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Reseñas, comentarios, entrevistas y críticas
Reseña de "La Armada Española, la Campaña del Pacífico, 1862-1871: España frente a Chile y Perú"
  Por Leoncio López Ocón, Instituto de Historia (CSIC)

Uno de los episodios más oscuros historiográficamente de las complejas relaciones que hubo entre España y la América latina durante el siglo XIX es indudablemente el del bombardeo de los puertos de Valparaiso y el Callao por una armada española en los primeros meses de 1866.


Rodríguez González ofrece una nueva aportación sobre ese episodio militar. Sigue paso a paso las vicisitudes de los diversos navíos españoles que se vieron involucrados en las acciones bélicas que se desataron en aguas del Pacífico después de que la escuadrilla mandada por el general Pinzón tomase en abril de 1864 las islas Chincha , de donde obtenía el gobierno peruano sus principales recursos fiscales gracias a sus riquísimos depósitos de guano. Buen conocedor de la documentación oficial existente en diversos archivos españoles el autor se sitúa en la perspectiva de la historia militar y ofrece útil información sobre diversas cuestiones relacionadas con esa campaña bélica.


No sin razón relaciona la toma de decisión de enviar una escuadrilla naval a aguas del Pacífico en la primavera de 1862 con la revitalización de la Armada que se había producido durante la década de 1850; y luego sigue con bastante detalle las peripecias de los navíos de esa escuadra —formada inicialmente por las fragatas Resolución y Triunfo, a las que se añadió en Montevideo la goleta Covadonga— en sus navegaciones por el litoral del Pacífico americano durante más de tres años. La narración se hace más densa cuando la situación política entre España y las Repúblicas americanas del Pacífico sur se deteriora y se desliza hacia la confrontación bélica. Los actores de la narración se multiplican, pues la armada española llega a estar formada por más de una docena de navíos y aparecen en escena también las armadas rivales del Perú y Chile. Dado que el objetivo fundamental del autor es hacer un análisis de ese conflicto naval el grueso del libro está dedicado a relatar y hacer una valoración de las batallas navales en las que se vieron involucrados los contendientes, ofreciéndose todo tipo de detalles sobre la capacidad de fuego de las respectivas marinas de guerra, y sobre el tipo de armas usados por unos y otros. El autor fija especialmente su atención en los intentos de chilenos y peruanos por usar las nuevas armas que empezaban a experimentarse en las batallas navales, como submarinos, minas y torpedos.


La narración se hace vívida, y nos acercamos de una manera fácil a los protagonistas de la historia que se nos presenta gracias a algún que otro documento no oficial manejado por el autor —como fragmentos del diario del guardiamarina Bustamante, usados para dar cuenta de la muerte del cabo Fradera en el Callao (pp. 44-45) o las crónicas de Gustavo Adolfo Bécquer en el Museo Universal sobre el desarrollo del conflicto bélico en 1866 usadas en las conclusiones—, pero sobre todo a unas magníficas ilustraciones que están intercaladas en abundancia a lo largo de la narración. Estas ilustraciones proceden de las magníficas acuarelas de navíos españoles hechas por Rafael Monleón existentes en el Museo Naval de Madrid, o de fotografías existentes en colecciones privadas, como la de García Martínez, —otro experto conocedor de esa campaña del Pacífico— o de los fondos históricos del Museo de Pontevedra donde se alberga la que parece ser, según se deduce de las páginas de este libro, magnífica colección de Méndez Núñez.


