La paradoja «alemana»

Internacional

Tras las elecciones al Parlamento en Alemania

La paradoja «alemana»

Jordi Escuer
En política, dos y dos no suman cuatro. El voto a las formaciones de izquierdas en Alemania ha superado en cerca de tres millones al obtenido por los dos representantes de la derecha. Sin embargo, no va a haber un gobierno de la izquierda. El Comisario europeo de Economía, Joaquín Almunia, señalaba que, «más allá del color del gobierno que se forme, el programa tiene que ser reformista»1, y ya sabemos a qué se llama «reformas» en estos tiempos. Mayoría electoral de la izquierda, pero sin gobierno de izquierdas. Una paradoja «alemana», pero que no es sino la tónica de la clase obrera y la izquierda internacional. Estas elecciones nos muestran la dolorosa contradicción entre lo que se podría hacer y lo que finalmente sucede, entre el potencial de la clase obrera contemporánea y el estado de sus organizaciones políticas. «E pur, si muove». El significativo crecimiento de la coalición entre los partidos de Lafontaine y Gysi, el Partido de la Izquierda, con todas sus peculiaridades es un claro indicio de que la clase obrera, o al menos un sector de ella, empieza a buscar una salida a la crisis de la izquierda. Y lo que sucede en un país que supone el 21% del PIB europeo, además de un quinto de su población, nos afecta a todos.

Los dos grandes candidatos, el SPD y la coalición de derechas CSU/CDU, han perdido votos y escaños. Los primeros obtuvieron un 4,2% menos que en las elecciones de 2002 y la derecha un 3,3% menos. El Partido de la Izquierda ha logrado 970.000 votos más y, en el otro extremo, los liberales del FDP crecen en 920.000, sacando a la luz un proceso de polarización en la sociedad.
El PI ha incrementado su respaldo electoral convirtiéndose en el cuarto partido en número de votos y dejando a los Verdes en la quinta posición. Esta formación es fruto de la unión del antiguo Partido del Socialismo Democrático (PDS, de la zona este) y la Alternativa Electoral Trabajo y Justicia (WASG, de la zona oeste). Esta coalición obtuvo el 25,3 por ciento de los votos en Alemania del Este, un 8,5 más de lo conseguido en el 2002 por el PDS en solitario.
El voto al SPD se recuperó en relación a las previsiones alcanzando el 34% cuando la intención de voto en junio y julio estaba en un 26%, y la CDU/CSU, que llegó al 49% en esos mismos momentos, bajó considerablemente2. Los socialdemócratas han sido capaces de recuperar una parte importante de sus votantes tradicionales obreros, sobre todo en el Rhin-Norte/Westphalia, donde habían sufrido una derrota espectacular en las elecciones regionales. Conforme se acercaba la hora de la verdad, una parte de los votantes del SPD prefirieron respaldarlo de nuevo ante la amenaza de un gobierno de la derecha, aunque fuese con la nariz tapada.

La política de la derecha

Tenían buenos motivos para actuar así. El programa de la candidata de la derecha, Ángela Merkel, pretendía facilitar que los empresarios llegaran a acuerdos con sus propios trabajadores y los sindicatos a nivel de empresa para establecer salarios por debajo del convenio general en la región o en el sector; introducir el despido libre para los nuevos contratados en empresas de menos de 20 asalariados; que el trabajador «pueda optar» entre la protección contra el despido o una indemnización pactada, cuya cuantía mínima se fijaría por ley.
Además proponían una subida del IVA del 16 al 18% y una reducción de los tramos del IRPF a uno igual para todos del 25%. Sólo estas medidas valen para ver que su programa iba a suponer un drástico ataque a los intereses de los trabajadores.
Esta política no es nueva sino que recoge las necesidades del capitalismo alemán, que desde hace décadas está promoviendo medidas para ir desmantelando los logros de la clase obrera alemana.
Ya en 1982 se elaboró el «Memorandum Lambsdorff», nombre del ministro de economía liberal aquel entonces, en el que se preconizaba una reducción de las prestaciones sociales y de los salarios, así como una flexibilización laboral y un aumento de los impuestos al consumo, acompañada de una fuerte reducción de los impuestos a las sociedades.
Esos criterios han inspirado las políticas de todos los gobiernos desde entonces, fueran de la derecha CDU/CSU o del SPD en coalición con los Verdes. Si la financiación del Estado en 1970 se sustentaba en un 30% por los impuestos sobre el capital y en un 70% en los impuestos a los salarios y en los gravámenes indirectos; en el año 2000 los primeros aportaban apenas el 15% y los segundos un 85%. Durante la época de gobierno de canciller Kohl se redujeron las pensiones y se privatizaron las telecomunicaciones, los ferrocarriles y el correo, a la vez que se desregulaba el mercado eléctrico3.

