Análisis de las elecciones municipales y autonómicas del 25 de mayo

Análisis de las elecciones municipales y autonómicas del 25 de mayo

Avance de la izquierda frente a un PP a la defensiva

Jesús María Pérez
IU Vicálvaro (Madrid)

Lo más llamativo de las elecciones del 25 de mayo ha sido el contraste entre los resultados y las expectativas que se habían levantado entre la izquierda. ¿Es que eran falsas? ¿Acaso la movilización no ha tenido expresión en las urnas? ¿Qué es lo que ha fallado? ¿Qué es lo debe hacer la izquierda en esta situación? Para dar una respuesta a estas preguntas, más allá de las justificaciones partidistas a pie de urna, es necesario analizar todos los factores que intervienen en el desarrollo del proceso general (económicos, políticos, sociales). Este artículo profundiza en la necesidad de un análisis que nos ayude a conseguir que las instituciones lleven a cabo otra política pero para ello la condición previa imprescindible es derrotar al PP.

Los dirigentes del PP han sido los primeros sorprendidos por un resultado electoral mucho más favorable, para ellos, de lo que se temían.

El PSOE ha ganado las elecciones municipales con una ventaja muy escasa tanto en votos como en porcentaje sobre el PP. A pesar de que el PP ha perdido 1.340 concejales sigue teniendo 700 ediles más que el PSOE en el cómputo global. Además el PP ha conseguido mantener bajo su control plazas con una importancia emblemática en todo el Estado como es el caso de Madrid ciudad.

El PP ha ganado en ocho de las trece comunidades autónomas en las que se celebraron elecciones el 25 de mayo. Recupera, de forma totalmente inesperada, el Gobierno de las Baleares, algo que no estaba entre los objetivos ni de los dirigentes más optimistas del PP. Y pueden mantener el control de la Comunidad de Madrid aunque, en este caso, sea a través de sucias maniobras.

Estos son los datos que hacen que la cúpula del partido de la derecha española se sienta vencedora teniendo en cuenta la situación social y política que hemos vivido en los últimos meses y que se reflejaba en unas encuestas más que preocupantes para Aznar y compañía.

Según la última encuesta oficial realizada por el CIS y hecha pública el 17 de mayo, (8 días antes de la cita electoral) el PP perdía la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid, y también perdía la mayoría absoluta en la Comunidad Valenciana. Este sondeo fue realizado entre el 22 de marzo y el 28 de abril coincidiendo con el ataque a Irak. Dado que sus resultados no eran muy favorables para el partido en el poder los responsables retrasaron y limitaron todo lo que pudieron su publicidad.

Muy probablemente si las elecciones hubiesen sido en esas fechas los resultados hubiesen estado más cerca de lo que reflejaba el sondeo del CIS que de lo que pasó el 25 de mayo.

Había razones serias para pensar que el PP podía experimentar un claro retroceso en estas elecciones. En primer lugar el Gobierno del PP y el partido en su conjunto estaban sufriendo un proceso de desgaste enfrentándose cada vez a más sectores de la sociedad; empezando por la huelga general de junio de 2002 que le enfrentó abiertamente por primera vez a los sindicatos; las nuevas leyes en el terreno de la Enseñanza (LOU y LOCE) que le enfrentó a gran parte de la comunidad educativa durante meses; el desastre del Prestige que provocó las más importantes movilizaciones ocurridas en Galicia y tuvieron una muy fuerte repercusión más allá de sus fronteras; y, sobre todo, la participación activa en la guerra contra Irak que desató un movimiento de masas sin precedentes contra la actitud del Gobierno de Aznar.

Además había que contar con la posible influencia que algunas movilizaciones internacionales podían tener en la conciencia y en la actitud del electorado español, fundamentalmente las de Argentina, y los acontecimientos de Brasil.

Ciertos precedentes recientes en Europa también alimentaban la creencia de que se podía repetir aquí un proceso similar, sobre todo entre aquellos sectores más politizados y que más los conocían. Nos referimos a los vaivenes electorales producidos en Francia como consecuencia directa de procesos de lucha y movilización en los últimos años, y, por otra parte, al varapalo electoral que sufrió el Partido Laborista en Gran Bretaña en las elecciones municipales celebradas pocos días después de la guerra de Irak.

