Estados Unidos y los huracanes

Internacional

Estados Unidos y los huracanes

Sembrando tempestades

Rubén De Pablo
La catástrofe del huracán Katrina ha convertido en un lugar común, repetido hasta la saciedad, el que nos encontramos padeciendo un cambio climático de consecuencias devastadoras. Hasta hace poco todos los esfuerzos por parte de quienes éramos conscientes de la magnitud de la amenaza era convencer a la gente de que era algo que afectará no a las generaciones futuras (que a fin y al cabo a muchos les importan realmente un bledo) sino que traerá consecuencias a lo largo de lo que nos reste de vida. Sin embargo y al día de hoy ya no hay que convencer a nadie de la realidad. Ahora se trata de dar herramientas para analizarla y no caer en el fatalismo. Si todo lo que podemos hacer es padecer sequías, huracanes y horrores sin cuento, sin ver que es la forma en que la sociedad enfrenta estos acontecimientos la que los convierte en mortales, la única reacción que cabe esperar es la de la resignación.

Un ejemplo es bueno para ver que ante el mismo problema caben siempre infinidad de posibles respuestas. En Septiembre pasado un huracán de categoría 5, el Iván, pasó por Cuba, con vientos de más de 250 Km/h. Ante el peligro, el estado evacuó a millones de personas a zonas elevadas, con el fin de huir del envite del mar sobre las costas. Como cabe esperar, hay organizado un sistema de defensa civil, en el que todo el mundo sabe a dónde ir y a quién recurrir, que Naciones Unidas utiliza como ejemplo de lo que se debería adoptar en otros países. Hubo cuatro muertos. En EEUU superan los 1.619. No hubo saqueos, no fue necesario ejercito alguno para volver al «orden». Se habían preparado para ello durante años. Pero Cuba no es un régimen de economía de mercado, capitalista, y por tanto no puede ser un ejemplo a seguir.
El ejemplo oficial, desde la caída del muro, para las clases dominantes del mundo entero, y durante años, incluso para buena parte de los trabajadores, los EEUU, tuvo una reacción bien distinta. Ellos también están preparados para reaccionar ante las catástrofes. Sólo que el concepto de lo catastrófico, para la clase dominante estadounidense es diferente del que nosotros tenemos. Nos sorprendió ver en televisión que ante la inminente llegada del huracán la reacción de las autoridades federales fuera no hacer nada, y la de las locales pedir a la gente que tomase sus coches y evacuase las ciudades más afectadas, especialmente Nueva Orleáns. El FEMA, organismo federal para la gestión de situaciones de emergencia, tuvo una reacción ante el problema absolutamente inoperante, sobre todo si su función es la de salvar vidas. Pero es que esa no es su función.
Desde su creación en el 79, ha sido un organismo vinculado a la seguridad nacional. Por tal, allí entienden, según declaró hace años un alto responsable de dicho organismo en una rueda de prensa, el proteger las vidas del gobierno, proteger de sabotajes las instalaciones militares y civiles, y evitar que en tiempos de crisis los grupos opositores consigan acceder a audiencia nacional e internacional aprovechando la coyuntura. Tienen planes para casi todo tipo de contingencias, planes que suelen incluir imponer la ley marcial, la suspensión de las garantías constitucionales y la represión armada de posibles manifestaciones de protesta. Para salvar las vidas de sus ciudadanos, para eso, no tienen planes.
De hecho, podrían haber hecho algo, desde mucho antes. Los huracanes siguen, en la costa este de EEUU, un patrón cíclico. A décadas de baja actividad siguen otras de alta. En los comienzos del siglo XX fueron devastadores. En cambio desde los años 50 hasta finales de siglo hubo un periodo de menor actividad e intensidad. Se sabía que venían de nuevo tiempos de grandes tormentas y se sabía que este ciclo natural, podría verse incrementado en su intensidad por la extraordinaria cantidad de energía calorífica, esta sí, debida al efecto invernadero, que se acumula actualmente en la superficie del golfo de México.
Otros fenómenos que venían a alertar sobre el peligro eran el deterioro de las marismas costeras que jalonan el sur de los EEUU. La extracción de petróleo ha provocado la compactación y el hundimiento del terreno, acelerando la entrada del mar, y la salinización de las zonas húmedas, matando la vegetación en amplias zonas, que como dijimos en un anterior artículo, analizando el Tsunami del año pasado en Asia (ver Nuevo Claridad 48), tiene una extraordinaria capacidad para frenar y amortiguar el efecto del oleaje y del viento. A esto se ha unido el proceso de creciente urbanización y especulación urbanístico sobre los terrenos costeros, permitido y alentado por el gobierno estadounidense que tiene en la especulación la fuente de ese supuesto milagro del crecimiento económico, que como el español tiene sus cimientos en el ladrillo.