¿ Qué hizo Schröder?

Los gobiernos del SPD y los Verdes se limitaron a continuar una política inspirada en los mismos criterios. Ministro de Finanzas, Oskar Lafontaine fue cesado cuando intentó aplicar una política de corte socialdemócrata con medidas de control de la economía, y sustituido por el que hasta entonces había sido gerente de una empresa energética. Schröder llegó a afirmar: «Nosotros llevamos adelante una política industrial muy dura, y los verdes se encargan de la salsa social».
Su programa fue considerado por ellos mismos como «el mayor programa de reducción de impuestos de la posguerra». Consistió en disminuir el impuesto a los más ricos en un 8%, la tasa sobre las sociedades en un 15% e hizo a las grandes empresas generosos regalos fiscales por miles de millones de euros. Eso fue acompañado por la caída en el desempleo de cientos de miles de empleados públicos y el languidecimiento de los gastos sociales. Los sindicatos de profesores denuncian que el gasto en Enseñanza en Alemania es hoy equivalente a un 4% del PIB4.
Schröder ha promovido la Agenda 2010 que profundiza en la política que quiere la patronal pero más despacio. El Plan Hartz IV, desde 2005 ha variado el sistema de protección a los desempleados. A partir de los 12 meses de permanencia en él, el trabajador queda obligado a aceptar cualquier puesto de trabajo, sea cual sea su remuneración. No podemos perder de vista que en el 2004 la cifra de desempleados superó los 5 millones, el 12% de la población activa5.
Un dato demoledor y que muestra el fracaso de la política del SPD es que el 10% más rico de la sociedad alemana ha pasado de poseer un 45% de la riqueza al 48%, precisamente en la época de gobierno de Schröder, entre 1998 y 20046. Así, con un gobierno de la «izquierda», las desigualdades siguieron creciendo y la pobreza aumentando.
Por eso no es sorprendente la buena disposición, una vez pasada la tormenta electoral, a entenderse entre las direcciones del SPD y la CDU/CSU. Entre sus políticas no hay diferencias de fondo, sólo de grado. Esa es la realidad de un partido que abandonó oficialmente el marxismo en los años 50, aunque en la práctica lo hizo décadas antes.
« Estar en la oposición es una mierda» explicaba gráficamente Franz Müntefering, el presidente del SPD cuando le preguntaban por la posibilidad de ese acuerdo7. Si toman esa decisión será un varapalo para los votantes del SPD, buena parte de los cuales le votaron precisamente para detener a la derecha.
El Partido Socialdemócrata ha perdido desde 1990 a 600.000 miembros, un tercio de sus afiliados, —175.000 durante la etapa de Schröder— y sufre un grave envejecimiento, pues de ellos, sólo un 2,8% tiene menos de 30 años8. La creación del partido de Lafontaine es una escisión del propio SPD y un producto de esta situación. Así que la socialdemocracia se encamina hacia una profunda crisis.
En realidad, desde la aritmética parlamentaria la única forma de tener un gobierno de izquierdas sería con un acuerdo entre el SPD, los Verdes y el Partido de la Izquierda. Sin embargo, la dirección socialdemócrata se resiste con uñas y dientes a semejante acuerdo. Los «socialdemócratas» Müntefering y Schröder se niegan a pactar con un partido que propone medidas reformistas ¿cabe duda de dónde ha llegado el reformismo?
En las actuales circunstancias, el PI no debería entrar a formar parte de un gobierno, en coherencia con lo que ha manifestado, pero sí debería ofrecer su apoyo al candidato del SPD en la investidura frente a la derecha para formar gobierno, a fin de quitar a sus dirigentes cualquier excusa para profundizar en una política de derechas.
La política de la dirección del SPD abre una gran oportunidad al PI si es capaz de mantener una política diferenciada y coherente con los intereses de los trabajadores, pero a la vez una actitud amistosa hacia la base social de la socialdemocracia, de cuyo seno ha surgido.