Estos son los datos y los antecedentes que llevaron a desarrollarse, sobre todo entre los sectores más activos y conscientes de la izquierda, unas expectativas de clara y contundente derrota del partido que había apoyado la guerra y se había enfrentado, con ese tema, a más del 90% de la población. Había, entre estos sectores, un profundo deseo de hacerle pagar en las urnas al PP su prepotencia y su sumisión al Imperio, como es lógico.

Al no conseguirse este objetivo se ha provocado una enorme contradicción entre las expectativas creadas y el propio resultado.

¿Pero es que acaso no se han reflejado los movimientos de protesta en la calle en las urnas?

Evidentemente sí. Pero es que no ha habido solo un crecimiento del apoyo a los partidos de la izquierda y a otras opciones enfrentadas al PP (Chunta Aragonesista, Esquerra Republicana de Catalunya, PNV...), sino que ha habido otro movimiento, no previsto por nadie, de apoyo y defensa del PP de un sector de la sociedad que no solo ha impedido que el PP perdiera votos sino que le ha permitido ganar votos con respecto a las elecciones de 1999.

Analizando ambos movimientos nos encontramos con lo siguiente.

Hace un año el PP aventajaba al PSOE en más de 10 puntos en las encuestas. No sólo se ha enjugado esa desventaja sino que el PSOE ha ganado las municipales por 100.000 votos de ventaja sobre el PP, con un 34,71%. El PP, por su parte, (sumándole los votos de UPN) se ha quedado con un 34,28%.

Izquierda Unida estaba hace un año en una situación desesperada. Las encuestas en muchos sitios no le daban ni el 5% que es el mínimo que le permite transformar sus votos en concejales en los ayuntamientos o escaños en los parlamentos autónomos. Al final, con el 6,06%, consigue mantener su voto y si se cuentan los de IC-EU en Catalunya, incluso incrementa en 100.000 su voto conjunto.

El cambio producido durante este año de movilizaciones es evidente. Hay una tendencia a la recuperación del voto de la izquierda pero el primer problema es que se partía de un nivel bajísimo, de una crisis profunda de la que sólo se está empezando a levantar cabeza.

De hecho no se puede decir que esa tendencia a la recuperación sea totalmente general. El electorado de la izquierda le ha dado algunos avisos importantes a sus dirigentes que ya veremos si son capaces de interpretar correctamente.

El PSOE ha perdido terreno de forma clara en sitios tan importantes como Asturias y Barcelona. Pierde el Gobierno de Baleares y no consigue desbancar al PP en Madrid.

IU queda fuera de los parlamentos autónomos de La Rioja, Canarias, Castilla La Mancha, Cantabria y Castilla León. Queda fuera de ayuntamientos como el de Zaragoza mientras la Chunta supera el 18% de los votos.

Para dirigentes como Bono la conclusión es sencilla. Como él ha ganado votos y ha aplastado al candidato de la derecha por sexta vez con un 58% de los votos emitidos, concluye que «el caladero de votos del PSOE está en la derecha».

Pero el problema principal del PSOE (y también de IU) sigue estando en la abstención. No es casualidad que sea precisamente en los sitios en los que el PSOE ha perdido votos o terreno frente a la derecha donde la participación haya sido la más baja. Quizá el ejemplo más claro sea el de Catalunya donde la participación se ha quedado en un 61%. Pero es que en cifras similares se ha movido el electorado en Baleares, Canarias, Asturias o incluso Madrid. En este último caso aunque la participación se ha acercado al 70% sigue habiendo una diferencia sensible entre los barrios obreros y los burgueses o pequeño burgueses. Izquierda Unida, por ejemplo, gana votos en estos últimos y los pierde en los barrios obreros de la ciudad de Madrid.

Esto solo puede decir una cosa: Las principales organizaciones de la izquierda no han sido capaces de dar expresión política a todo el malestar que ha dominado a la sociedad española en todo este periodo pasado.