Algunas de esas fotografías fueron efectuadas por Rafael Castro y Ordóñez, el dibujante-fotógrafo de la Comisión Científica del Pacífico, una expedición de naturalistas que se agregó a la expedición naval, cuando esta se organizó en 1862. Precisamente el legado iconográfico de Castro, que se conserva en los archivos y bibliotecas del CSIC, está accesible en el CD-ROM Catálogo de fotografías de la Comisión Científica del Pacífico. Colección CSIC, que se acaba de editar.
Y es la presencia de esos naturalistas en el seno de la Armada española la que nos lleva a hacer una serie de consideraciones sobre algunas de las limitaciones de la obra de Rodríguez González.
Esas limitaciones son de doble tipo. Por una parte se detecta una falta de diálogo con obras historiográficas que, desde otra perspectiva, han abordado ese episodio de las relaciones hispano-americanas. Los buques, sobre los que concentra su atención el autor, fueron el instrumento de una política exterior panhispanista, cuyos rasgos han intentado analizar diversos autores como Van Aken en su obra Pan-Hispanism. Its Origin and Development (Berkeley 1959) o López-Ocón cuando analizó el principal instrumento ideológico de ese movimiento político-cultural: la revista madrileña La América, [Biografía de La América (1857-1886). Una crónica hispano-americana del liberalismo democrático español, Madrid, 1987] cuya lectura hubiese enriquecido los análisis interpretativos de Rodríguez González. La lectura de este autor de la génesis y desarrollo del conflicto entre españoles y chilenos y peruanos es un poco simplista, pues tiende a ver sólo aspectos positivos en el comportamiento de los marinos españoles, y negativos en los comportamientos y decisiones de políticos y marinos chilenos y peruanos.
Y más bien parecería que la situación fue más complicada. Hubo un componente agresivo en el panhispanismo, de manera que la percepción de chilenos y peruanos de ver a marinos y científicos españoles como instrumentos de una política neocolonial no estuvo descaminada. López-Ocón y Puig-Samper al estudiar los condicionantes políticos de la Comisión Científica del Pacífico en diversos artículos publicados, por ejemplo, en Revista de Indias, o en Quipu, han subrayado esa idea. Además todos los estudiosos de la Comisión Científica del Pacífico, no sólo Miller —el único autor al que menciona Rodríguez González- sino también Barreiro y Puig-Samper, o López-Ocón en su estudio sobre Jiménez de la Espada, el principal integrante de la Comisión Científica del Pacífico— han destacado que el comportamiento de ciertos oficiales de la marina dejó mucho que desear en cuanto a sus relaciones con los naturalistas, o con los dirigentes americanos. En segundo lugar, es de lamentar que el autor no de detalles precisos de algunas de las interesantes fuentes que usa —por ejemplo del Diario del guardiamarina Bustamante— para facilitar la tarea a futuros investigadores. Y quizás hubiese sido conveniente que hubiese aprovechado fuentes hemerográficas americanas como hizo García Barrón, en su edición del Cancionero de la guerra hispano-peruana, para captar mejor la complejidad del deterioro de las relaciones hispano-americanas en esa coyuntura.


El libro de Rodríguez González es de todas maneras una interesante aproximación a un episodio de la historia española que, como bien subraya el autor, marcó el imaginario del nacionalismo liberal de la segunda mitad del siglo XIX como pueda comprobar quien lea La vuelta al mundo de la Numancia, uno de los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. Un episodio, por cierto, que convendrá revisar en un futuro, prestando atención a otros aspectos que en la narración de Rodríguez González no aparecen, como pueden ser: los estudios científicos que emprendieron esos marinos, entre los que iban oficiales muy curiosos como Miguel Lobo, publicista en las páginas de La América, y poseedor de una gran biblioteca, que quizás se encuentre en la base gaditana de San Fernando; el impacto político que tuvo esa malhadada expedición en la conciencia de muchos oficiales de la marina —como Topete— que, meses después de su regreso a la Península, colaborarán decisivamente en el destronamiento de Isabel II; o detenerse más en detalle en la política que emprendieron los nuevos gobernantes del Sexenio democrático para firmar el armisticio en 1871 con las repúblicas americanas que habían formado la alianza militar contra España: no sólo Perú y Chile, sino también Ecuador y Bolivia.  

Reseña de "Operaciones de la guerra de 1898. Una revisión histórica".
  Por Pío Moa (Libertad Digital)

El factor psicológico en la derrota del 98


¿Qué habría ocurrido si Usa hubiera fracasado (una derrota es difícil de imaginar) o la victoria le hubiera salido muy costosa? Probablemente su aislacionismo se habría reforzado y quizás no se hubiera animado


En el centenario del “Desastre” pasó sin mucha atención un excelente estudio de Agustín R. Rodríguez González: Operaciones de la guerra de 1898. Una revisión crítica. Con buena documentación y un razonamiento cuidadoso —que tan a menudo se echa en falta en la historiografía española—, Rodríguez ofrece una visión a la vez amplia y detallada de aquel conflicto, tan trascendental para la historia de España, y que marca la entrada del país en el siglo XX y sus retos característicos.