El capital y los trabajadores

El agotamiento de las políticas socialdemócratas, en un momento en el que el sistema no permite ninguna reforma sino que exige duros recortes es una característica de la situación que vivimos, que también se reafirma en Alemania.
En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la burguesía alemana se benefició de los recursos del Plan Marshall junto con una abundante y barata mano de obra. En aquel entonces, los costes laborales en Estados Unidos eran cuatro veces mayores que en Alemania del oeste9. El auge económico y las luchas obreras propiciaron el logro de grandes conquistas para los trabajadores y ese modelo de capitalismo «renano» con la participación de los sindicatos en la gestión de las empresas. En esas condiciones la socialdemocracia alemana vivió una época dorada, consiguiendo grandes conquistas al frente de la clase obrera alemana.
Tras la crisis de los años 70, el capitalismo alemán invirtió para aumentar la productividad con el fin de ahorrar una mano de obra que le resultaba «demasiado cara»10. El capital usó la máquina contra el trabajador, para recuperar sus ganancias. Ese es uno de los factores que explica el alto paro en Alemania y evidencia que cuando nos insisten en que el desarrollo de la productividad es la garantía para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, no nos están diciendo la verdad. Es el propio capitalismo el que ha creado ese enorme «ejército de reserva» que tan útil le resulta para imponer sus condiciones a los trabajadores.
Además, cuenta con el mercado mundial de mano de obra barata y menos conflictiva sindicalmente –por ahora–, empezando con su patio trasero: Polonia, la República Checa, Hungría.
La situación social en Alemania es el producto de las necesidades del capital que le está diciendo a los trabajadores: «Si quieres un empleo tendrás que trabajar más horas, ganar menos y aceptar que te despida cuando a mí me convenga». Cuenta con la baza del desempleo, y para que sea más «eficaz» quiere realizar mayores reducciones de los subsidios a los parados, así como de las trabas al despido, para poder «persuadirles» de que acepten trabajos peor pagados.
El miedo al desempleo es muy alto en Alemania, sobre todo en la zona Este, donde el porcentaje de parados es mayor. Los territorios de la antigua Alemania del Este, absorbida en la década de los 90, sufren las peores consecuencias de esta situación, con una mayor tasa de paro que en algunas zonas llega hasta casi el 30%11, pero el problema afecta al conjunto de la clase obrera en Alemania. Según una encuesta tres cuartas partes de los alemanes ven el futuro negro y un tercio tiene miedo a quedarse en paro. Los estados del Este son los más afectados. En Mecklenburgo-Pomerania un 85% de la población tiene miedo a perder el puesto de trabajo12. No deberíamos perder de vista que un de cada tres parados europeos vive en Alemania.
De hecho, durante estos años los trabajadores alemanes no se han sometido mansamente, sino que han peleado para defender sus derechos. En el año 2002, ante la proliferación de conflictos obreros el presidente de la patronal alemana declaró que «los sindicatos están dejando de ser interlocutores válidos». En los dos años siguientes hubo destacadas huelgas como la de la construcción –la primera huelga general del sector en 50 años– y la de los metalúrgicos del Este, que reclamaban la equiparación de jornada laboral con sus compañeros del oeste a 35 horas semanales.
Sin embargo, la mayoría de estos conflictos fueron terminando en derrotas y claudicaciones por parte de las direcciones sindicales que carecen de una alternativa viable ante las amenazas de deslocalización, algo que se ha convertido en una arma habitual frente a los trabajadores13.
Siemens fue la primera en pactar un incremento de la jornada laboral de 35 a 40 horas semanales sin aumento salarial. Tras ella esa propuesta la han adoptado todas las grandes empresas: Mercedes, Opel, Philips. Los trabajadores de la empresa de dulces Nappo Drhelle&Co acordaron aumentar un 50% su jornada laboral de 40 horas semanales durante tres meses sin cobrar un céntimo más14.
En esta situación, enfrentados a la patronal y a «su» gobierno, el resultado electoral bien pudiera expresar que una parte de los trabajadores ha sacado la conclusión acertada de que la lucha sindical no es suficiente, sino que es necesaria una alternativa política.

