Irak

Irak

La continuación de la guerra por otros medios

Alberto ArreguiI
U Madrid

«La política es la continuación de la guerra por otros medios», podríamos decir, invirtiendo el orden de la famosa sentencia del gran estratega militar Clausewitz, pues ya quedó claro, con la invasión imperialista de Irak, despreciando la opinión de la ONU y de la opinión mundial, que la guerra no era sino la continuación de los intereses de la política de la Administración Bush, llevada a los campos de batalla.

Ahora, han quedado en evidencia los cínicos argumentos de los partidarios de invadir Irak, hablando de la grave amenaza que suponía Sadam, de las armas de destrucción masiva y del terrorismo internacional. Sólo se trataba de mentiras para justificar el asesinato en masa, los crímenes de guerra, y sus objetivos fundamentales: el petróleo, y el control político y militar de toda la zona.

Una vez conquistado Irak, el imperio USA ha puesto de rodillas, una vez más, a la ONU, consiguiendo que, aunque sea a posteriori, reconozca «la autoridad» de las fuerzas ocupantes de Irak. En su reunión del 22 de mayo, el Consejo de Seguridad de la ONU, con todos los votos a favor, excepto Siria que se ausentó, dio legalidad a la ilegalidad, demostrando que el derecho internacional no es sino un elástico lupanar en el que las normas se adaptan a las necesidades de los poderosos. La aplastante victoria militar del imperialismo norteamericano se ha trasladado así, claramente, al terreno de la política, consolida su objetivo de hegemonía por otros medios, y se demuestra lo que el marxismo siempre ha defendido; que en la sociedad actual la violencia, la ley del más fuerte, es lo que decide en última instancia, siendo el derecho y la democracia burguesa algo secundario frente a los intereses de los poderosos.

Aquellos que, en los días de la guerra gritaban «¡Vive la France!», no sabrán qué decir ahora, cuando ha quedado claro que lo único que defendía la burguesía francesa eran sus propios intereses en la arena mundial y le importaban un pito el derecho internacional y las vidas de la población iraquí.

Terminada la guerra se conforman con un hueso, dirigen la intervención occidental en Congo, y, con el rabo entre las piernas, intentan recomponer su relación con EEUU.

En estos mismos días se publican nuevas noticias de la violación sistemática de los derechos humanos más elementales en Guinea, ex colonia española, cuyos pozos de petróleo se explotan por compañías de Estados Unidos, y ni una sola protesta por parte de estos dos gobiernos tan sensibles ante la tiranía de Sadam. A nadie le interesa, ya está económicamente controlado.

La burguesía norteamericana se siente tan fuerte que actúa con arrogancia, lo ha hecho en la guerra y lo hace, aún más, ahora. Las declaraciones de Wolfowitz, Subsecretario de Defensa de Bush, reconociendo que han intervenido en Irak y no en Corea porque «el país nada en un mar de petróleo», y que lo de las armas de destrucción masiva fueron «una excusa burocrática», para conseguir apoyo (El País 5/6/03), son un exponente de la chulería con que se mueve el gobierno de Estados Unidos en la política internacional.

Sin duda, esta política belicista del imperialismo, forma parte del «nuevo orden mundial» que hace tiempo proclaman los representantes de la derecha.

La mayor parte del siglo XX estuvo dominado, en las relaciones internacionales, por la existencia de dos bloques opuestos, el uno dirigido por EEUU y el otro por la URSS, que mantenían unas áreas de influencia. Guerras como las de Afganistán, e Irak, hubiese sido difícil que se produjesen, justo junto a las fronteras de la antigua URSS y el la zona de mayor valor estratégico de control de los pozos de petróleo.

Pero con el hundimiento de los regímenes estalinistas, el imperialismo se ha quedado sin enemigo de su talla. No sólo se trata de la fuerza militar de la vieja (y mal llamada) «Unión Soviética» (ya que los soviets habían sido estrangulados por la casta dominante), que en ocasiones podía jugar un papel disuasorio. El elemento fundamental era que la propia existencia de la URSS y de todos lo regímenes de su órbita, demostraban la fuerza de la huella dejada por la clase obrera en la historia de la humanidad, eran la prueba palpable de que existía una alternativa al mundo capitalista, que los países atrasados tenían una vía de escape frente a la perspectiva de ser sometidos a la esclavitud por las metrópolis.