Por ejemplo, la cuestión de la guerra de Irak. La movilización del 15 de febrero fue impresionante. Dejó al Gobierno aislado de la sociedad. El PP sufrió la presión y empezó a dar síntomas de resquebrajamiento. Declaraciones de militantes contra la postura de su gobierno, roturas de carnets, dimisiones de concejales del PP... Más asombroso es que la movilización se dio antes, y no como consecuencia, de la guerra. Había una ilusión extendida por toda la sociedad: Se podía evitar. Pero una vez que estalló, el ambiente cambió. Hubo realmente un proceso de desmovilización. En las siguientes convocatorias, aunque seguían siendo masivas, pero ya no participaban todos los sectores sociales. Se mantenían los más conscientes y activos, los organizados en partidos, sindicatos, organizaciones sociales... Y sobre ese cambio de ambiente los dirigentes del PSOE entran en la campaña electoral «olvidándose» del tema. ¡No querían «utilizar» la guerra electoralmente! Fue un craso error. De esa forma estaban dando a entender que su postura en las movilizaciones, tal y como les acusaban desde el PP, era puro oportunismo. Su tarea y su deber debería haber explicado que los criterios que utiliza el PP para justificar una guerra son, realmente, los mismos que utiliza para privatizar los servicios municipales, para recortar los gastos sociales en educación o sanidad, y que había que expresar las protestas en el voto y en la lucha contra la política del PP en todos los terrenos.

Pero los dirigentes del PSOE no podían explicar esta postura porque no era la suya. Sus diferencias con el Gobierno del PP se basaban en que en vez de alinearse con la burguesía americana en este conflicto por un nuevo reparto del mundo, había que alinearse con la burguesía europea, la UE.

De esta forma no es de extrañar que haya una parte del electorado de la izquierda que no se sienta identificado con los dirigentes de sus organizaciones principales y no se sientan especialmente motivados para votar por quienes cuando llegan al poder, como los trece años de Felipe, llevan a cabo un programa que no se diferencia tanto del PP en algunos aspectos (como la guerra, la reconversión, la corrupción…).

En cuanto al caso Prestige es evidente que ha supuesto un desgaste para el PP perdiendo casi 4 puntos porcentuales en las elecciones municipales en Galicia. Por primera vez el voto sumado del PSOE y del Bloque (BNG) superan en cerca de 100.000 votos al PP.

Pero por otra parte, el descalabro no es el que se esperaba. El PP ha metido mucho dinero en las zonas pesqueras para salvar la cara y le ha dado el resultado suficiente para convencer a su electorado de que lo «estaban resolviendo».

El caso de Catalunya tiene una importancia especial porque encierra ciertas peculiaridades que habría que estudiar si avanzan una tendencia que podría ser más general y, además, porque hay elecciones autonómicas el próximo otoño.

Encontramos claros síntomas de polarización política general con una expresión más clara en casos como el catalán. Por un lado se da un cierto avance del PP, que en esta situación es muy significativo, mientras por el otro tenemos un desplazamiento del voto hacia la izquierda. El PSC pierde casi 4 puntos porcentuales, pasando del 37,38% al 33,23%, mientras IC-EU gana casi tres, superando el 10%.

Por otra parte, entre el electorado catalanista, CiU pierde más de 2 puntos porcentuales, del 26,52% al 24,37%, mientras ERC dobla su porcentaje pasando del 7,7% al 12,73%.

Estos datos parece que marcan el final de una época en Catalunya, la de Pujol, y abren la puerta a un triunfo de la izquierda en las elecciones para la Generalitat.

¿Por qué crece el voto PP?

El otro movimiento que se ha dado en las elecciones es el de respaldo al PP. Lo cierto es que ni los dirigentes conservadores se lo creían. Revelador fue cuando Aznar entró en la reunión de su ejecutiva al día siguiente de las elecciones, y, con una sonrisa de oreja a oreja, preguntó a los presentes: «¿A que no os lo creíais?». Fuentes del PP afirmaron que «habrían firmado estos resultados incluso antes de la huelga general del año pasado». Esperaban perder votos y confiaban en limitar la pérdida motivando a su electorado con el discurso del miedo al cambio, el miedo a la coalición «social-comunista».