La «maximización» de beneficios

Es común leer lo mal que va la economía alemana, pero la realidad es más compleja. A las grandes empresas alemanas los negocios les van muy bien. El Deutsche Bank, que es la mayor empresa financiera alemana, anunciaba en febrero de 2005 un incremento de los beneficios del 87% al tiempo que el despido de 5.000 trabajadores «para seguir siendo competitivo». Su caso no es excepcional, sino que marca una tendencia: el espectacular incremento de beneficios de las grandes empresas en todo el mundo durante 200415.
Alemania es el segundo exportador mundial, por delante de Japón y los beneficios de las empresas son muy altos. Su industria, sin duda es competitiva, pues sino no ocuparía ese segundo puesto en el ranking comercial internacional. De hecho, es el factor determinante para el crecimiento de su PIB.
El presidente del SPD, al que tan poco grato le parece estar en la oposición, comparó a «determinados inversores financieros» con las plagas de langosta que todo lo arrasan a su paso y dijo: «La estrategia del beneficio máximo a nivel internacional amenaza la democracia». Al parecer, le respondió un empresario declarando: «Yo soy una langosta»16. La «estrategia del máximo beneficio» siempre ha sido la guía del capital y pretender lo contrario es una actitud utópica.
El objetivo de las empresas es acrecentar constantemente su rentabilidad y su referencia la marca el mercado mundial, en particular, sus principales competidores (Estados Unidos y Japón, con diferencia, seguidos de lejos por China y otros países asiáticos). Partiendo de un nivel de productividad por hora similar al norteamericano —es decir, la cantidad de bienes que un trabajador alemán crea por termino medio en una hora—, el factor determinante es el grado de explotación del trabajo.
Si comparamos la situación de los trabajadores alemanes con los norteamericanos el resultado es muy evidente: un obrero norteamericano trabaja casi cuatrocientas horas más al año, tiene la mitad de vacaciones (unas dos semanas, por término medio) y no está respaldado por un convenio y unas formas de contratación que hacen mucho más difícil su despido. Si a eso le unimos una cobertura social por desempleo mucho mayor además de un nivel de protección social más elevado en Alemania que en Estados Unidos, la explicación del programa de la patronal es totalmente clara (ver cuadro).
No se trata de que vayan a empezar a recortar el «Estado del bienestar», eso llevan dos décadas haciéndolo, sino de dar una vuelta de tuerca más en esa dirección. Las grandes empresas siguen anunciando recortes de plantilla: el sector del automóvil ha avisado de 25.000. El Grupo Daimer-Benz anuncia el despido de 8.500 trabajadores para cumplir sus objetivos de beneficio y sube su cotización en Bolsa hasta cifras récord17.
Todo aquel que se tome la molestia de leer los trabajos de antiguos «socialdemócratas» como Marx, Engels, o Luxemburgo, encontrará una explicación muy clara: La burguesía alemana quiere seguir incrementando la tasa de explotación de los trabajadores para obtener más plusvalía.

Un crisis clásica

Si eso sucede en uno de los países más desarrollados del mundo y de la UE, ¿qué podemos esperar el resto? La realidad es que en una de las mayores potencias económicas es incapaz de garantizar un empleo y una vida dignas a todos. No por falta de medios, todo lo contrario, sino por que el empleo de la actual capacidad productiva de Alemania no ofrece la rentabilidad que quieren las grandes empresas multinacionales. Desde un punto de vista capitalista hay una sobreproducción, o más exactamente, un exceso de capacidad productiva. «Sobran» recursos tanto industriales como humanos, ya que no es posible explotarlos con la rentabilidad deseada. Estamos pues ante una crisis capitalista clásica.
Sin embargo, no debemos confundir capital con los medios de producción: la industria, la técnica, etc. El capital no es la suma de los medios materiales y humanos que permiten la producción, sino una relación social entre los medios de producción y las personas, que consiste en que todos ellos están sometidos al monopolio de una minoría merced a la propiedad privada de las grandes medios industriales y económicos. Una relación social no es una ley absoluta y eterna, sino que puede ser cambiada. El obstáculo que se interpone entre el uso racional de las actuales fuerzas productivas y los trabajadores es la propiedad privada de las mismas. Hoy es el porcentaje de rentabilidad privada lo que determina la vida de millones de personas, no sus necesidades.
La política de las direcciones sindicales se resume en la idea de aceptar los cambios productivos que propone el capitalismo, pero salvaguardando los derechos de los trabajadores y el «estado del bienestar». La práctica demuestra que semejante criterio se traduce en continuos recortes en las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera, a cambio de que sean menores de lo inicialmente previsto. Al final, como la rueda de las contrarreformas nunca cesa de girar, la política de la patronal es la que se impone por las buenas o por las malas, como atestigua la experiencia alemana.
Además, la situación de la clase obrera alemana no tiene solución sólo en el marco de las fronteras de su país. Exigir un salario mínimo, la jornada de 35 horas sin reducción salarial, la generalización y equiparación al alza de los servicios sociales, etc. demanda de leyes a escala europea, para empezar. De igual forma que plantarle cara a cualquier multinacional exige un acuerdo común de la plantilla en todas sus factorías a escala planetaria. En otras palabras, necesitamos un programa y una organización común. Pero a nadie se le escapa, y la experiencia alemana nos alecciona, que no basta con exigir esas reformas, además hace falta un proyecto social global que las respalde: ¿quién será el dueño real de la economía? Las leyes que aprobase un gobierno de izquierdas de nada valdrían si el poder económico real seguía en manos privadas. Eso pone a la orden del día la defensa un programa de nacionalizaciones de los resortes centrales de la economía y su planificación democrática.
Un programa que será tachado de utópico pero que más vale empezar a discutir ya si queremos que la paradoja «alemana» tenga solución. n

