generado un apoyo que nadie imaginaba obtendría este gobernador de la provincia de Santa Cruz quien en realidad no se había preparado para disputar la presidencia de la nación para ahora sino para el 2007. Pero la velocidad de los acontecimientos en Argentina impone situaciones que nadie pudo prever.

Incomprensiblemente este gobierno está logrando una imagen mucho mas progresista de lo que en realidad es. Desde luego que en oposición a Menem  o De la Rúa no es difícil dar esa imagen. Otra cosa muy distinta será abordar no ya en los discursos sino en el terreno concreto de la economía y de la política los problemas acuciantes que están devorando la sociedad.

La destitución de la cúpula militar y policial, el estilo sencillo del Presidente que rompe el protocolo y se escapa de sus custodios policiales. El choque con la Corte Suprema de Justicia, sus declaraciones a favor de los Derechos Humanos y contra las leyes de impunidad. Su propósito de revisar los contratos con empresas privatizadas y autopistas. El acercamiento al Brasil de Lula con la presencia de éste en su toma de la Presidencia junto con Fidel Castro –quien pronunció un discurso ante una impresionante multitud–  y el venezolano Chávez y el socialista chileno Lagos. Todo esto sumado al nombramiento de un gobierno de gente relativamente joven y en principio no marcados por escándalos de corrupción, ofrecen una imagen de un gobierno dinámico dispuesto a sacar el país adelante. ¿Pero existe alguna base como para pensar que esto puede ser así? Nada en la actuación de toda su vida política nos da pie para creerlo. Entonces, ¿cómo es posible que la misma sociedad que hace pocos meses clamaba por el fin de la vieja «clase política» hoy preste su apoyo a un presidente que forma parte de ella? Que duda cabe que la necesidad de esperanza acompaña al hombre en sus momentos mas difíciles y a veces le hace creer en soluciones que no son tales. Las sociedades como las personas necesitan de respiros en medio de las fatigas y buscan desesperadamente el oxigeno que les permita seguir viviendo. Hablando de estos fenómenos García Márquez se refirió una vez a Colombia como «una patria oprimida que en medio de tantos infortunios ha aprendido a ser feliz sin la felicidad y aun en contra de ella».

Para quien mira la política argentina desde afuera puede resultar un tanto complicado asimilar los acontecimientos de este país a la velocidad en que se producen. Pero aún lo es más para quien tiene que entender que sus hijos pasen hambre en un país que produce alimentos para todo Latinoamérica. Y es que tratar de entender esto es entender la razón de la sinrazón.

EL HILO DE LA HISTORIA

No se puede hablar en serio de apoyo profundo al gobierno de Kirchner. La llamada ola «K» de optimismo es más bien una ola de esperanza depositada en el capitán de un barco que zozobra. Cuando solo el 4% de una población se opone a un gobierno recién elegido en un país polarizado como la Argentina, quiere decir que todas las clases sociales están necesitando creer que algo «milagroso» va a ocurrir. Pero el Sr. K (como se le llama a Kirchner) no ha obrado milagros nunca, ni los obrará.  Su origen político en la izquierda peronista en los años 70  no le ha dejado más huella que un estilo menos almidonado y en apariencia más cercano a escuchar a la gente. Pero todos sus años de ejercicio del poder en su provincia no aportan nada que indiquen que está dispuesto a romper las reglas del juego perverso que ha hundido al país en la miseria. (Ver nota aparte)

Desde la dictadura de 1976 se viene aplicando en Argentina un plan económico que ha sometido al país al control del capital extranjero. En ese plan la deuda externa ha jugado un papel esencial como succionador de recursos que deja a cualquier gobierno que no pare ese drenaje en imposibilidad de gobernar en serio. En relación a este asunto Kirchner no ha dicho nada nuevo que no hubiese dicho Alfonsín hace casi 20 años ya. En 1984, en el pico más alto de la crisis mundial de la deuda provocada por la cesación de pagos mexicana, Bussines Week, la conocida revista de negocios norteamericana dedicó su portada a Raúl Alfonsín. En ese número la revista se preguntaba si Alfonsín pagaría la deuda externa. Con cierta angustia, la revista aseguraba que ese país enorme, excedentario en alimentos y energía, con una población culta, integrada y sin problemas religiosos, raciales o lingüísticos, un inmenso territorio aún por ocupar y explotar, una industria ligera desarrollada y otra pesada de apreciable desarrollo –incluyendo el nuclear– provisto de un sistema educativo público y científicos y técnicos de alto nivel, «podría poner una alambrada alrededor de sí mismo y mandarnos al infierno» (1).

Si nuestros explotadores reconocían esta fuerza no somos nosotros quién para disminuirla. Pero sin embargo Alfonsín, que en cada discurso se dejaba la voz gritando no pagaremos la deuda con el hambre del pueblo, cogió un país con 43.500 millones de dólares de deuda y lo dejó endeudado en 63.000 millones, después de haber pagado otro tanto por intereses. Hoy Kirchner repite la misma frase de no pagar con el hambre del pueblo. En algo tiene razón el Sr. K. el FMI no acepta el hambre como medio de pago, ellos sólo aceptan dólares. A Menem, este problema aún le preocupó menos. Dispuesto a llevar al país al primer mundo empezó por mandar el dinero y dejó una deuda de 130.000 millones de dólares después de pagar los intereses y fundir el patrimonio industrial del Estado mediante las privatizaciones de empresas a precio de saldo de las cuales sacó 39.000 millones de dólares. De la Rúa sólo tuvo tiempo para subir la deuda a 150.000 millones. Récord nada desdeñable en tan poco tiempo. Si a esto sumamos que lo que algunos llaman la élite nacional tenía depositado en el extranjero en 1999, la friolera de 90.000 millones de dólares (hoy se estiman en 120.000 millones), y que 2 de cada 3 empresas grandes argentinas están en manos del capital extranjero, no hay que tener un master en economía para entender que así no se puede desarrollar un país.