Aunque la desproporción económica y demográfica entre España y Usa era abismal, y en posición estratégica nuestro país se hallaba en total desventaja, la desigualdad era escasa en cuanto a fuerzas militares. Según un mito, persistente hasta hoy con fuerza, la superioridad naval useña predeterminaba el resultado, pero ello, muestra con detalle Rodríguez, no es del todo cierto. España poseía barcos buenos y modernos, aunque otros fueran anticuados y muchos mal mantenidos. Los enemigos padecían fallos análogos, sus mandos distaban de ser brillantes, y las numerosas deserciones en vísperas de la acción animaron en Madrid la impresión de unas tripulaciones poco aguerridas. La superioridad useña no resultaba muy grande, y diversos expertos ingleses, franceses o alemanes dudaban de su victoria.


Pero sacar el máximo rendimiento de las fuerzas disponibles exige mandos resueltos y animosos, y no parecen haberlo sido los dos almirantes, Cervera y Montojo, a cargo de las escuadras en las Antillas y en Filipinas, respectivamente. Aunque valientes, en especial Cervera, caían en el pesimismo, incluso el derrotismo, e iban a mostrar nula imaginación y escasa iniciativa. Demasiado conscientes de la no preparación de sus flotas, sobreestimaban la capacidad del enemigo. Rodríguez cita una expresiva en la que Cervera, ya en 1896, prevé su destino, comparándolo con el de otros generales y almirantes italianos, españoles, franceses e ingleses que habrían servido de “cabezas de turco” a responsabilidades ajenas. Pero aquellos mandos habían fracasado ante fuerzas inferiores. El caso más indicativo había sido el del almirante inglés Mathews, vencido en 1744, en el bloqueo de Tolón, por la escuadra de Juan José Navarro, “pese a que los españoles sólo contaban con 12 navíos (muchos de ellos mercantes transformados) que oponer a los 32 británicos”. Mathews fue sometido a juicio marcial, expulsado y deshonrado. Cervera parecía identificarse con Mathews y no con Navarro.
Cervera advirtió sin tapujos que sólo esperaba la derrota, y propuso emplear la flota en defender la metrópoli desde Canarias. La solución no valía mucho, pues sus contrarios podrían entonces liquidar con comodidad la resistencia en Cuba, y volverse luego, con todo su poder, sobre España, y el problema volvería a ser el mismo. Algún mayor sentido tenía su propuesta de trasladar los barcos a Filipinas, donde dispondrían de gran superioridad, pero a costa de perder Cuba y desproteger las costas españolas.
La guerra se decidió primero en Filipinas. La flota de Montojo, inferior a la contraria de Dewey, pero no tanto como se ha dicho, podía apoyarse en las defensas costeras. Dewey debía jugárselo todo a una carta, pues, por falta de bases, no ya una derrota sino un simple fracaso en Filipinas le habría dejado fuera de juego. Para su fortuna, su contrincante no supo aprovechar sus ventajas. Al llegar la escuadra useña a Cavite, en la entrada de la bahía de Manila, el 1 de mayo, se produjo un intenso intercambio de cañonazos durante dos horas. Los atacantes llevaron la mejor parte, pero sin hundir un solo buque español, y recibiendo un enérgico fuego de respuesta. Preocupado por la difícil situación, y con peligro de agotar sus municiones, Dewey ordenó retirada. Y fue entonces cuando Montojo, dándose por vencido, abandonó la lucha y marchó a Manila, desmoralizando a los suyos. Quedaron a su suerte algunos barcos, donde los incendios se propagaron. Animado por el espectáculo, Dewey hizo un segundo intento, pudiendo su flota tirar prácticamente al blanco contra la contraria, ya desorganizada y desanimada. La imprevisión de Montojo llegó hasta rendir el arsenal intacto, proporcionando a su adversario una base para ulteriores operaciones. En el telegrama a Madrid señaló: “Ha sido un desastre que lamento profundamente. Lo presentí y anuncié siempre por la falta absoluta de fuerzas y recursos”. Parece que no sólo habían faltado medios.
Días antes Cervera recibía orden de marchar a Puerto Rico. Cervera escribió amargamente: “Con la conciencia tranquila voy al sacrificio, sin explicarme el voto unánime de los Generales de la Marina, que significa la desaprobación y censura de mis opiniones, lo cual implica la necesidad de que cualquiera de ellos me hubiese relevado”. No le faltaba razón, pues fue mantenido en su cargo. Pensó dimitir, pero, considerando que ello desmoralizaría a sus subordinados, aceptó su sino.