Pero, como vimos, nada se hizo. Pese a las advertencias de los ingenieros públicos que anunciaron que los diques que protegen Nueva Orleáns no resistirían un gran ciclón, no se acometieron las obras de refuerzo de los mismos, ni se frenó la destrucción de marismas. El dinero público necesario se desvió a la guerra de Irak, ese pantano en el que se está hundiendo el imperio. Los 11.000 millones de dólares que habrían evitado la situación actual son los gastos de dos meses de guerra en Irak.
Lo único que hicieron fue ordenar el sálvese quien pueda. Y se salvaron los que pudieron. Aquellos que no tienen trabajo, ni tarjeta de crédito, ni coche, aquellos que pese a encontrarse empleados y tener coche, por ser fin de mes no tenían ni para gasolina, la clase obrera, en definitiva, se quedó a guardar lo único que poseen, sus viviendas y el ahorro de toda una vida, las pertenencias que contienen. Por no haber, no había casi autobuses, al haberse cerrado buena parte de las compañías cuando fueron privatizadas y adquiridas por las compañías fabricantes de automóviles.
La reacción de la clase obrera fue, pese a todo, ejemplar. No pudimos ver a las enfermeras de los hospitales, privados de fluido eléctrico, abanicando a los enfermos durante jornadas enteras, o intentando insuflar a pulmón el aire a los pacientes privados de ventilación mecánica. Grupos de electricistas largando líneas de cable para distribuir por bloques enteros la electricidad de otros donde había generadores. Los obreros de las refinerías robando botes con que rescatar a la gente atrapada en sus casas. Cocineros de restaurantes abandonados improvisando comedores colectivos para cientos de personas. Para criminalizarlos, para hacernos pensar que lo que les pasaba lo merecían, las televisiones han mostrado incesantemente las imágenes de los «saqueos». No han mostrado imágenes, sin embargo, del autentico genocidio racista que organizó el gobierno, a través de la FEMA, durante los días siguientes en la ciudad abandonada a su suerte.
Nos han mostrado a las masas hacinadas en el palacio de convenciones y el estadio Super Dome, pero aparte de una imagen distorsionada, poco de lo que sucedía fuera. Una vez llenos los estadios, a quien intentaba entrar, la policía se lo impedía. Se les informaba de flotas de autobuses que les esperaban en las autopistas de salida. A quienes se desplazaban andando hasta allí se les decía que tales autobuses no existían. Y a quien optaba por salir a pie y recorrer los escasos 40 kilómetros hasta la ciudad más cercana, lo recibían a tiros y le obligaban a dar la vuelta.
En un alarde de autoorganización la gente improvisó campamentos en las calles, robaron camiones cisterna, camiones con alimentos, crearon sus propios sistemas de reparto, mientras policía y ejercito, que deberían haber garantizado el suministro y confiscado todos los artículos de primera necesidad de los almacenes para su reparto, se preocupaban tan solo de evitar que la gente entrase en la sacrosanta propiedad privada.
Según el enfoque de clase que se le de un negro con un saco lleno es un saqueador o un padre de familia que quiere dar de comer a sus hijos. Por ello los grupos de gente que se agrupaba para prestarse ayuda mutua fueron reprimidos y disueltos. Eran vistos como conatos de insurrección. Lo ya inexplicable es porque desde el cinturón armado con que se sitió la ciudad se impidió la llegada de ayuda externa. Bajo la excusa de la anarquía se denegó la llegada de convoyes de ayuda como el que organizó la cadena de supermercados Wall-Mart con cientos de camiones cargados con agua y vituallas. Sólo tiempo después de llegado el ejercito y controlada la situación se ha comenzado a asistir a las víctimas y a evacuarlas.
La repugnante reacción del gobierno americano, mezcla de pasividad y sadismo, frente a la suerte de los mas desfavorecidos queda ejemplificada con la frase de la madre de George Bush, quien en un discurso, en medio de una visita organizada a los damnificados dijo «Todos se quieren quedar en Texas. Todos están abrumados por la hospitalidad. Y como de todas maneras son indigentes, esto les está resultando muy bien».
Lógicamente, a los «bushitas» no les importa gran cosa la causa de dicha indigencia. Les trae al fresco que durante el pasado 2004, y gracias a su política, en un periodo de alto crecimiento económico el 95% de la población viera estancadas o disminuidas sus rentas, que 4 millones más (y van 45,8) de personas se quedasen sin cobertura sanitaria, que el número de pobres alcance los 37 millones, creciendo por cuarto año consecutivo.