Pero el PP obtuvo 400.000 votos más en las municipales respecto a 1999. ¿Por qué? ¿Acaso por la «brillante» campaña electoral de Aznar? ¿Por las innumerables y ya olvidadas promesas de los candidatos «populares»?

Aunque algunos se quieran arrogar personalmente el mérito de los resultados electorales, lo cierto es que el factor personal, si ha jugado algún papel ha sido secundario.

El principal factor, y quizá el más infravalorado antes de la cita electoral, ha sido la base objetiva de apoyo en la sociedad que le ha dado al PP un largo periodo de crecimiento económico que ha durado casi 10 años. Es indudable que ha habido sectores sociales que se han visto favorecidos por esta situación económica y han votado para mantenerla. En parte ha sido también una reacción ante las movilizaciones de la guerra. Estos sectores han visto como el PP corría el riesgo de tener una grave derrota política en estas elecciones lo que podría preparar el terreno para otra en las generales del próximo año. Ante esa posibilidad han creído defender sus intereses saliendo a apoyar al PP en las urnas. Esta es la razón fundamental por la que el PP no sólo ha resistido el desgaste de 7 años de gobierno, ha mantenido su apoyo e, incluso en zonas vitales, lo ha aumentado, como ha sido el caso de Madrid donde sube de votos en todos los distritos de la capital.

Otros factores, como el nombre o el prestigio del candidato, como en el caso de Ruíz-Gallardón en Madrid, han venido a reforzar el empuje del factor clave.

En Gran Bretaña, por ejemplo, el grave retroceso electoral del Partido Laborista no se ha debido sólo a la postura de Blair respecto a la guerra de Irak, sino que eso se ha añadido a una muy mala situación económica en los últimos dos años.

El factor económico no es el único pero sí es la base de un proceso social profundo. Lo que hay que ver es su influencia sobre el ciclo de cambio político.

También cuando estaba el PSOE vimos una resistencia al cambio. En el 93 parecía que estaba derrotado en medio de los escándalos y con gran parte de su electorado desilusionado. Sin embargo el PP no logró la victoria hasta 1996 y tras una larga temporada de acoso al Gobierno de Felipe González.

Incluso antes, con la UCD, también se pudo observar una resistencia al cambio al final de un ciclo político. En 1979 la UCD estaba en crisis, destrozada, y sin embargo ganó. Claro está que el precio de esa pírrica victoria fue la desintegración del principal partido de la burguesía española durante la transición, pero en el 79, y en contra de lo esperado, ganó de nuevo.

Ahora vemos una resistencia similar en el electorado al cambio de ciclo, pero el desgaste del PP va a seguir. De hecho si estas elecciones municipales hubiesen sido generales el PP o no hubiese ganado o lo habría hecho sin mayoría absoluta, con un margen tan pequeño que hubiese abierto la puerta a otro gobierno de coalición encabezado por el PSOE.

En la medida que el PP ha centrado la campaña electoral en Aznar ahora tiene un problema. Aznar aparece como el salvador del PP y sale personalmente fortalecido, pero no el partido como tal, ni los que hasta ahora encabezaban la carrera sucesoria. El problema es que él se ha comprometido a no volver a presentarse. De esta forma el partido se ha presentado ante la sociedad como un partido a la defensiva, en retroceso, y que ha tenido que recurrir desesperadamente a su pasado más «glorioso» para hacer frente al peligro rojo, pero sin poder presentar un futuro esperanzador.

El único barón que ha salido claramente fortalecido, porque ha sido el único que se ha atrevido a bajar al ruedo y les ha salvado la capital, es Ruíz-Gallardón. A Gallardón, con una imagen centrista y tolerante, fomentada erróneamente incluso desde la izquierda, le ha salido bien la jugada de ganar en Madrid como trampolín, a corto o medio plazo, hacia La Moncloa. El problema que tiene es que él, su figura, ha salido reforzada de estas elecciones, pero la tendencia fundamental que se ha reforzado en este último periodo en el seno del PP es la contraria, la de la derecha más dura, rancia y extrema.

