Diego Luis Fernández Vilaplana
Consell Polític d’EU del País Valencià
La actual legislación establece que los recursos hídricos
en primer lugar deben estar destinados al consumo humano, después a
cubrir las demandas de la agricultura, en tercer lugar para la industria y,
en último término, satisfacer usos recreativos. Sin embargo,
el gobierno valenciano prepara una ley específica para que el golf sea
considerado un cultivo.
El genio del proyecto se llama Rafael Blasco y ocupa la Conselleria de Medio
Ambiente, responsabilidad que ostenta desde la primera legislatura gracias
a su facilidad para mutar. Blasco es ahora el hombre fuerte del equipo del
PP tras militar en el PSOE proveniente del FRAP. Una carrera meteórica
desde la izquierda que creía en la lucha armada hasta la derecha del
OPUS y el ladrillo de Francisco Camps, presidente de la comunidad.
La pericia con que el agua pasa de regar naranjos a inundar campos de césped
es tan solo un botón de muestra. En la década de los 90 la superficie
urbanizada en el País Valencià aumentó un 49%, casi el
doble que la media estatal (25’4%). Un crecimiento que ha vuelto a producirse
desde 2000, esta vez en tan solo un lustro. Como media, el 49,3% del primer
kilómetro de costa alicantina está totalmente cimentada, unas
comarcas donde el consumo de agua se ha duplicado en pocos años, especialmente
en los meses de mayor sequía.
Es imprescindible conocer este contexto para entender qué subyace tras ‘La
Guerra del Agua’. El déficit hídrico del País Valencià es
consecuencia directa de la política económica. La industria manufacturera
agoniza. El textil, el calzado, el juguete, la cerámica,… han
expulsado al paro a 10.000 trabajadores y trabajadoras en tan solo un año
de un total de 50.000. Y la agricultura, salvo raras excepciones, inició este
mismo camino mucho antes. Sin embargo, nunca había cambiado de manos
tanto dinero en estas latitudes. Ni siquiera el turismo de sol y playa, en
crisis perpetua, explica esta situación. El capital especulativo ha
acabado absorbiendo por completo el productivo y la patronal en lugar de explotar
directamente la mano de obra lo hace con los recursos naturales.
El modelo de crecimiento absorbe el agua de la actual generación de
valencianos y valencianas y de las futuras, dejando tras de si un desierto
sin alternativa económica. Sin embargo, el ritmo es imposible de mantener
sin ingentes cantidades de agua que alimenten al depredador. Con los embalses
vacíos, los acuíferos sobreeplotados, los ríos agotados
y los humedales echados a perder no hay otra alternativa viable que transvasar
desde el Xúquer, el Ebro, el Ródano y, si se tercia, desde el
mismísimo casquete polar. Un negocio del que se aprovecha todo, como
de los cerdos, desde la obra pública, al negocio de la energía
y, si hay, también el agua.
Con las desaladoras no tendrían suficiente, ocupan territorio muy apetecible
en primera línea de costa. Depurar y reutilizar son palabras que no
figuran en su diccionario porque no enriquecen suficientemente. Y el verdadero
chollo está en construir nuevas infraestructuras enormes aunque sean
inútiles. Con el Tajo-Segura prometieron 1.000 Hm3 anuales pero este
año sólo llegarán 90 y a precio de cerveza.
A poco que seamos rigurosos, el debate es totalmente gratuito. Se trata de
extraer recursos de donde sea (por cierto, ya hablan de construir una nueva
nuclear) para seguir plantando césped y cemento. La «agriculgrúa» se
ha convertido en el primer sector económico. Pero la verdad es demasiado
cruda como para ser sinceros. Por eso explican que el campo valenciano padece
una sequía estructural que requiere de la solidaridad del resto del
Estado. La misma milonga con que sacan a la calle a los agricultores. Carne
de cañón a la prometen soluciones mientras se dedican a importar
naranjas desde el norte de África.
El País Valencià padece un déficit hídrico de consecuencias
catastróficas. Resultado de décadas de desarrollismo especulativo
a imagen y semejanza del modelo franquista. Pero la solución no es aumentar
la oferta eternamente para cubrir una demanda insaciable de campos de golf,
piscinas privadas y jardines en medio del desierto. La alternativa pasa por
reindustrializar las comarcas, reequilibrar territorialmente el territorio
y desestacionar y diversificar la oferta turística. Minimizar las pérdidas
de agua, priorizar los usos racionalmente, depurar hasta el terciario las aguas
residuales y desalar, exclusivamente, para cubrir necesidades de abastecimiento.
Pero nada de eso será posible bajo la batuta del gobierno títere
de Camps y Blasco. En manos de una patronal que ni siquiera juega a la bolsa
porque en el ladrillo encuentra beneficios astronómicos. Y con un gobierno
central que prefiere participar de la subasta del que impulsar una nueva cultura
del agua.