El fin de la industria del calzado y la planificación añorada

La globalización en el contexto del Valle del Vinalopó (Alacant)

El fin de la industria del calzado y la planificación añorada

Rogelio González Gosálbez/Militante d'Esquerra Unida d'Alacant
La manifestación del pasado día 16 de septiembre en el polígono industrial del Carrús, que terminó con la quema de varias naves industriales regentadas por trabajadores de origen chino, puso en la agenda nacional un problema hasta entonces solo denunciado por los sindicatos de la zona. Mi objetivo en este artículo no puede ser otro que añadir elementos socioeconómicos y culturales al debate que nos ayuden a entender mejor la difícil situación por la que atraviesan miles de personas de la provincia.

Desde la distancia que me da vivir en la ciudad de Alicante, a unos 20 km. de Elche, y con el referente personal de haber visto en casa el trabajo que requiere el calzado, considero que el principio de toda reflexión que afecte a este "mundo" debe partir de unas consideraciones histórico-culturales. Así, y para situarnos geográficamente, debemos ampliar la crisis del calzado en la provincia de Alicante a tres comarcas transversales (Alt Vinalopó, Vinalopó Mitjà y Baix Vinalopó) que se desarrollan a lo largo del Valle del Vinalopó (actualmente fácil de seguir al coincidir con el recorrido de la autovía Alicante-Madrid). Ciudades como Villena (35.000 personas), Elda (55.000), Petrer (32.000) y la propia Elche (180.000) tienen en la industria del calzado y complementos su base económica (en Petrer, por ejemplo, el 40,2% de las empresas trabajan el calzado y sus complementos).
La apertura exterior del ¿último? franquismo supuso para nuestra región la entrada de capital extranjero, fundamentalmente estadounidense y norte europeo, que sobre la base de la industria artesanal del calzado (alpargatas) desarrollaron el modelo industrial que ahora se está resquebrajando. Este capital pronto se marchó a lugares más deprimidos (Brasil y la India, por ejemplo) dejando espacio y coyuntura a toda una serie de empresarios locales que durante las últimas dos décadas y media han hecho fortuna. Es de rigor diferenciar entre las localidades arriba indicadas: mientras Elche se centraba en el zapato masculino y deportivo, Petrer y Elda lo hacían con el femenino y complementos (bolsos, cinturones…) y Villena se especializaba en el infantil. Estas especializaciones influyen hoy en día en el nivel de crisis de cada zona. Así Villena han mantenido unos niveles aceptables de trabajo, Elda-Petrer compite además en calidad con zapatos italianos, al tiempo que Elche se enfrenta con toda la maquinaria humana de producción asiática.
La evolución de este sistema de producción basado en una mano de obra barata, servil y poco formada creó en el vocabulario de la zona un palabro para designar esta realidad: "clandestinaje". La economía sumergida ha calado tanto en la cultura popular durante estas décadas que se reserva un vocablo para definir toda una realidad socio-económica muy amplia, definida a grandes rasgos por una industria artesanal mecanizada con capitales foráneos, beneficiada por la inmigración interna del Estado y muy enriquecedora para una serie de empresarios que ahora buscan en el sudeste asiático aquellos "esclavos" que antes llegaban de La Mancha, Andalucía y zonas de Murcia. El dinero corría por todas partes (el salario se pagaba por semanas) sin motivos aparentes: personas en el paro con segunda residencia en la playa, jóvenes adolescentes que estudiaban por las mañanas y trabajaban por las tardes con grandes cantidades de dinero para gastar en las discotecas de la zona, etc. Y todo ello con la permisividad de las instituciones que preferían siempre mirar hacia otra parte.
Y el cambio de milenio saca a relucir con mayor claridad una nueva coyuntura económica. De un mercado cerrado a nivel nacional y europeo se ha de pasar a afrontar un presente marcado por la conocida, y poco entendida para la mayoría de los trabajadores, globalización económica. Tenemos prácticamente el mismo esquema de los años sesenta-setenta desarrollándose en otras regiones del mundo que con la permisividad comercial de la apertura de fronteras al capital y la mercancía alcanza a todo el mundo. Elche incluido. La población asiática residente en la provincia de Alicante no deja de ser el último eslabón de esta cadena: los empresarios aprovechan la propia inmigración que genera su sistema económico semi esclavista para reproducirlo con unas mínimas mejoras en países de occidente. A cambio la mercancía se encuentra mucho más cercana del mercado que intenta cubrir. El resultado es el mismo producto, con escasas variaciones cualitativas, con dos precios bien diferenciados. La gran marea de consumidores no se plantea términos como comercio justo o solidaridad. Son palabras que nos han desmontado durante años. El único valor es la rentabilidad económica, tanto para el empresario como para los mismos consumidores.