Lo único que está resultando bien de todo esto es el quebranto que está haciendo a la capacidad de hacer daño de la superpotencia y la mina de la credibilidad que, para el muy crédulo pueblo estadounidense, están teniendo sus dirigentes.
En primer lugar, los más de 100.000 millones de dólares que les va a costar la reconstrucción, dificultan aún más su intervención en Irak. El hecho de tener que comprometer tropas en su propio país impide cualquier nueva aventura militar en Irán, Venezuela, etc. El Katrina, al haber destruido o inutilizado una parte sustancial de las refinerías del Golfo de México, e incluso de sus plataformas de extracción y de sus vías de distribución, como la arteria vital que supone el Missisipi, hace que EEUU no esté en condiciones de permitirse inestabilidades que pongan en peligro aún más el precario suministro de crudo. Venezuela puede respirar tranquila, los planes de golpe de estado o de intervención militar de los «yanquis», se van a demorar por mucho tiempo. Y el desafío de Irán en el tema del enriquecimiento de uranio (algo que están, de acuerdo a la legalidad internacional, en perfecto derecho de hacer) lo llevan a cabo por que saben que EEUU y Europa son incapaces en estos momentos de ejecutar sus bravatas. El imperialismo está herido.
En segundo lugar y a nivel internacional, el neoliberalismo americano, pese a seguir siendo el ejemplo de lo que hay que hacer para muchos gobiernos (incluidos el británico, alemán, francés e italiano) ya no lo es para sus pueblos y el ejemplo de la barbarie a la que nos conducen esas políticas, refuerza el deseo de los trabajadores de resistir el desmantelamiento de nuestro sistema de protección social. Schroeder y Merkel, Blair o Villepin lo van a tener difícil con su agenda de «reformas».
Y por último, el pueblo norteamericano comienza a despertar de su apatía. Millares de voluntarios, por su propia cuenta y riesgo han ido a hacer lo posible por ayudar a sus compatriotas y han podido ver con sus propios ojos la escandalosa actuación policial y gubernamental. Han podido escuchar los relatos de las víctimas sin el filtro de la prensa. Organizaciones de veteranos de la guerra de Vietnam y del golfo, de los grupos izquierdistas y pacifistas que luchan contra la continuación de la de Irak han sido en muchas poblaciones de Luisiana anegadas y plagadas de cadáveres, los únicos en llegar con ayuda efectiva, mientras ni tan siquiera había hecho acto de presencia la Cruz Roja.
No es casual que la movilización anti-guerra se haya recrudecido y que la mayor manifestación de la era Bush tuviera lugar en este mes de septiembre, con más de 100.000 personas manifestándose en Washington encabezadas por los padres de los soldados muertos. El gobierno se tambalea, el índice de aprobación presidencial está bajo mínimos y las mentiras de la guerra se comienzan a tomar por tales. El primer indicio de que algo va mal en la cúpula de poder es el que muchos dirigentes republicanos están atacando abiertamente la intervención del gobierno. Temen caer con él en las próximas citas electorales. Incluso defienden públicamente el New Deal de Roosvelt, el gobierno con una política social mas progresista de la historia de EEUU. ¿Las ratas abandonan el barco?
Un jurado vota encausar al principal líder republicano del congreso y representante de la facción más ultra Tom Delay, por financiación ilegal de la campaña electoral republicana con dinero de las empresas, algo prohibido en Tejas, forzándole a dimitir. Simultáneamente, pesa sobre el jefe de gabinete del Vicepresidente Cheney, I. Lewis Libby la acusación de desvelar la identidad de una agente de la CIA cuyo marido, agente también, hizo pública la falsedad de la acusación de que Níger había suministrado uranio a Irak. Si se prueba, Libby iría a la carcel. Si se demuestra que lo reveló por orden de Bush, que se quería vengar del agente, como se sospecha que así sucedió, el congreso podría iniciar el proceso de destitución de Bush, como hizo con Nixon con el Watergate e intentaron con Clinton con el affaire Lewinsky.
En la democracia simulada de los EE.UU, nada sucede sin el visto bueno de la élite económica que detenta realmente el poder. Puede que el desastre de la aventura militar de Irak, el descrédito causado por el Katrina y la pésima perspectiva económica a medio plazo causada por la «banda de los cuatro» formada por Bush, Cheney, Condolezza y Rumsfeld justifiquen un golpe de mano en las alturas, para que el sistema y los beneficios de la plutocracia no corran ningún riesgo.
Se avecinan tiempos de inestabilidad económica y política en Estados Unidos y en el mundo. Las grietas que se abren en la cohesión y capacidad de acción de las clases dominantes abren espacios que los socialistas y trabajadores del mundo entero podemos aprovechar en nuestro favor.