El Caribe era para entonces un lago useño, dominado por las flotas de Shley y Sampson, que bloqueaban y bombardeaban Cuba y Puerto Rico —aunque con malos resultados para ellas— y capturaban o hundían barcos. Cervera esquivó el bloqueo y fondeó en la bahía de Santiago, el 19 de mayo. La bahía era una encerrona, pues sólo tenía una estrecha salida, por la que debían desfilar los barcos de uno en uno, facilitando así su destrucción al enemigo que estuviera esperándolos fuera. Además, estaba en la región de mayor rebeldía de la isla. Varios subordinados instaron a Cervera a salir de tan peligroso lugar y marchar a La Habana, donde la base, las defensas y la seguridad del entorno eran mucho mayores, pero el almirante, de manera poco comprensible, rehusó. Aun así, pasaron diez días hasta que Sampson se percatase de su magnífica oportunidad y apostase su escuadra en torno a la bahía, inmovilizando a la española.
Cervera permaneció allí pasivo hasta que el general Blanco, jefe del ejército en Cuba, le ordenó la salida. El 3 de julio, Cervera envió un buque a atacar al principal de Sampson, con la esperanza de atraer sobre él el fuego enemigo y permitir a los demás escapar de la trampa, pero no lo logró: los barcos fueron incendiados y destrozados uno tras otro. Los españoles sólo pudieron embarrancar o destruir sus naves, para impedir su captura. Habían tenido 350 bajas entre muertos y heridos, contra un muerto y algunos heridos sus adversarios. Esta gran desproporción, observa Rodríguez, es semejante a la tenida por chinos y rusos frente a la flota japonesa, e hizo creer en una escasa pericia de los vencidos. Sin embargo, a veces una pequeña ventaja permitió aplastantes victorias. En la I Guerra mundial, en la batalla de Coronel, cinco cruceros alemanes destrozaron a cuatro ingleses, causándoles 1.650 muertos, contra sólo dos heridos alemanes. Poco después, en las Malvinas, una escuadra británica derrotó a otra alemana, ocasionándole 2.000 muertos, con sólo nueve bajas de los vencedores.


Cervera, al igual que Montojo, había planteado una lucha defensiva y sin acometividad, contra la opinión de subordinados suyos como los capitanes de navío Bustamante y Villaamil, ambos marinos muy expertos, e inventores, el primero de una clase de mina y el segundo del destructor, un tipo de nave de aplicación extraordinaria en todas las flotas del mundo en el siglo XX. Cervera había desechado la idea de emplear la superior velocidad de los navíos para hostigar la costa enemiga —empezando por Nueva York— en ataques y retiradas rápidos, así como la propuesta de abandonar Santiago antes de que se cerrase la trampa, o, una vez en ella, de salir de noche y por sorpresa con los destructores para atacar a Sampson y causarle el mayor estrago posible, facilitando luego la salida de la flota en distintas direcciones para dispersar al enemigo. En cambio había ordenado la salida por la mañana, sin la menor sorpresa, dejando todo el día de claridad al enemigo, y enviando los barcos en una sola dirección. Todas esas ideas fueron desechadas, y la línea de acción seguida dio al enemigo las mejores oportunidades para sacar pleno partido de su superioridad material. En cambio, en los combates secundarios “pese a la abrumadora superioridad estadounidense en todos ellos, sólo registraron dudosos triunfos y hasta fracasos, al enfrentarse a mandos (españoles) más decididos y tenaces”.


La guerra había durado unos tres meses, con unos centenares de muertos en acción, tanto por una parte como por la otra, más algunos miles por enfermedad, también en ambas. Quizá era imposible de ganar para España, pero la manera como se desarrolló resultó muy humillante, causando en España una quiebra moral que dio impulso a los nacionalismos periféricos y a los partidos revolucionarios que terminarían por destruir el régimen liberal de la Restauración.
A los vencedores, esta “espléndida guerrita” les dio grandes ánimos y confianza en sí mismos. La historia sigue extraños derroteros. ¿Qué habría ocurrido si Usa hubiera fracasado (una derrota es difícil de imaginar) o la victoria le hubiera salido muy costosa? Probablemente su aislacionismo se habría reforzado y quizás no se hubiera animado a intervenir en Europa en la Guerra Mundial. Observa Rodríguez: “Pese a lo limitado del conflicto, la guerra del 98 tuvo unas consecuencias difíciles de exagerar, tanto para el destino de los países enfrentados como en el de los territorios disputados y, en general, para la política mundial”.