Una situación muy grave

Es este presente el que marca la gravedad de la situación: alrededor de 18.000 personas trabajan en Elche de esta industria de forma regularizada, mientras que se calculan unas 12.000 personas más que lo hacen desde la ilegalidad. Tenemos pues unas 30.000 personas de una población total (contando niños y personas mayores) de 180.000 que viven directamente del calzado… Si pensamos en aquéllas que lo hacen de manera indirecta la cifra sólo puede darnos escalofríos.
¿Qué hacer? La pregunta no deja de ser recurrente y ni mucho menos original para una zona en la que en los últimos veinticinco años nadie se la había planteado seriamente hasta que se han encendido todas las luces de alarma. Sólo en este año en las comarcas del Vinalopó Mitjà y Alt Vinalopó (con Elda y Villena como referentes, y menos damnificadas que Elche) se han cerrado según datos de UGT 48 fábricas en las que trabajaban 1.051 obreros, con un índice de clandestinaje del 45% en esta zona. Asimismo se teme que esta situación en lugar de replantear la economía sumergida como elemento negativo sirva para potenciarlo y así evitar momentáneamente cerrar algunas naves.
El debate que genera este panorama en los medios de comunicación deja muy a las claras los intereses de los actores más relevantes de este mundo: el alcalde de Elche (PSOE) acusa al Consell (PP) de no dar las suficientes ayudas; los empresarios, por su parte, denuncian que el gobierno central no ha ejercido un verdadero control aduanero en el sector (al parecer ya no se acuerdan de los años en los que el calzado alicantino invadió Europa…) y algunos trabajadores y ciudadanos echan la culpa a la llegada china… La reconversión industrial inevitable en este sistema económico ni se nombra porque no es políticamente correcta y generaría más tensión…
Con un panorama nada alentador y utilizando las palabras de Eduardo Galeano lo más probable será que las pérdidas se nacionalicen cuando durante muchos años los beneficios se han privatizado, enriqueciendo a unos pocos. El Estado deberá asumir las pérdidas de una industria que jamás controló y a la que permitió toda una serie de beneficios a corto plazo. La presencia del Estado, esa institución a la que se le concede unos poderes determinados para garantizar una vida "ordenada" no puede reducirse a llenar el polígono de Carrús de antidisturbios los días posteriores a los incidentes del pasado 16 de septiembre. La planificación económica tan denostada por muchos economistas evitaría catástrofes socio-económicas de estas envergaduras y la intervención de elementos de control en el trabajo eliminaría palabras del vocabulario popular como clandestinaje. Se demuestra cómo a los empresarios, tipo familia Quiles (propietarios de la firma Kelme, durante muchos años dueños del Elche C.F., de un equipo ciclista profesional, de centenares de hectáreas de terreno…) la globalización les supone perpetuar su negocio: mirad unas botas de fútbol de esta marca y veréis lo que les importa el futuro de los miles de trabajadores ilicitanos del calzado…
Este es el modelo socio-económico característico de Elche. Un modelo en quiebra en un mundo globalizado en el que el Estado sólo hace uso de sus atribuciones policiales para mantener el orden en las calles. A los talleres el Estado nunca entrará, se limitará a pagar en un momento determinado para no tener un desorden muy alarmante mientras que empresarios de la zona llevan sus producciones a zonas que les son económicamente rentables. Mientras unos se seguirán enriqueciendo, otros vivirán tiempos difíciles tras décadas de dedicarse exclusivamente al trabajo del calzado. La planificación estatal nunca llegó al Vinalopó y ahora que el calzado se va, solo resta la desesperación para miles de trabajadores y trabajadoras. Difícil momento para pedirles cordura y que rechacen los movimientos de la ultraderecha de la zona para sacar de esta situación beneficios. El 16 de septiembre algunos obreros colaboraron con fascistas locales para quemar naves chinas. El fascismo y el neoliberalismo se retroalimentan en beneficio propio mientras una sociedad de trabajadores sigue con nerviosismo lo que le depara un presente ya económicamente globalizado.

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