Todo ello jugó un papel decisivo en las luchas de liberación nacional de las colonias, tras la Segunda Guerra Mundial, el proceso conocido como Revolución Colonial, que llevó a que desde el año 1949, con la Revolución China, pasando por la Revolución de Cuba en el 59, y siguiendo por Birmania, Etiopía... llegando hasta Angola y Mozambique, ya en la década de los 70, una gran parte del mundo salía fuera del control del dominio colonial y capitalista. E incluso vimos una derrota decisiva del imperialismo en Vietnam, cuyos efectos de miedo a las revoluciones se mantuvieron durante décadas.

El derrumbamiento de todo este mundo, debido a la burocratización, la ausencia de democracia socialista, la asfixia de la libertad y de la economía, por una casta de funcionarios que se fueron corrompiendo progresivamente, dejó al imperialismo el terreno abierto.

Pero, sobre todo, le hizo perder el miedo a posibles revoluciones en distintas partes del mundo, lo que le hace actuar de forma más prepotente y violenta. Esto se debe a que el hundimiento de la URSS se vio acompañado del período más largo y profundo de retroceso de las luchas del movimiento obrero en todo el mundo, especialmente en los países desarrollados. Se han batido las marcas de pocas horas perdidas por huelga.

Esta situación comienza ya a mostrar su fin con los nuevos acontecimientos políticos en América Latina, pero no cambiará de la noche a la mañana. Lo más probable es que coincida una agudización de los problemas del imperialismo con un período de intensificación de su política más agresiva generando un conflicto que irá en aumento.

Pero, de momento, lo que estamos contemplando es un fortalecimiento de la posición del imperialismo USA.

Con las intervenciones bélicas en Afganistán e Irak, ha conseguido no sólo un control militar directo de una zona de elevada importancia estratégica, sino el control de los pozos de petróleo, y, además, doblegar a sus posibles enemigos en el escenario mundial. Los estrategas de EEUU saben que Rusia no renuncia a ser una potencia Mundial, que China es una amenaza para el futuro en la lucha por controlar el mercado mundial, y que la única potencia que hoy mismo le podía hacer sombra era la Unión Europea. Y a todos estos problemas se ha enfrentado también con su invasión de Irak.

El euro es la única moneda que puede oponerse al dólar, y el mercado que crea la Unión Europea es muy poderoso, y lo sería aún más en el hipotético, y descartable, caso de que tuviese también una política exterior común y distinta a la de Estados Unidos. Con la guerra de Irak han dejado a la UE en evidencia, y en una situación lamentable. Gran Bretaña jugó su papel de «potencia colonial» intentando rememorar glorias pasadas que ahora se basan en ser el más fiel aliado del tirano imperial, y Aznar, claro, se conformó con mucho menos de eso, con un ejército capaz de invadir «Perejil» pero que carece hasta de transportes dignos para sus tropas, como acaba de ponerse de manifiesto trágicamente. Con un gobierno que se mueve entre la desvergüenza, la corrupción y la estupidez, pero que aupado por un ciclo económico favorable y una oposición que no es digna de ese nombre, se mantiene en el poder, y no ha dudado en jugar el papel de siervo de Bush, destacando la debilidad de Europa.

Pero toda esta victoria en el terreno militar, estratégico y económico que ha cosechado Bush con la guerra, no tiene un terreno sólido sobre el que apoyarse en lo político. La incapacidad de los invasores de Irak, de los nuevos «ladrones de Bagdag», quedó patente desde los primeros momentos.

El apabullante poder militar USA convirtió la guerra en una masacre unilateral, tanto contra los objetivos militares como contra la población civil, ha sido un monstruoso crimen contra la humanidad. Pero al acabar la ocupación, quedó en evidencia la imprevisión. Resulta difícil creer que sean tan estúpidos, pero parece que un sector confiaba en que la población les iba a aclamar como liberadores, después de haber destruido su país y asesinado a sus familias. Porque además, no debemos olvidarlo, en el año 91 hubo otra guerra, con más de doscientos mil muertos (que fue apoyada por el gobierno del PSOE), y después de eso, años de bloqueo económico (también apoyado por el PSOE) que ha causado la muerte de decenas de miles de personas, especialmente niños, por falta de alimentos y medicinas. En resumen una política monstruosa de «liberación».