La cosa es así de simple en su planteamiento, el problema estriba en desarrollar los instrumentos para poner solución. La actual clase dominante argentina no tiene un verdadero interés en desarrollar su país. Han convertido el Estado en una S.L. y lo exprimen a fondo sin reparar en más consecuencias que su cuenta de resultados. La población es una circunstancia a tener en cuenta sólo si tiene poder de compra, si no, es un efecto no deseado del proceso de acumulación de riqueza. Y la dejan morir, literalmente morir de hambre, rodeados de vagones de trigo y carne. Cuando uno piensa en esto no le cabe en la cabeza tanta crueldad por parte de los dueños del país y tanta mansedumbre por parte de los explotados. Sólo los hipócritas o los ignorantes profundos podrán extrañarse el día que esta ecuación arroje sus resultados más inevitables. Pero mientras tanto el país sigue. El nuevo gobierno «ilusiona» a una población que necesita una razón para no salir a la calle a romperlo todo.

Las luchas que el año pasado se desarrollaron de manera impresionante se han ralentizado. Hay ejemplos importantes de empresas tomadas por los trabajadores o cooperativizadas y puestas a funcionar mostrando el potencial de la autogestión. Pero aún tienen que entrar en acción los grandes batallones de la clase obrera que en gran medida son prisioneros de sus diferentes burocracias sindicales, claro que tampoco ven afuera una verdadera conducción confiable para la lucha. El papel jugado por los llamados partidos de izquierda, que en realidad siguen siendo pequeños partidos incapaces de unificar fuerzas aún en las circunstancias más acuciantes los ha dejado panza para arriba en estas elecciones. Políticos como Luis Zamora que tuvieron la mayor intención de voto en un determinado momento del año pasado hoy están solos y desorientados. No es de extrañar si después de llamar a las luchas plantea cosas como la abstención electoral y la revolución sin tomar el poder. Una vez más queda claro que en el momento de la verdad sólo los que no tienen nada que perder se la van a jugar. El caldo de cultivo de la revolución argentina no está en los cafés de la calle Corrientes sino donde siempre estuvo, en el proletariado industrial y la clase obrera en general. En la juventud que condena esta sociedad y en los sectores populares que comprendan que bajo este sistema no hay mas futuro que la decadencia.

HACIA DONDE TIRAR

El gran problema de la revolución argentina no es otro que la ausencia de un partido de la clase trabajadora con un programa que aborde los problemas fundamentales del la sociedad en defensa de los trabajadores y las clases populares. Los partidos que hoy levantan la idea del socialismo no logran entroncar con las amplias bases de la clase obrera y están mas ocupados en sus pequeñas peleas entre sí que en cómo llegar al corazón de las masas. Si el año pasado no entendieron la necesidad de construir una herramienta que les presentase como una verdadera  alternativa a la situación unificando fuerzas nadie sabe bajo que condiciones lo podrán entender.

El verdadero debate y el trabajo por construir el futuro partido de los trabajadores argentinos se desarrolla en los sindicatos mas combativos del CTA, aunque se irá extendiendo al resto de los sindicatos en la medida en que esta tarea se aborde sin sectarismo y con ideas claras. El ejemplo de Brasil con Lula pesa mucho hoy entre amplios sectores de la clase obrera argentina. Pero las experiencias no se pueden trasladar automáticamente. Ya en el congreso de la CTA celebrado el pasado diciembre se planteó esta cuestión aunque sin lograr un buen resultado. El surgimiento de un Partido de los Trabajadores en la Provincia de Buenos Aires liderado por un dirigente de esta central obrera es un ejemplo de la existencia de esta necesidad. Pero la falta de acuerdo impidió un resultado extensivo a todo el país. De todos modos la necesidad de esta herramienta política se irá abriendo camino.

Ya se observa una nueva generación de dirigentes obreros jóvenes en todo el país. El socialismo no es una moda sino un sistema político que desde hace más de un siglo ha demostrado ser el único que puede dar salida al salvajismo capitalista. En el camino por desarrollar estas ideas y esta organización irán confluyendo los que de verdad entiendan esta cuestión crucial y antepongan los intereses colectivos de las masas a los particulares. Si como dice la primera ley de la termodinámica nada se pierde sino que se transforma, las luchas iniciadas en diciembre del 2001 irán dejando un saldo de experiencia política esencial para esta tarea. El gobierno del Sr. K abre una nueva etapa. Ya ha sucumbido el partido radical de Alfonsín ante el avance de las luchas recibiendo tan sólo el 2,3% de los votos. Ahora el camino está mas despejado aunque no exento de peligros. El movimiento peronista que ha dominado las luchas sociales de más de medio siglo también se encuentra en una gravísima crisis. Pero las crisis no son otra cosa que la expresión de la lucha entre lo nuevo que pugna por nacer y lo viejo que se resiste a desaparecer. El escenario ya está preparado para una nueva etapa en la lucha política por el socialismo. Los vientos en Latinoamérica soplan en la dirección que impulsan los levantamientos de masas en Venezuela, Perú, Ecuador, Paraguay...

Las verdaderas victorias de la burguesía argentina no se basan en su capacidad para desarrollar la sociedad sino en su capacidad de influir política e ideológicamente en el movimiento obrero. En ese terreno se libra la verdadera batalla por el futuro de la Argentina. En ese terreno debemos ser mejores que nuestro enemigo.