¿Quién va a ser ahora el sucesor? ¿Uno de los tres candidatos que han sido eclipsados? ¿Un candidato –Gallardón– que no sería visto por la mayoría del partido como el representante más fiel de las posturas políticas dominantes en el PP en estos momentos? ¿O ante el dilema se orquestará un «movimiento desde la base» en el PP para pedir que «su líder» se presente otra vez y vuelva a «salvar al partido»?

No tiene una situación cómoda el PP. Si Aznar se presenta de nuevo, quedará como un verdadero «Pinocho» y por mucho apoyo que tenga de su partido pagará un precio ante la sociedad. Y sus dificultades no acaban con la cabecera del cartel.

La situación económica, tanto en Europa como en España, es la peor en muchos años. La economía está estancándose y es muy probable que los peores efectos de esa situación se empiecen a notar en el próximo periodo.

Por otra parte el PP ha agotado su tema favorito, al que recurre siempre que tiene algún problema que quiere tapar; el «euskotema». A no ser que ETA le eche una mano con alguna nueva burrada, el PP ha fracasado con esta cuestión. El Pacto con el PSOE, en cuanto a la política antiterrorista en Euskadi, está cada día más roto. De hecho en Euskadi se mantiene (y sólo en Alava) por la presión directa que han ejercido desde Ferraz.

En Navarra UPN (la versión local del PP), con la ayuda del CDN, puede formar gobierno autónomo sólo gracias a la ilegalización de Batasuna.

Si el PP interpreta los resultados electorales como un refrendo a toda su política y mantiene su línea de enfrentarse a todo el mundo, incluso apretando el acelerador, socavará su base de apoyo y alentará rápidamente las tendencias que ya anuncian la apertura de un nuevo ciclo político.

La izquierda

La izquierda por su parte no puede hacer una lectura complaciente de los resultados electorales. No podemos conformarnos con la idea de que «como antes estábamos muy mal y ahora un poco mejor pues no tenemos más que esperar hasta que caiga el fruto maduro». Nada nos va a venir dado gratuitamente. Hay que ganarse la confianza y el respeto del electorado y para ello hay que demostrar que se ha sido capaz de aprender de los errores del pasado y que no se va a votar para tener más de lo mismo, más de lo que ya vimos con la corrupción, con las privatizaciones, con la OTAN, con los GAL, con las reconversiones, con las reformas laborales, con la Guerra del Golfo...

Ahora se ha planteado una política general de pactos entre el PSOE e IU en Ayuntamientos y CCAA. El eje central debe ser impedir, allí donde los votos de la izquierda son suficientes, que gobierne el partido de la derecha, el PP. El apoyo en la investidura de alcaldes o presidentes de Comunidad (como es el caso de Asturias) del partido más votado de la izquierda debería ser automático. Pero llevar más allá los pactos no debe depender en ningún momento de cuantas consejerías, cargos o departamentos municipales me das o me dejas de dar. Si hay un acuerdo programático serio en torno a mejoras evidentes para la población, con condiciones y plazos irrenunciables el pacto puede fortalecer la alianza de la izquierda. Lo contrario tendrá un precio. Aberraciones como el pacto de IU en Camas (Sevilla) con el PP, en contra del PSOE, hacen mucho daño al desarrollo de esta formación política como alternativa.

Hay que aprender del pasado, de nuestro propio pasado. Ya hubo otra época en la que se dio un pacto entre el PSOE y el PCE para los ayuntamientos tras las primeras elecciones municipales de 1979. Entonces había una evidente necesidad de llevar a cabo una política de cambio, que, en muchos casos se vio frustrada, simplemente porque no se llevó a cabo. En ningún caso se puede dar la imagen, desde IU, de que queremos «sillones» para nosotros, sino que la meta principal es poner en evidencia la necesidad de cambiar la sociedad.

Una política de alianza entre la izquierda es vital para enfrentarse a una derecha unida en una sola alternativa. El PP se beneficia de concentrar todo el voto de la derecha, lo que además es premiado por la Ley Electoral, que un gobierno de la izquierda debería cambiar. Si esa alianza es para el fomento de una política de transformación y cambio de la sociedad contribuirá a elevar la confianza de los trabajadores y las trabajadoras en las posibilidades de construir una sociedad libre de la explotación y la corrupción.