Por supuesto no podemos descartar que las tropas invasoras y su virrey consigan consolidar su posición en Irak, a base de dinero y de comprar voluntades entre los corruptos siempre bien dispuestos a vender a su propio pueblo, pero el camino que llevan no está exento de riesgos.

Desde luego, en su tarea, los invasores cuentan con la colaboración de los medios de comunicación occidentales. Como muestra, llama la atención que nuestro democrático periódico «El País», el 6 de mayo, destacaba que se empezaban a elegir representantes locales «democráticamente», cuando al leer el artículo se comprobaba que el método usado, de delegados que no han sido elegidos por nadie, no llega ni al nivel de la tristemente famosa «democracia orgánica» diseñada por el sangriento dictador Franco.

No es de extrañar que siga el hostigamiento a las tropas invasoras, con un goteo constante de muertos, sino que además, y más importante, se dé un movimiento de masas que reclama que las tropas salgan de Irak y les dejen liberarse a ellos solos. Desde el 18 de abril se han producido manifestaciones en Irak, oponiéndose a las tropas americanas, al grito de «Ni Bush ni Sadam». La concentración de chiíes en la ciudad de Kerbala fue una impresionante demostración del poder de los grupos religiosos y la fragilidad del dominio de los invasores, que han disparado en varias ocasiones contra la multitud asesinando a decenas de personas, pero que se muestran impotentes ante estos grandes movimientos de masas que provocarían, en caso de ir en aumento una derrota «civil» del gran monstruo militar estadounidense. Aunque no esta claro que este vaya a ser el desarrollo del proceso, ya que los dirigentes religiosos en general, o los del partido Al Dawa o el Congreso Supremo de la Revolución Islámica en Irak, que se oponen a la presencia de las tropas invasoras quizá se conformen si obtienen algo a cambio, Desde Irán, con grandes vinculaciones con estos grupos no hay interés, de momento, en calentar la situación pues están seriamente preocupados, con razón, de las amenazas que les lanzan desde Estados Unidos.

Tampoco parece muy peligroso el Partido Comunista, que esta teniendo un crecimiento importante pero no expresa una gran hostilidad al ocupante. La posibilidad de una situación insostenible para los ocupantes sólo podría venir de un estallido popular, que sí adquiriría respaldo religioso, ya que en este momento los únicos capaces de establecer una estructura en Irak de organización civil han sido los grupos religiosos.

Está fuera de lugar poner en duda el poderío militar del imperialismo americano, pero no sucede lo mismo con su política. No sólo su dominio de Irak podría irse al traste ante una rebelión de las masas iraquíes, sino que ha vendido la solución del conflicto árabe-israelí como una consecuencia directa de su intervención en la zona, y, al menos de momento, la famosa «hoja de ruta», parece una hoja de papel mojado, más que un sólido plan de paz.

La administración de Bush acaba de demostrar algo que ya sabíamos, desde la guerra de Irak del 91, y desde que arrasó Afganistán; que tienen la más poderosa maquinaria bélica que jamás ha existido. También ha dejado claro que quiere ser el amo del mundo, pero le queda por demostrar lo más importante; que esta política puede consolidar el poder imperialista en el futuro.

Más bien cabe pensar que el imperialismo desarrolla más músculo que cerebro, que sus planes acumulan más tensión en la zona, y en el resto del mundo, y a largo plazo no podrá imponerse con una política que aumenta las desigualdades, la inestabilidad y la tensión.

El movimiento de oposición a la guerra se desencadenó a escala mundial, como una muestra de oposición a la política imperialista, y como un intento de evitar la guerra. No es difícil extraer la conclusión de que la manifestaciones, por muy impresionantes que fueran, no pueden, por sí solas, frenar una decisión, ya tomada, de lanzarse a la guerra. Para conseguir un objetivo de ese calibre no basta con un pacifismo tan testimonial como estéril, es necesaria una lucha organizada, que tenga una expresión política que suponga una alternativa y pueda provocar la caída de los gobiernos claves implicados en la guerra.

La marea humana que se desató contra la guerra en Irak ha supuesto un gran avance en la conciencia política de millones de personas en el mundo, ha mostrado la capacidad de unirnos por encima de las fronteras, pero ha dejado también al descubierto cuales son las carencias, los puntos débiles de un movimiento que proclama que otro mundo es posible. Para que sea así, habrá que levantar una organización, una alternativa, un programa que nos una en esa tarea gigantesca e imprescindible.