Fuentes
1.- El País 26/9/05.
2.- El País 13/9/05.
3.- La socialdemocracia alemana, de Matthias Greffrath, publicado en Le Monde Diplomatique, septiembre 2005.
4.- íbidem.
5.- íbidem.
6.- 7 años de gobierno roji-verde en Alemania: creando precariedad, Luis M. Rivas, BerlinSur. publicado en Rebelión.
7.- El País 5/9/05.
8.- La socialdemocracia alemana, de Matthias Greffrath, publicado en Le Monde Diplomatique, septiembre 2005.
9.- La fuerza relativa del capitalismo alemán, de W. Wolf, incluido en el libro La crisis de Ernest Mandel, referido a la crisis económica de los años 70.
10.- Refiriéndose a la UE, Guillermo de la Dehesa escribe: «A la crisis del petróleo le siguió un incremento muy fuerte de los costes laborales, que elevó en 3 puntos porcentuales la participación de los salarios ajustados en el PIB entre 1973 y 1975 [En Alemania, y no sólo en ella, esos años fueron de duros y largos conflictos obreros]. Este incremento sólo se normalizó diez años más tarde, en 1984, cuando recuperó el nivel anterior a la crisis del petróleo. Este persistente cambió generó una importante sustitución de trabajo por capital». Del libro ¿Quo vadis Europa? Por qué la Unión Europea sigue creciendo más lentamente que Estados Unidos, de Guillermo de la Dehesa. Alianza Editorial 2004.
11.- El País 7/9/05
12.- El País 13/9/05
13.- «Después de la derrota de los metalúrgicos del Este de Alemania y del acuerdo con olor a podrido del 24 de junio entre la patronal y la burocracia sindical en las plantas de Siemens en Bocholt y Kamp-Lintfort (acuerdo denominado «contrato tarifario adicional» -Ergänzungs-Tarifvertrag-) que prevé acabar con la paga de vacaciones y el aguinaldo navideño (correspondiente al 12-14% del salario anual) y un aumento de las horas de trabajo de 35 a 40 horas semanales sin recompensa salarial- la patronal y su gobierno extendieron sus ataques a las conquistas obreras en general y a las de los metalúrgicos en particular, bastión del proletariado alemán. Los patrones pretenden disminuir el costo de la fuerza de trabajo y, para esto, amenazaron a los obreros con la deslocalización de la planta de Sindelfingen a Bremen o Sudáfrica, si éstos no aceptaban su plan de ahorro empresarial». Del artículo Alemania: Ofensiva patronal en Daimler-Chrysler, movilizaciones y traición, de Marcelo Torres y Anna Lehmann La Verdad Obrera, 30/7/2004. Recogido en Rebelión.
14.- Chantajes industriales, Manuel del Pozo, Subdirector de Expansión, 2/9/04.
15.- El capitalismo ebrio: beneficios récord La distribución desigual. Joaquín Estefanía, El País 13/3/05.
16.- ¿Hacia dónde va Europa?: el modelo Las críticas al capitalismo. Joaquín Estefanía, El País 15/5/05.
17.- El País 29/9/05.